Por Diego Ramos
Vivir la Pascua desde la teología pública de Jesús trasciende la devoción privada; es un acto de discernimiento sobre nuestro rol en la construcción de una humanidad que resista a los nuevos «dioses» del siglo XXI. Esto nos interpela directamente: ¿qué compromisos asumimos hoy en la tarea de una creación que genere mayor humanidad?
En un mundo donde los liderazgos globales pretenden rediseñar un nuevo «Génesis» de destrucción y dominio, la ética del cuidado —aquella gobernanza teológica delegada por Dios en el relato de la creación— se encuentra bajo amenaza. Ese mandato original, que confería al ser humano el gobierno responsable de la tierra y sus criaturas, está siendo suplantado por la ferocidad de nuevos soberanos que destruyen la vida humana. Frente a esta realidad, la Pascua de Jesús emerge como una subversión teológica pública que se enraíza en la memoria de aquel primer fratricidio bíblico; allí, el interrogante ético-moral —¿Dónde está tu hermano? — recupera una urgencia política radical.
La liberación del pueblo bajo el yugo del faraón nace de una profunda conciencia social divina. Dios no permanece ajeno; escucha el clamor y se hace cargo de la aflicción provocada por la opresión estructural. Ante el cuerpo social sufriente que generan los faraones y reyes de nuestro tiempo, la Pascua debe asumirse desde una teología pública. El cristiano no puede esquivar las preguntas que Yahvé le dirigió a Caín: ¿Dónde está tu hermano? ¿Qué has hecho por él?
Rastrear la teología pública en este tiempo pascual nos conduce inevitablemente al Año Jubilar. Lo que en el Levítico era un mandato de libertad para los esclavos y perdón de deudas, en Jesús se convierte en una praxis definitiva de dignidad. Al presentarse públicamente, el Galileo asume la voz de los oprimidos y proclama la vista a los ciegos y la liberación a los oprimidos, instaurando un nuevo Jubileo donde la justicia social no es una opción, sino el núcleo del Reino de Dios.
Pero hay un gesto aún más radical: la multiplicación de los panes y los peces en Tiberíades, ciudad erigida en honor al emperador Tiberio. En el corazón de la idolatría imperial, Jesús despliega el mayor milagro de fraternidad política: organiza a la multitud para que se reconozcan en la necesidad y la generosidad compartida. La teología pública de Jesús no bendice a Tiberíades ni a los imperios. Su teología no es la de aquellos pastores que hoy oran en sus templos por Javier Milei, Benjamín Netanyahu o alrededor de Donald Trump, artífices de ese nuevo génesis destructivo y deshumanizante. Su respuesta es un rotundo: ¡No Kings! No hay lugar para reyes que juegan a ser dioses.
Tras la multiplicación de los panes, al percibir que la multitud pretende proclamarlo rey, Jesús se retira; huye hacia la soledad del monte. Su diagnóstico es tajante: el Reino de Dios no se construye desde el trono. ¡No Kings!: no hay lugar para reyes que jueguen a ser dioses en este mundo. La teología pública de Jesús no nos convoca a coronar soberanos, sino a una praxis de descenso: nos llama a comprometernos con los crucificados de nuestra historia. Nuestra misión no es sostener cetros, sino bajar de la cruz a quienes hoy siguen siendo sacrificados por las estructuras de injusticia de aquellos que se presentan como reyes.
Felices Pascuas de liberación.
Diego Ramos es educador popular argentino, militante político, licenciado en Ciencias Políticas, profesor de Filosofía y Ciencias Sagradas. Presidente del Partido Nacional “República Modelo”, dirige y coordina el Centro de Educación popular Antonio Gramcsi en Santiago del Estero.