La dignidad que se defiende 

Dejamos de llamar “rebeldía” a la dignidad y “obediencia” al abuso

Por Sarinette Caraballo Pacheco 

Hay textos bíblicos que no solo interpretamos; también nos interpretan a nosotras y a nosotros. Son textos que nos colocan frente a nuestras propias prácticas y nos obligan a preguntar qué hemos permitido, qué hemos normalizado y qué hemos llamado “obediencia”, “tradición” o “voluntad de Dios”, cuando en realidad muchas veces ha sido patriarcado, abuso de poder, interpretaciones faltas de hermenéutica y/o miedo religioso presentado como moral.

Uno de esos textos es Gálatas 3:28: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús”. Esta afirmación no debe leerse como una frase decorativa para repetir en espacios religiosos. Es una declaración profundamente espiritual, comunitaria y social. No elimina las diferencias entre las personas, pero sí niega que las diferencias puedan usarse para establecer jerarquías de valor. En otras palabras, en Cristo no podemos decidir que una persona vale menos por su género, su origen, su clase social, su historia o su lugar dentro de la sociedad.

Desde esta perspectiva, la dignidad humana no se reparte por género. Tampoco se administra desde un gobierno, un tribunal, una iglesia o un partido político. La dignidad viene de Dios. Por eso, cuando una sociedad crea leyes, discursos o estructuras que reducen la vida de las mujeres a obediencia, silencio, sacrificio o control, no está defendiendo el Evangelio. Está alejándose del corazón de Jesús.

Al 2026 todavía necesitamos decir esto con claridad: las mujeres seguimos luchando por igualdad de derechos y por un trato digno. No se trata de una lucha por “imponernos”, como a veces se dice para deslegitimar los reclamos de justicia. Se trata de reconocer que todavía vivimos en sociedades donde el cuerpo de la mujer se legisla, su voz es sospechosa, su dolor es minimizado y su vida muchas veces se protege tarde, mal o nunca.

Habiendo sido víctima de violencia doméstica, hace muchos años, el tema me toca de cerca. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe informó que, en 2023, al menos 3,897 mujeres fueron víctimas de femicidio, o feminicidio, en 27 países y territorios de América Latina y el Caribe. Esa cifra representa, como mínimo, once muertes violentas de mujeres por razón de género cada día en la región (CEPAL, 2024). Este dato nos recuerda que la violencia contra las mujeres no es un asunto privado ni aislado. Es una emergencia social, política y también espiritual. Si una mujer no puede vivir sin miedo, no podemos hablar de justicia como si todo estuviera bien. Cuando una mujer tiene que calcular cómo camina, cómo se viste, a qué hora sale, qué denuncia y qué calla para sobrevivir, entonces todavía tenemos una deuda inmensa con el Evangelio que decimos creer.

En Puerto Rico, además, hemos visto debates y medidas legales recientes que han sido celebradas por algunos sectores como defensa de la vida, pero criticadas por organizaciones de derechos civiles, médicos y profesionales legales por sus posibles consecuencias sobre la autonomía, la salud y la dignidad de las mujeres y personas gestantes. En diciembre de 2025, se firmó el Proyecto del Senado 504, que reconoció el estatus legal del “no nacido”, a pesar de advertencias de profesionales de la salud sobre riesgos para la vida y autonomía de las personas embarazadas (Amnesty International, 2026). Además, en febrero de 2026, la gobernadora de Puerto Rico firmó otra medida que enmendó el Código Penal para reconocer al feto como ser humano; médicos y expertos legales advirtieron que la medida podía crear confusión, afectar decisiones clínicas y abrir espacio a consecuencias legales ambiguas (Associated Press, 2026).

  • ¿Qué decisión deberá tomar un esposo cuando tu esposa llegue embarazada, y con complicaciones al hospital, y deba escoger entre la vida de mamá o la del bebé no nacido? ¿Lo acusarán de asesinato si escoge salvar a mamá? 
  • ¿Qué pasará cuando una mujer embarazada llegue a un hospital con un sangrado y haya abortado naturalmente? ¿Pondrán en duda su historia de los hechos? ¿La podrán acusar de haber matado a su propio hijo no nacido?
  • Una niña de diez años, violada por su padre o hermano mayor ¿tiene, obligatoriamente, que dar a luz a su propio hermano/hijo porque si no la acusan de asesinato?

Aquí necesitamos tener mucho cuidado. Cuando el Estado dice proteger “la vida”, pero no garantiza salud, vivienda, seguridad, justicia rápida, educación, servicios adecuados para víctimas de violencia, protección real contra la violencia doméstica y acompañamiento económico para madres, tenemos derecho a preguntar qué vida se está protegiendo y cuál se está dejando sola. La defensa de la vida no puede reducirse al control del cuerpo de las mujeres. Si la defensa es verdaderamente cristiana, debe incluir justicia, cuidado, pan, techo, salud, protección y dignidad desde que nace hasta que muere cualquier ser humano; esto incluye la vida de mamás gestantes.

Jesús habló con la mujer samaritana cuando la cultura decía que no debía hacerlo. No solo le habló: la tomó en serio. No esperó a que los líderes religiosos aprobaran su dignidad, no le pidió que resolviera primero su reputación para entonces merecer la revelación; la encontró en su sed y le ofreció agua viva.

Jesús también defendió a la mujer acusada de adulterio cuando un grupo de hombres quiso usar la ley para convertirla en espectáculo público de castigo. En ese relato, el hombre implicado en adulterio no aparece. Aparecen los acusadores y sus manos llenas de piedras. Aparece una moral selectiva que cae con todo su peso sobre el cuerpo de una mujer. Pero Jesús se inclina, escribe en tierra y detiene la violencia religiosa con una frase que todavía debe confrontarnos: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Jesús no usó la ley para humillar a una mujer, la usó para revelar la hipocresía de quienes querían castigarla.

Ese gesto de Jesús tiene implicaciones para nosotras y nosotros hoy:

  • Cada vez que un gobierno crea leyes que afectan directamente a las mujeres sin escuchar seriamente a las mujeres que serán afectadas, algo se daña.
  • Cada vez que se discute el cuerpo de la mujer sin la voz de la mujer, nos acercamos más a los acusadores con piedras que al Cristo que se inclinó en tierra.
  • Cada vez que se legisla desde el castigo, la sospecha o el control, y no desde la justicia, la salud, la misericordia y el bien común, nos alejamos del Jesús de los evangelios.

La mujer no es un recurso del patriarcado. No somos vientres para legislar, cuerpos para controlar, manos para servir sin decidir, voces para cantar, pero no para interpretar, ni presencia para llenar espacios mientras otros ocupan las mesas de poder.

La dignidad de la mujer no puede separarse de las condiciones concretas en las que vive: pobreza, violencia, maternidad, trabajo, salud, raza, migración, colonialismo y desigualdad. 

Entonces la iglesia no puede predicar igualdad espiritual mientras practica desigualdad social. No podemos decir “hermana” (que significa nacidos del mismo vientre; iguales) en el servicio de domingo y luego tratar a la mujer como menor de edad moral en la política, en la casa, en el trabajo o en la iglesia.

Entonces, si Cristo confió en las mujeres para anunciar vida, ¿quiénes somos nosotras y nosotros para legislar, predicar o gobernar como si la vida de las mujeres pudiera reducirse a obediencia, silencio o sacrificio?

Podemos construir comunidades más justas y formar iglesias más fieles cuando dejamos de llamar “rebeldía” a la dignidad y “obediencia” al abuso. Podemos exigir gobiernos más humanos cuando entendemos que la fe no se mide por cuántas restricciones se imponen sobre las mujeres, sino por cuánta justicia, protección, educación, salud, pan, techo y dignidad somos capaces de garantizar.

Sarinette Caraballo Pacheco Es escritora y conferenciante puertorriqueña.. Estudió Investigación con concentración en Justicia Criminal y Teología con concentración en Psicoterapia de Familia en el Seminario Internacional Ministerial de México. Es cofundadora de Unrecognized Church y Unrecognized Women, y fundadora de Pleníntesis. Su escritura nace del amor por la justicia, la poesía, la dignidad humana y una fe que camina hacia la plenitud con los demás.

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