Por Sarinette Caraballo Pacheco
Hay patriarcados que no entran con botas, ni con discursos de guerra, ni con un letrero que diga: “Vengo a oprimirte, mi amor”. Ojalá fueran así de obvios, para una poder decirles desde la puerta y cara a cara: “Aquí no se fía”. Pero no. El patriarcado más peligroso casi siempre llega bien peinadito, oliendo a tradición, cargando Biblia bajo el brazo y diciendo que todo esto es por nuestro bien.
Y lo peor es que muchas veces lo compramos. Lo compramos en mensualidades, en la casa, en la iglesia, en la escuela, en la maternidad, en el matrimonio, en los silencios. Lo compramos cuando creemos que una mujer buena es la que aguanta. Cuando confundimos sacrificio con dejar de existir y dejar de pensar. Cuando llamamos “ayuda” a que un hombre cuide a sus propios hijos. Mira qué detalle tan hermoso: el papá “ayudando”. ¿Aleluya y gloria a Dios? No, qué lástima que hemos llegado a esto y lo llamemos cristianismo.
Si pensamos que esta conversación ya no debería estar ocurriendo, quizá es porque no estamos al tanto de lo que acaba de pasar. Este mes de junio de 2026, la Convención Bautista del Sur, la denominación protestante más grande de Estados Unidos, votó 6,028 a 2,026 —casi tres a uno— para avanzar una enmienda constitucional que prohibiría que iglesias con mujeres pastoras permanezcan en “cooperación amistosa” con la denominación. La propuesta no solo habla del cargo pastoral; también apunta a las funciones pastorales, específicamente predicar ante la congregación. Y como si eso fuera poco, Albert Mohler, presidente del Southern Baptist Theological Seminary, dijo recientemente que las mujeres pueden votar en la política, pero no deberían interpretar sermones en un podcast. O sea, podemos votar por presidentes, pero cuidado si abrimos un micrófono para hablar de la Biblia. ¡Qué generosos!
Amé la forma en la que Carlos, de La teología de la calle, abordó el tema en este video
La teología de la liberación nos enseñó que Dios no mira la injusticia desde el balcón. Gustavo Gutiérrez insistió en que hablar de Dios desde América Latina exige mirar de frente la pobreza, la opresión y las estructuras que aplastan la dignidad humana. De ahí surge esta pregunta incómoda, pero necesaria: ¿qué pasa cuando esas estructuras también viven dentro de la casa, del altar y del lenguaje con que nombramos a Dios?
Rosemary Radford Ruether denunció que mucha teología cristiana fue pensada desde una mirada masculina que dejó a las mujeres como nota al calce de la historia sagrada. Elisabeth Schüssler Fiorenza fue más allá: no basta con “incluir” mujeres en una estructura que sigue funcionando igual; hay que cuestionar el sistema completo de poder religioso, cultural y social que decide quién habla, quién obedece y quién sirve el café después del culto.
En América Latina, y en Puerto Rico, hemos visto que el patriarcado no solo domina cuerpos; también organiza nuestra imaginación. Nos enseñan qué desear, qué temer, qué callar y hasta qué llamar “voluntad de Dios”. Ada María Isasi-Díaz, nos recordó que la teología nace también desde lo cotidiano: desde la cocina, el trabajo, las conversaciones entre mujeres, el cansancio y esa sabiduría que no siempre tuvo diploma, pero sí sudor, lágrimas y cicatrices.
Por eso me preocupa el patriarcado que compramos sin darnos cuenta. El que se disfraza de “así son las cosas”, el que nos enseña a competir entre mujeres por migajas de aprobación, el que nos hace sentir culpables por descansar, el que convierte la maternidad en martirio permanente y después nos aplaude por estar cansadas. Qué lindo el aplauso, ¿verdad? Una en el piso, pero con reconocimiento social. Tremendo.
Desmantelar el patriarcado no siempre empieza con una revolución en la plaza. A veces empieza cuando una mujer dice: “No puedo más”. Cuando otra le cree. Cuando una madre cierra la puerta del baño y reclama cinco minutos sin que nadie le pregunte dónde están las medias, la leche, la tarea, la vida y el Espíritu Santo.
Desde ahí escribí No interrumpas cuando me estoy bañando. No como una solución mágica, porque si un libro tumbara siglos de patriarcado, ya yo estaría vendiendo copias en combo con café y bizcochito. Lo escribí como una grieta y como una forma de decir que nuestras historias importan, que nuestro cansancio tiene teología, que nuestra risa también es resistencia y que Dios no nos creó para vivir pidiendo permiso para existir.
Este trabajo no lo puedo hacer sola; ninguna puede. Pero entre todas, y todos, podemos ir desarmando el patriarcado sutil, ese que se mete por la rendija de lo normal. Podemos cuestionar lo heredado, criar distinto, leer distinto, predicar distinto, amar distinto y descansar sin pedir perdón.
Tal vez la liberación también empieza ahí: cuando dejamos de comprar lo que nos vendieron como destino y empezamos, juntas y juntos, a escribir otra historia.
Si deseas leer sobre igualdad y dignidad de la mujer, te invito a leer mi artículo LA DIGNIDAD QUE SE DEFIENDE
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