Cuando las cisternas ya no sacian

Por Amós Joel Pagán Ríos

Tal vez la desconfianza de las nuevas generaciones no sea el origen del problema, sino el espejo donde se reflejan las promesas incumplidas de quienes administraron el mundo antes que ellas. Por eso, afirmar que “la juventud ya no cree en nada” puede convertirse en una frase injusta si no se escucha primero el cansancio que la sostiene. Esa pérdida de confianza no siempre aparece como una postura filosófica elaborada. A veces se expresa en frases cotidianas como:“nada va a cambiar”, “no confío en nadie”, “la iglesia dice una cosa y hace otra”, “estudiar no garantiza futuro”. En ellas hay más que apatía, hay una memoria de decepción.

El nihilismo, en este contexto, no debe entenderse únicamente como una teoría filosófica que niega todo sentido. En la vida diaria puede manifestarse como cansancio ante las promesas rotas. La sensación de que nada cambia, que ninguna institución merece confianza y que esperar demasiado solo aumenta la agotamiento. No siempre nace de una falta de profundidad espiritual. Muchas veces surge cuando una generación recibe un escenario donde demasiadas voces usaron palabras nobles para sostener prácticas contradictorias. Se ha hablado de verdad, justicia, democracia, familia y espiritualidad; pero esas palabras han llegado acompañadas de abuso de poder, exclusión, silencio y frustración.

La cultura occidental moderna, especialmente en sus formas políticas, económicas y religiosas, atraviesa una fractura profunda en su manera de ejercer poder. No se trata solo de que las generaciones emergentes sean rebeldes. Se trata de que quienes han ocupado lugares de influencia no siempre han ejercido su responsabilidad con integridad. La política promete bienestar, pero muchas veces administra con desilusión. La economía habla de progreso, pero produce precariedad. La educación promete movilidad social, aunque no siempre puede garantizar un futuro digno. Incluso sectores religiosos, que llamados a custodiar la esperanza, en ocasiones se acomoda demasiado al poder y protegen estructuras injustas.

La imagen bíblica de Jeremías 2 ayuda a nombrar esta sed sin forzar el texto. El profeta denuncia que el pueblo abandonó la fuente de agua viva y cavó depósitos agrietados que no podían retener el agua. Jeremías se dirige a Judá, en un contexto histórico, político y religioso muy distinto al nuestro. Sin embargo, la imagen permite pensar que puede haber seres humanos capaces de sustituir aquello que da vida por estructuras incapaces de sostenerla.

La denuncia profética no se limita a señalar fallas individuales. El pasaje tiene el tono de una confrontación pública donde se llama al pueblo a mirar su propia historia. La memoria, en ese sentido, es clave. Hubo camino, liberación, tierra fértil y posibilidad de vida; pero también hubo olvido y desorientación. La crisis no aparece solamente en la conducta colectiva, sino también en sus liderazgos. Quienes debían orientar, discernir y cuidar la vida común dejaron de preguntar por Dios. Las personas que tenían responsabilidad espiritual y pública terminaron persiguiendo lo que no produce fruto. Por ello, el problema no es solo la sed, sino la mala administración de las fuentes.

En nuestra epoca también se han construido depósitos agrietados. El consumo, el éxito desenfrenado y la imagen distorsionada de la realidad se han presentado como fuentes de sentudo, aunque no logran sostener la vida. Muchas veces nacieron dentro de ellas. Por eso, antes de acusarlas por su sed, habría que preguntarnos quiénes les ofrecieron agua dañada. Esto no significa idealizar a las nuevas generaciones ni suponer que toda distancia es automáticamente justa. Significa que la crítica debe comenzar escuchando las condiciones históricas que hicieron creíble esa distancia, incluso de Dios. 

El japonés Kazoh Kitamori, en su libro Teología del dolor de Dios, ayuda a pensar a Dios no como una idea distante, sino como el Dios cuyo amor se mete en la herida humana. Desde esa intuición, la reflexión cristiana no puede hablar de esperanza sin mirar de frente la vida golpeada. Tiene que escuchar el clamor histórico y preguntarse cómo hablar de Dios allí donde muchas personas sienten que ya no queda agua. Esta perspectiva resulta fundamental para dialogar con una generación marcada por la sospecha. Si la iglesia responde al vacío contemporáneo únicamente con imposición, repetirá parte del problema. La crisis actual no se sana con nostalgia autoritaria. 

La pregunta no puede ser simplemente ¿cómo hacemos para que la juventud vuelva a creer?, sino ¿qué rostro de Dios hemos mostrado? Si Dios ha sido presentado como un vigilante moral, como lenguaje religioso de una autoridad sin compasión o como símbolo de una institución incapaz de pedir perdón, entonces parte de la incredulidad de la juventud debe ser escuchada como protesta ética. Quizás el desafío no sea convencer a las nuevas generaciones de que vuelvan a confiar en las viejas autoridades, sino mostrarles una forma distinta de hacerlo. Una autoridad que no se imponga desde arriba, sino que se reconozca desde el acompañamiento fiel. Que no siga cavando cisternas incapaces de saciar, sino que aprenda a señalar, con su propia vida, la fuente donde un mundo cansado todavía puede encontrar agua.

Amós Joel Pagán Ríos es pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en Puerto Rico, estudiante de Maestría en Divinidad del Seminario Evangélico de Puerto Rico, y tanatólogo certificado. Reside en Bayamón, Puerto Rico.

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