La dignidad que se defiende 

Dejamos de llamar “rebeldía” a la dignidad y “obediencia” al abuso

Por Sarinette Caraballo Pacheco 

Hay textos bíblicos que no solo interpretamos; también nos interpretan a nosotras y a nosotros. Son textos que nos colocan frente a nuestras propias prácticas y nos obligan a preguntar qué hemos permitido, qué hemos normalizado y qué hemos llamado “obediencia”, “tradición” o “voluntad de Dios”, cuando en realidad muchas veces ha sido patriarcado, abuso de poder, interpretaciones faltas de hermenéutica y/o miedo religioso presentado como moral.

Uno de esos textos es Gálatas 3:28: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús”. Esta afirmación no debe leerse como una frase decorativa para repetir en espacios religiosos. Es una declaración profundamente espiritual, comunitaria y social. No elimina las diferencias entre las personas, pero sí niega que las diferencias puedan usarse para establecer jerarquías de valor. En otras palabras, en Cristo no podemos decidir que una persona vale menos por su género, su origen, su clase social, su historia o su lugar dentro de la sociedad.

Desde esta perspectiva, la dignidad humana no se reparte por género. Tampoco se administra desde un gobierno, un tribunal, una iglesia o un partido político. La dignidad viene de Dios. Por eso, cuando una sociedad crea leyes, discursos o estructuras que reducen la vida de las mujeres a obediencia, silencio, sacrificio o control, no está defendiendo el Evangelio. Está alejándose del corazón de Jesús.

Al 2026 todavía necesitamos decir esto con claridad: las mujeres seguimos luchando por igualdad de derechos y por un trato digno. No se trata de una lucha por “imponernos”, como a veces se dice para deslegitimar los reclamos de justicia. Se trata de reconocer que todavía vivimos en sociedades donde el cuerpo de la mujer se legisla, su voz es sospechosa, su dolor es minimizado y su vida muchas veces se protege tarde, mal o nunca.

Habiendo sido víctima de violencia doméstica, hace muchos años, el tema me toca de cerca. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe informó que, en 2023, al menos 3,897 mujeres fueron víctimas de femicidio, o feminicidio, en 27 países y territorios de América Latina y el Caribe. Esa cifra representa, como mínimo, once muertes violentas de mujeres por razón de género cada día en la región (CEPAL, 2024). Este dato nos recuerda que la violencia contra las mujeres no es un asunto privado ni aislado. Es una emergencia social, política y también espiritual. Si una mujer no puede vivir sin miedo, no podemos hablar de justicia como si todo estuviera bien. Cuando una mujer tiene que calcular cómo camina, cómo se viste, a qué hora sale, qué denuncia y qué calla para sobrevivir, entonces todavía tenemos una deuda inmensa con el Evangelio que decimos creer.

En Puerto Rico, además, hemos visto debates y medidas legales recientes que han sido celebradas por algunos sectores como defensa de la vida, pero criticadas por organizaciones de derechos civiles, médicos y profesionales legales por sus posibles consecuencias sobre la autonomía, la salud y la dignidad de las mujeres y personas gestantes. En diciembre de 2025, se firmó el Proyecto del Senado 504, que reconoció el estatus legal del “no nacido”, a pesar de advertencias de profesionales de la salud sobre riesgos para la vida y autonomía de las personas embarazadas (Amnesty International, 2026). Además, en febrero de 2026, la gobernadora de Puerto Rico firmó otra medida que enmendó el Código Penal para reconocer al feto como ser humano; médicos y expertos legales advirtieron que la medida podía crear confusión, afectar decisiones clínicas y abrir espacio a consecuencias legales ambiguas (Associated Press, 2026).

  • ¿Qué decisión deberá tomar un esposo cuando tu esposa llegue embarazada, y con complicaciones al hospital, y deba escoger entre la vida de mamá o la del bebé no nacido? ¿Lo acusarán de asesinato si escoge salvar a mamá? 
  • ¿Qué pasará cuando una mujer embarazada llegue a un hospital con un sangrado y haya abortado naturalmente? ¿Pondrán en duda su historia de los hechos? ¿La podrán acusar de haber matado a su propio hijo no nacido?
  • Una niña de diez años, violada por su padre o hermano mayor ¿tiene, obligatoriamente, que dar a luz a su propio hermano/hijo porque si no la acusan de asesinato?

Aquí necesitamos tener mucho cuidado. Cuando el Estado dice proteger “la vida”, pero no garantiza salud, vivienda, seguridad, justicia rápida, educación, servicios adecuados para víctimas de violencia, protección real contra la violencia doméstica y acompañamiento económico para madres, tenemos derecho a preguntar qué vida se está protegiendo y cuál se está dejando sola. La defensa de la vida no puede reducirse al control del cuerpo de las mujeres. Si la defensa es verdaderamente cristiana, debe incluir justicia, cuidado, pan, techo, salud, protección y dignidad desde que nace hasta que muere cualquier ser humano; esto incluye la vida de mamás gestantes.

Jesús habló con la mujer samaritana cuando la cultura decía que no debía hacerlo. No solo le habló: la tomó en serio. No esperó a que los líderes religiosos aprobaran su dignidad, no le pidió que resolviera primero su reputación para entonces merecer la revelación; la encontró en su sed y le ofreció agua viva.

Jesús también defendió a la mujer acusada de adulterio cuando un grupo de hombres quiso usar la ley para convertirla en espectáculo público de castigo. En ese relato, el hombre implicado en adulterio no aparece. Aparecen los acusadores y sus manos llenas de piedras. Aparece una moral selectiva que cae con todo su peso sobre el cuerpo de una mujer. Pero Jesús se inclina, escribe en tierra y detiene la violencia religiosa con una frase que todavía debe confrontarnos: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Jesús no usó la ley para humillar a una mujer, la usó para revelar la hipocresía de quienes querían castigarla.

Ese gesto de Jesús tiene implicaciones para nosotras y nosotros hoy:

  • Cada vez que un gobierno crea leyes que afectan directamente a las mujeres sin escuchar seriamente a las mujeres que serán afectadas, algo se daña.
  • Cada vez que se discute el cuerpo de la mujer sin la voz de la mujer, nos acercamos más a los acusadores con piedras que al Cristo que se inclinó en tierra.
  • Cada vez que se legisla desde el castigo, la sospecha o el control, y no desde la justicia, la salud, la misericordia y el bien común, nos alejamos del Jesús de los evangelios.

La mujer no es un recurso del patriarcado. No somos vientres para legislar, cuerpos para controlar, manos para servir sin decidir, voces para cantar, pero no para interpretar, ni presencia para llenar espacios mientras otros ocupan las mesas de poder.

La dignidad de la mujer no puede separarse de las condiciones concretas en las que vive: pobreza, violencia, maternidad, trabajo, salud, raza, migración, colonialismo y desigualdad. 

Entonces la iglesia no puede predicar igualdad espiritual mientras practica desigualdad social. No podemos decir “hermana” (que significa nacidos del mismo vientre; iguales) en el servicio de domingo y luego tratar a la mujer como menor de edad moral en la política, en la casa, en el trabajo o en la iglesia.

Entonces, si Cristo confió en las mujeres para anunciar vida, ¿quiénes somos nosotras y nosotros para legislar, predicar o gobernar como si la vida de las mujeres pudiera reducirse a obediencia, silencio o sacrificio?

Podemos construir comunidades más justas y formar iglesias más fieles cuando dejamos de llamar “rebeldía” a la dignidad y “obediencia” al abuso. Podemos exigir gobiernos más humanos cuando entendemos que la fe no se mide por cuántas restricciones se imponen sobre las mujeres, sino por cuánta justicia, protección, educación, salud, pan, techo y dignidad somos capaces de garantizar.

Sarinette Caraballo Pacheco Es escritora y conferenciante puertorriqueña.. Estudió Investigación con concentración en Justicia Criminal y Teología con concentración en Psicoterapia de Familia en el Seminario Internacional Ministerial de México. Es cofundadora de Unrecognized Church y Unrecognized Women, y fundadora de Pleníntesis. Su escritura nace del amor por la justicia, la poesía, la dignidad humana y una fe que camina hacia la plenitud con los demás.

Una relectura desde el Areópago

Por Amós Joel Pagán Ríos

Puerto Rico no parece estar ante la desaparición de la fe, sino ante una transformación profunda de sus formas de expresión. La reseña publicada por El Nuevo Día sobre el estudio de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico plantea un dato que la iglesia no debería mirar con ligereza: existe una alta identidad religiosa entre las personas puertorriqueñas, pero una menor participación en prácticas institucionales formales. El reportaje señala que la investigación estima un alto porcentaje de identificación cristiana y, al mismo tiempo, una brecha creciente entre afiliación religiosa y práctica institucional. También recoge el llamado de los investigadores a que las instituciones eclesiales reconecten con la realidad social y reconozcan expresiones de espiritualidad más allá de sus estructuras tradicionales. 

Ese dato no debe convertirse en una excusa para la nostalgia ni en un argumento para la condena. La pregunta no puede ser únicamente por qué la gente no está llegando al templo. Tal vez la pregunta más honesta sea otra: ¿qué ha ocurrido para que tantas personas conserven una identidad religiosa, una sensibilidad espiritual, pero ya no encuentren en la institución eclesial un lugar para vivirla? No se trata de asumir que toda distancia o permanencia institucional sea madurez espiritual. El asunto es más complejo y  precisamente por eso merece una lectura pastoral, teológica y autocrítica.

Hechos 17 ofrece una escena para pensar este desafío, siempre que evitemos leerla de manera anacrónica. Atenas no es Puerto Rico. El Areópago no es una plaza pública caribeña, ni Pablo es un conferenciante moderno diseñando estrategias de relevancia cultural. El texto nace en el contexto de una ciudad antigua atravesada por símbolos religiosos, tradiciones filosóficas, tensiones culturales y estructuras imperiales. Sin embargo, el pasaje nos permite contemplar una postura que sigue siendo significativa. Pablo no comienza hablando desde el desprecio ni la indiferencia, sino desde la observación.

Según el relato, Pablo se inquieta al ver la ciudad llena de ídolos. Pero esa inquietud no lo lleva a insultar a quienes tiene de frente. Dialoga en la sinagoga, conversa en la plaza y, cuando llega al Areópago, parte del indicador de un altar dedicado “al Dios no conocido”. Pablo no convierte esa observación en burla, sino que la convierte en punto de contacto. Su palabra no nace de la comodidad de quien habla solo para los suyos, sino del riesgo de quien escucha una ciudad antes de anunciarle algo. Su discurso no parece abandonar el corazón del evangelio, pero tampoco lo presenta en un lenguaje desconectado de las búsquedas de quienes le escuchan.

Ahí hay una lección importante para la iglesia en Puerto Rico. Muchas personas no han dejado de buscar a Dios. Algunas oran en silencio, piden bendición, agradecen la vida, encienden una vela, lloran a sus muertos, comparten frases bíblicas, se aferran a una promesa o buscan consuelo en medio de la precariedad. Pero no necesariamente encuentran en la iglesia institucional un espacio donde esa búsqueda pueda madurar con libertad, profundidad y acompañamiento. En algunos casos, la distancia nace del cansancio, heridas o de la percepción de que la iglesia habla mucho de Dios, pero escucha poco la vida real.

La iglesia debe resistir la tentación de responder con expresiones livianas. No basta decir que “la gente se ha enfriado” o que “ya no hay compromiso como antes”. Ese tipo de lecturas puede tranquilizar a quienes siguen dentro, pero no necesariamente revela la verdad completa. También habría que preguntar si nuestras comunidades han confundido tradición con inmovilidad, doctrina con rigidez, santidad con aislamiento, evangelización con insistencia o fidelidad con repetición de formas heredadas. Una institución puede preservar lenguaje religioso y aun así perder capacidad de encuentro en comunidad. 

Lo relevante de la iglesia no consiste en perseguir cada novedad cultural para no sentirse atrasada. No se trata de popularidad, hacer ruido o entretener. Es preguntarse cómo el evangelio se encarna hoy en un país marcado por la ansiedad económica, la migración, el envejecimiento poblacional, la violencia, el deterioro de la confianza pública, la fragmentación familiar y la búsqueda de sentido fuera de las instituciones tradicionales. Una iglesia que no sabe nombrar esas realidades difícilmente podrá acompañarlas. 

En el discurso de Pablo hay una afirmación teológica que incomoda a toda institución religiosa: Dios no habita en templos hechos por manos humanas ni depende de nuestras estructuras para dar vida. Esto no destruye la necesidad de la comunidad de fe, pero sí la libera de la tentación de poseer a Dios. La iglesia no existe para controlar lo sagrado, sino para testimoniar al Dios que da vida, aliento y esperanza. Cuando una institución olvida esto, comienza a defender su lugar social con más fuerza que su vocación de anunciar la buena noticia. 

Puerto Rico también tiene sus areópagos. No son de piedra antigua ni están llenos de filosofía griega, pero existen en las calles, en los hospitales, los hogares, las escuelas, en los espacios digitales y en la vida cotidiana de quienes siguen buscando a Dios. Allí, entre altares visibles e invisibles, la iglesia está llamada a mirar antes de hablar, escuchar antes de responder y discernir antes de juzgar. La pregunta no es solamente si Puerto Rico todavía cree. La pregunta es si la iglesia estará dispuesta a subir de nuevo al Areópago. No como quien va a conquistar una plaza, sino como quien se acerca a una ciudad herida para testimoniar al Dios que da esperanza;

Amós Joel Pagán Ríos es pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en Puerto Rico, estudiante de Maestría en Divinidad del Seminario Evangélico de Puerto Rico, y tanatólogo certificado. Reside en Bayamón, Puerto Rico. Correo electrónico: amospagan12@gmail.com

Llevaron cadenas, pero trazaron rutas

Por Alondra Ortiz Ortiz 

Como joven puertorriqueña siempre he escuchado de mujeres del pasado que marcaron nuestra historia. Por sus acciones las veían como revolucionarias; hoy en cambio las reconocemos como líderes y profundo agradecimiento. Una de ellas fue, Luisa Capetillo mujer negra puertorriqueña, escritora, feminista y líder laboral. Primera mujer puertorriqueña en ponerse pantalón en la isla vecina Cuba (1915) y desafió las normas de género. Luego, de ese evento revolucionario fue encarcelada por “causar un escándalo”. Fue encarcelada su valentía de querer una igualdad que hiciera que estuviera cómoda. Incluso, según los medios, la acusaron de escandalizar con su “excéntrico capricho”. Ser mujer y buscar lo que nos hace feliz no es un capricho, es un deber.

            Otra mujer que sufrió al buscar igualdad y comodidad fue Juana Agripina. Es un excelente referente cuando pensamos en nuestros ancestros cimarrones. Al año de nacer en el pueblo de San Germán fue vendida, prestada y esclavizada. Ella realizó varios intentos por su libertad, no obstante, ella sabía que sin carta de libertad no se reconocería como libre. Es muy lamentable que por un papel se defina tu estatus, religión, comportamiento o vestimenta. Aunque en occidente disfrutamos de cierta libertad y equidad, todavía en algunos trabajos se les paga menos a las mujeres, las menosprecian en canciones de salsa, reggaetón o trap y continúa el estereotipo de que solo están hechas para tareas domésticas y no para trabajar y ser grandes como gobernadores, autores, pilotas, incluso mecánicas automotriz, entre otras gerencias y puestos de liderazgo.

Algunas jóvenes que se están levantando no tienen cadenas en manos y pies, pero si, un cerebro donde el patriarcado lideró en sus casas, escuelas u otras instituciones y que siempre se desprecian o se minorizan así mismas; porque vieron y escucharon desde pequeñas que las mujeres no pueden aspirar a más. En ocasiones no fue un mensaje directo, pero al no destacar mujeres en libros escolares, no crear esa imagen sobre mujeres con grandes aportaciones; en consecuencia, se produce una mente femenina arropada por el patriarcado.

Así como Luisa Capetillo y Juana Agripina se levantaron y desafiaron los límites, así deben continuar las mujeres que van creciendo. Desafiar los límites por un mundo mejor, donde las chicas no tengan miedo a ser inteligentes, donde todas puedan practicar su fe libremente sin ser juzgadas ni señaladas. Que puedan participar de una teologíaia pública a través de un lente de fe, que puede conversar sobre sus problemas sociales, culturales y políticos, par aun mundo justo.  Una mujer muy conocida por ser esclava, pero que sobrepasó los límites fue Harriet Tubman, la valentía arropó su mente y corazón y salió de Maryland a Filadelfia donde encontró su libertad. Se convirtió en abolicionista y luchó incansablemente por el sufragio de la mujer. La conocían como “Moisés” porque creó un ferrocarril subterráneo donde liberó a más de 300 personas y cuando estuvo en la Guerra Civil se convirtió en la primera mujer liderando un asalto armado donde liberaron a más de 700 personas. 

Así como Tubman reconoció que la libertad no era solo para ella y la compartió. Nosotros debemos ser puentes que conecten a otros a su alegría, paz, descanso mental, alimento físico y espiritual. En la Biblia se presenta una mujer llamada Dorcas  quien fue una discípula en Jope, conocida por su servicio abnegado, haciendo ropa para viudas y pobres. Al servir a los marginados reflejaba el carácter de Jesús ganando el cariño de la comunidad y conectándolos con la fe. Una conexión que se da a través del amor y el servicio. Cuando hacemos el trabajo sin amor nos convertimos en esclavos, pero cuando servimos de corazón nuestra alegría no viene por lo que recibimos, sino por lo que damos.

La vida se trata de tomar decisiones constantemente, sin embargo, uno no elige su color de piel, la forma de cabello, y el sexo con el que se nace. No debemos ser juzgados ni criticadas por eso, en estos tiempos todavía es un problema el ser mujer.

Debemos de recordar el dicho de las mujeres originaria “Por más que nos quieran enterrar somos semillas que vamos a florecer”. Nadie debe dictar quién debemos ser, aunque existan tiranos, dictadores o religiones que se apoderen de la voluntad de las mujeres, todas portan una esencia inigualable que ninguna tela podrá cubrir y podemos seguir renaciendo. La poeta puertorriqueña Julia de Burgos decía: “A mí me pinta el sol y me riza el viento”. Deseo que cada mujer pueda brillar y cada rayo de luz sea un recordatorio de su valor. Además, que cada viento que repose en su rostro las haga sentir libres de moverse a su felicidad. Oro para que cada mujer se sienta confiada en quién es y sus raíces estén bien cimentadas para que puedan dar fruto a través del servicio a otros y para que nadie las haga dudar de lo resilientes que pueden llegar a ser.

Hoy nos toca continuar siendo el eco de Luisa Capetillo, la resistencia de Juana Agripina, la valentía de Harriet Tubman y la voz libre de Julia de Burgos. Somos descendientes de mujeres que no pidieron permiso para existir, sino que accionaron para ser.

Si la historia de la humanidad está incompleta a causa de la mujer, entonces aún queda mucha historia por contar. Cada vez que una mujer se levanta y piensa por sí misma rompen las cadenas que durante tantos años intentaron definirla. Aún hay derechos que conseguir, países por presidir, espacios por liderar y mujeres por liberar. Agradezco a las mujeres que aunque llevando cadenas trazaron nuevas rutas para la libertad.

El cuerpo es territorio sagrado: reflexión teológica desde la experiencia de las mujeres

Por Lisette Genao Duran 

Durante siglos, buena parte de la reflexión teológica ha girado en torno al alma, la salvación y la vida espiritual, dejando en segundo plano una dimensión fundamental de la existencia humana: el cuerpo.

Y, de manera particular, del cuerpo de las mujeres.

En muchos espacios religiosos, el cuerpo femenino ha sido objeto de control y vigilancia. A las mujeres se les ha enseñado a disciplinarlo o a desconectarse de él como parte de una supuesta vida espiritual “más elevada”. Sin embargo, esta mirada contrasta con la tradición bíblica, que afirma que la creación —toda la creación— es buena.

Recuperar una teología del cuerpo desde la experiencia de las mujeres no es un ejercicio ideológico; es, más bien, un acto de fidelidad a una fe que afirma la dignidad integral del ser humano.

El cuerpo en la historia de la fe

El relato del Génesis ofrece un punto de partida: el ser humano es creado como una unidad. No hay una división jerárquica entre alma y cuerpo; ambos forman parte de la misma realidad querida por Dios.

Con el tiempo, algunas corrientes teológicas privilegiaron lo espiritual por encima de lo corporal. Ese dualismo marcó la manera de entender el cuerpo y, con particular fuerza, el cuerpo de las mujeres.

Así, el cuerpo dejó de percibirse como espacio de revelación y pasó a ser territorio de sospecha; en las mujeres, esto se tradujo en normas y silencios que limitaron su autonomía, su voz y el valor de su propia experiencia.

El cuerpo como lugar de experiencia

Desde la psicología, sabemos que el cuerpo no es solo una estructura biológica: es también un lugar donde se inscriben las emociones, la historia personal y las experiencias de vida.

El cuerpo recuerda: el dolor y el cuidado, la violencia y la ternura. En muchas mujeres, es el lugar donde se ha vivido tanto la vida como la herida.

Recuerda el dolor, pero también el cuidado; recuerda la violencia, pero también la ternura. En el caso de muchas mujeres, el cuerpo ha sido el lugar donde se ha vivido tanto la vida como la herida.

Por eso, hablar del cuerpo desde la teología no puede hacerse de manera abstracta: exige reconocer realidades concretas y, ante todo, escuchar.

Jesús y los cuerpos invisibilizados

En los evangelios encontramos a un Jesús profundamente conectado con la realidad corporal de las personas.

  • Toca cuerpos considerados impuros.
  • Sana cuerpos enfermos.
  • Se deja tocar por una mujer que llevaba años sangrando.
  • Defiende el cuerpo de una mujer que iba a ser apedreada.

Estos gestos rompen con normas sociales y religiosas de su tiempo y muestran que Jesús no evita el cuerpo: lo dignifica; no lo controla: lo libera.

En una sociedad donde muchos cuerpos eran marginados, Jesús los coloca en el centro de su acción. Por eso, el cuerpo no es un obstáculo para la experiencia de Dios, sino uno de sus principales lugares de encuentro.

El cuerpo de las mujeres: entre silencio y resistencia

A lo largo de la historia, el cuerpo de las mujeres ha sido interpretado desde miradas externas —religiosas, culturales y políticas—, y pocas veces se ha escuchado su propia voz sobre la experiencia corporal.

En las últimas décadas, muchas mujeres han comenzado a nombrar lo vivido: la herida, pero también el deseo, la autonomía y una espiritualidad encarnada.

Ese acto de nombrar ha sido también un proceso de recuperación.

  • Recuperar el cuerpo como propio.
  • Recuperar la capacidad de decidir.
  • Recuperar la relación entre cuerpo y espiritualidad.

Lejos de ser una amenaza para la fe, este proceso puede enriquecer de manera profunda la comprensión teológica.

Una espiritualidad encarnada

La encarnación es uno de los pilares de la fe cristiana: Dios se hace cuerpo.

Este hecho afirma que lo humano, lo material y lo corporal no están separados de lo divino; pero a menudo queda en el plano doctrinal y no transforma la manera en que habitamos nuestros cuerpos.

Una espiritualidad encarnada reconoce que:

  • El cuerpo es parte de la experiencia de fe.
  • El cuidado del cuerpo es una práctica espiritual.
  • La dignidad corporal es un valor teológico.

Esto implica también cuestionar aquellas prácticas religiosas que generan culpa, miedo o vergüenza en relación con el cuerpo.

El cuerpo como territorio sagrado

Hablar del cuerpo como territorio sagrado implica reconocer que no es un objeto disponible para el control de otros, sino un espacio donde habita la dignidad.

En contextos donde los cuerpos de las mujeres han sido vulnerados —por la violencia, la pobreza, la desigualdad o la falta de acceso a derechos básicos—, afirmar la sacralidad del cuerpo es también una postura ética.

  • Afirmar que la vida de las mujeres importa.
  • Afirmar que sus experiencias importan.
  • Afirmar que su integridad no puede ser negociada.

Desde esta perspectiva, la defensa de los derechos que afectan el cuerpo —como la salud, la autonomía y la integridad física— no es ajena a la fe: es una expresión concreta de ella.

Hacia una teología que escuche

La teología tiene hoy el desafío de escuchar con mayor atención.

  • Escuchar las voces de las mujeres.
  • Escuchar sus experiencias corporales.
  • Escuchar las realidades que han sido ignoradas o minimizadas.

No se trata de abandonar la tradición, sino de releerla a la luz de la vida. Las preguntas que emergen desde el cuerpo —dolor, placer, salud, violencia, dignidad— también son preguntas teológicas y merecen ser atendidas con seriedad.

Un llamado a reconciliarnos con el cuerpo

Tal vez uno de los desafíos más urgentes para muchas personas de fe sea reconciliarse con su propio cuerpo.

  • Dejar de verlo como enemigo.
  • Dejar de vivirlo con culpa.
  • Dejar de desconectarnos de él.

Reconocer el cuerpo como parte de la vida creada por Dios abre la posibilidad de una espiritualidad más plena, humana y honesta. En las mujeres, este proceso puede ser profundamente liberador.

Recuperar el cuerpo como territorio sagrado es un acto personal y colectivo que transforma cómo entendemos la fe, la dignidad y la vida.

Lisette Genao Durán es psicóloga y teóloga, presidenta de Alianza Cristiana Dominicana (ACD) y de Católicas por el Derecho a Decidir República Dominicana (CDD-RD). Trabaja en la intersección entre fe, justicia social y derechos humanos, con énfasis en la dignidad, la autonomía y la vida de las mujeres.

When a President Opens the Bible

By Eliezer Burgos-Rosado

On April 21, 2026, it has been announced that Donald Trump, from the Oval Office, plans to read a passage from 2 Chronicles before his nation and the world. The scene is striking: the presidential desk, the flag, the seal of the United States in the background, and the president with an open Bible, speaking in a solemn tone. For many Christians, that image stirs hope: “at last a leader who acknowledges God.” But the decisive question is not which text Donald Trump will read, but whether we are willing to let that text judge him… and judge us.

The passage he has chosen, 2 Chronicles 7:11–22, was not written to adorn presidential speeches but to examine the relationship between the house of God, the people of God, and political power. The passage begins by establishing that Solomon finished two houses: the house of the Lord and the king’s house. Temple and palace. God’s presence and royal power, side by side but not confused. From the very first verse, an uncomfortable question rises: who serves whom? Will the king be submissive to the God of the temple, or will he try to use the temple to legitimize his own power?

That is the mirror in which we must look when we see Donald Trump seated in the Oval Office reading a portion of 2 Chronicles. It is not enough to get excited because “a president is quoting Scripture.” The king’s house is never above God’s house, and the God of the Bible is not institutional scenery for any national project. The risk is that the Word will lose its prophetic edge and end up reduced to religious props for an act of power.

God’s response to Solomon is both comfort and confrontation: “I have heard your prayer… I have chosen this house… my eyes and my heart will always be there.” God comes near, listens, watches, feels. Today as well, God sees our institutions, our borders, our prisons, our economic systems, and our public rhetoric. But that presence is not an automatic seal of approval. “My eyes and my heart will be there” means that God scrutinizes what takes place: how people govern, how they treat foreigners, the poor, and opponents; what they do with truth, with justice, and with the lives of the vulnerable.

Trump reading a verse from the Oval Office does not mean that God endorses his style of leadership. The God of 2 Chronicles is not available for hire to deliver a national agenda. God is not impressed by a televised appearance with a Bible on hand. God looks at the fruit behind the appearance. God looks at immigration policies that separate families and criminalize refugees. God looks at language that demeans women, minorities, and political opponents. God looks at the declared love of weapons, the normalization of lying, and the nostalgia for brute force as a solution.

In that context, the famous verse 14—“If my people humble themselves, pray, seek my face, and turn from their wicked ways… I will heal their land”—runs the risk of becoming a sort of empty “national prayer.” Read from behind the presidential desk, it can sound like this: “if the nation listens to me while I read this, God will heal the country.” But the text does not say that. It does not mention a “strong leader,” or the right party, or victory at the polls. It speaks of the people of God, not of the state. It speaks of conversion, not protocol.

The order is revealing. First: “my people humble themselves.” They do not exalt themselves, do not consider themselves superior, do not raise their flag above all others, but acknowledge their sin and their complicity in injustice. Then: “pray and seek my face.” They do not merely seek “our side” winning, but the will of God, even if that calls their political alliances into question. Finally: “turn from their wicked ways.” Those ways include racism, contempt for migrants, verbal violence, abuse of power, and the excessive love of money and weapons, even when all of this is dressed in “Christian” language.

This is where the issue of violence and war also comes in. God does not say: “if my people arm themselves to the teeth, if they wage preemptive wars, if they crush their enemies, then I will heal their land.” The land is not healed with “blessed” bombs. It is healed when God’s people stop blessing violence and turn away from those evil paths. A Christianity that asks for “national healing” while applauding aggressive policies, unjust military interventions, or hate-filled speech is asking God to sign off on exactly what this text denounces.

Later, God places the throne under conditions: “if you walk in my ways, I will establish your kingdom.” The king is on probation. The same holds true for Trump and for any president or ruler. The question is not simply whether he “defends Christians,” but whether his decisions resemble the justice, truth, and mercy of the biblical God. If a government lies systematically, despises foreigners, stirs up resentment, normalizes cruelty, and glorifies force, no verse read on television can turn it into “the Lord’s anointed.”

The passage ends with a severe warning. It warns that if the people go after other gods, the house will be uprooted and become a mockery. Today, those “other gods” have very clear names: the nation turned into an absolute (“our country first, no matter the cost”), the leader elevated to messiah (“only Trump can save the faith”), money and economic success sacralized, war presented as a path to salvation. The greatest danger is not that the world has idols, but that the church turns a president into an idol and grants him an obedience that belongs only to Christ.

When we see Donald Trump open 2 Chronicles 7 from the Oval Office, we can listen to the text with respect. But biblical faithfulness does not allow us to turn off discernment. This is not about hating a man, but about refusing to call “gospel” what contradicts the character of Jesus Christ. This is not about despising politics, but about remembering that no human throne deserves our primary loyalty.

Perhaps the most honest question this passage leaves us with is not “Is Donald Trump on God’s side?” but “Are we on the side of the God who speaks in 2 Chronicles 7?” If we answer seriously, we will discover that the true healing of the land does not come through a solemn message from the Oval Office, but through a church that humbles itself, prays, seeks the Lord’s face, and turns away from the ways of lies, hatred, violence, and nationalism that it has blessed in God’s name for far too long.

La Pascua como Subversión de la Teología Pública

Por Diego Ramos

Vivir la Pascua desde la teología pública de Jesús trasciende la devoción privada; es un acto de discernimiento sobre nuestro rol en la construcción de una humanidad que resista a los nuevos «dioses» del siglo XXI. Esto nos interpela directamente: ¿qué compromisos asumimos hoy en la tarea de una creación que genere mayor humanidad?

En un mundo donde los liderazgos globales pretenden rediseñar un nuevo «Génesis» de destrucción y dominio, la ética del cuidado —aquella gobernanza teológica delegada por Dios en el relato de la creación— se encuentra bajo amenaza. Ese mandato original, que confería al ser humano el gobierno responsable de la tierra y sus criaturas, está siendo suplantado por la ferocidad de nuevos soberanos que destruyen la vida humana. Frente a esta realidad, la Pascua de Jesús emerge como una subversión teológica pública que se enraíza en la memoria de aquel primer fratricidio bíblico; allí, el interrogante ético-moral —¿Dónde está tu hermano? — recupera una urgencia política radical.

La liberación del pueblo bajo el yugo del faraón nace de una profunda conciencia social divina. Dios no permanece ajeno; escucha el clamor y se hace cargo de la aflicción provocada por la opresión estructural. Ante el cuerpo social sufriente que generan los faraones y reyes de nuestro tiempo, la Pascua debe asumirse desde una teología pública. El cristiano no puede esquivar las preguntas que Yahvé le dirigió a Caín: ¿Dónde está tu hermano? ¿Qué has hecho por él?

Rastrear la teología pública en este tiempo pascual nos conduce inevitablemente al Año Jubilar. Lo que en el Levítico era un mandato de libertad para los esclavos y perdón de deudas, en Jesús se convierte en una praxis definitiva de dignidad. Al presentarse públicamente, el Galileo asume la voz de los oprimidos y proclama la vista a los ciegos y la liberación a los oprimidos, instaurando un nuevo Jubileo donde la justicia social no es una opción, sino el núcleo del Reino de Dios.

Pero hay un gesto aún más radical: la multiplicación de los panes y los peces en Tiberíades, ciudad erigida en honor al emperador Tiberio. En el corazón de la idolatría imperial, Jesús despliega el mayor milagro de fraternidad política: organiza a la multitud para que se reconozcan en la necesidad y la generosidad compartida. La teología pública de Jesús no bendice a Tiberíades ni a los imperios. Su teología no es la de aquellos pastores que hoy oran en sus templos por Javier Milei, Benjamín Netanyahu o alrededor de Donald Trump, artífices de ese nuevo génesis destructivo y deshumanizante. Su respuesta es un rotundo: ¡No Kings! No hay lugar para reyes que juegan a ser dioses.

Tras la multiplicación de los panes, al percibir que la multitud pretende proclamarlo rey, Jesús se retira; huye hacia la soledad del monte. Su diagnóstico es tajante: el Reino de Dios no se construye desde el trono. ¡No Kings!: no hay lugar para reyes que jueguen a ser dioses en este mundo. La teología pública de Jesús no nos convoca a coronar soberanos, sino a una praxis de descenso: nos llama a comprometernos con los crucificados de nuestra historia. Nuestra misión no es sostener cetros, sino bajar de la cruz a quienes hoy siguen siendo sacrificados por las estructuras de injusticia de aquellos que se presentan como reyes.

Felices Pascuas de liberación.

Diego Ramos es educador popular argentino, militante político, licenciado en Ciencias Políticas, profesor de Filosofía y Ciencias Sagradas. Presidente del  Partido Nacional  “República Modelo”, dirige y coordina el Centro de Educación popular Antonio Gramcsi en Santiago del Estero.

LA RUAH DIVINA ENTRE JUNTANZAS DE MUJERES, TERRITORIOS Y MEMORIAS

Mónica Benavides, hdv*

Llegué a una juntanza de mujeres del Abya Yala sin saber con claridad lo qué iba a encontrar, iba con la curiosidad al cien. Desde el primer momento algo se acomodó por dentro, como cuando una persona reconoce que ha llegado a un lugar donde puede habitar sin explicaciones. Eran mujeres diversas, venidas de distintos territorios, con historias que llevaban en la voz, en el cuerpo y en la memoria. Mujeres lideresas, cuidadoras de la vida, apasionadas, enamoradas, de esas que no se guardan el corazón cuando se trata de sostener a otras.

El ambiente tenía una fuerza difícil de nombrar y bonita para encajar. Había risas, abrazos largos, silencios cómplices y palabras que no buscaban imponerse sino encontrarse. Poco a poco fuimos entrando en las conversaciones y lo que se abría no era solo una agenda sobre mujeres, sino una mirada amplia y compleja sobre la urdimbre de las existencias. Se hablaba del cuerpo, del territorio, de la justicia social y ambiental, de las luchas que se entrecruzan y de las formas de catapultar la esperanza cuando todo parece empujar en sentido contrario.

En medio de aquella trama, lo que más llamaba la atención era la diversidad, no como consigna abstracta sino como epifanía encarnada de la vida que el Espíritu suscita en los pueblos. Una diversidad tejida desde los cuerpos, las memorias y los territorios, donde emergían modos otros de habitar la espiritualidad. Es decir, cosmovisiones indígenas enraizadas en la tierra, voces de mujeres que resignifican la fe desde sus luchas, sentipensares que desbordan las categorías coloniales. Había distintos ritmos, tonos, acentos, como un polifónico Pentecostés latinoamericano y, sin embargo, todo encontraba lugar sin anularse.

La palabra circulaba como don compartido y no como poder acumulado; el silencio se recuperaba como espacio de gestación; y la escucha se volvía un gesto político y espiritual, una práctica de descolonización del corazón y de las relaciones. Allí se hacía evidente que los dones no compiten porque brotan de una misma Ruah que sopla donde quiere, que los carismas y ministerios no necesitan jerarquías sacrificiales cuando se comprenden desde el corazonar del cuidado y la reciprocidad, y que la comunidad, en clave de buen vivir, se configura como espacio de justicia, sanación y resistencia al servicio de la vida plena.

La espiritualidad que se respiraba no era distante ni abstracta, sino encarnada en gestos concretos, en miradas que sostienen y en manos que cuidan. Tenía colores de arcoíris y se tejía con legados, saberes ancestrales y relatos compartidos. Era una espiritualidad que hilaba la vida y se hacía presente en lo cotidiano. En esa trama, la Ruah Divina, soplo que anima, se manifestaba como una presencia dinámica que impulsa, abraza y mantiene todo en movimiento.

Sin embargo, el último día todo se quebró de golpe. Llegó la noticia de que a una de las mujeres, allí presente, le habían asesinado a su hijo. Nadie estaba preparada. El impacto atravesó el cuerpo y el silencio ocupó el lugar de las palabras. No era un silencio vacío, sino denso, cargado de dolor y de rabia contenida, lleno de preguntas sin respuesta, de aquello que no alcanza  a decirse o explicar. 

Entonces ocurrió algo que marcó el sentido de lo vivido. Las mujeres que coordinaban el encuentro no intentaron seguir como si nada. Decidieron detenerse y esa decisión, tan sencilla en apariencia, fue significativa. Parar para reconocer el dolor, para no esquivarlo, para acompañar de verdad y contener.

Sin que nadie diera indicaciones, varias mujeres comenzaron a reunirse en el centro del espacio. Con lo que tenían a mano, fueron levantando un altar. Una encendía una vela, otra colocaba una flor, alguien extendía una tela, y otra añadía un pequeño objeto cargado de sentido. El gesto, aunque sencillo, estaba lleno de significado. Era una manera de afirmar que el dolor tenía un lugar, que no sería ignorado ni apresurado. Mientras tanto, iba comprendiendo, a tientas, que todo esto nacía de mujeres que lo dan todo, sin reservarse nada para sí. Estaba siendo testiga de la sororidad en primera línea.

A partir de ahí, la armonización se fue dando de manera orgánica. Aparecieron cantos suaves, oraciones en distintas lenguas, sahumerios que llenaban el aire, palabras breves que acompañaban, silencios que sostenían, perfumes que acariciaban la piel, en esa transición del claroscuro de la existencia. Algunas abrazaban, otras permanecían cerca sin invadir. Cada quien aportaba desde lo que sabía, desde lo que podía, desde su ser. No había un guión, pero sí una coherencia que nacía del cuidado compartido.

En ese momento volví a pasar por el corazón que la espiritualidad no es un discurso aprendido, sino una práctica que se activa cuando más se necesita; sucede mientras se esta viviendo y acompaña la cotidianidad, tanto en su belleza, como en su crudeza. Así, se vuelve la fuerza que permite quedarse cuando todo duele, que ayuda a acuerpar a otra sin querer resolverlo todo y que reconoce la fragilidad sin renunciar a la dignidad. Esa es la Ruah en movimiento, no como idea, sino como experiencia que atraviesa los cuerpos y las relaciones.

Asimismo, quedó en mí la certeza de que aquellas juntanzas no son solamente espacios de encuentro, sino formas de resistencia que abrazan la vida. En un contexto donde la violencia irrumpe de manera constante, detenerse, cuidar, abrazar y nombrar el dolor se convierte en un acto que afirma el carácter sagrado de la vida. De esta manera, se expresa que no todo está perdido y que aún es posible tejer vínculos capaces de sostener.

Lo que allí ocurrió no se queda en un momento aislado. Es parte de un camino más amplio en el que muchas mujeres, desde distintos lugares, están apostando por otras formas de habitar el mundo. Formas que reconocen la interdependencia, que entienden la vida como una red, que valoran lo pequeño, lo cotidiano, lo comunitario. Como las raíces que no se ven pero sostienen el bosque, esas redes van tejiendo posibilidades en la hostilidad y en la  ruptura.

Al salir de ese encuentro, me supe parte de una metamorfosis, la de mujeres que, casi sin ruido, están transformando el mundo. Y es que algo, difícil de nombrar, permanece latiendo incluso cuando cada una regresa a su territorio. Porque en cada gesto compartido, en cada palabra cuidadosamente ofrecida y en cada silencio habitado con respeto, la vida va encontrando caminos para renacer. Por eso, desde entonces creo que la Ruah sigue animando y habitando estas juntanzas, y que continúa abriendo senderos con nosotras. Es una promesa presente que se hace reconocible en lo que tejemos juntas, en cómo nos sostenemos y en la forma en que, incluso en medio del dolor, seguimos eligiendo la vida.

Nacimos para ser mujeres micorrizas, es decir, entrelazadas, soñadoras y fecundas, sin miedo a anunciar la buena noticia de la vida, en un mundo que sabe, y que ya comienza a saborearse, a Pentecostés.


Mónica Benavides* Religiosa de la Congregación de Hermanas de la Divina Voluntad. Pertenece a la Comunidad Indígena “Pastos”, Nariño-Colombia. Doctora en Teología por la Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá. Está vinculada a la Comisión de Vida Religiosa Indígena de la CLAR y al ETAP. También al Grupo de Investigación, Pensamiento Social de la Iglesia, de la Pontificia Universidad Javeriana. Le apasiona desdibujar fronteras, levantarse con el sol, inspirarse con el viento y contemplar las faenas de la vida cotidiana de los territorios.

Afro-Caribbean Enfleshed Spirituality: Resistance, Memory, and Liberation

By Agustina Luvis Núñez*


Afro-Caribbean spirituality is not mere popular religiosity, but a historical praxis of resistance that has sustained life since the European and U.S. invasions. It has reconstructed Black subjectivities and generated epistemologies of liberation against the coloniality of being, knowledge, and power in the Caribbean.

To speak of Afro-Caribbean spirituality is to speak of embodied memory, of people who resisted when every political, economic, and religious apparatus attempted to strip them of their humanity. The transatlantic slave trade did not just uproot human beings; it attempted to erase worldviews, languages, and cultures. However, amidst the plantation system, spiritual practices emerged that preserved African memory under new, camouflaged forms. These were not simple religious syncretisms: they were strategies of cultural and spiritual resistance.

Eclecticism (1 Thessalonians 5:21, “test everything; hold fast to what is good”) is not about syncretic theological naivety, but rather a liberating tactic that chooses the fullness of life. Naming the Orishas under Roman Catholic iconography allowed for the preservation of African symbolic systems under colonial surveillance. The ritual consisted of resurrecting wisdom, ancestors, and institutions. The drum spoke to us in the same coded language used by Jesus of Nazareth. It reclaimed our humanity as sacred territory.

In the case of Haiti, spirituality was a space of symbolic and political articulation that contributed to the anti-colonial revolution culminating in 1804. Spirituality was not separate from the struggle for social freedom. Historically, their spirituality was rooted in political emancipation. Enslaved persons turned to this enfleshed spirituality in search of solace and the strength to resist the brutality of their enslavers.

The colonial project constructed the Black being as a “non-being,” as merchandise, as an exploitable entity. Against this, Afro-Caribbean spirituality affirmed a different ontology: that of a relational, communal being open to the pluriverse. If colonialism commodifies, Afro-Caribbean spirituality re-sacralizes. If colonialism turns the Black subject into an object, Afro-Caribbean spirituality reaffirms their intersubjective being where there are no objects, but rather communion with ancestry and nature.
“The drum spoke to us in the same coded language used by Jesus of Nazareth. It reclaimed our humanity as sacred territory.”
— Agustina Luvis Núñez
Afro-Caribbean spirituality affirms that all humanity is sacred, not an instrument or a resource. Ancestry remains alive. Nature is not something inert; it is a living being and our kin. Our spirituality maintains that the divine inhabits concrete history (Luke 17:21, “The Kingdom of God is among you”). Facing the Western dichotomy that tears the soul from the body, a Black spirituality preaches unity. Our being remembers and transmits through intergenerational solidarity what the colonial archive attempted to erase.

In this sense, Afro-Caribbean spirituality resists an exclusionary North Atlantic coloniality of our knowledge, which privileges the written word and discredits orality. Our spirituality confronts the coloniality of being by celebrating parallel ways of being and existing in the world. In Puerto Rico, Afro-Caribbean rituals were systematically stigmatized as superstition and witchcraft. The Spanish colonial project first, and later the U.S. regime, imposed imaginaries of cultural and religious whitening (blanqueamiento).

Sectors of both Roman Catholicism and Protestantism discounted Afro-descendant spirituality through their Eurocentric and white supremacist lenses. Fortunately, within the Afro-Caribbean and U.S. contexts, Pentecostalisms emerged with forms of resistance through their African worldview, their orality, and their enfleshed spirituality expressed through possession, divine healing, rhythmic music, the shout, the dance, and the liberation of the self in worship, dreams, and visions.

These practices, brought by the diaspora of African descent, merged with Protestant religious fervor to recreate a Christianity that experiences the sacred directly in daily life. Although modern Pentecostalism formally emerged at the beginning of the 20th century in the United States, its popular and vibrant expressions are deeply informed by African spirituality.

Today, in a context of economic crisis, mass migration, gender violence, and chronic climate illness, Pentecostalisms re-emerge as spaces for Afro-Boricua identity reassignment and communal healing. We are not dealing with relics of the past but with beings more alive than ever. Black spirituality is not peripheral. It is constitutive of all Christian expression in the Caribbean context.
“Black spirituality preaches unity. Our being remembers and transmits through intergenerational solidarity what the colonial archive attempted to erase.”
— Agustina Luvis Núñez
Having said all of this, let us ask ourselves: What images of the Divine have we inherited? Which (soul-less) bodies do we consider normative? What rituals do we consider “legitimate”? What knowledge have we excluded? Afro-Caribbean spirituality invites a theological reflection that is embodied, holistic, communal, rhythmic, ecological, and anti-colonial. Interreligious dialogue must recognize in Afro-Caribbean spirituality its search for abundant life amidst structures of death.

It is not a matter of romanticizing our Afro-Caribbeanness, but of recognizing that the Holy Spirit of the Christian religion blows beyond our religion, passes through the walls of our temples, and manifests itself also in the ashé of the Yoruba religion.

Afro-Caribbean spirituality is not just resistance; it is proactive. Against extractivist capitalism, it bets on reciprocity with Mother Nature. Against neoliberal individualism, it proposes a life in solidary community. Against structural racism, it opts to cancel the very concept of race, since all humans come from African ancestry. Against the coloniality of power, it chooses service to those who do not know what it is to be served.

In a Caribbean marked by an “eternal” debt, forced displacement, and fatal climate illness, Afro-Caribbean spirituality generates imaginaries of resistance contrary to the kingdoms of this world. This spirituality challenges us to revise colonial burdens, their body/soul binarism, and their sacred/profane dichotomy. This spirituality is resistance, a celebration of ontological equality, political militancy, a matrix of multiple knowledges and flavors, a creator of communal healing theologies, and a source of gestures, symbols, signs, and images of more just worlds and futures.

Note: This piece was originally shared by Dr. Agustina Luvis Núñez as part of the panel ‘Black Spiritualities and a Proposal for a New Humanity’ during the 5th Edition of Cumbre Afro at the University of Puerto Rico, Río Piedras campus. It was originally in Spanish and has been translated by Guesnerth Josue Perea.

Oración por las mujeres

Por Sharo Rosales Arce

En el marco del 8 M  y la Cuaresma levantamos la voz a Dios que es padre , que es madre… lo hacemos  en oración y clamor por todas las mujeres, de todas las edades, de todos los pueblos y en toda su diversidad.

Pedimos por las mujeres empobrecidas por las desigualdades sociales: aquellas con acceso limitado a educación de calidad y a empleos  con garantías y bien pagados; las que transitan la vida, excluidas de la posibilidad de ser dueñas de tierras o viviendas; las que sostienen la economía del mundo con su trabajo y sus fuerzas, pero no las participan en la toma de decisiones sobre los temas que afectan directamente sus vidas.

Oramos por las mujeres sobrecargadas con trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, atendiendo a diario  personas dependientes, realizando labores repetitivas, cansadas e invisibles. Que la sociedad pueda reconocer el valor y el costo real de ese trabajo; que se tome conciencia de que ese desgaste diario consume su tiempo, su salud, su descanso, su posibilidad de realización y de autonomía económica. Oramos para que cada hombre en los hogares asuma su corresponsabilidad y actúe como compañero solidario en las tareas de cuidado y sostenimiento de la vida, para que las mujeres no vivan sobrecargadas ni enfermen prematuramente por el cansancio acumulado por actividades que corresponden a todos y todas y no solamente a ellas.

Rogamos por el avance de políticas públicas en este sentido y por empresas justas que reduzcan la brecha salarial, combatan la discriminación laboral y también la violencia de género cotidiana que profundiza la precariedad, aumenta su vulnerabilidad y perpetúa ciclos de pobreza que terminan alcanzando también a sus hijas e hijos. Que la justicia social rompa esos ciclos infames.

Pedimos por las mujeres mayores sin pensión, que hoy representan una mayoría dolorosa entre quienes superan los 65 años en nuestro país y la región; mujeres que dedicaron su vida al servicio de otros y otras, y hoy envejecen sin recursos ni asistencia. Las que después de cuidar no tienen quién las cuide. Clamamos para que puedan vivir una vejez digna, con seguridad económica, salud y compañía.

Que nuestro ruego alcance también a las mujeres migrantes que dejan hogares, trabajos, amistades y costumbres, y parten de sus lugares llenas de incertidumbre hacia tierras desconocidas, enfrentando barreras culturales y discriminación. Que ellas sean acogidas con empatía y respeto, y protegidas de todo abuso laboral y violencia.

Oramos por las mujeres reclutadas para explotación sexual y trabajos forzados. Pedimos por el fortalecimiento de redes de prevención y protección; por leyes que se apliquen con rigor contra la trata y los grupos organizados de explotación; por Estados que garanticen justicia, la reparación y las oportunidades reales de reintegrarse de nuevo a la sociedad. También incluimos en la oración que las  comunidades sean capaces de romper el silencio y la complicidad que sostienen estas violencias.

Pedimos por las mujeres que han perdido causas como pensiones alimentarias, denuncias por violencia, violaciones o acosos; debido a un sistema judicial  machista. Necesitamos buen Dios que se  transforme profundamente la justicia; que quienes administran la ley lo hagan con sensibilidad y perspectiva de género. Solo así,  estas mujeres no serán  revictimizadas. Te pedimos que  cese la indiferencia institucional y  que la  justicia pronta y reparadora sea una realidad.

Oramos por las mujeres comunicadoras, por las defensoras de derechos humanos, mujeres políticas y por mujeres defensoras ambientales , todas ellas perseguidas por denunciar ilícitos y negarse a participar en redes de corrupción. Pedimos por su protección y fortaleza; por instituciones transparentes que respalden las denuncias  y por una cultura  que no permita que castigue la integridad.

Clamamos por las familias víctimas de femicidio. Que haya verdad, justicia y reparación integral. Que los sistemas de protección escuchen y atiendan  las alertas antes de que sea tarde. Que el dolor no sea olvidado y haya compromiso colectivo contra toda forma de violencia hacia las mujeres.

Elevamos nuestra plegaria por las mujeres que viven con miedo, por las que cargan depresión, ansiedad o desesperanza en silencio. Que encuentren redes de apoyo, acompañamiento sensible y salud integral; que sepan que su vida vale, que no están solas, que encuentren tu regazo y tu consuelo.

Pedimos por  las mujeres de fe que están desanimadas ante la injusticia impune y el cansancio frente a fundamentalismos religiosos  que traicionan la enseñanza de Jesús  justificando silencio, sumisión y desigualdad. Pedimos por comunidades de fe que reflejen el rostro liberador del Cristo; por teologías que anuncien igualdad y dignidad; por liderazgos que escuchen el clamor de las mujeres en sus iglesias. Que sea pronta Dios, en serio, esa renovación espiritual que devuelva esperanza, fuerza profética y nuestro lugar en igualdad.

Oramos finalmente en este tiempo de desierto  cuando la guerra vuelve a desgarrar pueblos enteros y los poderosos apuestan por las armas en lugar del diálogo, ponemos ante vos el cuerpo herido de las mujeres del mundo. Las que huyen con sus hijas e hijos en brazos, las que entierran a sus muertos, las que resisten bajo las bombas, las que sostienen la vida en medio de la ruina.

Dios de la Vida, que, en esta Cuaresma, la conciencia sea camino.
Que ayunemos de indiferencia y nos estorben las comodidades injustas.
Que la oración  sea  fuerza que nos comprometa. 

Sharo Rosales Arce es líder costarricense, presidenta de la Universidad Bíblica Latinoamericana, convocante y miembra activa de mujeres haciendo teología en Abya Yala.

La compasión como acto político: Una lectura del Evangelio en tiempos de indiferencia

Por Lisette Genao Durán

Vivimos en una época en la que la indiferencia se ha convertido en una forma silenciosa de violencia. Las noticias sobre guerras, migraciones forzadas, pobreza estructural o violencia contra las mujeres aparecen a diario en nuestras pantallas. Sin embargo, la exposición constante a estas realidades corre el riesgo de anestesiar nuestra capacidad de sentir. Aquello que debería conmovernos comienza a parecernos normal.

En este contexto, la compasión se vuelve una palabra incómoda.

Durante mucho tiempo ha sido entendida como un sentimiento privado, casi sentimental, asociado a la piedad individual. No obstante, una lectura atenta de los evangelios revela que la compasión que encarna Jesús está muy lejos de ser un gesto pasivo. Por el contrario, se trata de una fuerza profundamente transformadora. En el Evangelio, la compasión es un acto espiritual, pero también radicalmente político.

Jesús y la política de la compasión

Los evangelios repiten una expresión que aparece una y otra vez cuando Jesús se encuentra con el sufrimiento humano: “se compadeció de ellos”. Esta frase no describe una emoción superficial. En el lenguaje bíblico, la compasión surge desde lo más profundo del ser; implica dejarse afectar, conmover y tocar por el dolor del otro.

Lo significativo es que, en los relatos evangélicos, la compasión nunca se queda en el ámbito del sentimiento. Cada vez que Jesús se compadece, su reacción se traduce en acciones concretas: alimenta a quienes tienen hambre, toca a quienes la sociedad considera impuros, devuelve dignidad a quienes han sido excluidos y confronta estructuras religiosas que oprimen.

En Jesús, la compasión siempre conduce a la acción. Esto revela un aspecto fundamental de la espiritualidad cristiana: no consiste únicamente en creer correctamente, sino en sentir y actuar de manera distinta frente al sufrimiento del mundo.

Uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo no es solo la existencia de injusticias, sino su normalización. La pobreza se convierte en estadística; la violencia, en noticia pasajera; las vidas humanas, en números.

Cuando una sociedad se acostumbra al sufrimiento ajeno, comienza a perder su horizonte ético. Desde una perspectiva teológica, la indiferencia no es únicamente un problema moral, sino también espiritual. Implica haber perdido la capacidad de reconocer la imagen de Dios en la vida del otro.

En el Evangelio de Mateo, Jesús se identifica radicalmente con quienes sufren: “Tuve hambre y me diste de comer; fui extranjero y me recibiste”. En ese pasaje, el encuentro con Dios ocurre precisamente en la relación con quienes viven en condiciones de vulnerabilidad. Ignorar al que sufre no es solo un fracaso social; es también una ruptura espiritual.

La compasión como resistencia

En un mundo marcado por estructuras económicas que generan exclusión, por discursos políticos que dividen y por narrativas religiosas que a veces legitiman el poder, la compasión se convierte en una forma de resistencia.

Ser compasivo hoy significa negarse a aceptar que el sufrimiento humano sea inevitable. Significa afirmar que la dignidad de las personas está por encima de intereses económicos, ideológicos o religiosos que buscan reducir la vida a cifras o argumentos.

La compasión nos obliga a mirar donde muchos prefieren no mirar. Nos obliga a escuchar las historias de quienes han sido silenciados y a preguntarnos, con honestidad, qué tipo de sociedad estamos construyendo.

Las comunidades de fe tienen hoy una responsabilidad particular. A lo largo de la historia, la religión ha sido utilizada tanto para liberar como para justificar sistemas de poder. En no pocas ocasiones, se ha promovido una espiritualidad desconectada de la realidad social. Sin embargo, el mensaje de Jesús recuerda que la fe auténtica siempre se expresa en defensa de la vida.

Una espiritualidad inspirada en el Evangelio no puede ser indiferente frente a la pobreza que excluye, la violencia que destruye familias, las desigualdades que afectan de manera particular a las mujeres ni las estructuras que limitan la dignidad humana. Creer en el Dios de la vida implica comprometerse con la defensa de esa vida.

Recuperar la sensibilidad humana

Como psicóloga, he aprendido que uno de los primeros pasos para sanar cualquier realidad —personal o colectiva— es recuperar la capacidad de sentir. Las personas que han atravesado experiencias prolongadas de dolor suelen desarrollar mecanismos de defensa que las llevan a desconectarse emocionalmente. Algo similar puede ocurrir con las sociedades.

Cuando el sufrimiento se vuelve cotidiano, la sensibilidad colectiva corre el riesgo de adormecerse. Por eso necesitamos recuperar una espiritualidad que nos permita volver a sentir: sentir el dolor de los pueblos desplazados, el clamor de las mujeres que buscan justicia, la angustia de quienes viven en condiciones de pobreza o exclusión.

Sentir no es debilidad. Es el primer paso hacia la transformación.

Una fe que se involucra

La teología pública nos recuerda que la fe no pertenece exclusivamente al ámbito privado. Las convicciones espirituales tienen implicaciones sociales. Creer en el Dios revelado en Jesús implica afirmar que la dignidad humana es sagrada y que, cuando esta dignidad es amenazada, la fe no puede permanecer en silencio.

Por ello, la compasión no es solo una emoción religiosa, sino una forma concreta de participación en la construcción de un mundo más justo.

Quizás uno de los mayores desafíos espirituales de nuestra época sea aprender nuevamente a compadecernos. No desde una compasión paternalista o distante, sino desde una compasión que reconoce que nuestras vidas están profundamente interconectadas.

La tradición cristiana afirma que todos formamos parte de un mismo cuerpo: cuando una parte sufre, todo el cuerpo sufre. Recuperar la compasión es, en última instancia, recuperar nuestra humanidad. Y tal vez ese sea uno de los testimonios más urgentes y necesarios de la fe cristiana en el mundo de hoy.

Lisette Genao Durán es psicóloga y teóloga. Es presidenta de Alianza Cristiana Dominicana y de Católicas por el Derecho a Decidir República Dominicana (CDD-RD). Su trabajo se sitúa en la intersección entre fe, justicia social y derechos humanos, promoviendo reflexiones teológicas y acciones de incidencia pública que defienden la dignidad, la autonomía y la vida de las mujeres.