La conciencia también es un lugar donde Dios habla

Fe, libertad y el desafío de acompañar sin decidir por el otro

Por Lisette Genao Durán

Hay decisiones que otras personas pueden acompañar, aconsejar e incluso cuestionar, pero que finalmente nadie puede tomar por nosotros. En ese espacio íntimo, donde convergen la información, la fe, la historia personal y la responsabilidad moral, la conciencia puede convertirse en un lugar sagrado de discernimiento.

Esta reflexión no busca ofrecer una fórmula para resolver todos los dilemas morales, sino abrir una conversación necesaria para comunidades de fe que desean acompañar con responsabilidad. En un tiempo en que muchas decisiones personales se vuelven también debates públicos, recuperar el valor de la conciencia puede ayudarnos a hablar de fe, libertad y dignidad sin confundir acompañamiento con imposición.

A veces esas decisiones llegan con una enfermedad, una noticia inesperada, una experiencia de violencia, una situación familiar o una pregunta sobre el futuro. Escuchamos opiniones, buscamos información, conversamos, oramos y tratamos de comprender qué debemos hacer.

Hasta que llega un momento en que el ruido exterior disminuye y quedamos frente a nuestra propia conciencia.

Para una persona creyente, ese puede ser uno de los momentos más profundamente espirituales de la vida.

Sin embargo, no siempre hemos aprendido a confiar en la conciencia. En algunos espacios religiosos hemos asociado la madurez de la fe con tener respuestas claras, obedecer sin demasiadas preguntas o aceptar que otros saben mejor que nosotros cuál es la voluntad de Dios.

Pero la tradición cristiana ofrece una comprensión mucho más exigente.

El Concilio Vaticano II describe la conciencia como “el núcleo más secreto y el sagrario del ser humano”, donde la persona está a solas con Dios y escucha su voz (Gaudium et Spes, 16).

Me resulta profundamente significativa la imagen del sagrario: un espacio sagrado al que nos acercamos con respeto.

Reconocer la conciencia de esta manera no significa afirmar que cualquier deseo o sentimiento constituye automáticamente la voluntad de Dios. La conciencia necesita formarse mediante información, reflexión, oración, diálogo, escucha de la tradición y atención a la realidad. También exige reconocer nuestros prejuicios y asumir responsablemente las consecuencias de nuestras decisiones.

La conciencia cristiana no es una autorización para hacer simplemente lo que queremos. Es una invitación mucho más exigente: discernir responsablemente.

Y precisamente ahí aparece una pregunta fundamental: ¿cómo acompañamos la conciencia de otra persona sin ocupar su lugar?

Durante años, como psicóloga y creyente, he aprendido que acompañar no consiste en fabricar respuestas. Podemos ayudar a una persona a reconocer sus miedos, identificar presiones, valorar posibilidades, comprender consecuencias y descubrir recursos que quizá no estaba viendo.

Podemos escuchar, orientar, preguntar y permanecer cerca. Pero existe un límite que el verdadero acompañamiento debe respetar.

Podemos acompañar una conciencia, pero no apropiarnos de ella.

A veces, quien acompaña siente la tentación de aliviar el sufrimiento ofreciendo una respuesta rápida. Pero algunas decisiones necesitan algo distinto: una presencia que sostenga y una palabra que ilumine sin cerrar el proceso interior de la otra persona.

Cuando pretendemos decidir por ella, incluso convencidos de actuar por su bien, corremos el riesgo de sustituir el acompañamiento por el control.

Y cuando esto ocurre en nombre de Dios, la pregunta se vuelve todavía más seria:

¿Estamos ayudando a una persona a escuchar su conciencia o estamos intentando que escuche únicamente nuestra voz?

No es una pregunta cómoda. Pero quizá las preguntas más necesarias para la fe tampoco lo sean.

Jesús mismo parece confiar profundamente en la capacidad de las personas para responder. En los Evangelios encontramos una y otra vez preguntas en sus labios:

“¿Qué quieres que haga por ti?” (Mc 10,51).

“¿Quién dicen ustedes que soy yo?” (Mt 16,15).

“¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?” (Lc 10,26).

Jesús enseña, orienta y confronta. Pero también pregunta. Y preguntar devuelve a la persona su voz y su responsabilidad.

Tal vez por eso una espiritualidad madura no debería tener miedo de las preguntas ni de las personas capaces de discernir.

Esta reflexión adquiere una dimensión particular cuando pensamos en la experiencia de las mujeres.

Durante generaciones, muchas decisiones relacionadas con nuestros cuerpos, nuestra maternidad, nuestras familias, nuestra sexualidad y nuestra participación en las comunidades religiosas han sido discutidas en espacios donde nuestras voces no siempre estuvieron presentes.

Otros hablaron por nosotras, interpretaron nuestras experiencias y establecieron qué significaba ser una “buena mujer”, una “buena madre” o una “buena creyente”.

Recuperar la conciencia no significa necesariamente alejarnos de Dios. Puede significar asumir con mayor profundidad nuestra responsabilidad delante de Él.

Reconocer la conciencia de las mujeres es reconocerlas como sujetos morales capaces de discernir responsablemente delante de Dios.

Esto no elimina la comunidad ni vuelve innecesarias la tradición, la sabiduría compartida o el acompañamiento espiritual. Al contrario: necesitamos comunidades capaces de ayudarnos a formar la conciencia, hacernos preguntas difíciles y permanecer cerca cuando las respuestas no son evidentes.

Pero una comunidad que acompaña no debería convertirse en una comunidad que sustituye.

Existe una diferencia profunda entre decir: “Estoy aquí para ayudarte a discernir” y afirmar: “Yo sé lo que Dios quiere para ti”.

La primera abre un camino. La segunda puede cerrarlo.

En nuestras sociedades donde la religión continúa influyendo profundamente en la vida familiar, cultural y pública, necesitamos recuperar esta distinción, especialmente cuando las decisiones están atravesadas por el dolor, la salud, la maternidad, la violencia o la sexualidad. En esos contextos, una palabra religiosa puede sostener la dignidad de una persona, pero también aumentar su carga si se convierte en presión o juicio.

Son precisamente esas situaciones las que requieren menos respuestas automáticas y más discernimiento.

Discernir no significa relativizar el bien ni convertir cada decisión en una preferencia subjetiva. Significa buscar el bien responsablemente en medio de la complejidad, prestando atención a la dignidad, al cuidado, a las consecuencias y a la presencia de Dios.

Significa preguntarnos: ¿qué decisión protege la dignidad? ¿Dónde está el cuidado? ¿Estoy decidiendo desde el miedo, la presión o la culpa? ¿He escuchado suficientemente? ¿He dejado espacio para Dios?

Tal vez necesitamos comunidades cristianas donde sea posible formular estas preguntas sin miedo; donde expresar dudas no nos haga menos creyentes; donde acompañar no signifique controlar, orientar no signifique sustituir y la autoridad espiritual no elimine la responsabilidad personal.

Quizá la madurez de nuestra fe no se mida únicamente por la cantidad de respuestas que conocemos, sino por nuestra capacidad de permanecer delante de Dios cuando todavía tenemos preguntas.

Porque acompañar verdaderamente requiere algo más difícil que ofrecer una respuesta: caminar al lado de la otra persona mientras discierne, ofrecer presencia sin imponer nuestro camino y compartir sabiduría sin convertirla en dominio.

Y reconocer, finalmente, un límite profundamente espiritual:

hay un lugar en la vida del otro que no nos pertenece.

Ese lugar es su conciencia.

Podemos acompañarla, ayudar a formarla e invitarla a preguntar, escuchar y discernir.

Pero no debemos apropiarnos de ella.

Porque respetar ese espacio sagrado quizá sea también una manera de reconocer que Dios puede hablar allí, en la conciencia concreta de una persona que busca sinceramente el bien, sin necesitar que nosotros ocupemos su lugar.

_______________

Lisette Genao Durán es psicóloga y teóloga. Es presidenta de Alianza Cristiana Dominicana y de Católicas por el Derecho a Decidir República Dominicana (CDD-RD) y parte de la comunidad de Mujeres Haciendo Teología en Abya Yala. Su trabajo se sitúa en la intersección entre fe, justicia social y derechos humanos, promoviendo reflexiones teológicas y acciones de incidencia pública comprometidas con la dignidad, la autonomía y los derechos de las mujeres.

¿Quién dijo que me tengo que someter? 

Por Sarinette Caraballo Pacheco

La idea llegó envuelta en Biblia, tradición, miedo y una seguridad casi imposible de cuestionar: el hombre dirige, la mujer obedece. Según muchos cristianos, Dios estableció ese orden y cualquier intento de discutirlo demuestra que el feminismo, la rebeldía o algún espíritu sospechoso se metió por la ventana.

A muchas nos metieron esa idea por ojo, boca y nariz, hasta convencernos de que someternos exclusivamente al hombre constituía una virtud cristiana, mientras exigirle a él la misma entrega parecía innecesario, exagerado o, Dios nos libre, demasiado moderno o antibíblico.

Sin embargo, la subordinación femenina no comenzó con Jesús ni apareció por primera vez en las cartas de Pablo. Siglos antes, Aristóteles había descrito el hogar como una estructura jerárquica en la que el varón gobernaba sobre la esposa, los hijos y las personas esclavizadas. Aquellos “códigos domésticos”, comunes en el mundo grecorromano, no partían de la igualdad: daban por sentado que el hombre era superior y que la estabilidad social dependía de que cada persona permaneciera en el lugar asignado. Una investigación histórica de la University of Rochester sobre el Nuevo Testamento confirma que las instrucciones dirigidas a esposas, hijos y esclavos surgieron dentro de esa matriz cultural.

Por eso debemos leer Efesios 5 completo, no comenzar en el versículo 22; hacer esto sería lo mismo que llegar tarde a una conversación y, aun así, pretender explicarla.

El pasaje, en realidad, comienza diciendo: «Sométanse unos a otros por reverencia a Cristo» (Efesios 5:21). En el texto griego más antiguo, el versículo siguiente ni siquiera repite el verbo someterse; depende gramaticalmente del versículo 21. Cynthia Long Westfall explica que la referencia a la esposa queda inseparablemente vinculada a la sumisión mutua de toda la comunidad cristiana, mientras la mayor parte de la instrucción recae sobre el esposo, a quien se le exige renunciar al privilegio, amar con entrega y tratar a su esposa como su propio cuerpo.

El texto no le entrega al hombre una corona; le pone una toalla en las manos.

Cristo, después de todo, no modeló una autoridad obsesionada con mandar, controlar o tener la última palabra. Lavó pies, tocó cuerpos considerados impuros, escuchó públicamente a mujeres, las recibió como discípulas y se apareció primero a ellas después de la resurrección. Cuando sus discípulos comenzaron a discutir quién sería el más importante (porque los hombres del Evangelio también tenían sus revoluces), Jesús no confirmó ninguna pirámide: les enseñó que quien quisiera ser primero debía convertirse en servidor.

Elisabeth Schüssler Fiorenza describe las primeras comunidades cristianas como un posible “discipulado de iguales”, aunque advierte que la posterior institucionalización patriarcal fue reduciendo, reinterpretando y hasta invisibilizando la autoridad de las mujeres. Ivone Gebara añade que la religión puede hacer algo particularmente peligroso: presentar como voluntad divina relaciones sociales construidas por seres humanos, logrando que las propias mujeres defiendan estructuras que limitan su libertad, su palabra y hasta la confianza en su propia conciencia.La Biblia, sin embargo, siguió dejándonos nombres imposibles de esconder: Febe, diaconisa y benefactora; Priscila, quien instruyó a Apolos; Lidia, anfitriona de una comunidad; María Magdalena, enviada a anunciar la resurrección; y Junia, reconocida en Romanos 16:7 como una figura prominente entre los apóstoles, lectura respaldada por un número considerable de investigadores contemporáneos.

Precisamente a Junia llega Preston Sprinkle en “From Genesis to Junia.” Sprinkle, biblista evangélico formado en ambientes conservadores, explica que comenzó su investigación sin abrazar plenamente la igualdad ministerial y terminó cambiando de postura: concluyó que la evidencia bíblica lo llevó a afirmar que las mujeres pueden ejercer cualquier ministerio y función de liderazgo dentro de la iglesia. Su recorrido resulta importante no porque haya “descubierto” a las mujeres (llevamos aquí desde Génesis, porque Dios también nos hizo a su imagen y semejanza), sino porque demuestra que revisar una doctrina a la luz de la evidencia bíblica no destruye la fe; la purifica.Conviene aclarar algo: el patriarcado cristiano tiene una historia larga y compleja, pero el complementarianismo, como movimiento evangélico organizado que afirma igual valor y funciones jerárquicamente diferentes, es relativamente reciente. Su formulación contemporánea quedó consolidada con el Council on Biblical Manhood and Womanhood y la Declaración de Danvers, preparada en 1987 y publicada en 1988.

Desde entonces, su influencia ha alcanzado a numerosas iglesias evangélicas moldeando la enseñanza sobre el matrimonio, la familia y el liderazgo eclesial.Eso no significa que nadie creyera antes en la subordinación femenina; significa que una tradición antigua fue reorganizada, revestida de un lenguaje moderno y presentada como la interpretación bíblica correcta. Quizás por eso, en la mayoría de los retiros, conferencias y talleres evangélicos seguimos escuchando que el hombre es el sacerdote del hogar, mientras se enseña que la mujer fue creada únicamente para ser ayuda idónea del hombre y someterse a su autoridad. Quien se atreva a cuestionarlo no tarda en recibir una etiqueta: hereje, de izquierda, feminista o, peor aún, alguien que no tiene una verdadera relación con Dios.

Tal vez la pregunta nunca debió haber sido si alguien debe someterse, porque toda relación sostenida por el amor exige humildad, escucha, renuncia y la capacidad de ceder cuando el otro necesita ser sostenido. La pregunta debió, y debe, ser por qué convertimos una invitación dirigida a toda la comunidad cristiana en una obligación exclusiva para la mujer, y cómo terminamos llamando “orden de Dios” a una estructura que coloca siempre a la misma persona arriba y a la misma abajo.Quizás llegó la hora de enseñar otra clase de matrimonio desde nuestros púlpitos. Uno donde ninguno compita por el poder porque ambos entienden que el poder, en el Reino de Dios, siempre se pone al servicio del otro. Uno donde las tareas del hogar, la crianza de los hijos, las decisiones económicas y los sueños compartidos no se distribuyan según el género, sino según los dones, las capacidades, las circunstancias y los talentos de cada uno. Uno donde cocinar no le quite masculinidad al esposo, donde liderar una conversación difícil no le robe feminidad a la esposa y donde pedir ayuda deje de verse como una derrota.

La dignidad que Cristo nos concede no viene dividida entre géneros. No disminuye cuando una mujer enseña, piensa, lidera o discrepa, ni aumenta cuando un hombre levanta la voz para recordar que él es “la cabeza del hogar”. La imagen de Dios habita plenamente en ambos, y esa verdad debería transformar la manera en que construimos nuestros hogares mucho antes de transformar la manera en que organizamos nuestros sermones.

Cuando el sufrimiento llama a nuestra puerta

El discernimiento cristiano entre la conciencia, la compasión y el cuidado

Por Lisette Genao Durán

Nadie se prepara para el día en que el sufrimiento llama a tu puerta.

Puede llegar con un diagnóstico inesperado, una enfermedad que cambia el rumbo de una familia, una decisión médica urgente o una situación en la que ninguna respuesta parece suficiente. Son momentos en los que las certezas dejan de ser ideas y se convierten en preguntas. Instantes en los que descubrimos que la vida es mucho más compleja de lo que nuestras categorías alcanzan a explicar.

Es precisamente allí, cuando el sufrimiento toca la vida concreta de una persona, donde la fe revela si es solo una idea defendida desde la distancia o una presencia capaz de acompañar, discernir y cuidar.

En esos momentos, las preguntas éticas dejan de ser discusiones lejanas y se vuelven decisiones concretas: cómo acompañar, cómo cuidar, cómo respetar la conciencia y cómo sostener la vida sin perder de vista la misericordia.

Vivimos en una época marcada por debates intensos sobre cuestiones éticas que atraviesan la existencia humana. Con frecuencia sentimos la presión de responder rápidamente, de ubicarnos en uno u otro lado de una discusión, como si toda realidad pudiera reducirse a posiciones opuestas. Sin embargo, la experiencia nos recuerda que el sufrimiento nunca llega en abstracto. Siempre tiene un nombre, una historia, una familia y un rostro.

Después de muchos años acompañando personas como psicóloga y creyente, he aprendido que el dolor no suele necesitar, en primer lugar, una explicación. Suele necesitar una presencia capaz de escuchar sin apresurarse a juzgar, una mirada que reconozca la dignidad de quien sufre y una comunidad que no abandone precisamente a quienes más necesitan ser sostenidos.

Quizá por eso el Evangelio nunca comienza con una teoría. Comienza con una persona.

Jesús recorrió los caminos de Galilea encontrándose con hombres y mujeres cuyas vidas estaban atravesadas por el sufrimiento. Nunca redujo a nadie a su enfermedad, a su pecado o a su condición social. Antes de pronunciar una enseñanza, miraba. Antes de corregir, escuchaba. Antes de responder, se acercaba.

Hay una parábola que ilumina de manera especial este modo de comprender la fe. Un hombre desciende de Jerusalén a Jericó y es asaltado. Queda tendido al borde del camino. Un sacerdote pasa junto a él. También un levita. Ambos ven al hombre herido, pero continúan su camino. Entonces aparece un samaritano.

El evangelista Lucas utiliza un verbo que cambia toda la escena: “se conmovió” (Lc 10,33).

No fue el único que vio el sufrimiento. Fue el único que permitió que el sufrimiento del otro transformara su manera de actuar. 

Se acercó, vendó sus heridas, lo levantó, lo llevó a un lugar seguro, permaneció con él y asumió el costo de su cuidado.

La compasión, en el Evangelio, nunca es una emoción pasajera. Es una decisión que se hace responsable de la vida del otro.

Quizá esa sea una de las preguntas más urgentes para nuestro tiempo. ¿Qué ocurre cuando el sufrimiento humano desafía nuestras certezas?

No se trata de renunciar a las convicciones ni de abandonar los principios que orientan nuestra vida. Se trata de recordar que toda convicción cristiana encuentra su sentido cuando es capaz de servir a la dignidad humana.

La tradición de la Iglesia ha comprendido desde hace siglos que hay situaciones en las que el discernimiento no es una opción secundaria, sino una exigencia de responsabilidad. El Concilio Vaticano II describe la conciencia como “el núcleo más secreto y el sagrario del ser humano”, donde resuena la voz de Dios (Gaudium et Spes, 16). No se trata de una conciencia aislada ni arbitraria, sino de una conciencia que busca sinceramente el bien, iluminada por la fe, la razón, la oración y la responsabilidad.

Esta comprensión nos recuerda que la madurez cristiana no consiste en responder automáticamente a todos los dilemas, sino en aprender a discernir con humildad, sabiendo que el sufrimiento humano nunca puede convertirse en un detalle secundario de nuestras reflexiones éticas.

Con frecuencia hablamos de justicia como si fuera únicamente la aplicación correcta de una norma. El Evangelio propone una comprensión más profunda: Jesús nunca separó la justicia de la misericordia, porque toda ley encuentra su sentido cuando protege la vida, restaura la dignidad y permite que las personas vuelvan a levantarse.

Por eso me atrevo a afirmar que la compasión también es un acto de justicia.No porque sustituya la verdad, sino porque impide que la verdad se convierta en indiferencia.

No porque elimine la responsabilidad, sino porque recuerda que toda responsabilidad cristiana comienza reconociendo el rostro concreto de quien sufre.

Quizá ese sea uno de los mayores desafíos para las comunidades creyentes de nuestro tiempo. No acostumbrarnos nunca al sufrimiento del otro. Resistir la tentación de convertir los grandes dilemas humanos en discusiones donde las personas desaparecen detrás de los argumentos.

El papa Francisco ha insistido repetidamente en la necesidad de construir una auténtica cultura del cuidado. Esa invitación no representa una novedad dentro del cristianismo; nos devuelve al corazón mismo del Evangelio. Allí donde alguien es descartado, olvidado o dejado al borde del camino, la fe siempre nos invita a acercarnos antes de emitir un juicio.

Al final de la parábola, Jesús no pregunta quién interpretó mejor la ley. Pregunta algo mucho más exigente: «¿Quién fue el prójimo del que cayó en manos de los asaltantes?» (Lc 10,36).

Tal vez esa siga siendo la pregunta decisiva para nuestras comunidades y sociedades: no solo qué posición asumimos frente a los grandes dilemas éticos de nuestro tiempo, sino qué tipo de presencia estamos dispuestos a ofrecer cuando el sufrimiento llama a nuestra puerta.

Porque el Evangelio comienza precisamente allí donde alguien decide no pasar de largo.

Y quizá, en un mundo que con frecuencia enfrenta la justicia y la compasión como si fueran caminos opuestos, el mayor desafío para quienes seguimos a Jesús sea recordar que nunca dejó de mirar el sufrimiento con misericordia, ni permitió que la verdad perdiera su capacidad de cuidar.

Solo una fe que permanece junto a quien sufre puede seguir anunciando, con credibilidad, la Buena Noticia del Reino de Dios.

El patriarcado que muchas compramos

Por Sarinette Caraballo Pacheco 

Hay patriarcados que no entran con botas, ni con discursos de guerra, ni con un letrero que diga: “Vengo a oprimirte, mi amor”. Ojalá fueran así de obvios, para una poder decirles desde la puerta y cara a cara: “Aquí no se fía”. Pero no. El patriarcado más peligroso casi siempre llega bien peinadito, oliendo a tradición, cargando Biblia bajo el brazo y diciendo que todo esto es por nuestro bien.

Y lo peor es que muchas veces lo compramos. Lo compramos en mensualidades, en la casa, en la iglesia, en la escuela, en la maternidad, en el matrimonio, en los silencios. Lo compramos cuando creemos que una mujer buena es la que aguanta. Cuando confundimos sacrificio con dejar de existir y dejar de pensar. Cuando llamamos “ayuda” a que un hombre cuide a sus propios hijos. Mira qué detalle tan hermoso: el papá “ayudando”. ¿Aleluya y gloria a Dios? No, qué lástima que hemos llegado a esto y lo llamemos cristianismo.

Si pensamos que esta conversación ya no debería estar ocurriendo, quizá es porque no estamos al tanto de lo que acaba de pasar. Este mes de junio de 2026, la Convención Bautista del Sur, la denominación protestante más grande de Estados Unidos, votó 6,028 a 2,026 —casi tres a uno— para avanzar una enmienda constitucional que prohibiría que iglesias con mujeres pastoras permanezcan en “cooperación amistosa” con la denominación. La propuesta no solo habla del cargo pastoral; también apunta a las funciones pastorales, específicamente predicar ante la congregación. Y como si eso fuera poco, Albert Mohler, presidente del Southern Baptist Theological Seminary, dijo recientemente que las mujeres pueden votar en la política, pero no deberían interpretar sermones en un podcast. O sea, podemos votar por presidentes, pero cuidado si abrimos un micrófono para hablar de la Biblia. ¡Qué generosos!

Amé la forma en la que Carlos, de La teología de la calle, abordó el tema en este video

La teología de la liberación nos enseñó que Dios no mira la injusticia desde el balcón. Gustavo Gutiérrez insistió en que hablar de Dios desde América Latina exige mirar de frente la pobreza, la opresión y las estructuras que aplastan la dignidad humana. De ahí surge esta pregunta incómoda, pero necesaria: ¿qué pasa cuando esas estructuras también viven dentro de la casa, del altar y del lenguaje con que nombramos a Dios?

Rosemary Radford Ruether denunció que mucha teología cristiana fue pensada desde una mirada masculina que dejó a las mujeres como nota al calce de la historia sagrada. Elisabeth Schüssler Fiorenza fue más allá: no basta con “incluir” mujeres en una estructura que sigue funcionando igual; hay que cuestionar el sistema completo de poder religioso, cultural y social que decide quién habla, quién obedece y quién sirve el café después del culto.

En América Latina, y en Puerto Rico, hemos visto que el patriarcado no solo domina cuerpos; también organiza nuestra imaginación. Nos enseñan qué desear, qué temer, qué callar y hasta qué llamar “voluntad de Dios”. Ada María Isasi-Díaz, nos recordó que la teología nace también desde lo cotidiano: desde la cocina, el trabajo, las conversaciones entre mujeres, el cansancio y esa sabiduría que no siempre tuvo diploma, pero sí sudor, lágrimas y cicatrices.

Por eso me preocupa el patriarcado que compramos sin darnos cuenta. El que se disfraza de “así son las cosas”, el que nos enseña a competir entre mujeres por migajas de aprobación, el que nos hace sentir culpables por descansar, el que convierte la maternidad en martirio permanente y después nos aplaude por estar cansadas. Qué lindo el aplauso, ¿verdad? Una en el piso, pero con reconocimiento social. Tremendo.

Desmantelar el patriarcado no siempre empieza con una revolución en la plaza. A veces empieza cuando una mujer dice: “No puedo más”. Cuando otra le cree. Cuando una madre cierra la puerta del baño y reclama cinco minutos sin que nadie le pregunte dónde están las medias, la leche, la tarea, la vida y el Espíritu Santo.

Desde ahí escribí No interrumpas cuando me estoy bañando. No como una solución mágica, porque si un libro tumbara siglos de patriarcado, ya yo estaría vendiendo copias en combo con café y bizcochito. Lo escribí como una grieta y como una forma de decir que nuestras historias importan, que nuestro cansancio tiene teología, que nuestra risa también es resistencia y que Dios no nos creó para vivir pidiendo permiso para existir.

Este trabajo no lo puedo hacer sola; ninguna puede. Pero entre todas, y todos, podemos ir desarmando el patriarcado sutil, ese que se mete por la rendija de lo normal. Podemos cuestionar lo heredado, criar distinto, leer distinto, predicar distinto, amar distinto y descansar sin pedir perdón.

Tal vez la liberación también empieza ahí: cuando dejamos de comprar lo que nos vendieron como destino y empezamos, juntas y juntos, a escribir otra historia.

Si deseas leer sobre igualdad y dignidad de la mujer, te invito a leer mi artículo LA DIGNIDAD QUE SE DEFIENDE 

page2image12968688

Cuando la vida real interpela la fe

Por Lisette Genao Duran

En demasiados espacios de fe, las mujeres llegan con dolor y salen con culpa. Los debates sobre derechos reproductivos suelen presentarse como discusiones abstractas, formuladas desde principios doctrinales generales y respuestas aparentemente absolutas. Pero fuera de esos discursos existen vidas concretas: historias atravesadas por miedo, vulnerabilidad, salud, violencia, pérdida y decisiones difíciles.

Es precisamente allí, en la vida real, donde la reflexión ética y teológica se vuelve más exigente. Hablar de derechos reproductivos desde la fe implica reconocer que no estamos solo ante conceptos morales, sino ante cuerpos, conciencia, dignidad y vida. Sin embargo, durante años, muchas mujeres han experimentado las comunidades religiosas no como espacios de acompañamiento espiritual, sino como lugares donde sus vivencias son juzgadas antes de ser escuchadas.

Frente a eso, los evangelios muestran una y otra vez a Jesús acercándose a las personas desde la compasión antes que desde la condena. En más de una ocasión, Jesús desafió las formas religiosas que colocaban la norma por encima de la vida humana. “Misericordia quiero y no sacrificios” (Mt 9:13) no aparece solo como una frase aislada, sino como una manera de comprender la relación entre fe, dignidad y cuidado.

Jesús y la complejidad humana

Uno de los rasgos más sorprendentes del ministerio de Jesús es su capacidad de encontrarse con las personas dentro de la complejidad de sus vidas. No se relaciona con seres humanos ideales, sino con personas atravesadas por sufrimientos, exclusiones y dilemas reales.

Mientras las autoridades religiosas de su tiempo esperaban respuestas rígidas, Jesús desplazaba la discusión hacia la dignidad humana. La pregunta central parece ser siempre la misma: ¿qué decisión protege la vida?, ¿qué acción restaura a la persona?, ¿dónde está la compasión?

Esto no significa que los dilemas éticos desaparezcan. Significa, más bien, que la vida humana no puede reducirse a fórmulas abstractas desconectadas del sufrimiento concreto.

La conciencia como espacio espiritual

La tradición cristiana ha reconocido históricamente la importancia de la conciencia moral. No se trata simplemente de una opinión individual, sino de ese espacio interior donde las personas disciernen, luchan, oran y toman decisiones frente a situaciones complejas de la vida.

Sin embargo, en muchos debates públicos, la conciencia de las mujeres desaparece. Se habla sobre ellas, pero pocas veces se escucha lo que viven; se discuten normas, pero no siempre se consideran las consecuencias humanas de esas normas.

Desde una perspectiva pastoral y psicológica, esto tiene efectos profundos. Las experiencias relacionadas con embarazo, maternidad, violencia sexual, salud reproductiva o pérdida gestacional suelen estar cargadas de miedo, culpa, dolor e incertidumbre. Abordarlas únicamente desde categorías jurídicas o doctrinales puede deshumanizar el acompañamiento espiritual.

La ética del cuidado

Uno de los aportes más importantes de las teologías feministas y de las éticas del cuidado ha sido recordarnos que las decisiones humanas ocurren dentro de contextos concretos. No todas las personas viven las mismas condiciones sociales, económicas o emocionales; no todas las mujeres enfrentan los mismos riesgos ni cargan con las mismas posibilidades.

Por eso, una ética verdaderamente comprometida con la vida necesita aprender a escuchar las circunstancias humanas con humildad. La pregunta ética no puede limitarse a “qué está permitido” o “qué está prohibido”. También debe preguntarse quién está sufriendo, quién está siendo invisibilizada y quién está cargando sola con las consecuencias.

El cuerpo y la dignidad

La fe cristiana afirma que toda persona ha sido creada a imagen y semejanza de Dios. Esa afirmación incluye también el cuerpo. Sin embargo, durante siglos, el cuerpo de las mujeres ha sido tratado como territorio de regulación social y religiosa. Se ha hablado con más insistencia del control del cuerpo femenino que de su dignidad.

Una espiritualidad centrada en la vida debería preguntarse cómo proteger integralmente a las personas, especialmente en contextos de vulnerabilidad. Hablar de derechos reproductivos desde la fe no significa abandonar la ética, sino ampliar la mirada para incluir la realidad completa de las vidas humanas.

Las mujeres y el silencio religioso

Muchas mujeres creyentes viven profundas tensiones internas cuando enfrentan decisiones difíciles relacionadas con su salud reproductiva. Algunas sienten miedo de hablar; otras experimentan culpa religiosa; muchas cargan silenciosamente experiencias dolorosas sin encontrar espacios seguros dentro de sus comunidades de fe.

Esto plantea una pregunta ineludible para las iglesias: ¿estamos siendo espacios de acompañamiento o espacios de condena? Los evangelios muestran a Jesús acercándose, precisamente, a quienes eran marginados por los discursos religiosos dominantes de su tiempo. Tal vez hoy también la fe está siendo llamada a escuchar más y a juzgar menos.

Una teología que acompañe la vida

La teología pública tiene el desafío de dialogar con la realidad contemporánea sin perder profundidad espiritual. Eso implica reconocer que las preguntas éticas de nuestro tiempo son complejas y requieren sensibilidad humana, escucha y discernimiento.

No se trata de relativizar la fe, sino de evitar respuestas simplistas frente a situaciones profundamente dolorosas. Acompañar la vida humana exige compasión, y la compasión no es debilidad moral, sino una forma radical de reconocer la dignidad del otro.

Hacia comunidades más humanas

Quizás uno de los llamados más urgentes para las comunidades cristianas hoy sea recuperar la capacidad de acompañar: acompañar sin controlar, escuchar sin condenar de inmediato y reconocer que detrás de cada debate hay personas reales.

La fe no debería aumentar el sufrimiento de quienes ya atraviesan situaciones difíciles. Por el contrario, debería convertirse en un espacio donde las personas encuentren cuidado, dignidad y esperanza. Allí donde una comunidad deja de vigilar cuerpos y aprende a acompañar conciencias, el Evangelio vuelve a hacerse buena noticia para quienes durante demasiado tiempo solo encontraron silencio, culpa o condena.

Lisette Genao Durán es psicóloga, teóloga. Es presidenta de Alianza Cristiana Dominicana y de Católicas por el Derecho a Decidir República Dominicana (CDD-RD). Su trabajo se sitúa en la intersección entre fe, justicia social y derechos humanos, promoviendo reflexiones teológicas y acciones de incidencia pública que defienden la dignidad, la autonomía y la vida de las mujeres.

Entre el Discurso y el Detonante

La Hipocresía de los Estados Unidos frente al asesinato de las niñas en Irán

Por Alhana Sofía Ortiz Díaz

Imagina que es un día de semana en donde llevas a tu hija a la escuela, pero horas después, recibes la noticia que fueron asesinados. Una parte de ti por quién tú darías la vida se han marchado. Esta es la historia de muchas de las madres desconsoladas por causa del bombardeo del 28 de febrero de este año realizado por Estados Unidos a una escuela de niñas en Irán. Ahora, ¿quiénes podrán sanar la herida de todas las madres y padres iranís? ¿Quién podrá unir los pedazos de esos corazones rotos esparcidos por el suelo en la escuela de niñas Shajareh Tayyebel Girl School?

Siendo Estados Unidos un país que aparenta una lucha constante por los derechos de las mujeres y que ha destinado miles de millones de dólares a programas de igualdad de género, considero que también debería actuar de manera coherente con los valores que promueve internacionalmente. Por esta razón, me resulta contradictorio e hipócrita que una nación que afirma defender la dignidad y seguridad de las mujeres termine relacionada con acciones militares que afectan directamente a niñas, madres y familias inocentes. Para mí, la protección de la vida humana debería estar por encima de cualquier interés político, económico o militar.

En un país como Irán, donde todavía existen desafíos relacionados con la libertad y los derechos de las mujeres, cualquier conflicto político representa una brecha aún más grande y un riesgo potencial para aquellas mujeres que ya viven bajo condiciones de opresión y vulnerabilidad. El gobierno Iraní ha dejado claro en múltiples ocasiones que los derechos y libertades de las mujeres muchas veces quedan subordinados a intereses políticos y sociales. Un ejemplo de ello fue el caso de Mahsa Amini, una joven Kurda- iraní de 22 años que fue detenida en septiembre del 2022 por no utilizar “correctamente” (según los medios de comunicación), el hiyab. 

Su muerte provocó protestas dentro y fuera del país y evidenció el dolor y la frustración de muchas mujeres iraníes. Aunque miles levantaron su voz en apoyo a ella, la respuesta del gobierno estuvo marcada por la represión y el control. Personalmente, considero que casos como este reflejan la realidad de muchas mujeres que viven sin poder expresarse libremente y bajo el temor constante de ser castigadas por desafiar las normas impuestas.

Precisamente por conocer esta realidad desde Puerto Rico, pienso que las potencias mundiales deberían actuar con aún más responsabilidad cuando intervienen en conflictos relacionados con países donde las mujeres y los civiles ya viven en situaciones vulnerables. Si Estados Unidos realmente desea proyectarse como una nación defensora de los derechos humanos, entonces sus acciones deben reflejar esos valores de manera consistente. No creo que la justicia pueda construirse mediante ataques que terminan afectando escuelas, familias y menores de edad. Más bien, considero que cuando se pierde la vida de civiles inocentes, especialmente niñas, es válido cuestionar si verdaderamente se está actuando bajo principios de justicia o simplemente bajo la maldad de intereses estratégicos y militares.

Como joven que veo el panorama a nivel global, puedo escribir que nada podrá devolver a la vida a esas niñas y maestra, que estando en la escuela, fueron asesinadas por un misil estadounidense. Nadie podrá aliviar completamente el dolor de las familias que perdieron a sus hijas y hermanas. Por eso, no quiero que las muertes de aquellas niñas se conviertan simplemente en otro evento histórico más que eventualmente sea olvidado. Lo sucedido debe ser un recordatorio de que detrás de cada conflicto existen vidas humanas reales que merecen ser protegidas y valoradas.

Desde una perspectiva de teología política, considero importante reflexionar sobre la relación entre la fe, la moral y las decisiones políticas. En mi opinión, las acciones de un gobierno no deberían evaluarse únicamente desde el poder militar o los intereses económicos, sino también desde la ética y la responsabilidad humana. Para mí, la verdadera justicia no significa venganza ni superioridad política; significa proteger la dignidad humana y defender a quienes no pueden defenderse por sí mismos. Desde mi perspectiva, muchas de estas decisiones reflejan que para algunos gobiernos el poder político parece tener más importancia que los principios de justicia y humanidad que afirman defender. 

Asimismo, los principios bíblicos fortalecen aún más lo dicho anteriormente. En Isaías 10:1-2 se declara: “¡Ay de los que dictan leyes injustas… para apartar del juicio a los pobres y quitar el derecho a los afligidos!”. De igual manera, Proverbios 31:8-9 dice: “Abre tu boca por el mudo… Juzga con justicia y defiende la causa del pobre y del necesitado”. Estos versículos me hacen reflexionar sobre la responsabilidad que tenemos de alzar la voz cuando ocurren injusticias, especialmente contra quienes no tienen poder para defenderse. Desde mi perspectiva cristiana, Dios llama tanto a las personas como a las naciones a actuar con compasión, responsabilidad y justicia verdadera.

Al final, este acontecimiento me lleva a cuestionar si realmente estamos haciendo lo suficiente para evitar que tragedias como esta continúen ocurriendo. También me hace pensar en cómo muchas veces el poder político y militar termina teniendo más valor que la vida humana. Cuando la vida y la muerte están en el poder de una sola palabra; no podemos ser ignorantes de los acontecimientos hechos y la vulnerabilidad de nuestra sociedad.

Creo que ninguna democracia puede llamarse verdaderamente justa si las decisiones tomadas ignoran el sufrimiento de civiles inocentes. Por ello, considero necesario que la comunidad internacional exija mayor responsabilidad ética en los conflictos armados y que nunca se normalice la muerte de mujeres, niñas y familias enteras como simples consecuencias de la guerra. Que Estados Unidos deje la hipocresía y comience a aplicar lo que promueve. Solo cuando la justicia se base verdaderamente en la dignidad humana y no en intereses de poder.

Cuando las cisternas ya no sacian

Por Amós Joel Pagán Ríos

Tal vez la desconfianza de las nuevas generaciones no sea el origen del problema, sino el espejo donde se reflejan las promesas incumplidas de quienes administraron el mundo antes que ellas. Por eso, afirmar que “la juventud ya no cree en nada” puede convertirse en una frase injusta si no se escucha primero el cansancio que la sostiene. Esa pérdida de confianza no siempre aparece como una postura filosófica elaborada. A veces se expresa en frases cotidianas como:“nada va a cambiar”, “no confío en nadie”, “la iglesia dice una cosa y hace otra”, “estudiar no garantiza futuro”. En ellas hay más que apatía, hay una memoria de decepción.

El nihilismo, en este contexto, no debe entenderse únicamente como una teoría filosófica que niega todo sentido. En la vida diaria puede manifestarse como cansancio ante las promesas rotas. La sensación de que nada cambia, que ninguna institución merece confianza y que esperar demasiado solo aumenta la agotamiento. No siempre nace de una falta de profundidad espiritual. Muchas veces surge cuando una generación recibe un escenario donde demasiadas voces usaron palabras nobles para sostener prácticas contradictorias. Se ha hablado de verdad, justicia, democracia, familia y espiritualidad; pero esas palabras han llegado acompañadas de abuso de poder, exclusión, silencio y frustración.

La cultura occidental moderna, especialmente en sus formas políticas, económicas y religiosas, atraviesa una fractura profunda en su manera de ejercer poder. No se trata solo de que las generaciones emergentes sean rebeldes. Se trata de que quienes han ocupado lugares de influencia no siempre han ejercido su responsabilidad con integridad. La política promete bienestar, pero muchas veces administra con desilusión. La economía habla de progreso, pero produce precariedad. La educación promete movilidad social, aunque no siempre puede garantizar un futuro digno. Incluso sectores religiosos, que llamados a custodiar la esperanza, en ocasiones se acomoda demasiado al poder y protegen estructuras injustas.

La imagen bíblica de Jeremías 2 ayuda a nombrar esta sed sin forzar el texto. El profeta denuncia que el pueblo abandonó la fuente de agua viva y cavó depósitos agrietados que no podían retener el agua. Jeremías se dirige a Judá, en un contexto histórico, político y religioso muy distinto al nuestro. Sin embargo, la imagen permite pensar que puede haber seres humanos capaces de sustituir aquello que da vida por estructuras incapaces de sostenerla.

La denuncia profética no se limita a señalar fallas individuales. El pasaje tiene el tono de una confrontación pública donde se llama al pueblo a mirar su propia historia. La memoria, en ese sentido, es clave. Hubo camino, liberación, tierra fértil y posibilidad de vida; pero también hubo olvido y desorientación. La crisis no aparece solamente en la conducta colectiva, sino también en sus liderazgos. Quienes debían orientar, discernir y cuidar la vida común dejaron de preguntar por Dios. Las personas que tenían responsabilidad espiritual y pública terminaron persiguiendo lo que no produce fruto. Por ello, el problema no es solo la sed, sino la mala administración de las fuentes.

En nuestra epoca también se han construido depósitos agrietados. El consumo, el éxito desenfrenado y la imagen distorsionada de la realidad se han presentado como fuentes de sentudo, aunque no logran sostener la vida. Muchas veces nacieron dentro de ellas. Por eso, antes de acusarlas por su sed, habría que preguntarnos quiénes les ofrecieron agua dañada. Esto no significa idealizar a las nuevas generaciones ni suponer que toda distancia es automáticamente justa. Significa que la crítica debe comenzar escuchando las condiciones históricas que hicieron creíble esa distancia, incluso de Dios. 

El japonés Kazoh Kitamori, en su libro Teología del dolor de Dios, ayuda a pensar a Dios no como una idea distante, sino como el Dios cuyo amor se mete en la herida humana. Desde esa intuición, la reflexión cristiana no puede hablar de esperanza sin mirar de frente la vida golpeada. Tiene que escuchar el clamor histórico y preguntarse cómo hablar de Dios allí donde muchas personas sienten que ya no queda agua. Esta perspectiva resulta fundamental para dialogar con una generación marcada por la sospecha. Si la iglesia responde al vacío contemporáneo únicamente con imposición, repetirá parte del problema. La crisis actual no se sana con nostalgia autoritaria. 

La pregunta no puede ser simplemente ¿cómo hacemos para que la juventud vuelva a creer?, sino ¿qué rostro de Dios hemos mostrado? Si Dios ha sido presentado como un vigilante moral, como lenguaje religioso de una autoridad sin compasión o como símbolo de una institución incapaz de pedir perdón, entonces parte de la incredulidad de la juventud debe ser escuchada como protesta ética. Quizás el desafío no sea convencer a las nuevas generaciones de que vuelvan a confiar en las viejas autoridades, sino mostrarles una forma distinta de hacerlo. Una autoridad que no se imponga desde arriba, sino que se reconozca desde el acompañamiento fiel. Que no siga cavando cisternas incapaces de saciar, sino que aprenda a señalar, con su propia vida, la fuente donde un mundo cansado todavía puede encontrar agua.

Amós Joel Pagán Ríos es pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en Puerto Rico, estudiante de Maestría en Divinidad del Seminario Evangélico de Puerto Rico, y tanatólogo certificado. Reside en Bayamón, Puerto Rico.

La dignidad que se defiende 

Dejamos de llamar “rebeldía” a la dignidad y “obediencia” al abuso

Por Sarinette Caraballo Pacheco 

Hay textos bíblicos que no solo interpretamos; también nos interpretan a nosotras y a nosotros. Son textos que nos colocan frente a nuestras propias prácticas y nos obligan a preguntar qué hemos permitido, qué hemos normalizado y qué hemos llamado “obediencia”, “tradición” o “voluntad de Dios”, cuando en realidad muchas veces ha sido patriarcado, abuso de poder, interpretaciones faltas de hermenéutica y/o miedo religioso presentado como moral.

Uno de esos textos es Gálatas 3:28: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús”. Esta afirmación no debe leerse como una frase decorativa para repetir en espacios religiosos. Es una declaración profundamente espiritual, comunitaria y social. No elimina las diferencias entre las personas, pero sí niega que las diferencias puedan usarse para establecer jerarquías de valor. En otras palabras, en Cristo no podemos decidir que una persona vale menos por su género, su origen, su clase social, su historia o su lugar dentro de la sociedad.

Desde esta perspectiva, la dignidad humana no se reparte por género. Tampoco se administra desde un gobierno, un tribunal, una iglesia o un partido político. La dignidad viene de Dios. Por eso, cuando una sociedad crea leyes, discursos o estructuras que reducen la vida de las mujeres a obediencia, silencio, sacrificio o control, no está defendiendo el Evangelio. Está alejándose del corazón de Jesús.

Al 2026 todavía necesitamos decir esto con claridad: las mujeres seguimos luchando por igualdad de derechos y por un trato digno. No se trata de una lucha por “imponernos”, como a veces se dice para deslegitimar los reclamos de justicia. Se trata de reconocer que todavía vivimos en sociedades donde el cuerpo de la mujer se legisla, su voz es sospechosa, su dolor es minimizado y su vida muchas veces se protege tarde, mal o nunca.

Habiendo sido víctima de violencia doméstica, hace muchos años, el tema me toca de cerca. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe informó que, en 2023, al menos 3,897 mujeres fueron víctimas de femicidio, o feminicidio, en 27 países y territorios de América Latina y el Caribe. Esa cifra representa, como mínimo, once muertes violentas de mujeres por razón de género cada día en la región (CEPAL, 2024). Este dato nos recuerda que la violencia contra las mujeres no es un asunto privado ni aislado. Es una emergencia social, política y también espiritual. Si una mujer no puede vivir sin miedo, no podemos hablar de justicia como si todo estuviera bien. Cuando una mujer tiene que calcular cómo camina, cómo se viste, a qué hora sale, qué denuncia y qué calla para sobrevivir, entonces todavía tenemos una deuda inmensa con el Evangelio que decimos creer.

En Puerto Rico, además, hemos visto debates y medidas legales recientes que han sido celebradas por algunos sectores como defensa de la vida, pero criticadas por organizaciones de derechos civiles, médicos y profesionales legales por sus posibles consecuencias sobre la autonomía, la salud y la dignidad de las mujeres y personas gestantes. En diciembre de 2025, se firmó el Proyecto del Senado 504, que reconoció el estatus legal del “no nacido”, a pesar de advertencias de profesionales de la salud sobre riesgos para la vida y autonomía de las personas embarazadas (Amnesty International, 2026). Además, en febrero de 2026, la gobernadora de Puerto Rico firmó otra medida que enmendó el Código Penal para reconocer al feto como ser humano; médicos y expertos legales advirtieron que la medida podía crear confusión, afectar decisiones clínicas y abrir espacio a consecuencias legales ambiguas (Associated Press, 2026).

  • ¿Qué decisión deberá tomar un esposo cuando tu esposa llegue embarazada, y con complicaciones al hospital, y deba escoger entre la vida de mamá o la del bebé no nacido? ¿Lo acusarán de asesinato si escoge salvar a mamá? 
  • ¿Qué pasará cuando una mujer embarazada llegue a un hospital con un sangrado y haya abortado naturalmente? ¿Pondrán en duda su historia de los hechos? ¿La podrán acusar de haber matado a su propio hijo no nacido?
  • Una niña de diez años, violada por su padre o hermano mayor ¿tiene, obligatoriamente, que dar a luz a su propio hermano/hijo porque si no la acusan de asesinato?

Aquí necesitamos tener mucho cuidado. Cuando el Estado dice proteger “la vida”, pero no garantiza salud, vivienda, seguridad, justicia rápida, educación, servicios adecuados para víctimas de violencia, protección real contra la violencia doméstica y acompañamiento económico para madres, tenemos derecho a preguntar qué vida se está protegiendo y cuál se está dejando sola. La defensa de la vida no puede reducirse al control del cuerpo de las mujeres. Si la defensa es verdaderamente cristiana, debe incluir justicia, cuidado, pan, techo, salud, protección y dignidad desde que nace hasta que muere cualquier ser humano; esto incluye la vida de mamás gestantes.

Jesús habló con la mujer samaritana cuando la cultura decía que no debía hacerlo. No solo le habló: la tomó en serio. No esperó a que los líderes religiosos aprobaran su dignidad, no le pidió que resolviera primero su reputación para entonces merecer la revelación; la encontró en su sed y le ofreció agua viva.

Jesús también defendió a la mujer acusada de adulterio cuando un grupo de hombres quiso usar la ley para convertirla en espectáculo público de castigo. En ese relato, el hombre implicado en adulterio no aparece. Aparecen los acusadores y sus manos llenas de piedras. Aparece una moral selectiva que cae con todo su peso sobre el cuerpo de una mujer. Pero Jesús se inclina, escribe en tierra y detiene la violencia religiosa con una frase que todavía debe confrontarnos: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Jesús no usó la ley para humillar a una mujer, la usó para revelar la hipocresía de quienes querían castigarla.

Ese gesto de Jesús tiene implicaciones para nosotras y nosotros hoy:

  • Cada vez que un gobierno crea leyes que afectan directamente a las mujeres sin escuchar seriamente a las mujeres que serán afectadas, algo se daña.
  • Cada vez que se discute el cuerpo de la mujer sin la voz de la mujer, nos acercamos más a los acusadores con piedras que al Cristo que se inclinó en tierra.
  • Cada vez que se legisla desde el castigo, la sospecha o el control, y no desde la justicia, la salud, la misericordia y el bien común, nos alejamos del Jesús de los evangelios.

La mujer no es un recurso del patriarcado. No somos vientres para legislar, cuerpos para controlar, manos para servir sin decidir, voces para cantar, pero no para interpretar, ni presencia para llenar espacios mientras otros ocupan las mesas de poder.

La dignidad de la mujer no puede separarse de las condiciones concretas en las que vive: pobreza, violencia, maternidad, trabajo, salud, raza, migración, colonialismo y desigualdad. 

Entonces la iglesia no puede predicar igualdad espiritual mientras practica desigualdad social. No podemos decir “hermana” (que significa nacidos del mismo vientre; iguales) en el servicio de domingo y luego tratar a la mujer como menor de edad moral en la política, en la casa, en el trabajo o en la iglesia.

Entonces, si Cristo confió en las mujeres para anunciar vida, ¿quiénes somos nosotras y nosotros para legislar, predicar o gobernar como si la vida de las mujeres pudiera reducirse a obediencia, silencio o sacrificio?

Podemos construir comunidades más justas y formar iglesias más fieles cuando dejamos de llamar “rebeldía” a la dignidad y “obediencia” al abuso. Podemos exigir gobiernos más humanos cuando entendemos que la fe no se mide por cuántas restricciones se imponen sobre las mujeres, sino por cuánta justicia, protección, educación, salud, pan, techo y dignidad somos capaces de garantizar.

Sarinette Caraballo Pacheco Es escritora y conferenciante puertorriqueña.. Estudió Investigación con concentración en Justicia Criminal y Teología con concentración en Psicoterapia de Familia en el Seminario Internacional Ministerial de México. Es cofundadora de Unrecognized Church y Unrecognized Women, y fundadora de Pleníntesis. Su escritura nace del amor por la justicia, la poesía, la dignidad humana y una fe que camina hacia la plenitud con los demás.

Una relectura desde el Areópago

Por Amós Joel Pagán Ríos

Puerto Rico no parece estar ante la desaparición de la fe, sino ante una transformación profunda de sus formas de expresión. La reseña publicada por El Nuevo Día sobre el estudio de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico plantea un dato que la iglesia no debería mirar con ligereza: existe una alta identidad religiosa entre las personas puertorriqueñas, pero una menor participación en prácticas institucionales formales. El reportaje señala que la investigación estima un alto porcentaje de identificación cristiana y, al mismo tiempo, una brecha creciente entre afiliación religiosa y práctica institucional. También recoge el llamado de los investigadores a que las instituciones eclesiales reconecten con la realidad social y reconozcan expresiones de espiritualidad más allá de sus estructuras tradicionales. 

Ese dato no debe convertirse en una excusa para la nostalgia ni en un argumento para la condena. La pregunta no puede ser únicamente por qué la gente no está llegando al templo. Tal vez la pregunta más honesta sea otra: ¿qué ha ocurrido para que tantas personas conserven una identidad religiosa, una sensibilidad espiritual, pero ya no encuentren en la institución eclesial un lugar para vivirla? No se trata de asumir que toda distancia o permanencia institucional sea madurez espiritual. El asunto es más complejo y  precisamente por eso merece una lectura pastoral, teológica y autocrítica.

Hechos 17 ofrece una escena para pensar este desafío, siempre que evitemos leerla de manera anacrónica. Atenas no es Puerto Rico. El Areópago no es una plaza pública caribeña, ni Pablo es un conferenciante moderno diseñando estrategias de relevancia cultural. El texto nace en el contexto de una ciudad antigua atravesada por símbolos religiosos, tradiciones filosóficas, tensiones culturales y estructuras imperiales. Sin embargo, el pasaje nos permite contemplar una postura que sigue siendo significativa. Pablo no comienza hablando desde el desprecio ni la indiferencia, sino desde la observación.

Según el relato, Pablo se inquieta al ver la ciudad llena de ídolos. Pero esa inquietud no lo lleva a insultar a quienes tiene de frente. Dialoga en la sinagoga, conversa en la plaza y, cuando llega al Areópago, parte del indicador de un altar dedicado “al Dios no conocido”. Pablo no convierte esa observación en burla, sino que la convierte en punto de contacto. Su palabra no nace de la comodidad de quien habla solo para los suyos, sino del riesgo de quien escucha una ciudad antes de anunciarle algo. Su discurso no parece abandonar el corazón del evangelio, pero tampoco lo presenta en un lenguaje desconectado de las búsquedas de quienes le escuchan.

Ahí hay una lección importante para la iglesia en Puerto Rico. Muchas personas no han dejado de buscar a Dios. Algunas oran en silencio, piden bendición, agradecen la vida, encienden una vela, lloran a sus muertos, comparten frases bíblicas, se aferran a una promesa o buscan consuelo en medio de la precariedad. Pero no necesariamente encuentran en la iglesia institucional un espacio donde esa búsqueda pueda madurar con libertad, profundidad y acompañamiento. En algunos casos, la distancia nace del cansancio, heridas o de la percepción de que la iglesia habla mucho de Dios, pero escucha poco la vida real.

La iglesia debe resistir la tentación de responder con expresiones livianas. No basta decir que “la gente se ha enfriado” o que “ya no hay compromiso como antes”. Ese tipo de lecturas puede tranquilizar a quienes siguen dentro, pero no necesariamente revela la verdad completa. También habría que preguntar si nuestras comunidades han confundido tradición con inmovilidad, doctrina con rigidez, santidad con aislamiento, evangelización con insistencia o fidelidad con repetición de formas heredadas. Una institución puede preservar lenguaje religioso y aun así perder capacidad de encuentro en comunidad. 

Lo relevante de la iglesia no consiste en perseguir cada novedad cultural para no sentirse atrasada. No se trata de popularidad, hacer ruido o entretener. Es preguntarse cómo el evangelio se encarna hoy en un país marcado por la ansiedad económica, la migración, el envejecimiento poblacional, la violencia, el deterioro de la confianza pública, la fragmentación familiar y la búsqueda de sentido fuera de las instituciones tradicionales. Una iglesia que no sabe nombrar esas realidades difícilmente podrá acompañarlas. 

En el discurso de Pablo hay una afirmación teológica que incomoda a toda institución religiosa: Dios no habita en templos hechos por manos humanas ni depende de nuestras estructuras para dar vida. Esto no destruye la necesidad de la comunidad de fe, pero sí la libera de la tentación de poseer a Dios. La iglesia no existe para controlar lo sagrado, sino para testimoniar al Dios que da vida, aliento y esperanza. Cuando una institución olvida esto, comienza a defender su lugar social con más fuerza que su vocación de anunciar la buena noticia. 

Puerto Rico también tiene sus areópagos. No son de piedra antigua ni están llenos de filosofía griega, pero existen en las calles, en los hospitales, los hogares, las escuelas, en los espacios digitales y en la vida cotidiana de quienes siguen buscando a Dios. Allí, entre altares visibles e invisibles, la iglesia está llamada a mirar antes de hablar, escuchar antes de responder y discernir antes de juzgar. La pregunta no es solamente si Puerto Rico todavía cree. La pregunta es si la iglesia estará dispuesta a subir de nuevo al Areópago. No como quien va a conquistar una plaza, sino como quien se acerca a una ciudad herida para testimoniar al Dios que da esperanza;

Amós Joel Pagán Ríos es pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en Puerto Rico, estudiante de Maestría en Divinidad del Seminario Evangélico de Puerto Rico, y tanatólogo certificado. Reside en Bayamón, Puerto Rico. Correo electrónico: amospagan12@gmail.com

Llevaron cadenas, pero trazaron rutas

Por Alondra Ortiz Ortiz 

Como joven puertorriqueña siempre he escuchado de mujeres del pasado que marcaron nuestra historia. Por sus acciones las veían como revolucionarias; hoy en cambio las reconocemos como líderes y profundo agradecimiento. Una de ellas fue, Luisa Capetillo mujer negra puertorriqueña, escritora, feminista y líder laboral. Primera mujer puertorriqueña en ponerse pantalón en la isla vecina Cuba (1915) y desafió las normas de género. Luego, de ese evento revolucionario fue encarcelada por “causar un escándalo”. Fue encarcelada su valentía de querer una igualdad que hiciera que estuviera cómoda. Incluso, según los medios, la acusaron de escandalizar con su “excéntrico capricho”. Ser mujer y buscar lo que nos hace feliz no es un capricho, es un deber.

            Otra mujer que sufrió al buscar igualdad y comodidad fue Juana Agripina. Es un excelente referente cuando pensamos en nuestros ancestros cimarrones. Al año de nacer en el pueblo de San Germán fue vendida, prestada y esclavizada. Ella realizó varios intentos por su libertad, no obstante, ella sabía que sin carta de libertad no se reconocería como libre. Es muy lamentable que por un papel se defina tu estatus, religión, comportamiento o vestimenta. Aunque en occidente disfrutamos de cierta libertad y equidad, todavía en algunos trabajos se les paga menos a las mujeres, las menosprecian en canciones de salsa, reggaetón o trap y continúa el estereotipo de que solo están hechas para tareas domésticas y no para trabajar y ser grandes como gobernadores, autores, pilotas, incluso mecánicas automotriz, entre otras gerencias y puestos de liderazgo.

Algunas jóvenes que se están levantando no tienen cadenas en manos y pies, pero si, un cerebro donde el patriarcado lideró en sus casas, escuelas u otras instituciones y que siempre se desprecian o se minorizan así mismas; porque vieron y escucharon desde pequeñas que las mujeres no pueden aspirar a más. En ocasiones no fue un mensaje directo, pero al no destacar mujeres en libros escolares, no crear esa imagen sobre mujeres con grandes aportaciones; en consecuencia, se produce una mente femenina arropada por el patriarcado.

Así como Luisa Capetillo y Juana Agripina se levantaron y desafiaron los límites, así deben continuar las mujeres que van creciendo. Desafiar los límites por un mundo mejor, donde las chicas no tengan miedo a ser inteligentes, donde todas puedan practicar su fe libremente sin ser juzgadas ni señaladas. Que puedan participar de una teologíaia pública a través de un lente de fe, que puede conversar sobre sus problemas sociales, culturales y políticos, par aun mundo justo.  Una mujer muy conocida por ser esclava, pero que sobrepasó los límites fue Harriet Tubman, la valentía arropó su mente y corazón y salió de Maryland a Filadelfia donde encontró su libertad. Se convirtió en abolicionista y luchó incansablemente por el sufragio de la mujer. La conocían como “Moisés” porque creó un ferrocarril subterráneo donde liberó a más de 300 personas y cuando estuvo en la Guerra Civil se convirtió en la primera mujer liderando un asalto armado donde liberaron a más de 700 personas. 

Así como Tubman reconoció que la libertad no era solo para ella y la compartió. Nosotros debemos ser puentes que conecten a otros a su alegría, paz, descanso mental, alimento físico y espiritual. En la Biblia se presenta una mujer llamada Dorcas  quien fue una discípula en Jope, conocida por su servicio abnegado, haciendo ropa para viudas y pobres. Al servir a los marginados reflejaba el carácter de Jesús ganando el cariño de la comunidad y conectándolos con la fe. Una conexión que se da a través del amor y el servicio. Cuando hacemos el trabajo sin amor nos convertimos en esclavos, pero cuando servimos de corazón nuestra alegría no viene por lo que recibimos, sino por lo que damos.

La vida se trata de tomar decisiones constantemente, sin embargo, uno no elige su color de piel, la forma de cabello, y el sexo con el que se nace. No debemos ser juzgados ni criticadas por eso, en estos tiempos todavía es un problema el ser mujer.

Debemos de recordar el dicho de las mujeres originaria “Por más que nos quieran enterrar somos semillas que vamos a florecer”. Nadie debe dictar quién debemos ser, aunque existan tiranos, dictadores o religiones que se apoderen de la voluntad de las mujeres, todas portan una esencia inigualable que ninguna tela podrá cubrir y podemos seguir renaciendo. La poeta puertorriqueña Julia de Burgos decía: “A mí me pinta el sol y me riza el viento”. Deseo que cada mujer pueda brillar y cada rayo de luz sea un recordatorio de su valor. Además, que cada viento que repose en su rostro las haga sentir libres de moverse a su felicidad. Oro para que cada mujer se sienta confiada en quién es y sus raíces estén bien cimentadas para que puedan dar fruto a través del servicio a otros y para que nadie las haga dudar de lo resilientes que pueden llegar a ser.

Hoy nos toca continuar siendo el eco de Luisa Capetillo, la resistencia de Juana Agripina, la valentía de Harriet Tubman y la voz libre de Julia de Burgos. Somos descendientes de mujeres que no pidieron permiso para existir, sino que accionaron para ser.

Si la historia de la humanidad está incompleta a causa de la mujer, entonces aún queda mucha historia por contar. Cada vez que una mujer se levanta y piensa por sí misma rompen las cadenas que durante tantos años intentaron definirla. Aún hay derechos que conseguir, países por presidir, espacios por liderar y mujeres por liberar. Agradezco a las mujeres que aunque llevando cadenas trazaron nuevas rutas para la libertad.