Una relectura desde el Areópago

Por Amós Joel Pagán Ríos

Puerto Rico no parece estar ante la desaparición de la fe, sino ante una transformación profunda de sus formas de expresión. La reseña publicada por El Nuevo Día sobre el estudio de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico plantea un dato que la iglesia no debería mirar con ligereza: existe una alta identidad religiosa entre las personas puertorriqueñas, pero una menor participación en prácticas institucionales formales. El reportaje señala que la investigación estima un alto porcentaje de identificación cristiana y, al mismo tiempo, una brecha creciente entre afiliación religiosa y práctica institucional. También recoge el llamado de los investigadores a que las instituciones eclesiales reconecten con la realidad social y reconozcan expresiones de espiritualidad más allá de sus estructuras tradicionales. 

Ese dato no debe convertirse en una excusa para la nostalgia ni en un argumento para la condena. La pregunta no puede ser únicamente por qué la gente no está llegando al templo. Tal vez la pregunta más honesta sea otra: ¿qué ha ocurrido para que tantas personas conserven una identidad religiosa, una sensibilidad espiritual, pero ya no encuentren en la institución eclesial un lugar para vivirla? No se trata de asumir que toda distancia o permanencia institucional sea madurez espiritual. El asunto es más complejo y  precisamente por eso merece una lectura pastoral, teológica y autocrítica.

Hechos 17 ofrece una escena para pensar este desafío, siempre que evitemos leerla de manera anacrónica. Atenas no es Puerto Rico. El Areópago no es una plaza pública caribeña, ni Pablo es un conferenciante moderno diseñando estrategias de relevancia cultural. El texto nace en el contexto de una ciudad antigua atravesada por símbolos religiosos, tradiciones filosóficas, tensiones culturales y estructuras imperiales. Sin embargo, el pasaje nos permite contemplar una postura que sigue siendo significativa. Pablo no comienza hablando desde el desprecio ni la indiferencia, sino desde la observación.

Según el relato, Pablo se inquieta al ver la ciudad llena de ídolos. Pero esa inquietud no lo lleva a insultar a quienes tiene de frente. Dialoga en la sinagoga, conversa en la plaza y, cuando llega al Areópago, parte del indicador de un altar dedicado “al Dios no conocido”. Pablo no convierte esa observación en burla, sino que la convierte en punto de contacto. Su palabra no nace de la comodidad de quien habla solo para los suyos, sino del riesgo de quien escucha una ciudad antes de anunciarle algo. Su discurso no parece abandonar el corazón del evangelio, pero tampoco lo presenta en un lenguaje desconectado de las búsquedas de quienes le escuchan.

Ahí hay una lección importante para la iglesia en Puerto Rico. Muchas personas no han dejado de buscar a Dios. Algunas oran en silencio, piden bendición, agradecen la vida, encienden una vela, lloran a sus muertos, comparten frases bíblicas, se aferran a una promesa o buscan consuelo en medio de la precariedad. Pero no necesariamente encuentran en la iglesia institucional un espacio donde esa búsqueda pueda madurar con libertad, profundidad y acompañamiento. En algunos casos, la distancia nace del cansancio, heridas o de la percepción de que la iglesia habla mucho de Dios, pero escucha poco la vida real.

La iglesia debe resistir la tentación de responder con expresiones livianas. No basta decir que “la gente se ha enfriado” o que “ya no hay compromiso como antes”. Ese tipo de lecturas puede tranquilizar a quienes siguen dentro, pero no necesariamente revela la verdad completa. También habría que preguntar si nuestras comunidades han confundido tradición con inmovilidad, doctrina con rigidez, santidad con aislamiento, evangelización con insistencia o fidelidad con repetición de formas heredadas. Una institución puede preservar lenguaje religioso y aun así perder capacidad de encuentro en comunidad. 

Lo relevante de la iglesia no consiste en perseguir cada novedad cultural para no sentirse atrasada. No se trata de popularidad, hacer ruido o entretener. Es preguntarse cómo el evangelio se encarna hoy en un país marcado por la ansiedad económica, la migración, el envejecimiento poblacional, la violencia, el deterioro de la confianza pública, la fragmentación familiar y la búsqueda de sentido fuera de las instituciones tradicionales. Una iglesia que no sabe nombrar esas realidades difícilmente podrá acompañarlas. 

En el discurso de Pablo hay una afirmación teológica que incomoda a toda institución religiosa: Dios no habita en templos hechos por manos humanas ni depende de nuestras estructuras para dar vida. Esto no destruye la necesidad de la comunidad de fe, pero sí la libera de la tentación de poseer a Dios. La iglesia no existe para controlar lo sagrado, sino para testimoniar al Dios que da vida, aliento y esperanza. Cuando una institución olvida esto, comienza a defender su lugar social con más fuerza que su vocación de anunciar la buena noticia. 

Puerto Rico también tiene sus areópagos. No son de piedra antigua ni están llenos de filosofía griega, pero existen en las calles, en los hospitales, los hogares, las escuelas, en los espacios digitales y en la vida cotidiana de quienes siguen buscando a Dios. Allí, entre altares visibles e invisibles, la iglesia está llamada a mirar antes de hablar, escuchar antes de responder y discernir antes de juzgar. La pregunta no es solamente si Puerto Rico todavía cree. La pregunta es si la iglesia estará dispuesta a subir de nuevo al Areópago. No como quien va a conquistar una plaza, sino como quien se acerca a una ciudad herida para testimoniar al Dios que da esperanza;

Amós Joel Pagán Ríos es pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en Puerto Rico, estudiante de Maestría en Divinidad del Seminario Evangélico de Puerto Rico, y tanatólogo certificado. Reside en Bayamón, Puerto Rico. Correo electrónico: amospagan12@gmail.com

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