Cuando el sufrimiento llama a nuestra puerta

El discernimiento cristiano entre la conciencia, la compasión y el cuidado

Por Lisette Genao Durán

Nadie se prepara para el día en que el sufrimiento llama a tu puerta.

Puede llegar con un diagnóstico inesperado, una enfermedad que cambia el rumbo de una familia, una decisión médica urgente o una situación en la que ninguna respuesta parece suficiente. Son momentos en los que las certezas dejan de ser ideas y se convierten en preguntas. Instantes en los que descubrimos que la vida es mucho más compleja de lo que nuestras categorías alcanzan a explicar.

Es precisamente allí, cuando el sufrimiento toca la vida concreta de una persona, donde la fe revela si es solo una idea defendida desde la distancia o una presencia capaz de acompañar, discernir y cuidar.

En esos momentos, las preguntas éticas dejan de ser discusiones lejanas y se vuelven decisiones concretas: cómo acompañar, cómo cuidar, cómo respetar la conciencia y cómo sostener la vida sin perder de vista la misericordia.

Vivimos en una época marcada por debates intensos sobre cuestiones éticas que atraviesan la existencia humana. Con frecuencia sentimos la presión de responder rápidamente, de ubicarnos en uno u otro lado de una discusión, como si toda realidad pudiera reducirse a posiciones opuestas. Sin embargo, la experiencia nos recuerda que el sufrimiento nunca llega en abstracto. Siempre tiene un nombre, una historia, una familia y un rostro.

Después de muchos años acompañando personas como psicóloga y creyente, he aprendido que el dolor no suele necesitar, en primer lugar, una explicación. Suele necesitar una presencia capaz de escuchar sin apresurarse a juzgar, una mirada que reconozca la dignidad de quien sufre y una comunidad que no abandone precisamente a quienes más necesitan ser sostenidos.

Quizá por eso el Evangelio nunca comienza con una teoría. Comienza con una persona.

Jesús recorrió los caminos de Galilea encontrándose con hombres y mujeres cuyas vidas estaban atravesadas por el sufrimiento. Nunca redujo a nadie a su enfermedad, a su pecado o a su condición social. Antes de pronunciar una enseñanza, miraba. Antes de corregir, escuchaba. Antes de responder, se acercaba.

Hay una parábola que ilumina de manera especial este modo de comprender la fe. Un hombre desciende de Jerusalén a Jericó y es asaltado. Queda tendido al borde del camino. Un sacerdote pasa junto a él. También un levita. Ambos ven al hombre herido, pero continúan su camino. Entonces aparece un samaritano.

El evangelista Lucas utiliza un verbo que cambia toda la escena: “se conmovió” (Lc 10,33).

No fue el único que vio el sufrimiento. Fue el único que permitió que el sufrimiento del otro transformara su manera de actuar. 

Se acercó, vendó sus heridas, lo levantó, lo llevó a un lugar seguro, permaneció con él y asumió el costo de su cuidado.

La compasión, en el Evangelio, nunca es una emoción pasajera. Es una decisión que se hace responsable de la vida del otro.

Quizá esa sea una de las preguntas más urgentes para nuestro tiempo. ¿Qué ocurre cuando el sufrimiento humano desafía nuestras certezas?

No se trata de renunciar a las convicciones ni de abandonar los principios que orientan nuestra vida. Se trata de recordar que toda convicción cristiana encuentra su sentido cuando es capaz de servir a la dignidad humana.

La tradición de la Iglesia ha comprendido desde hace siglos que hay situaciones en las que el discernimiento no es una opción secundaria, sino una exigencia de responsabilidad. El Concilio Vaticano II describe la conciencia como “el núcleo más secreto y el sagrario del ser humano”, donde resuena la voz de Dios (Gaudium et Spes, 16). No se trata de una conciencia aislada ni arbitraria, sino de una conciencia que busca sinceramente el bien, iluminada por la fe, la razón, la oración y la responsabilidad.

Esta comprensión nos recuerda que la madurez cristiana no consiste en responder automáticamente a todos los dilemas, sino en aprender a discernir con humildad, sabiendo que el sufrimiento humano nunca puede convertirse en un detalle secundario de nuestras reflexiones éticas.

Con frecuencia hablamos de justicia como si fuera únicamente la aplicación correcta de una norma. El Evangelio propone una comprensión más profunda: Jesús nunca separó la justicia de la misericordia, porque toda ley encuentra su sentido cuando protege la vida, restaura la dignidad y permite que las personas vuelvan a levantarse.

Por eso me atrevo a afirmar que la compasión también es un acto de justicia.No porque sustituya la verdad, sino porque impide que la verdad se convierta en indiferencia.

No porque elimine la responsabilidad, sino porque recuerda que toda responsabilidad cristiana comienza reconociendo el rostro concreto de quien sufre.

Quizá ese sea uno de los mayores desafíos para las comunidades creyentes de nuestro tiempo. No acostumbrarnos nunca al sufrimiento del otro. Resistir la tentación de convertir los grandes dilemas humanos en discusiones donde las personas desaparecen detrás de los argumentos.

El papa Francisco ha insistido repetidamente en la necesidad de construir una auténtica cultura del cuidado. Esa invitación no representa una novedad dentro del cristianismo; nos devuelve al corazón mismo del Evangelio. Allí donde alguien es descartado, olvidado o dejado al borde del camino, la fe siempre nos invita a acercarnos antes de emitir un juicio.

Al final de la parábola, Jesús no pregunta quién interpretó mejor la ley. Pregunta algo mucho más exigente: «¿Quién fue el prójimo del que cayó en manos de los asaltantes?» (Lc 10,36).

Tal vez esa siga siendo la pregunta decisiva para nuestras comunidades y sociedades: no solo qué posición asumimos frente a los grandes dilemas éticos de nuestro tiempo, sino qué tipo de presencia estamos dispuestos a ofrecer cuando el sufrimiento llama a nuestra puerta.

Porque el Evangelio comienza precisamente allí donde alguien decide no pasar de largo.

Y quizá, en un mundo que con frecuencia enfrenta la justicia y la compasión como si fueran caminos opuestos, el mayor desafío para quienes seguimos a Jesús sea recordar que nunca dejó de mirar el sufrimiento con misericordia, ni permitió que la verdad perdiera su capacidad de cuidar.

Solo una fe que permanece junto a quien sufre puede seguir anunciando, con credibilidad, la Buena Noticia del Reino de Dios.

El patriarcado que muchas compramos

Por Sarinette Caraballo Pacheco 

Hay patriarcados que no entran con botas, ni con discursos de guerra, ni con un letrero que diga: “Vengo a oprimirte, mi amor”. Ojalá fueran así de obvios, para una poder decirles desde la puerta y cara a cara: “Aquí no se fía”. Pero no. El patriarcado más peligroso casi siempre llega bien peinadito, oliendo a tradición, cargando Biblia bajo el brazo y diciendo que todo esto es por nuestro bien.

Y lo peor es que muchas veces lo compramos. Lo compramos en mensualidades, en la casa, en la iglesia, en la escuela, en la maternidad, en el matrimonio, en los silencios. Lo compramos cuando creemos que una mujer buena es la que aguanta. Cuando confundimos sacrificio con dejar de existir y dejar de pensar. Cuando llamamos “ayuda” a que un hombre cuide a sus propios hijos. Mira qué detalle tan hermoso: el papá “ayudando”. ¿Aleluya y gloria a Dios? No, qué lástima que hemos llegado a esto y lo llamemos cristianismo.

Si pensamos que esta conversación ya no debería estar ocurriendo, quizá es porque no estamos al tanto de lo que acaba de pasar. Este mes de junio de 2026, la Convención Bautista del Sur, la denominación protestante más grande de Estados Unidos, votó 6,028 a 2,026 —casi tres a uno— para avanzar una enmienda constitucional que prohibiría que iglesias con mujeres pastoras permanezcan en “cooperación amistosa” con la denominación. La propuesta no solo habla del cargo pastoral; también apunta a las funciones pastorales, específicamente predicar ante la congregación. Y como si eso fuera poco, Albert Mohler, presidente del Southern Baptist Theological Seminary, dijo recientemente que las mujeres pueden votar en la política, pero no deberían interpretar sermones en un podcast. O sea, podemos votar por presidentes, pero cuidado si abrimos un micrófono para hablar de la Biblia. ¡Qué generosos!

Amé la forma en la que Carlos, de La teología de la calle, abordó el tema en este video

La teología de la liberación nos enseñó que Dios no mira la injusticia desde el balcón. Gustavo Gutiérrez insistió en que hablar de Dios desde América Latina exige mirar de frente la pobreza, la opresión y las estructuras que aplastan la dignidad humana. De ahí surge esta pregunta incómoda, pero necesaria: ¿qué pasa cuando esas estructuras también viven dentro de la casa, del altar y del lenguaje con que nombramos a Dios?

Rosemary Radford Ruether denunció que mucha teología cristiana fue pensada desde una mirada masculina que dejó a las mujeres como nota al calce de la historia sagrada. Elisabeth Schüssler Fiorenza fue más allá: no basta con “incluir” mujeres en una estructura que sigue funcionando igual; hay que cuestionar el sistema completo de poder religioso, cultural y social que decide quién habla, quién obedece y quién sirve el café después del culto.

En América Latina, y en Puerto Rico, hemos visto que el patriarcado no solo domina cuerpos; también organiza nuestra imaginación. Nos enseñan qué desear, qué temer, qué callar y hasta qué llamar “voluntad de Dios”. Ada María Isasi-Díaz, nos recordó que la teología nace también desde lo cotidiano: desde la cocina, el trabajo, las conversaciones entre mujeres, el cansancio y esa sabiduría que no siempre tuvo diploma, pero sí sudor, lágrimas y cicatrices.

Por eso me preocupa el patriarcado que compramos sin darnos cuenta. El que se disfraza de “así son las cosas”, el que nos enseña a competir entre mujeres por migajas de aprobación, el que nos hace sentir culpables por descansar, el que convierte la maternidad en martirio permanente y después nos aplaude por estar cansadas. Qué lindo el aplauso, ¿verdad? Una en el piso, pero con reconocimiento social. Tremendo.

Desmantelar el patriarcado no siempre empieza con una revolución en la plaza. A veces empieza cuando una mujer dice: “No puedo más”. Cuando otra le cree. Cuando una madre cierra la puerta del baño y reclama cinco minutos sin que nadie le pregunte dónde están las medias, la leche, la tarea, la vida y el Espíritu Santo.

Desde ahí escribí No interrumpas cuando me estoy bañando. No como una solución mágica, porque si un libro tumbara siglos de patriarcado, ya yo estaría vendiendo copias en combo con café y bizcochito. Lo escribí como una grieta y como una forma de decir que nuestras historias importan, que nuestro cansancio tiene teología, que nuestra risa también es resistencia y que Dios no nos creó para vivir pidiendo permiso para existir.

Este trabajo no lo puedo hacer sola; ninguna puede. Pero entre todas, y todos, podemos ir desarmando el patriarcado sutil, ese que se mete por la rendija de lo normal. Podemos cuestionar lo heredado, criar distinto, leer distinto, predicar distinto, amar distinto y descansar sin pedir perdón.

Tal vez la liberación también empieza ahí: cuando dejamos de comprar lo que nos vendieron como destino y empezamos, juntas y juntos, a escribir otra historia.

Si deseas leer sobre igualdad y dignidad de la mujer, te invito a leer mi artículo LA DIGNIDAD QUE SE DEFIENDE 

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Cuando la vida real interpela la fe

Por Lisette Genao Duran

En demasiados espacios de fe, las mujeres llegan con dolor y salen con culpa. Los debates sobre derechos reproductivos suelen presentarse como discusiones abstractas, formuladas desde principios doctrinales generales y respuestas aparentemente absolutas. Pero fuera de esos discursos existen vidas concretas: historias atravesadas por miedo, vulnerabilidad, salud, violencia, pérdida y decisiones difíciles.

Es precisamente allí, en la vida real, donde la reflexión ética y teológica se vuelve más exigente. Hablar de derechos reproductivos desde la fe implica reconocer que no estamos solo ante conceptos morales, sino ante cuerpos, conciencia, dignidad y vida. Sin embargo, durante años, muchas mujeres han experimentado las comunidades religiosas no como espacios de acompañamiento espiritual, sino como lugares donde sus vivencias son juzgadas antes de ser escuchadas.

Frente a eso, los evangelios muestran una y otra vez a Jesús acercándose a las personas desde la compasión antes que desde la condena. En más de una ocasión, Jesús desafió las formas religiosas que colocaban la norma por encima de la vida humana. “Misericordia quiero y no sacrificios” (Mt 9:13) no aparece solo como una frase aislada, sino como una manera de comprender la relación entre fe, dignidad y cuidado.

Jesús y la complejidad humana

Uno de los rasgos más sorprendentes del ministerio de Jesús es su capacidad de encontrarse con las personas dentro de la complejidad de sus vidas. No se relaciona con seres humanos ideales, sino con personas atravesadas por sufrimientos, exclusiones y dilemas reales.

Mientras las autoridades religiosas de su tiempo esperaban respuestas rígidas, Jesús desplazaba la discusión hacia la dignidad humana. La pregunta central parece ser siempre la misma: ¿qué decisión protege la vida?, ¿qué acción restaura a la persona?, ¿dónde está la compasión?

Esto no significa que los dilemas éticos desaparezcan. Significa, más bien, que la vida humana no puede reducirse a fórmulas abstractas desconectadas del sufrimiento concreto.

La conciencia como espacio espiritual

La tradición cristiana ha reconocido históricamente la importancia de la conciencia moral. No se trata simplemente de una opinión individual, sino de ese espacio interior donde las personas disciernen, luchan, oran y toman decisiones frente a situaciones complejas de la vida.

Sin embargo, en muchos debates públicos, la conciencia de las mujeres desaparece. Se habla sobre ellas, pero pocas veces se escucha lo que viven; se discuten normas, pero no siempre se consideran las consecuencias humanas de esas normas.

Desde una perspectiva pastoral y psicológica, esto tiene efectos profundos. Las experiencias relacionadas con embarazo, maternidad, violencia sexual, salud reproductiva o pérdida gestacional suelen estar cargadas de miedo, culpa, dolor e incertidumbre. Abordarlas únicamente desde categorías jurídicas o doctrinales puede deshumanizar el acompañamiento espiritual.

La ética del cuidado

Uno de los aportes más importantes de las teologías feministas y de las éticas del cuidado ha sido recordarnos que las decisiones humanas ocurren dentro de contextos concretos. No todas las personas viven las mismas condiciones sociales, económicas o emocionales; no todas las mujeres enfrentan los mismos riesgos ni cargan con las mismas posibilidades.

Por eso, una ética verdaderamente comprometida con la vida necesita aprender a escuchar las circunstancias humanas con humildad. La pregunta ética no puede limitarse a “qué está permitido” o “qué está prohibido”. También debe preguntarse quién está sufriendo, quién está siendo invisibilizada y quién está cargando sola con las consecuencias.

El cuerpo y la dignidad

La fe cristiana afirma que toda persona ha sido creada a imagen y semejanza de Dios. Esa afirmación incluye también el cuerpo. Sin embargo, durante siglos, el cuerpo de las mujeres ha sido tratado como territorio de regulación social y religiosa. Se ha hablado con más insistencia del control del cuerpo femenino que de su dignidad.

Una espiritualidad centrada en la vida debería preguntarse cómo proteger integralmente a las personas, especialmente en contextos de vulnerabilidad. Hablar de derechos reproductivos desde la fe no significa abandonar la ética, sino ampliar la mirada para incluir la realidad completa de las vidas humanas.

Las mujeres y el silencio religioso

Muchas mujeres creyentes viven profundas tensiones internas cuando enfrentan decisiones difíciles relacionadas con su salud reproductiva. Algunas sienten miedo de hablar; otras experimentan culpa religiosa; muchas cargan silenciosamente experiencias dolorosas sin encontrar espacios seguros dentro de sus comunidades de fe.

Esto plantea una pregunta ineludible para las iglesias: ¿estamos siendo espacios de acompañamiento o espacios de condena? Los evangelios muestran a Jesús acercándose, precisamente, a quienes eran marginados por los discursos religiosos dominantes de su tiempo. Tal vez hoy también la fe está siendo llamada a escuchar más y a juzgar menos.

Una teología que acompañe la vida

La teología pública tiene el desafío de dialogar con la realidad contemporánea sin perder profundidad espiritual. Eso implica reconocer que las preguntas éticas de nuestro tiempo son complejas y requieren sensibilidad humana, escucha y discernimiento.

No se trata de relativizar la fe, sino de evitar respuestas simplistas frente a situaciones profundamente dolorosas. Acompañar la vida humana exige compasión, y la compasión no es debilidad moral, sino una forma radical de reconocer la dignidad del otro.

Hacia comunidades más humanas

Quizás uno de los llamados más urgentes para las comunidades cristianas hoy sea recuperar la capacidad de acompañar: acompañar sin controlar, escuchar sin condenar de inmediato y reconocer que detrás de cada debate hay personas reales.

La fe no debería aumentar el sufrimiento de quienes ya atraviesan situaciones difíciles. Por el contrario, debería convertirse en un espacio donde las personas encuentren cuidado, dignidad y esperanza. Allí donde una comunidad deja de vigilar cuerpos y aprende a acompañar conciencias, el Evangelio vuelve a hacerse buena noticia para quienes durante demasiado tiempo solo encontraron silencio, culpa o condena.

Lisette Genao Durán es psicóloga, teóloga. Es presidenta de Alianza Cristiana Dominicana y de Católicas por el Derecho a Decidir República Dominicana (CDD-RD). Su trabajo se sitúa en la intersección entre fe, justicia social y derechos humanos, promoviendo reflexiones teológicas y acciones de incidencia pública que defienden la dignidad, la autonomía y la vida de las mujeres.

Entre el Discurso y el Detonante

La Hipocresía de los Estados Unidos frente al asesinato de las niñas en Irán

Por Alhana Sofía Ortiz Díaz

Imagina que es un día de semana en donde llevas a tu hija a la escuela, pero horas después, recibes la noticia que fueron asesinados. Una parte de ti por quién tú darías la vida se han marchado. Esta es la historia de muchas de las madres desconsoladas por causa del bombardeo del 28 de febrero de este año realizado por Estados Unidos a una escuela de niñas en Irán. Ahora, ¿quiénes podrán sanar la herida de todas las madres y padres iranís? ¿Quién podrá unir los pedazos de esos corazones rotos esparcidos por el suelo en la escuela de niñas Shajareh Tayyebel Girl School?

Siendo Estados Unidos un país que aparenta una lucha constante por los derechos de las mujeres y que ha destinado miles de millones de dólares a programas de igualdad de género, considero que también debería actuar de manera coherente con los valores que promueve internacionalmente. Por esta razón, me resulta contradictorio e hipócrita que una nación que afirma defender la dignidad y seguridad de las mujeres termine relacionada con acciones militares que afectan directamente a niñas, madres y familias inocentes. Para mí, la protección de la vida humana debería estar por encima de cualquier interés político, económico o militar.

En un país como Irán, donde todavía existen desafíos relacionados con la libertad y los derechos de las mujeres, cualquier conflicto político representa una brecha aún más grande y un riesgo potencial para aquellas mujeres que ya viven bajo condiciones de opresión y vulnerabilidad. El gobierno Iraní ha dejado claro en múltiples ocasiones que los derechos y libertades de las mujeres muchas veces quedan subordinados a intereses políticos y sociales. Un ejemplo de ello fue el caso de Mahsa Amini, una joven Kurda- iraní de 22 años que fue detenida en septiembre del 2022 por no utilizar “correctamente” (según los medios de comunicación), el hiyab. 

Su muerte provocó protestas dentro y fuera del país y evidenció el dolor y la frustración de muchas mujeres iraníes. Aunque miles levantaron su voz en apoyo a ella, la respuesta del gobierno estuvo marcada por la represión y el control. Personalmente, considero que casos como este reflejan la realidad de muchas mujeres que viven sin poder expresarse libremente y bajo el temor constante de ser castigadas por desafiar las normas impuestas.

Precisamente por conocer esta realidad desde Puerto Rico, pienso que las potencias mundiales deberían actuar con aún más responsabilidad cuando intervienen en conflictos relacionados con países donde las mujeres y los civiles ya viven en situaciones vulnerables. Si Estados Unidos realmente desea proyectarse como una nación defensora de los derechos humanos, entonces sus acciones deben reflejar esos valores de manera consistente. No creo que la justicia pueda construirse mediante ataques que terminan afectando escuelas, familias y menores de edad. Más bien, considero que cuando se pierde la vida de civiles inocentes, especialmente niñas, es válido cuestionar si verdaderamente se está actuando bajo principios de justicia o simplemente bajo la maldad de intereses estratégicos y militares.

Como joven que veo el panorama a nivel global, puedo escribir que nada podrá devolver a la vida a esas niñas y maestra, que estando en la escuela, fueron asesinadas por un misil estadounidense. Nadie podrá aliviar completamente el dolor de las familias que perdieron a sus hijas y hermanas. Por eso, no quiero que las muertes de aquellas niñas se conviertan simplemente en otro evento histórico más que eventualmente sea olvidado. Lo sucedido debe ser un recordatorio de que detrás de cada conflicto existen vidas humanas reales que merecen ser protegidas y valoradas.

Desde una perspectiva de teología política, considero importante reflexionar sobre la relación entre la fe, la moral y las decisiones políticas. En mi opinión, las acciones de un gobierno no deberían evaluarse únicamente desde el poder militar o los intereses económicos, sino también desde la ética y la responsabilidad humana. Para mí, la verdadera justicia no significa venganza ni superioridad política; significa proteger la dignidad humana y defender a quienes no pueden defenderse por sí mismos. Desde mi perspectiva, muchas de estas decisiones reflejan que para algunos gobiernos el poder político parece tener más importancia que los principios de justicia y humanidad que afirman defender. 

Asimismo, los principios bíblicos fortalecen aún más lo dicho anteriormente. En Isaías 10:1-2 se declara: “¡Ay de los que dictan leyes injustas… para apartar del juicio a los pobres y quitar el derecho a los afligidos!”. De igual manera, Proverbios 31:8-9 dice: “Abre tu boca por el mudo… Juzga con justicia y defiende la causa del pobre y del necesitado”. Estos versículos me hacen reflexionar sobre la responsabilidad que tenemos de alzar la voz cuando ocurren injusticias, especialmente contra quienes no tienen poder para defenderse. Desde mi perspectiva cristiana, Dios llama tanto a las personas como a las naciones a actuar con compasión, responsabilidad y justicia verdadera.

Al final, este acontecimiento me lleva a cuestionar si realmente estamos haciendo lo suficiente para evitar que tragedias como esta continúen ocurriendo. También me hace pensar en cómo muchas veces el poder político y militar termina teniendo más valor que la vida humana. Cuando la vida y la muerte están en el poder de una sola palabra; no podemos ser ignorantes de los acontecimientos hechos y la vulnerabilidad de nuestra sociedad.

Creo que ninguna democracia puede llamarse verdaderamente justa si las decisiones tomadas ignoran el sufrimiento de civiles inocentes. Por ello, considero necesario que la comunidad internacional exija mayor responsabilidad ética en los conflictos armados y que nunca se normalice la muerte de mujeres, niñas y familias enteras como simples consecuencias de la guerra. Que Estados Unidos deje la hipocresía y comience a aplicar lo que promueve. Solo cuando la justicia se base verdaderamente en la dignidad humana y no en intereses de poder.

Cuando las cisternas ya no sacian

Por Amós Joel Pagán Ríos

Tal vez la desconfianza de las nuevas generaciones no sea el origen del problema, sino el espejo donde se reflejan las promesas incumplidas de quienes administraron el mundo antes que ellas. Por eso, afirmar que “la juventud ya no cree en nada” puede convertirse en una frase injusta si no se escucha primero el cansancio que la sostiene. Esa pérdida de confianza no siempre aparece como una postura filosófica elaborada. A veces se expresa en frases cotidianas como:“nada va a cambiar”, “no confío en nadie”, “la iglesia dice una cosa y hace otra”, “estudiar no garantiza futuro”. En ellas hay más que apatía, hay una memoria de decepción.

El nihilismo, en este contexto, no debe entenderse únicamente como una teoría filosófica que niega todo sentido. En la vida diaria puede manifestarse como cansancio ante las promesas rotas. La sensación de que nada cambia, que ninguna institución merece confianza y que esperar demasiado solo aumenta la agotamiento. No siempre nace de una falta de profundidad espiritual. Muchas veces surge cuando una generación recibe un escenario donde demasiadas voces usaron palabras nobles para sostener prácticas contradictorias. Se ha hablado de verdad, justicia, democracia, familia y espiritualidad; pero esas palabras han llegado acompañadas de abuso de poder, exclusión, silencio y frustración.

La cultura occidental moderna, especialmente en sus formas políticas, económicas y religiosas, atraviesa una fractura profunda en su manera de ejercer poder. No se trata solo de que las generaciones emergentes sean rebeldes. Se trata de que quienes han ocupado lugares de influencia no siempre han ejercido su responsabilidad con integridad. La política promete bienestar, pero muchas veces administra con desilusión. La economía habla de progreso, pero produce precariedad. La educación promete movilidad social, aunque no siempre puede garantizar un futuro digno. Incluso sectores religiosos, que llamados a custodiar la esperanza, en ocasiones se acomoda demasiado al poder y protegen estructuras injustas.

La imagen bíblica de Jeremías 2 ayuda a nombrar esta sed sin forzar el texto. El profeta denuncia que el pueblo abandonó la fuente de agua viva y cavó depósitos agrietados que no podían retener el agua. Jeremías se dirige a Judá, en un contexto histórico, político y religioso muy distinto al nuestro. Sin embargo, la imagen permite pensar que puede haber seres humanos capaces de sustituir aquello que da vida por estructuras incapaces de sostenerla.

La denuncia profética no se limita a señalar fallas individuales. El pasaje tiene el tono de una confrontación pública donde se llama al pueblo a mirar su propia historia. La memoria, en ese sentido, es clave. Hubo camino, liberación, tierra fértil y posibilidad de vida; pero también hubo olvido y desorientación. La crisis no aparece solamente en la conducta colectiva, sino también en sus liderazgos. Quienes debían orientar, discernir y cuidar la vida común dejaron de preguntar por Dios. Las personas que tenían responsabilidad espiritual y pública terminaron persiguiendo lo que no produce fruto. Por ello, el problema no es solo la sed, sino la mala administración de las fuentes.

En nuestra epoca también se han construido depósitos agrietados. El consumo, el éxito desenfrenado y la imagen distorsionada de la realidad se han presentado como fuentes de sentudo, aunque no logran sostener la vida. Muchas veces nacieron dentro de ellas. Por eso, antes de acusarlas por su sed, habría que preguntarnos quiénes les ofrecieron agua dañada. Esto no significa idealizar a las nuevas generaciones ni suponer que toda distancia es automáticamente justa. Significa que la crítica debe comenzar escuchando las condiciones históricas que hicieron creíble esa distancia, incluso de Dios. 

El japonés Kazoh Kitamori, en su libro Teología del dolor de Dios, ayuda a pensar a Dios no como una idea distante, sino como el Dios cuyo amor se mete en la herida humana. Desde esa intuición, la reflexión cristiana no puede hablar de esperanza sin mirar de frente la vida golpeada. Tiene que escuchar el clamor histórico y preguntarse cómo hablar de Dios allí donde muchas personas sienten que ya no queda agua. Esta perspectiva resulta fundamental para dialogar con una generación marcada por la sospecha. Si la iglesia responde al vacío contemporáneo únicamente con imposición, repetirá parte del problema. La crisis actual no se sana con nostalgia autoritaria. 

La pregunta no puede ser simplemente ¿cómo hacemos para que la juventud vuelva a creer?, sino ¿qué rostro de Dios hemos mostrado? Si Dios ha sido presentado como un vigilante moral, como lenguaje religioso de una autoridad sin compasión o como símbolo de una institución incapaz de pedir perdón, entonces parte de la incredulidad de la juventud debe ser escuchada como protesta ética. Quizás el desafío no sea convencer a las nuevas generaciones de que vuelvan a confiar en las viejas autoridades, sino mostrarles una forma distinta de hacerlo. Una autoridad que no se imponga desde arriba, sino que se reconozca desde el acompañamiento fiel. Que no siga cavando cisternas incapaces de saciar, sino que aprenda a señalar, con su propia vida, la fuente donde un mundo cansado todavía puede encontrar agua.

Amós Joel Pagán Ríos es pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en Puerto Rico, estudiante de Maestría en Divinidad del Seminario Evangélico de Puerto Rico, y tanatólogo certificado. Reside en Bayamón, Puerto Rico.

La dignidad que se defiende 

Dejamos de llamar “rebeldía” a la dignidad y “obediencia” al abuso

Por Sarinette Caraballo Pacheco 

Hay textos bíblicos que no solo interpretamos; también nos interpretan a nosotras y a nosotros. Son textos que nos colocan frente a nuestras propias prácticas y nos obligan a preguntar qué hemos permitido, qué hemos normalizado y qué hemos llamado “obediencia”, “tradición” o “voluntad de Dios”, cuando en realidad muchas veces ha sido patriarcado, abuso de poder, interpretaciones faltas de hermenéutica y/o miedo religioso presentado como moral.

Uno de esos textos es Gálatas 3:28: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús”. Esta afirmación no debe leerse como una frase decorativa para repetir en espacios religiosos. Es una declaración profundamente espiritual, comunitaria y social. No elimina las diferencias entre las personas, pero sí niega que las diferencias puedan usarse para establecer jerarquías de valor. En otras palabras, en Cristo no podemos decidir que una persona vale menos por su género, su origen, su clase social, su historia o su lugar dentro de la sociedad.

Desde esta perspectiva, la dignidad humana no se reparte por género. Tampoco se administra desde un gobierno, un tribunal, una iglesia o un partido político. La dignidad viene de Dios. Por eso, cuando una sociedad crea leyes, discursos o estructuras que reducen la vida de las mujeres a obediencia, silencio, sacrificio o control, no está defendiendo el Evangelio. Está alejándose del corazón de Jesús.

Al 2026 todavía necesitamos decir esto con claridad: las mujeres seguimos luchando por igualdad de derechos y por un trato digno. No se trata de una lucha por “imponernos”, como a veces se dice para deslegitimar los reclamos de justicia. Se trata de reconocer que todavía vivimos en sociedades donde el cuerpo de la mujer se legisla, su voz es sospechosa, su dolor es minimizado y su vida muchas veces se protege tarde, mal o nunca.

Habiendo sido víctima de violencia doméstica, hace muchos años, el tema me toca de cerca. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe informó que, en 2023, al menos 3,897 mujeres fueron víctimas de femicidio, o feminicidio, en 27 países y territorios de América Latina y el Caribe. Esa cifra representa, como mínimo, once muertes violentas de mujeres por razón de género cada día en la región (CEPAL, 2024). Este dato nos recuerda que la violencia contra las mujeres no es un asunto privado ni aislado. Es una emergencia social, política y también espiritual. Si una mujer no puede vivir sin miedo, no podemos hablar de justicia como si todo estuviera bien. Cuando una mujer tiene que calcular cómo camina, cómo se viste, a qué hora sale, qué denuncia y qué calla para sobrevivir, entonces todavía tenemos una deuda inmensa con el Evangelio que decimos creer.

En Puerto Rico, además, hemos visto debates y medidas legales recientes que han sido celebradas por algunos sectores como defensa de la vida, pero criticadas por organizaciones de derechos civiles, médicos y profesionales legales por sus posibles consecuencias sobre la autonomía, la salud y la dignidad de las mujeres y personas gestantes. En diciembre de 2025, se firmó el Proyecto del Senado 504, que reconoció el estatus legal del “no nacido”, a pesar de advertencias de profesionales de la salud sobre riesgos para la vida y autonomía de las personas embarazadas (Amnesty International, 2026). Además, en febrero de 2026, la gobernadora de Puerto Rico firmó otra medida que enmendó el Código Penal para reconocer al feto como ser humano; médicos y expertos legales advirtieron que la medida podía crear confusión, afectar decisiones clínicas y abrir espacio a consecuencias legales ambiguas (Associated Press, 2026).

  • ¿Qué decisión deberá tomar un esposo cuando tu esposa llegue embarazada, y con complicaciones al hospital, y deba escoger entre la vida de mamá o la del bebé no nacido? ¿Lo acusarán de asesinato si escoge salvar a mamá? 
  • ¿Qué pasará cuando una mujer embarazada llegue a un hospital con un sangrado y haya abortado naturalmente? ¿Pondrán en duda su historia de los hechos? ¿La podrán acusar de haber matado a su propio hijo no nacido?
  • Una niña de diez años, violada por su padre o hermano mayor ¿tiene, obligatoriamente, que dar a luz a su propio hermano/hijo porque si no la acusan de asesinato?

Aquí necesitamos tener mucho cuidado. Cuando el Estado dice proteger “la vida”, pero no garantiza salud, vivienda, seguridad, justicia rápida, educación, servicios adecuados para víctimas de violencia, protección real contra la violencia doméstica y acompañamiento económico para madres, tenemos derecho a preguntar qué vida se está protegiendo y cuál se está dejando sola. La defensa de la vida no puede reducirse al control del cuerpo de las mujeres. Si la defensa es verdaderamente cristiana, debe incluir justicia, cuidado, pan, techo, salud, protección y dignidad desde que nace hasta que muere cualquier ser humano; esto incluye la vida de mamás gestantes.

Jesús habló con la mujer samaritana cuando la cultura decía que no debía hacerlo. No solo le habló: la tomó en serio. No esperó a que los líderes religiosos aprobaran su dignidad, no le pidió que resolviera primero su reputación para entonces merecer la revelación; la encontró en su sed y le ofreció agua viva.

Jesús también defendió a la mujer acusada de adulterio cuando un grupo de hombres quiso usar la ley para convertirla en espectáculo público de castigo. En ese relato, el hombre implicado en adulterio no aparece. Aparecen los acusadores y sus manos llenas de piedras. Aparece una moral selectiva que cae con todo su peso sobre el cuerpo de una mujer. Pero Jesús se inclina, escribe en tierra y detiene la violencia religiosa con una frase que todavía debe confrontarnos: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Jesús no usó la ley para humillar a una mujer, la usó para revelar la hipocresía de quienes querían castigarla.

Ese gesto de Jesús tiene implicaciones para nosotras y nosotros hoy:

  • Cada vez que un gobierno crea leyes que afectan directamente a las mujeres sin escuchar seriamente a las mujeres que serán afectadas, algo se daña.
  • Cada vez que se discute el cuerpo de la mujer sin la voz de la mujer, nos acercamos más a los acusadores con piedras que al Cristo que se inclinó en tierra.
  • Cada vez que se legisla desde el castigo, la sospecha o el control, y no desde la justicia, la salud, la misericordia y el bien común, nos alejamos del Jesús de los evangelios.

La mujer no es un recurso del patriarcado. No somos vientres para legislar, cuerpos para controlar, manos para servir sin decidir, voces para cantar, pero no para interpretar, ni presencia para llenar espacios mientras otros ocupan las mesas de poder.

La dignidad de la mujer no puede separarse de las condiciones concretas en las que vive: pobreza, violencia, maternidad, trabajo, salud, raza, migración, colonialismo y desigualdad. 

Entonces la iglesia no puede predicar igualdad espiritual mientras practica desigualdad social. No podemos decir “hermana” (que significa nacidos del mismo vientre; iguales) en el servicio de domingo y luego tratar a la mujer como menor de edad moral en la política, en la casa, en el trabajo o en la iglesia.

Entonces, si Cristo confió en las mujeres para anunciar vida, ¿quiénes somos nosotras y nosotros para legislar, predicar o gobernar como si la vida de las mujeres pudiera reducirse a obediencia, silencio o sacrificio?

Podemos construir comunidades más justas y formar iglesias más fieles cuando dejamos de llamar “rebeldía” a la dignidad y “obediencia” al abuso. Podemos exigir gobiernos más humanos cuando entendemos que la fe no se mide por cuántas restricciones se imponen sobre las mujeres, sino por cuánta justicia, protección, educación, salud, pan, techo y dignidad somos capaces de garantizar.

Sarinette Caraballo Pacheco Es escritora y conferenciante puertorriqueña.. Estudió Investigación con concentración en Justicia Criminal y Teología con concentración en Psicoterapia de Familia en el Seminario Internacional Ministerial de México. Es cofundadora de Unrecognized Church y Unrecognized Women, y fundadora de Pleníntesis. Su escritura nace del amor por la justicia, la poesía, la dignidad humana y una fe que camina hacia la plenitud con los demás.

Una relectura desde el Areópago

Por Amós Joel Pagán Ríos

Puerto Rico no parece estar ante la desaparición de la fe, sino ante una transformación profunda de sus formas de expresión. La reseña publicada por El Nuevo Día sobre el estudio de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico plantea un dato que la iglesia no debería mirar con ligereza: existe una alta identidad religiosa entre las personas puertorriqueñas, pero una menor participación en prácticas institucionales formales. El reportaje señala que la investigación estima un alto porcentaje de identificación cristiana y, al mismo tiempo, una brecha creciente entre afiliación religiosa y práctica institucional. También recoge el llamado de los investigadores a que las instituciones eclesiales reconecten con la realidad social y reconozcan expresiones de espiritualidad más allá de sus estructuras tradicionales. 

Ese dato no debe convertirse en una excusa para la nostalgia ni en un argumento para la condena. La pregunta no puede ser únicamente por qué la gente no está llegando al templo. Tal vez la pregunta más honesta sea otra: ¿qué ha ocurrido para que tantas personas conserven una identidad religiosa, una sensibilidad espiritual, pero ya no encuentren en la institución eclesial un lugar para vivirla? No se trata de asumir que toda distancia o permanencia institucional sea madurez espiritual. El asunto es más complejo y  precisamente por eso merece una lectura pastoral, teológica y autocrítica.

Hechos 17 ofrece una escena para pensar este desafío, siempre que evitemos leerla de manera anacrónica. Atenas no es Puerto Rico. El Areópago no es una plaza pública caribeña, ni Pablo es un conferenciante moderno diseñando estrategias de relevancia cultural. El texto nace en el contexto de una ciudad antigua atravesada por símbolos religiosos, tradiciones filosóficas, tensiones culturales y estructuras imperiales. Sin embargo, el pasaje nos permite contemplar una postura que sigue siendo significativa. Pablo no comienza hablando desde el desprecio ni la indiferencia, sino desde la observación.

Según el relato, Pablo se inquieta al ver la ciudad llena de ídolos. Pero esa inquietud no lo lleva a insultar a quienes tiene de frente. Dialoga en la sinagoga, conversa en la plaza y, cuando llega al Areópago, parte del indicador de un altar dedicado “al Dios no conocido”. Pablo no convierte esa observación en burla, sino que la convierte en punto de contacto. Su palabra no nace de la comodidad de quien habla solo para los suyos, sino del riesgo de quien escucha una ciudad antes de anunciarle algo. Su discurso no parece abandonar el corazón del evangelio, pero tampoco lo presenta en un lenguaje desconectado de las búsquedas de quienes le escuchan.

Ahí hay una lección importante para la iglesia en Puerto Rico. Muchas personas no han dejado de buscar a Dios. Algunas oran en silencio, piden bendición, agradecen la vida, encienden una vela, lloran a sus muertos, comparten frases bíblicas, se aferran a una promesa o buscan consuelo en medio de la precariedad. Pero no necesariamente encuentran en la iglesia institucional un espacio donde esa búsqueda pueda madurar con libertad, profundidad y acompañamiento. En algunos casos, la distancia nace del cansancio, heridas o de la percepción de que la iglesia habla mucho de Dios, pero escucha poco la vida real.

La iglesia debe resistir la tentación de responder con expresiones livianas. No basta decir que “la gente se ha enfriado” o que “ya no hay compromiso como antes”. Ese tipo de lecturas puede tranquilizar a quienes siguen dentro, pero no necesariamente revela la verdad completa. También habría que preguntar si nuestras comunidades han confundido tradición con inmovilidad, doctrina con rigidez, santidad con aislamiento, evangelización con insistencia o fidelidad con repetición de formas heredadas. Una institución puede preservar lenguaje religioso y aun así perder capacidad de encuentro en comunidad. 

Lo relevante de la iglesia no consiste en perseguir cada novedad cultural para no sentirse atrasada. No se trata de popularidad, hacer ruido o entretener. Es preguntarse cómo el evangelio se encarna hoy en un país marcado por la ansiedad económica, la migración, el envejecimiento poblacional, la violencia, el deterioro de la confianza pública, la fragmentación familiar y la búsqueda de sentido fuera de las instituciones tradicionales. Una iglesia que no sabe nombrar esas realidades difícilmente podrá acompañarlas. 

En el discurso de Pablo hay una afirmación teológica que incomoda a toda institución religiosa: Dios no habita en templos hechos por manos humanas ni depende de nuestras estructuras para dar vida. Esto no destruye la necesidad de la comunidad de fe, pero sí la libera de la tentación de poseer a Dios. La iglesia no existe para controlar lo sagrado, sino para testimoniar al Dios que da vida, aliento y esperanza. Cuando una institución olvida esto, comienza a defender su lugar social con más fuerza que su vocación de anunciar la buena noticia. 

Puerto Rico también tiene sus areópagos. No son de piedra antigua ni están llenos de filosofía griega, pero existen en las calles, en los hospitales, los hogares, las escuelas, en los espacios digitales y en la vida cotidiana de quienes siguen buscando a Dios. Allí, entre altares visibles e invisibles, la iglesia está llamada a mirar antes de hablar, escuchar antes de responder y discernir antes de juzgar. La pregunta no es solamente si Puerto Rico todavía cree. La pregunta es si la iglesia estará dispuesta a subir de nuevo al Areópago. No como quien va a conquistar una plaza, sino como quien se acerca a una ciudad herida para testimoniar al Dios que da esperanza;

Amós Joel Pagán Ríos es pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en Puerto Rico, estudiante de Maestría en Divinidad del Seminario Evangélico de Puerto Rico, y tanatólogo certificado. Reside en Bayamón, Puerto Rico. Correo electrónico: amospagan12@gmail.com

Llevaron cadenas, pero trazaron rutas

Por Alondra Ortiz Ortiz 

Como joven puertorriqueña siempre he escuchado de mujeres del pasado que marcaron nuestra historia. Por sus acciones las veían como revolucionarias; hoy en cambio las reconocemos como líderes y profundo agradecimiento. Una de ellas fue, Luisa Capetillo mujer negra puertorriqueña, escritora, feminista y líder laboral. Primera mujer puertorriqueña en ponerse pantalón en la isla vecina Cuba (1915) y desafió las normas de género. Luego, de ese evento revolucionario fue encarcelada por “causar un escándalo”. Fue encarcelada su valentía de querer una igualdad que hiciera que estuviera cómoda. Incluso, según los medios, la acusaron de escandalizar con su “excéntrico capricho”. Ser mujer y buscar lo que nos hace feliz no es un capricho, es un deber.

            Otra mujer que sufrió al buscar igualdad y comodidad fue Juana Agripina. Es un excelente referente cuando pensamos en nuestros ancestros cimarrones. Al año de nacer en el pueblo de San Germán fue vendida, prestada y esclavizada. Ella realizó varios intentos por su libertad, no obstante, ella sabía que sin carta de libertad no se reconocería como libre. Es muy lamentable que por un papel se defina tu estatus, religión, comportamiento o vestimenta. Aunque en occidente disfrutamos de cierta libertad y equidad, todavía en algunos trabajos se les paga menos a las mujeres, las menosprecian en canciones de salsa, reggaetón o trap y continúa el estereotipo de que solo están hechas para tareas domésticas y no para trabajar y ser grandes como gobernadores, autores, pilotas, incluso mecánicas automotriz, entre otras gerencias y puestos de liderazgo.

Algunas jóvenes que se están levantando no tienen cadenas en manos y pies, pero si, un cerebro donde el patriarcado lideró en sus casas, escuelas u otras instituciones y que siempre se desprecian o se minorizan así mismas; porque vieron y escucharon desde pequeñas que las mujeres no pueden aspirar a más. En ocasiones no fue un mensaje directo, pero al no destacar mujeres en libros escolares, no crear esa imagen sobre mujeres con grandes aportaciones; en consecuencia, se produce una mente femenina arropada por el patriarcado.

Así como Luisa Capetillo y Juana Agripina se levantaron y desafiaron los límites, así deben continuar las mujeres que van creciendo. Desafiar los límites por un mundo mejor, donde las chicas no tengan miedo a ser inteligentes, donde todas puedan practicar su fe libremente sin ser juzgadas ni señaladas. Que puedan participar de una teologíaia pública a través de un lente de fe, que puede conversar sobre sus problemas sociales, culturales y políticos, par aun mundo justo.  Una mujer muy conocida por ser esclava, pero que sobrepasó los límites fue Harriet Tubman, la valentía arropó su mente y corazón y salió de Maryland a Filadelfia donde encontró su libertad. Se convirtió en abolicionista y luchó incansablemente por el sufragio de la mujer. La conocían como “Moisés” porque creó un ferrocarril subterráneo donde liberó a más de 300 personas y cuando estuvo en la Guerra Civil se convirtió en la primera mujer liderando un asalto armado donde liberaron a más de 700 personas. 

Así como Tubman reconoció que la libertad no era solo para ella y la compartió. Nosotros debemos ser puentes que conecten a otros a su alegría, paz, descanso mental, alimento físico y espiritual. En la Biblia se presenta una mujer llamada Dorcas  quien fue una discípula en Jope, conocida por su servicio abnegado, haciendo ropa para viudas y pobres. Al servir a los marginados reflejaba el carácter de Jesús ganando el cariño de la comunidad y conectándolos con la fe. Una conexión que se da a través del amor y el servicio. Cuando hacemos el trabajo sin amor nos convertimos en esclavos, pero cuando servimos de corazón nuestra alegría no viene por lo que recibimos, sino por lo que damos.

La vida se trata de tomar decisiones constantemente, sin embargo, uno no elige su color de piel, la forma de cabello, y el sexo con el que se nace. No debemos ser juzgados ni criticadas por eso, en estos tiempos todavía es un problema el ser mujer.

Debemos de recordar el dicho de las mujeres originaria “Por más que nos quieran enterrar somos semillas que vamos a florecer”. Nadie debe dictar quién debemos ser, aunque existan tiranos, dictadores o religiones que se apoderen de la voluntad de las mujeres, todas portan una esencia inigualable que ninguna tela podrá cubrir y podemos seguir renaciendo. La poeta puertorriqueña Julia de Burgos decía: “A mí me pinta el sol y me riza el viento”. Deseo que cada mujer pueda brillar y cada rayo de luz sea un recordatorio de su valor. Además, que cada viento que repose en su rostro las haga sentir libres de moverse a su felicidad. Oro para que cada mujer se sienta confiada en quién es y sus raíces estén bien cimentadas para que puedan dar fruto a través del servicio a otros y para que nadie las haga dudar de lo resilientes que pueden llegar a ser.

Hoy nos toca continuar siendo el eco de Luisa Capetillo, la resistencia de Juana Agripina, la valentía de Harriet Tubman y la voz libre de Julia de Burgos. Somos descendientes de mujeres que no pidieron permiso para existir, sino que accionaron para ser.

Si la historia de la humanidad está incompleta a causa de la mujer, entonces aún queda mucha historia por contar. Cada vez que una mujer se levanta y piensa por sí misma rompen las cadenas que durante tantos años intentaron definirla. Aún hay derechos que conseguir, países por presidir, espacios por liderar y mujeres por liberar. Agradezco a las mujeres que aunque llevando cadenas trazaron nuevas rutas para la libertad.

El cuerpo es territorio sagrado: reflexión teológica desde la experiencia de las mujeres

Por Lisette Genao Duran 

Durante siglos, buena parte de la reflexión teológica ha girado en torno al alma, la salvación y la vida espiritual, dejando en segundo plano una dimensión fundamental de la existencia humana: el cuerpo.

Y, de manera particular, del cuerpo de las mujeres.

En muchos espacios religiosos, el cuerpo femenino ha sido objeto de control y vigilancia. A las mujeres se les ha enseñado a disciplinarlo o a desconectarse de él como parte de una supuesta vida espiritual “más elevada”. Sin embargo, esta mirada contrasta con la tradición bíblica, que afirma que la creación —toda la creación— es buena.

Recuperar una teología del cuerpo desde la experiencia de las mujeres no es un ejercicio ideológico; es, más bien, un acto de fidelidad a una fe que afirma la dignidad integral del ser humano.

El cuerpo en la historia de la fe

El relato del Génesis ofrece un punto de partida: el ser humano es creado como una unidad. No hay una división jerárquica entre alma y cuerpo; ambos forman parte de la misma realidad querida por Dios.

Con el tiempo, algunas corrientes teológicas privilegiaron lo espiritual por encima de lo corporal. Ese dualismo marcó la manera de entender el cuerpo y, con particular fuerza, el cuerpo de las mujeres.

Así, el cuerpo dejó de percibirse como espacio de revelación y pasó a ser territorio de sospecha; en las mujeres, esto se tradujo en normas y silencios que limitaron su autonomía, su voz y el valor de su propia experiencia.

El cuerpo como lugar de experiencia

Desde la psicología, sabemos que el cuerpo no es solo una estructura biológica: es también un lugar donde se inscriben las emociones, la historia personal y las experiencias de vida.

El cuerpo recuerda: el dolor y el cuidado, la violencia y la ternura. En muchas mujeres, es el lugar donde se ha vivido tanto la vida como la herida.

Recuerda el dolor, pero también el cuidado; recuerda la violencia, pero también la ternura. En el caso de muchas mujeres, el cuerpo ha sido el lugar donde se ha vivido tanto la vida como la herida.

Por eso, hablar del cuerpo desde la teología no puede hacerse de manera abstracta: exige reconocer realidades concretas y, ante todo, escuchar.

Jesús y los cuerpos invisibilizados

En los evangelios encontramos a un Jesús profundamente conectado con la realidad corporal de las personas.

  • Toca cuerpos considerados impuros.
  • Sana cuerpos enfermos.
  • Se deja tocar por una mujer que llevaba años sangrando.
  • Defiende el cuerpo de una mujer que iba a ser apedreada.

Estos gestos rompen con normas sociales y religiosas de su tiempo y muestran que Jesús no evita el cuerpo: lo dignifica; no lo controla: lo libera.

En una sociedad donde muchos cuerpos eran marginados, Jesús los coloca en el centro de su acción. Por eso, el cuerpo no es un obstáculo para la experiencia de Dios, sino uno de sus principales lugares de encuentro.

El cuerpo de las mujeres: entre silencio y resistencia

A lo largo de la historia, el cuerpo de las mujeres ha sido interpretado desde miradas externas —religiosas, culturales y políticas—, y pocas veces se ha escuchado su propia voz sobre la experiencia corporal.

En las últimas décadas, muchas mujeres han comenzado a nombrar lo vivido: la herida, pero también el deseo, la autonomía y una espiritualidad encarnada.

Ese acto de nombrar ha sido también un proceso de recuperación.

  • Recuperar el cuerpo como propio.
  • Recuperar la capacidad de decidir.
  • Recuperar la relación entre cuerpo y espiritualidad.

Lejos de ser una amenaza para la fe, este proceso puede enriquecer de manera profunda la comprensión teológica.

Una espiritualidad encarnada

La encarnación es uno de los pilares de la fe cristiana: Dios se hace cuerpo.

Este hecho afirma que lo humano, lo material y lo corporal no están separados de lo divino; pero a menudo queda en el plano doctrinal y no transforma la manera en que habitamos nuestros cuerpos.

Una espiritualidad encarnada reconoce que:

  • El cuerpo es parte de la experiencia de fe.
  • El cuidado del cuerpo es una práctica espiritual.
  • La dignidad corporal es un valor teológico.

Esto implica también cuestionar aquellas prácticas religiosas que generan culpa, miedo o vergüenza en relación con el cuerpo.

El cuerpo como territorio sagrado

Hablar del cuerpo como territorio sagrado implica reconocer que no es un objeto disponible para el control de otros, sino un espacio donde habita la dignidad.

En contextos donde los cuerpos de las mujeres han sido vulnerados —por la violencia, la pobreza, la desigualdad o la falta de acceso a derechos básicos—, afirmar la sacralidad del cuerpo es también una postura ética.

  • Afirmar que la vida de las mujeres importa.
  • Afirmar que sus experiencias importan.
  • Afirmar que su integridad no puede ser negociada.

Desde esta perspectiva, la defensa de los derechos que afectan el cuerpo —como la salud, la autonomía y la integridad física— no es ajena a la fe: es una expresión concreta de ella.

Hacia una teología que escuche

La teología tiene hoy el desafío de escuchar con mayor atención.

  • Escuchar las voces de las mujeres.
  • Escuchar sus experiencias corporales.
  • Escuchar las realidades que han sido ignoradas o minimizadas.

No se trata de abandonar la tradición, sino de releerla a la luz de la vida. Las preguntas que emergen desde el cuerpo —dolor, placer, salud, violencia, dignidad— también son preguntas teológicas y merecen ser atendidas con seriedad.

Un llamado a reconciliarnos con el cuerpo

Tal vez uno de los desafíos más urgentes para muchas personas de fe sea reconciliarse con su propio cuerpo.

  • Dejar de verlo como enemigo.
  • Dejar de vivirlo con culpa.
  • Dejar de desconectarnos de él.

Reconocer el cuerpo como parte de la vida creada por Dios abre la posibilidad de una espiritualidad más plena, humana y honesta. En las mujeres, este proceso puede ser profundamente liberador.

Recuperar el cuerpo como territorio sagrado es un acto personal y colectivo que transforma cómo entendemos la fe, la dignidad y la vida.

Lisette Genao Durán es psicóloga y teóloga, presidenta de Alianza Cristiana Dominicana (ACD) y de Católicas por el Derecho a Decidir República Dominicana (CDD-RD). Trabaja en la intersección entre fe, justicia social y derechos humanos, con énfasis en la dignidad, la autonomía y la vida de las mujeres.

When a President Opens the Bible

By Eliezer Burgos-Rosado

On April 21, 2026, it has been announced that Donald Trump, from the Oval Office, plans to read a passage from 2 Chronicles before his nation and the world. The scene is striking: the presidential desk, the flag, the seal of the United States in the background, and the president with an open Bible, speaking in a solemn tone. For many Christians, that image stirs hope: “at last a leader who acknowledges God.” But the decisive question is not which text Donald Trump will read, but whether we are willing to let that text judge him… and judge us.

The passage he has chosen, 2 Chronicles 7:11–22, was not written to adorn presidential speeches but to examine the relationship between the house of God, the people of God, and political power. The passage begins by establishing that Solomon finished two houses: the house of the Lord and the king’s house. Temple and palace. God’s presence and royal power, side by side but not confused. From the very first verse, an uncomfortable question rises: who serves whom? Will the king be submissive to the God of the temple, or will he try to use the temple to legitimize his own power?

That is the mirror in which we must look when we see Donald Trump seated in the Oval Office reading a portion of 2 Chronicles. It is not enough to get excited because “a president is quoting Scripture.” The king’s house is never above God’s house, and the God of the Bible is not institutional scenery for any national project. The risk is that the Word will lose its prophetic edge and end up reduced to religious props for an act of power.

God’s response to Solomon is both comfort and confrontation: “I have heard your prayer… I have chosen this house… my eyes and my heart will always be there.” God comes near, listens, watches, feels. Today as well, God sees our institutions, our borders, our prisons, our economic systems, and our public rhetoric. But that presence is not an automatic seal of approval. “My eyes and my heart will be there” means that God scrutinizes what takes place: how people govern, how they treat foreigners, the poor, and opponents; what they do with truth, with justice, and with the lives of the vulnerable.

Trump reading a verse from the Oval Office does not mean that God endorses his style of leadership. The God of 2 Chronicles is not available for hire to deliver a national agenda. God is not impressed by a televised appearance with a Bible on hand. God looks at the fruit behind the appearance. God looks at immigration policies that separate families and criminalize refugees. God looks at language that demeans women, minorities, and political opponents. God looks at the declared love of weapons, the normalization of lying, and the nostalgia for brute force as a solution.

In that context, the famous verse 14—“If my people humble themselves, pray, seek my face, and turn from their wicked ways… I will heal their land”—runs the risk of becoming a sort of empty “national prayer.” Read from behind the presidential desk, it can sound like this: “if the nation listens to me while I read this, God will heal the country.” But the text does not say that. It does not mention a “strong leader,” or the right party, or victory at the polls. It speaks of the people of God, not of the state. It speaks of conversion, not protocol.

The order is revealing. First: “my people humble themselves.” They do not exalt themselves, do not consider themselves superior, do not raise their flag above all others, but acknowledge their sin and their complicity in injustice. Then: “pray and seek my face.” They do not merely seek “our side” winning, but the will of God, even if that calls their political alliances into question. Finally: “turn from their wicked ways.” Those ways include racism, contempt for migrants, verbal violence, abuse of power, and the excessive love of money and weapons, even when all of this is dressed in “Christian” language.

This is where the issue of violence and war also comes in. God does not say: “if my people arm themselves to the teeth, if they wage preemptive wars, if they crush their enemies, then I will heal their land.” The land is not healed with “blessed” bombs. It is healed when God’s people stop blessing violence and turn away from those evil paths. A Christianity that asks for “national healing” while applauding aggressive policies, unjust military interventions, or hate-filled speech is asking God to sign off on exactly what this text denounces.

Later, God places the throne under conditions: “if you walk in my ways, I will establish your kingdom.” The king is on probation. The same holds true for Trump and for any president or ruler. The question is not simply whether he “defends Christians,” but whether his decisions resemble the justice, truth, and mercy of the biblical God. If a government lies systematically, despises foreigners, stirs up resentment, normalizes cruelty, and glorifies force, no verse read on television can turn it into “the Lord’s anointed.”

The passage ends with a severe warning. It warns that if the people go after other gods, the house will be uprooted and become a mockery. Today, those “other gods” have very clear names: the nation turned into an absolute (“our country first, no matter the cost”), the leader elevated to messiah (“only Trump can save the faith”), money and economic success sacralized, war presented as a path to salvation. The greatest danger is not that the world has idols, but that the church turns a president into an idol and grants him an obedience that belongs only to Christ.

When we see Donald Trump open 2 Chronicles 7 from the Oval Office, we can listen to the text with respect. But biblical faithfulness does not allow us to turn off discernment. This is not about hating a man, but about refusing to call “gospel” what contradicts the character of Jesus Christ. This is not about despising politics, but about remembering that no human throne deserves our primary loyalty.

Perhaps the most honest question this passage leaves us with is not “Is Donald Trump on God’s side?” but “Are we on the side of the God who speaks in 2 Chronicles 7?” If we answer seriously, we will discover that the true healing of the land does not come through a solemn message from the Oval Office, but through a church that humbles itself, prays, seeks the Lord’s face, and turns away from the ways of lies, hatred, violence, and nationalism that it has blessed in God’s name for far too long.