El cuerpo es territorio sagrado: reflexión teológica desde la experiencia de las mujeres

Por Lisette Genao Duran 

Durante siglos, buena parte de la reflexión teológica ha girado en torno al alma, la salvación y la vida espiritual, dejando en segundo plano una dimensión fundamental de la existencia humana: el cuerpo.

Y, de manera particular, del cuerpo de las mujeres.

En muchos espacios religiosos, el cuerpo femenino ha sido objeto de control y vigilancia. A las mujeres se les ha enseñado a disciplinarlo o a desconectarse de él como parte de una supuesta vida espiritual “más elevada”. Sin embargo, esta mirada contrasta con la tradición bíblica, que afirma que la creación —toda la creación— es buena.

Recuperar una teología del cuerpo desde la experiencia de las mujeres no es un ejercicio ideológico; es, más bien, un acto de fidelidad a una fe que afirma la dignidad integral del ser humano.

El cuerpo en la historia de la fe

El relato del Génesis ofrece un punto de partida: el ser humano es creado como una unidad. No hay una división jerárquica entre alma y cuerpo; ambos forman parte de la misma realidad querida por Dios.

Con el tiempo, algunas corrientes teológicas privilegiaron lo espiritual por encima de lo corporal. Ese dualismo marcó la manera de entender el cuerpo y, con particular fuerza, el cuerpo de las mujeres.

Así, el cuerpo dejó de percibirse como espacio de revelación y pasó a ser territorio de sospecha; en las mujeres, esto se tradujo en normas y silencios que limitaron su autonomía, su voz y el valor de su propia experiencia.

El cuerpo como lugar de experiencia

Desde la psicología, sabemos que el cuerpo no es solo una estructura biológica: es también un lugar donde se inscriben las emociones, la historia personal y las experiencias de vida.

El cuerpo recuerda: el dolor y el cuidado, la violencia y la ternura. En muchas mujeres, es el lugar donde se ha vivido tanto la vida como la herida.

Recuerda el dolor, pero también el cuidado; recuerda la violencia, pero también la ternura. En el caso de muchas mujeres, el cuerpo ha sido el lugar donde se ha vivido tanto la vida como la herida.

Por eso, hablar del cuerpo desde la teología no puede hacerse de manera abstracta: exige reconocer realidades concretas y, ante todo, escuchar.

Jesús y los cuerpos invisibilizados

En los evangelios encontramos a un Jesús profundamente conectado con la realidad corporal de las personas.

  • Toca cuerpos considerados impuros.
  • Sana cuerpos enfermos.
  • Se deja tocar por una mujer que llevaba años sangrando.
  • Defiende el cuerpo de una mujer que iba a ser apedreada.

Estos gestos rompen con normas sociales y religiosas de su tiempo y muestran que Jesús no evita el cuerpo: lo dignifica; no lo controla: lo libera.

En una sociedad donde muchos cuerpos eran marginados, Jesús los coloca en el centro de su acción. Por eso, el cuerpo no es un obstáculo para la experiencia de Dios, sino uno de sus principales lugares de encuentro.

El cuerpo de las mujeres: entre silencio y resistencia

A lo largo de la historia, el cuerpo de las mujeres ha sido interpretado desde miradas externas —religiosas, culturales y políticas—, y pocas veces se ha escuchado su propia voz sobre la experiencia corporal.

En las últimas décadas, muchas mujeres han comenzado a nombrar lo vivido: la herida, pero también el deseo, la autonomía y una espiritualidad encarnada.

Ese acto de nombrar ha sido también un proceso de recuperación.

  • Recuperar el cuerpo como propio.
  • Recuperar la capacidad de decidir.
  • Recuperar la relación entre cuerpo y espiritualidad.

Lejos de ser una amenaza para la fe, este proceso puede enriquecer de manera profunda la comprensión teológica.

Una espiritualidad encarnada

La encarnación es uno de los pilares de la fe cristiana: Dios se hace cuerpo.

Este hecho afirma que lo humano, lo material y lo corporal no están separados de lo divino; pero a menudo queda en el plano doctrinal y no transforma la manera en que habitamos nuestros cuerpos.

Una espiritualidad encarnada reconoce que:

  • El cuerpo es parte de la experiencia de fe.
  • El cuidado del cuerpo es una práctica espiritual.
  • La dignidad corporal es un valor teológico.

Esto implica también cuestionar aquellas prácticas religiosas que generan culpa, miedo o vergüenza en relación con el cuerpo.

El cuerpo como territorio sagrado

Hablar del cuerpo como territorio sagrado implica reconocer que no es un objeto disponible para el control de otros, sino un espacio donde habita la dignidad.

En contextos donde los cuerpos de las mujeres han sido vulnerados —por la violencia, la pobreza, la desigualdad o la falta de acceso a derechos básicos—, afirmar la sacralidad del cuerpo es también una postura ética.

  • Afirmar que la vida de las mujeres importa.
  • Afirmar que sus experiencias importan.
  • Afirmar que su integridad no puede ser negociada.

Desde esta perspectiva, la defensa de los derechos que afectan el cuerpo —como la salud, la autonomía y la integridad física— no es ajena a la fe: es una expresión concreta de ella.

Hacia una teología que escuche

La teología tiene hoy el desafío de escuchar con mayor atención.

  • Escuchar las voces de las mujeres.
  • Escuchar sus experiencias corporales.
  • Escuchar las realidades que han sido ignoradas o minimizadas.

No se trata de abandonar la tradición, sino de releerla a la luz de la vida. Las preguntas que emergen desde el cuerpo —dolor, placer, salud, violencia, dignidad— también son preguntas teológicas y merecen ser atendidas con seriedad.

Un llamado a reconciliarnos con el cuerpo

Tal vez uno de los desafíos más urgentes para muchas personas de fe sea reconciliarse con su propio cuerpo.

  • Dejar de verlo como enemigo.
  • Dejar de vivirlo con culpa.
  • Dejar de desconectarnos de él.

Reconocer el cuerpo como parte de la vida creada por Dios abre la posibilidad de una espiritualidad más plena, humana y honesta. En las mujeres, este proceso puede ser profundamente liberador.

Recuperar el cuerpo como territorio sagrado es un acto personal y colectivo que transforma cómo entendemos la fe, la dignidad y la vida.

Lisette Genao Durán es psicóloga y teóloga, presidenta de Alianza Cristiana Dominicana (ACD) y de Católicas por el Derecho a Decidir República Dominicana (CDD-RD). Trabaja en la intersección entre fe, justicia social y derechos humanos, con énfasis en la dignidad, la autonomía y la vida de las mujeres.

Women Theologians in World Christianity

As a female theologian who has studied in several countries and continents, I have always been interested in learning about and sharing the work of women doing theology. Over time, I have discovered a wide range of voices that are often overlooked but have a big impact on theological thinking around the world. Women theologians are interpreting faith in their own settings, questioning old structures, trying new approaches, and finding new ways for theology to address social, cultural, and spiritual issues.

This set of articles shares some of that work, showing how women are practicing theology in different parts of the world. Each place has its own history, challenges, and hopes, but all are united by a commitment to faith, justice, and community.

In Africa, women theologians focus on community, tradition, identity after colonialism, and real-life faith. They often use stories, oral traditions, and local experiences to talk about gender justice, poverty, and women’s roles in church leadership. African women’s theology is lively, rooted in context, and connected to daily life.

In Asia, women theologians look at theology through interreligious dialogue, cultural diversity, and social change. They often talk about issues like exclusion, migration, and how faith connects with politics and the economy. Asian women’s theology often highlights harmony, strength, and the search for meaning in diverse societies.

In Europe, women theologians question old theological traditions and offer new ideas. They address current issues like secularization, gender equality, and the future of the church. Their work often connects academic theology with public discussions about identity, ethics, and belief today.

In Abya Yala, women theologians share views shaped by liberation theology, indigenous beliefs, and feminist and womanist ideas. They challenge oppression and support dignity, community, and the value of life. Here, theology is closely tied to the fight for justice, decolonization, memory, and resistance.

In the United States, women theologians have helped shape feminist theology, womanist theology, and other approaches based on context. Their work shows how ethnicity, gender, sex, education, and religion connect, offering strong critiques and new ideas for a more inclusive and fair Christianity.

All these voices show that theology is not limited to one view or place. It is a lively, worldwide conversation shaped by women’s experiences and ideas from many backgrounds. Their work keeps changing World Christianity and invites us to listen, learn, and get more involved.

These articles invite you to discover, appreciate, and celebrate the important work of women theologians in shaping Christianity today and in the future.

Feel free to explore and share them!

📍 Women Doing Theology in Africa

📍 Women Doing Theology in Asia

📍 Women Doing Theology in Abya Yala

📍 Women Doing Theology in Europe

📍 Women Doing Theology in the United States

Yenny Delgado is a Peruvian theologian and psychologist. For more than a decade, she has engaged with faith communities, social movements, and local governments to advocate for decolonial education. She is a member of the Advisory Committee on Social Witness Policy within the Presbyterian Church. Yenny serves on the Steering Committee of AAR’s Status of Women and Gender in the Professions Committee. She is the director of Publica Theology and the convener of Women Doing Theology in Abya Yala, an ecumenical, womanist, and intergenerational theological community. She is recognized as a leading and foundational voice of Abya Yala Theology.

WOMEN DOING THEOLOGY IN EUROPE

European women theologians have played an important role in Christian theology from the start. Like men, they have been deeply involved in theological work. However, their contributions were often overlooked, especially in the Catholic tradition, where women were not given recognition or a voice until recently. Women in Protestant churches have faced similar obstacles.

With the rise of women’s movements and feminist ideas, European women theologians have helped shape feminist theology and encouraged critical thinking in academic circles. The list below introduces some of the most important figures, outlining their backgrounds and main achievements.

Here are ten of the most influential European women theologians you should know:

1. Elisabeth Schüssler Fiorenza (Germany)
Elisabeth is known as a pioneer in feminist biblical interpretation. She studied theology at the University of Würzburg and the University of Münster, earning a doctorate in Sacred Theology. Her work brings attention to women’s roles in early Christianity and supports gender equality in theology. She has inspired many theologians and left a strong mark on feminist theology.

Notable book:
In Memory of Her: A Feminist Theological Reconstruction of Christian Origins


2. Sarah Coakley (United Kingdom)
Sarah is a British theologian and philosopher. She studied at the University of Cambridge and later earned a doctorate in theology and a Master of Divinity from Harvard Divinity School. As a systematic theologian, she is known for her work on Trinitarian theology and how it relates to gender and sexuality.

Her work encourages a more inclusive view of theology and has influenced feminist theology by questioning traditional ideas.

Notable book:
Powers and Submissions: Spirituality, Philosophy and Gender


3. Halyna Teslyuk (Ukraine)
Halyna studied theology and philosophy at the Lviv Theological Academy. She earned a degree in Sacred Scripture from the Pontifical Biblical Institute in Rome and holds a doctorate recognized by Ukraine’s Ministry of Education.

As an Associate Professor of Old Testament at the Ukrainian Catholic University in Lviv, she has advanced biblical studies, cultural memory, and women’s studies related to the ancient Near East.


4. Maggi Dawn (United Kingdom)
Maggi is an ordained Anglican theologian. She studied Samuel Taylor Coleridge’s theology at Selwyn College, Cambridge, and has been Director of St Mary’s College at Durham University.

She is also a musician and composer, bringing a unique view to theology by connecting it with the arts, poetry, liturgy, and worship.

Notable book:
The Writing on the Wall: High Art, Popular Culture and the Bible


5. Tina Beattie (United Kingdom)
Tina graduated with honors in Theology and Religious Studies from the University of Bristol and later earned a doctorate focused on Marian theology and Christian symbolism. As a Catholic theologian, she specializes in Marian theology, medieval mysticism, and environmental theology.

She has contributed to ecological theology, especially in response to Pope Francis’s Laudato Si’, and brings together literature, art, music, poetry, gender theory, and sacramentality in her work. She is known for supporting gender justice and rethinking Catholic doctrine from a feminist point of view.

Notable book:
New Catholic Feminism: Theology and Theory


6. Anne-Marie Pelletier (France)
Anne-Marie is a French Catholic exegete and theologian and a member of the Pontifical Academy for Life. She studied at the Catholic Institute of Paris and earned a doctorate in Religious Sciences.

Her work helps deepen understanding of women’s roles in the Bible. She is currently on the commission studying the female diaconate, set up by Pope Francis.

Notable books:
The Sign of the Woman
Figures of Women in the Bible


7. Teresa Forcades (Spain)
Teresa is a Benedictine nun, physician, and theologian. She studied medicine at the University of Barcelona, specialized in internal medicine in the United States, and later earned a Master’s degree in Protestant theology from Harvard University.

She supports greater justice and equality in the Church and society and is known for her critical views on capitalism and the pharmaceutical industry.

Notable books:
Feminist Theology in History
The Trinity Today


8. Elisabeth Moltmann-Wendel (Germany)
Elisabeth (1926–2016) was a German feminist theologian who founded the European Society of Women in Theological Research (ESWTR) in 1986. She earned her doctorate at the University of Göttingen.

As a pioneer in feminist theology, she focused on the theology of the body, embodied spirituality, and the value of human relationships and friendship.

Notable books:
I Am My Body: New Forms of Embodiment
Rediscovering Friendship


9. Serena Noceti (Italy)
Serena studied theology at the Pontifical Gregorian University in Rome, where she earned her doctorate. She is known for her work in ecclesiology and liturgical theology.

She supports a new understanding of the Church’s role today, including more inclusion of women in church structures.

Notable book:
Ecclesiology in Dialogue: The Church as Community and Communion


10. Anne-Marie Reijnen (Netherlands)
Anne-Marie is a Protestant theologian and educator from the Netherlands, known for her academic work and involvement with current theological issues. She is now a professor at the Catholic University of Paris and has taught dogmatics in Brussels.

She earned her doctorate in Systematic Theology from the University of Strasbourg and was ordained in 1986. Her work centers on eco-theology, Christology, and interreligious dialogue, with a strong feminist view and dedication to ecological responsibility.

Notable book:
The Stranger and the Other: Hospitality and Identity in Dialogue


These ten theologians have each made important contributions to European theology from different perspectives. Their work and dedication to both scholarship and society make them essential reading for anyone interested in theology today.

When a President Opens the Bible

By Eliezer Burgos-Rosado

On April 21, 2026, it has been announced that Donald Trump, from the Oval Office, plans to read a passage from 2 Chronicles before his nation and the world. The scene is striking: the presidential desk, the flag, the seal of the United States in the background, and the president with an open Bible, speaking in a solemn tone. For many Christians, that image stirs hope: “at last a leader who acknowledges God.” But the decisive question is not which text Donald Trump will read, but whether we are willing to let that text judge him… and judge us.

The passage he has chosen, 2 Chronicles 7:11–22, was not written to adorn presidential speeches but to examine the relationship between the house of God, the people of God, and political power. The passage begins by establishing that Solomon finished two houses: the house of the Lord and the king’s house. Temple and palace. God’s presence and royal power, side by side but not confused. From the very first verse, an uncomfortable question rises: who serves whom? Will the king be submissive to the God of the temple, or will he try to use the temple to legitimize his own power?

That is the mirror in which we must look when we see Donald Trump seated in the Oval Office reading a portion of 2 Chronicles. It is not enough to get excited because “a president is quoting Scripture.” The king’s house is never above God’s house, and the God of the Bible is not institutional scenery for any national project. The risk is that the Word will lose its prophetic edge and end up reduced to religious props for an act of power.

God’s response to Solomon is both comfort and confrontation: “I have heard your prayer… I have chosen this house… my eyes and my heart will always be there.” God comes near, listens, watches, feels. Today as well, God sees our institutions, our borders, our prisons, our economic systems, and our public rhetoric. But that presence is not an automatic seal of approval. “My eyes and my heart will be there” means that God scrutinizes what takes place: how people govern, how they treat foreigners, the poor, and opponents; what they do with truth, with justice, and with the lives of the vulnerable.

Trump reading a verse from the Oval Office does not mean that God endorses his style of leadership. The God of 2 Chronicles is not available for hire to deliver a national agenda. God is not impressed by a televised appearance with a Bible on hand. God looks at the fruit behind the appearance. God looks at immigration policies that separate families and criminalize refugees. God looks at language that demeans women, minorities, and political opponents. God looks at the declared love of weapons, the normalization of lying, and the nostalgia for brute force as a solution.

In that context, the famous verse 14—“If my people humble themselves, pray, seek my face, and turn from their wicked ways… I will heal their land”—runs the risk of becoming a sort of empty “national prayer.” Read from behind the presidential desk, it can sound like this: “if the nation listens to me while I read this, God will heal the country.” But the text does not say that. It does not mention a “strong leader,” or the right party, or victory at the polls. It speaks of the people of God, not of the state. It speaks of conversion, not protocol.

The order is revealing. First: “my people humble themselves.” They do not exalt themselves, do not consider themselves superior, do not raise their flag above all others, but acknowledge their sin and their complicity in injustice. Then: “pray and seek my face.” They do not merely seek “our side” winning, but the will of God, even if that calls their political alliances into question. Finally: “turn from their wicked ways.” Those ways include racism, contempt for migrants, verbal violence, abuse of power, and the excessive love of money and weapons, even when all of this is dressed in “Christian” language.

This is where the issue of violence and war also comes in. God does not say: “if my people arm themselves to the teeth, if they wage preemptive wars, if they crush their enemies, then I will heal their land.” The land is not healed with “blessed” bombs. It is healed when God’s people stop blessing violence and turn away from those evil paths. A Christianity that asks for “national healing” while applauding aggressive policies, unjust military interventions, or hate-filled speech is asking God to sign off on exactly what this text denounces.

Later, God places the throne under conditions: “if you walk in my ways, I will establish your kingdom.” The king is on probation. The same holds true for Trump and for any president or ruler. The question is not simply whether he “defends Christians,” but whether his decisions resemble the justice, truth, and mercy of the biblical God. If a government lies systematically, despises foreigners, stirs up resentment, normalizes cruelty, and glorifies force, no verse read on television can turn it into “the Lord’s anointed.”

The passage ends with a severe warning. It warns that if the people go after other gods, the house will be uprooted and become a mockery. Today, those “other gods” have very clear names: the nation turned into an absolute (“our country first, no matter the cost”), the leader elevated to messiah (“only Trump can save the faith”), money and economic success sacralized, war presented as a path to salvation. The greatest danger is not that the world has idols, but that the church turns a president into an idol and grants him an obedience that belongs only to Christ.

When we see Donald Trump open 2 Chronicles 7 from the Oval Office, we can listen to the text with respect. But biblical faithfulness does not allow us to turn off discernment. This is not about hating a man, but about refusing to call “gospel” what contradicts the character of Jesus Christ. This is not about despising politics, but about remembering that no human throne deserves our primary loyalty.

Perhaps the most honest question this passage leaves us with is not “Is Donald Trump on God’s side?” but “Are we on the side of the God who speaks in 2 Chronicles 7?” If we answer seriously, we will discover that the true healing of the land does not come through a solemn message from the Oval Office, but through a church that humbles itself, prays, seeks the Lord’s face, and turns away from the ways of lies, hatred, violence, and nationalism that it has blessed in God’s name for far too long.

WAR WITH IRAN IS NOT STRENGTH ;  IT IS THE ILLUSION OF POWER

36 days ago Donald Trump decided to bomb Iran in support of Israel, furthering a pattern of expansion in the Middle East. By acting unilaterally and bypassing congressional approval, he has embroiled the nation in a conflict characterized by destruction and control. This approach neglects a fundamental truth: genuine leadership in a democracy is defined not by domination, but by service and the valuing of human life.

The ongoing escalation involving Iran, led by the United States and Israel, raises urgent moral, theological, and political questions. Beyond national security rhetoric, deeper concerns persist, including economic interests, political calculations, and the pursuit of regional influence. Military strength, regardless of its sophistication, does not confer moral legitimacy to endanger entire populations.

When bombs target schools and children, society must confront a painful reality: the erosion of what is sacred. Within the Christian tradition, protecting life, especially that of children, is a core value. When this principle is violated, the failure extends beyond policy; it constitutes a profound failure of conscience.

Each day, global headlines are saturated with fear, threats, and destructive rhetoric. Political figures openly discuss annihilation, treating such language as a strategic tool. However, threatening the eradication of entire nations does not demonstrate strength; it signifies moral collapse. No national interest can justify terror or mass death. Just hearing it should make us tremble!

Meanwhile, those in power remain largely insulated from the consequences of their decisions. Choices about war are made far from the lives they affect, while civilians, families, children, and entire communities bear the burden. In territories like Gaza, Lebanon, and Iran, millions endure uncertainty and struggle to survive. Will the victims get justice for what Israel and the United States are doing?

Simultaneously, unresolved corruption and abuse of power among elites continue to damage public trust. Epstein Files show the monstrous nature of man in power, sexual abuse of minors, among other atrocities, remains covered, and victims are waiting for justice. When truth is obscured and accountability is evaded, a larger moral crisis emerges, influencing foreign policy decisions. A government unable to address injustice domestically cannot credibly advocate for justice internationally.

This situation prompts a necessary question: Are calls to war distracting from deeper issues? If so, the problem is not just political; it is fundamentally ethical. Leadership driven by fear, ego, and deflection conflicts with the democratic values the United States claims to uphold. especially when pastors and evangelical religious leaders like Franklin Graham pray in daylight and on television to support Donald Trump instead of opposing him on his actions. 

Threatening the destruction of Iran and the deaths of millions does not constitute a strategy; it represents the rhetoric of catastrophe. No leader possesses the moral authority to determine the fate of entire populations. Such actions do not exemplify leadership; they reflect a dangerous distortion of power.

From a faith perspective, the message is unequivocal: God does not endorse unjust violence. War cannot be justified as an instrument of control. The destruction of human life is never acceptable.

This perspective also challenges communities within the United States that have supported violence under the guise of religious justification. No sincere interpretation of sacred texts supports terror, suffering, or the elimination of others. Invoking God to defend violence is not an act of faith; it is hypocrisy.

It must be acknowledged that bombing does not bring liberation; it is an exercise of control. When power is used at the expense of human life, it loses legitimacy.

It is time to reject leadership motivated by ego, corruption, and fear. Donald Trump must be scrutinized, questioned, and held accountable for his actions.

Across the country, voices are rising: “No Kings,” “No more endless wars,” and “Not in our name.” These statements do not indicate weakness; they represent expressions of democratic responsibility.

True strength is not measured by military force, but by the courage to protect life, uphold justice, and choose restraint over destruction.

La guerra contra Irán no es poder; es delirio de poder

Los líderes políticos elegidos para gobernar y servir a sus pueblos actúan hoy como si fueran intocables, como dioses con pies de barro. Han olvidado que la autoridad no es dominio, sino responsabilidad ante la vida humana y, desde una mirada teológica, ante Dios.

El ataque a Irán por parte de Estados Unidos e Israel, prolongado durante 36 días, no solo busca sembrar el terror, sino que también plantea serias preguntas sobre intereses económicos, corrupción y expansión de poder. Se actúa como si la ley ya no existiera, como si la superioridad militar, especialmente el poder nuclear, pudiera justificar cualquier acción, incluso aquellas que ponen en riesgo la vida de poblaciones enteras.

Cuando la violencia se manifiesta en bombardeos dirigidos a escuelas, alcanzando a niñas y niños, queda al descubierto una verdad espiritual profunda: se ha perdido el sentido de lo sagrado de la vida. La infancia, que debería ser signo de esperanza y protección, es vulnerada de la forma más extrema. Quienes ordenan estos actos han endurecido su corazón, alejándose de toda conciencia moral. Donde la vida deja de ser valorada, desaparece el respeto; donde no hay respeto, la ley pierde su fundamento; y donde la ley se vacía de humanidad, la justicia deja de existir.

Cada día, las noticias traen miedo, amenazas y destrucción. Sin respuestas claras, la incertidumbre crece. Donald Trump y Benjamin Netanyahu hablan de aniquilación y destrucción de naciones enteras. Pero ninguna causa puede justificar el terror ni la amenaza de exterminio. Desde la fe, toda vida es imagen de Dios, y destruirla deliberadamente es una negación directa de esa verdad.

Vemos en las noticias acusaciones, corrupción y abuso de poder; sin embargo, quienes toman decisiones sobre la vida y la muerte continúan en sus posiciones sin ser cuestionados. Mientras tanto, la población civil paga el precio. Desde Gaza y Líbano hasta Irán, millones de personas viven con miedo de ser asesinados, de tener que comer, de encontrar un lugar seguro, luchando simplemente por existir.

También es imposible, aunque han tratado por meses ignorar el contexto de los archivos vinculados a Jeffrey Epstein, que han expuesto redes de abuso sexual por lideres políticos, empresarios y gente de poder son profundamente perturbadoras. La falta de transparencia y las dudas que rodean a figuras de poder generan una crisis moral que no puede separarse de lo que viene pasando en este momento. Cuando la verdad se oculta, la injusticia no tiene límites.

En este contexto, surge una pregunta inquietante: ¿son los discursos de guerra también una forma de distracción? Si esto es así, no solo estamos ante decisiones peligrosas, sino ante una evasión moral. Una política basada en el ego, el miedo y la negación es incompatible con cualquier ética y moral sobre la vida.

Lo que hizo Donald Trump de amenazar con destruir a Iran y asesinar a millones de iraníes no es estrategia: es genocidio en potencia. Es inaceptable que un líder político se coloque en el lugar de Dios, decidiendo sobre la vida y muerte de pueblos enteros.

Desde la fe, esto debe decirse con claridad: Dios no respalda la violencia injusta. Dios no legitima la guerra como instrumento de dominación. La tradición espiritual, incluyendo voces recientes dentro de la Iglesia— ha insistido en que no hay justificación moral para la destrucción indiscriminada de vidas humanas.

Esto también interpela a las comunidades de fe que han apoyado acciones violentas de Israel y Estados Unidos bajo interpretaciones erróneas de la Biblia. Pero ninguna lectura auténtica de la Biblia puede justificar el sufrimiento, el terror o el exterminio de otros pueblos. Apoyar la violencia en nombre de Dios es, en sí mismo, una contradicción espiritual.

No se bombardea para liberar; se bombardea para dominar. Estas acciones, disfrazadas de discursos de “liberación”, revelan intereses de poder. Y ese poder humano, cuando se impone sobre la vida, no proviene de Dios, sino que se opone a su voluntad.

Es momento de decir basta a los gobiernos egocéntricos y corruptos. Basta al uso del miedo como herramienta política.

Sin embargo, los pueblos están despertando. En Estados Unidos se alzan voces que dicen: “Aquí no hay reyes”,”alto a la guerra.”En Israel, miles de personas protestan en las calles pidiendo terminar la guerra. La pregunta es: ¿escucharán los líderes a sus propios pueblos?

Hoy más que nunca, se hace necesario un acto de conciencia colectiva. Porque el verdadero poder no está en la destrucción masiva, sino en la defensa y sostenimiento de la vida.

La Pascua como Subversión de la Teología Pública

Por Diego Ramos

Vivir la Pascua desde la teología pública de Jesús trasciende la devoción privada; es un acto de discernimiento sobre nuestro rol en la construcción de una humanidad que resista a los nuevos «dioses» del siglo XXI. Esto nos interpela directamente: ¿qué compromisos asumimos hoy en la tarea de una creación que genere mayor humanidad?

En un mundo donde los liderazgos globales pretenden rediseñar un nuevo «Génesis» de destrucción y dominio, la ética del cuidado —aquella gobernanza teológica delegada por Dios en el relato de la creación— se encuentra bajo amenaza. Ese mandato original, que confería al ser humano el gobierno responsable de la tierra y sus criaturas, está siendo suplantado por la ferocidad de nuevos soberanos que destruyen la vida humana. Frente a esta realidad, la Pascua de Jesús emerge como una subversión teológica pública que se enraíza en la memoria de aquel primer fratricidio bíblico; allí, el interrogante ético-moral —¿Dónde está tu hermano? — recupera una urgencia política radical.

La liberación del pueblo bajo el yugo del faraón nace de una profunda conciencia social divina. Dios no permanece ajeno; escucha el clamor y se hace cargo de la aflicción provocada por la opresión estructural. Ante el cuerpo social sufriente que generan los faraones y reyes de nuestro tiempo, la Pascua debe asumirse desde una teología pública. El cristiano no puede esquivar las preguntas que Yahvé le dirigió a Caín: ¿Dónde está tu hermano? ¿Qué has hecho por él?

Rastrear la teología pública en este tiempo pascual nos conduce inevitablemente al Año Jubilar. Lo que en el Levítico era un mandato de libertad para los esclavos y perdón de deudas, en Jesús se convierte en una praxis definitiva de dignidad. Al presentarse públicamente, el Galileo asume la voz de los oprimidos y proclama la vista a los ciegos y la liberación a los oprimidos, instaurando un nuevo Jubileo donde la justicia social no es una opción, sino el núcleo del Reino de Dios.

Pero hay un gesto aún más radical: la multiplicación de los panes y los peces en Tiberíades, ciudad erigida en honor al emperador Tiberio. En el corazón de la idolatría imperial, Jesús despliega el mayor milagro de fraternidad política: organiza a la multitud para que se reconozcan en la necesidad y la generosidad compartida. La teología pública de Jesús no bendice a Tiberíades ni a los imperios. Su teología no es la de aquellos pastores que hoy oran en sus templos por Javier Milei, Benjamín Netanyahu o alrededor de Donald Trump, artífices de ese nuevo génesis destructivo y deshumanizante. Su respuesta es un rotundo: ¡No Kings! No hay lugar para reyes que juegan a ser dioses.

Tras la multiplicación de los panes, al percibir que la multitud pretende proclamarlo rey, Jesús se retira; huye hacia la soledad del monte. Su diagnóstico es tajante: el Reino de Dios no se construye desde el trono. ¡No Kings!: no hay lugar para reyes que jueguen a ser dioses en este mundo. La teología pública de Jesús no nos convoca a coronar soberanos, sino a una praxis de descenso: nos llama a comprometernos con los crucificados de nuestra historia. Nuestra misión no es sostener cetros, sino bajar de la cruz a quienes hoy siguen siendo sacrificados por las estructuras de injusticia de aquellos que se presentan como reyes.

Felices Pascuas de liberación.

Diego Ramos es educador popular argentino, militante político, licenciado en Ciencias Políticas, profesor de Filosofía y Ciencias Sagradas. Presidente del  Partido Nacional  “República Modelo”, dirige y coordina el Centro de Educación popular Antonio Gramcsi en Santiago del Estero.

LA RUAH DIVINA ENTRE JUNTANZAS DE MUJERES, TERRITORIOS Y MEMORIAS

Mónica Benavides, hdv*

Llegué a una juntanza de mujeres del Abya Yala sin saber con claridad lo qué iba a encontrar, iba con la curiosidad al cien. Desde el primer momento algo se acomodó por dentro, como cuando una persona reconoce que ha llegado a un lugar donde puede habitar sin explicaciones. Eran mujeres diversas, venidas de distintos territorios, con historias que llevaban en la voz, en el cuerpo y en la memoria. Mujeres lideresas, cuidadoras de la vida, apasionadas, enamoradas, de esas que no se guardan el corazón cuando se trata de sostener a otras.

El ambiente tenía una fuerza difícil de nombrar y bonita para encajar. Había risas, abrazos largos, silencios cómplices y palabras que no buscaban imponerse sino encontrarse. Poco a poco fuimos entrando en las conversaciones y lo que se abría no era solo una agenda sobre mujeres, sino una mirada amplia y compleja sobre la urdimbre de las existencias. Se hablaba del cuerpo, del territorio, de la justicia social y ambiental, de las luchas que se entrecruzan y de las formas de catapultar la esperanza cuando todo parece empujar en sentido contrario.

En medio de aquella trama, lo que más llamaba la atención era la diversidad, no como consigna abstracta sino como epifanía encarnada de la vida que el Espíritu suscita en los pueblos. Una diversidad tejida desde los cuerpos, las memorias y los territorios, donde emergían modos otros de habitar la espiritualidad. Es decir, cosmovisiones indígenas enraizadas en la tierra, voces de mujeres que resignifican la fe desde sus luchas, sentipensares que desbordan las categorías coloniales. Había distintos ritmos, tonos, acentos, como un polifónico Pentecostés latinoamericano y, sin embargo, todo encontraba lugar sin anularse.

La palabra circulaba como don compartido y no como poder acumulado; el silencio se recuperaba como espacio de gestación; y la escucha se volvía un gesto político y espiritual, una práctica de descolonización del corazón y de las relaciones. Allí se hacía evidente que los dones no compiten porque brotan de una misma Ruah que sopla donde quiere, que los carismas y ministerios no necesitan jerarquías sacrificiales cuando se comprenden desde el corazonar del cuidado y la reciprocidad, y que la comunidad, en clave de buen vivir, se configura como espacio de justicia, sanación y resistencia al servicio de la vida plena.

La espiritualidad que se respiraba no era distante ni abstracta, sino encarnada en gestos concretos, en miradas que sostienen y en manos que cuidan. Tenía colores de arcoíris y se tejía con legados, saberes ancestrales y relatos compartidos. Era una espiritualidad que hilaba la vida y se hacía presente en lo cotidiano. En esa trama, la Ruah Divina, soplo que anima, se manifestaba como una presencia dinámica que impulsa, abraza y mantiene todo en movimiento.

Sin embargo, el último día todo se quebró de golpe. Llegó la noticia de que a una de las mujeres, allí presente, le habían asesinado a su hijo. Nadie estaba preparada. El impacto atravesó el cuerpo y el silencio ocupó el lugar de las palabras. No era un silencio vacío, sino denso, cargado de dolor y de rabia contenida, lleno de preguntas sin respuesta, de aquello que no alcanza  a decirse o explicar. 

Entonces ocurrió algo que marcó el sentido de lo vivido. Las mujeres que coordinaban el encuentro no intentaron seguir como si nada. Decidieron detenerse y esa decisión, tan sencilla en apariencia, fue significativa. Parar para reconocer el dolor, para no esquivarlo, para acompañar de verdad y contener.

Sin que nadie diera indicaciones, varias mujeres comenzaron a reunirse en el centro del espacio. Con lo que tenían a mano, fueron levantando un altar. Una encendía una vela, otra colocaba una flor, alguien extendía una tela, y otra añadía un pequeño objeto cargado de sentido. El gesto, aunque sencillo, estaba lleno de significado. Era una manera de afirmar que el dolor tenía un lugar, que no sería ignorado ni apresurado. Mientras tanto, iba comprendiendo, a tientas, que todo esto nacía de mujeres que lo dan todo, sin reservarse nada para sí. Estaba siendo testiga de la sororidad en primera línea.

A partir de ahí, la armonización se fue dando de manera orgánica. Aparecieron cantos suaves, oraciones en distintas lenguas, sahumerios que llenaban el aire, palabras breves que acompañaban, silencios que sostenían, perfumes que acariciaban la piel, en esa transición del claroscuro de la existencia. Algunas abrazaban, otras permanecían cerca sin invadir. Cada quien aportaba desde lo que sabía, desde lo que podía, desde su ser. No había un guión, pero sí una coherencia que nacía del cuidado compartido.

En ese momento volví a pasar por el corazón que la espiritualidad no es un discurso aprendido, sino una práctica que se activa cuando más se necesita; sucede mientras se esta viviendo y acompaña la cotidianidad, tanto en su belleza, como en su crudeza. Así, se vuelve la fuerza que permite quedarse cuando todo duele, que ayuda a acuerpar a otra sin querer resolverlo todo y que reconoce la fragilidad sin renunciar a la dignidad. Esa es la Ruah en movimiento, no como idea, sino como experiencia que atraviesa los cuerpos y las relaciones.

Asimismo, quedó en mí la certeza de que aquellas juntanzas no son solamente espacios de encuentro, sino formas de resistencia que abrazan la vida. En un contexto donde la violencia irrumpe de manera constante, detenerse, cuidar, abrazar y nombrar el dolor se convierte en un acto que afirma el carácter sagrado de la vida. De esta manera, se expresa que no todo está perdido y que aún es posible tejer vínculos capaces de sostener.

Lo que allí ocurrió no se queda en un momento aislado. Es parte de un camino más amplio en el que muchas mujeres, desde distintos lugares, están apostando por otras formas de habitar el mundo. Formas que reconocen la interdependencia, que entienden la vida como una red, que valoran lo pequeño, lo cotidiano, lo comunitario. Como las raíces que no se ven pero sostienen el bosque, esas redes van tejiendo posibilidades en la hostilidad y en la  ruptura.

Al salir de ese encuentro, me supe parte de una metamorfosis, la de mujeres que, casi sin ruido, están transformando el mundo. Y es que algo, difícil de nombrar, permanece latiendo incluso cuando cada una regresa a su territorio. Porque en cada gesto compartido, en cada palabra cuidadosamente ofrecida y en cada silencio habitado con respeto, la vida va encontrando caminos para renacer. Por eso, desde entonces creo que la Ruah sigue animando y habitando estas juntanzas, y que continúa abriendo senderos con nosotras. Es una promesa presente que se hace reconocible en lo que tejemos juntas, en cómo nos sostenemos y en la forma en que, incluso en medio del dolor, seguimos eligiendo la vida.

Nacimos para ser mujeres micorrizas, es decir, entrelazadas, soñadoras y fecundas, sin miedo a anunciar la buena noticia de la vida, en un mundo que sabe, y que ya comienza a saborearse, a Pentecostés.


Mónica Benavides* Religiosa de la Congregación de Hermanas de la Divina Voluntad. Pertenece a la Comunidad Indígena “Pastos”, Nariño-Colombia. Doctora en Teología por la Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá. Está vinculada a la Comisión de Vida Religiosa Indígena de la CLAR y al ETAP. También al Grupo de Investigación, Pensamiento Social de la Iglesia, de la Pontificia Universidad Javeriana. Le apasiona desdibujar fronteras, levantarse con el sol, inspirarse con el viento y contemplar las faenas de la vida cotidiana de los territorios.

Afro-Caribbean Enfleshed Spirituality: Resistance, Memory, and Liberation

By Agustina Luvis Núñez*


Afro-Caribbean spirituality is not mere popular religiosity, but a historical praxis of resistance that has sustained life since the European and U.S. invasions. It has reconstructed Black subjectivities and generated epistemologies of liberation against the coloniality of being, knowledge, and power in the Caribbean.

To speak of Afro-Caribbean spirituality is to speak of embodied memory, of people who resisted when every political, economic, and religious apparatus attempted to strip them of their humanity. The transatlantic slave trade did not just uproot human beings; it attempted to erase worldviews, languages, and cultures. However, amidst the plantation system, spiritual practices emerged that preserved African memory under new, camouflaged forms. These were not simple religious syncretisms: they were strategies of cultural and spiritual resistance.

Eclecticism (1 Thessalonians 5:21, “test everything; hold fast to what is good”) is not about syncretic theological naivety, but rather a liberating tactic that chooses the fullness of life. Naming the Orishas under Roman Catholic iconography allowed for the preservation of African symbolic systems under colonial surveillance. The ritual consisted of resurrecting wisdom, ancestors, and institutions. The drum spoke to us in the same coded language used by Jesus of Nazareth. It reclaimed our humanity as sacred territory.

In the case of Haiti, spirituality was a space of symbolic and political articulation that contributed to the anti-colonial revolution culminating in 1804. Spirituality was not separate from the struggle for social freedom. Historically, their spirituality was rooted in political emancipation. Enslaved persons turned to this enfleshed spirituality in search of solace and the strength to resist the brutality of their enslavers.

The colonial project constructed the Black being as a “non-being,” as merchandise, as an exploitable entity. Against this, Afro-Caribbean spirituality affirmed a different ontology: that of a relational, communal being open to the pluriverse. If colonialism commodifies, Afro-Caribbean spirituality re-sacralizes. If colonialism turns the Black subject into an object, Afro-Caribbean spirituality reaffirms their intersubjective being where there are no objects, but rather communion with ancestry and nature.
“The drum spoke to us in the same coded language used by Jesus of Nazareth. It reclaimed our humanity as sacred territory.”
— Agustina Luvis Núñez
Afro-Caribbean spirituality affirms that all humanity is sacred, not an instrument or a resource. Ancestry remains alive. Nature is not something inert; it is a living being and our kin. Our spirituality maintains that the divine inhabits concrete history (Luke 17:21, “The Kingdom of God is among you”). Facing the Western dichotomy that tears the soul from the body, a Black spirituality preaches unity. Our being remembers and transmits through intergenerational solidarity what the colonial archive attempted to erase.

In this sense, Afro-Caribbean spirituality resists an exclusionary North Atlantic coloniality of our knowledge, which privileges the written word and discredits orality. Our spirituality confronts the coloniality of being by celebrating parallel ways of being and existing in the world. In Puerto Rico, Afro-Caribbean rituals were systematically stigmatized as superstition and witchcraft. The Spanish colonial project first, and later the U.S. regime, imposed imaginaries of cultural and religious whitening (blanqueamiento).

Sectors of both Roman Catholicism and Protestantism discounted Afro-descendant spirituality through their Eurocentric and white supremacist lenses. Fortunately, within the Afro-Caribbean and U.S. contexts, Pentecostalisms emerged with forms of resistance through their African worldview, their orality, and their enfleshed spirituality expressed through possession, divine healing, rhythmic music, the shout, the dance, and the liberation of the self in worship, dreams, and visions.

These practices, brought by the diaspora of African descent, merged with Protestant religious fervor to recreate a Christianity that experiences the sacred directly in daily life. Although modern Pentecostalism formally emerged at the beginning of the 20th century in the United States, its popular and vibrant expressions are deeply informed by African spirituality.

Today, in a context of economic crisis, mass migration, gender violence, and chronic climate illness, Pentecostalisms re-emerge as spaces for Afro-Boricua identity reassignment and communal healing. We are not dealing with relics of the past but with beings more alive than ever. Black spirituality is not peripheral. It is constitutive of all Christian expression in the Caribbean context.
“Black spirituality preaches unity. Our being remembers and transmits through intergenerational solidarity what the colonial archive attempted to erase.”
— Agustina Luvis Núñez
Having said all of this, let us ask ourselves: What images of the Divine have we inherited? Which (soul-less) bodies do we consider normative? What rituals do we consider “legitimate”? What knowledge have we excluded? Afro-Caribbean spirituality invites a theological reflection that is embodied, holistic, communal, rhythmic, ecological, and anti-colonial. Interreligious dialogue must recognize in Afro-Caribbean spirituality its search for abundant life amidst structures of death.

It is not a matter of romanticizing our Afro-Caribbeanness, but of recognizing that the Holy Spirit of the Christian religion blows beyond our religion, passes through the walls of our temples, and manifests itself also in the ashé of the Yoruba religion.

Afro-Caribbean spirituality is not just resistance; it is proactive. Against extractivist capitalism, it bets on reciprocity with Mother Nature. Against neoliberal individualism, it proposes a life in solidary community. Against structural racism, it opts to cancel the very concept of race, since all humans come from African ancestry. Against the coloniality of power, it chooses service to those who do not know what it is to be served.

In a Caribbean marked by an “eternal” debt, forced displacement, and fatal climate illness, Afro-Caribbean spirituality generates imaginaries of resistance contrary to the kingdoms of this world. This spirituality challenges us to revise colonial burdens, their body/soul binarism, and their sacred/profane dichotomy. This spirituality is resistance, a celebration of ontological equality, political militancy, a matrix of multiple knowledges and flavors, a creator of communal healing theologies, and a source of gestures, symbols, signs, and images of more just worlds and futures.

Note: This piece was originally shared by Dr. Agustina Luvis Núñez as part of the panel ‘Black Spiritualities and a Proposal for a New Humanity’ during the 5th Edition of Cumbre Afro at the University of Puerto Rico, Río Piedras campus. It was originally in Spanish and has been translated by Guesnerth Josue Perea.

“Líderes que abusan: el silencio termina aquí”

Cuando las mujeres que lideran se enfrentan a temas de abuso, se nos exige un paso más: más valentía, más coherencia, más honestidad. No basta con liderar; se espera que encarnemos una ética que muchas veces el mundo no exige a los hombres. Reflexionar sobre el abuso de poder no es solo enfrentar un dilema moral individual; es tocar una herida colectiva que atraviesa cuerpos, comunidades y memorias ancestrales. Hablar, denunciar y recordar no traiciona la historia: la sana. Pero ese proceso, lo sabemos, puede tomar años, incluso décadas.

Hoy escribo con el corazón adolorido. Escribo desde la historia de Dolores Huerta, una mujer ícono de la lucha campesina en los Estados Unidos, quien a sus casi 96 años ha decidido hablar y denunciar a su abusador el líder del movimiento campesino chicano Cesar Chávez. Entre dolor y fortaleza, nos muestra que siempre es posible rectificar la historia. No hay edad para traer la verdad a la luz.

Cuando mujeres como Dolores alzan la voz tras décadas de silencio, no lo hacen desde la fragilidad, sino desde una sabiduría profunda, tejida con el tiempo. Su testimonio revela algo que muchas comunidades indígenas han aprendido a lo largo de generaciones: el silencio prolongado no es olvido, es una forma de resistir y sobrevivir. Y cuando ese silencio finalmente se rompe, no solo libera a quien habla, sino que abre camino para que otras también encuentren su voz.

El caso de Cesar Chávez, visto desde esta perspectiva, no representa únicamente la caída de un líder que durante décadas inspiró a generaciones en la lucha sindical en Estados Unidos y cuyo legado fue reconocido en escuelas, calles e incluso en una conmemoración pública que recientemente ha sido replanteada como el “día del campesino”. Estas acusaciones no surgen, como algunos sugieren, por conveniencia o en momentos políticos específicos; surgen cuando las víctimas encuentran la fuerza para hablar.

Existen testimonios de otras dos mujeres que afirman haber sido abusadas cuando tenían apenas 13 y 15 años. En el caso de Dolores Huerta, ella ha relatado haber sido violada en dos ocasiones, quedando embarazada ambas veces. Durante años, el abuso permaneció en silencio; las víctimas ni siquiera sabían unas de otras hasta ahora. Ante esto, muchos preguntan: ¿por qué callaron tanto tiempo? Pero esa no es la pregunta correcta. El silencio no necesita justificación; es, muchas veces, una forma de sobrevivir.

Lo que tenemos hoy es la revelación de un abusador que murió sin haber enfrentado la justicia ( Chavez falleció a los 66 años en 1993). Y esto nos deja una tarea urgente: examinar con honestidad cómo incluso los movimientos que nacen buscando justicia social pueden reproducir dinámicas de opresión. Nos confronta con una verdad incómoda pero necesaria: el poder, si no es cuestionado y transformado, tiende a repetir las mismas violencias que dice combatir.

Y esta no es una realidad aislada. Los archivos en torno a Jeffrey Epstein y las múltiples acusaciones públicas que han rodeado a Donald Trump, Gates, Clinton entre otros millonarios y politicos nos confrontan con una cultura donde hombres poderosos han tratado y siguen tratando a las mujeres como objetos sexuales. Surge entonces una pregunta dolorosa, casi desesperada: ¿es posible un liderazgo masculino que no esté marcado por el abuso? La respuesta no puede ser la resignación, pero sí debe ser una llamada urgente a la transformación.

Cuando el liderazgo brota desde las raíces de comunidades empobrecidas y marginadas, la autoridad debería entenderse como servicio, no como dominio. Liderar es cuidar, es sostener la vida, es honrar la dignidad de los demás. Cuando un hombre en posición de poder reduce a una mujer a objeto, no solo rompe una norma ética: quiebra el equilibrio mismo de la vida. El abuso no es un error privado; es una fractura espiritual que resuena en toda la comunidad.

La Biblia también nos ofrece claves para entender esto. La historia de Betsabé no es solo la caída de un rey, sino el relato de una mujer silenciada, cuyo cuerpo fue tomado y violada por David. Tradicionalmente se ha puesto el énfasis en el arrepentimiento del Rey David, pero desde una teología encarnada en la experiencia de las mujeres surge otra pregunta: ¿quién escucha el dolor de Betsabé? ¿Quién nombra su historia?

Dios, en la tradición bíblica, escucha el clamor de los oprimidos. Así como escuchó el llanto de un pueblo esclavizado, el dolor de Hagar en el desierto, escucha hoy el llanto de cada mujer silenciada. Denunciar, entonces, no es solo un acto legal o social; es un acto profundamente espiritual. Es afirmar: “Tu justicia, Dios, vale más que el prestigio de cualquier hombre”.

Las mujeres hemos soportado siglos de sistemas que han violado y silenciado nuestras voces, incluso dentro de movimientos que prometían liberación. Por eso, hoy más que nunca, necesitamos una teología que recupere el cuerpo como espacio sagrado.

La teología decolonial y mujerista nos recuerda algo esencial: el cuerpo no es un objeto, es tierra viva. Así como la tierra no debe ser explotada, el cuerpo humano tampoco. Ambas realidades están profundamente conectadas. El abuso sexual no es solo violencia contra una persona; es una herida infligida a toda la creación.

¿Qué piensa Dios de esto? Dios no es indiferente. Dios está en el llanto de la mujer, en la memoria de las abuelas, en la resistencia de quienes se niegan a seguir callando. Dios no legitima el poder abusivo, aunque esté cubierto de prestigio o historia. Dios lo desenmascara.

Pero también hay una palabra para nosotras como comunidad. No basta con señalar a individuos; necesitamos transformar las estructuras que los sostienen. Las comunidades de fe, los movimientos sociales, las organizaciones están llamadas a aprender a escuchar de verdad. Escuchar no para juzgar ni para proteger reputaciones, sino para acompañar procesos de sanación.

Como teóloga, afirmo que denunciar no es solo un acto de justicia ni únicamente la búsqueda de castigo para el abusador; es, sobre todo, un camino hacia la restauración del equilibrio, hacia la sanación profunda, hacia la verdad que libera. Sin embargo, esa restauración solo puede comenzar cuando la verdad es nombrada. No puede existir armonía donde el dolor permanece oculto.

Y a quienes sienten rabia, dolor, indignación: esos sentimientos son válidos. Duele pensar que tantos abusos no fueron detenidos a tiempo. Duele reconocer que muchas mujeres vivieron en silencio mientras sus agresores eran celebrados públicamente. Pero también estamos en un momento donde la memoria puede ser restaurada, donde la verdad puede corregir la historia.

Dolores Huerta, a sus casi 96 años, nos ha enseñado algo profundamente esperanzador: nunca es tarde para decir lo que nos sucedió y ser libres.

Si nosotras, como mujeres, creemos a las víctimas, si acompañamos sus procesos y les damos voz, entonces sí es posible comenzar a liberarnos de esta carga tan pesada que duele y angustia. Denunciar no es destruir; ¡es abrir camino y buscar justicia!