¿Dónde quedó el amor al prójimo?

La fe cristiana frente al regreso de la discriminación

Por Eliezer E. Burgos Rosado

Apenas había comenzado mi recorrido por el Centro Nacional de Derechos Civiles y Humanos en Atlanta, Georgia, cuando sentí que algo se estremecía en mi interior. Frente a los testimonios de la segregación racial que vivieron los afrodescendientes en Estados Unidos, fue difícil contener el nudo en la garganta. Las lágrimas comenzaron a descender por mis mejillas mientras contemplaba su historia marcada por la humillación, la violencia y la lucha que tuvieron las y los afroamericanos que se negaron a aceptar que el color de su piel, negra y marrón, determinara el valor de sus vidas.

No estaba simplemente observando acontecimientos de un pasado distante. Estaba frente a las consecuencias de una sociedad europea-descendiente blanca que, durante generaciones, convirtió sus prejuicios raciales en leyes, sus temores en mecanismos de exclusión y sus privilegios blancos en derechos superiores a los de los demás.

Pensaba en nuestro afroamericanos que no podían sentarse libremente en un restaurante, compartir determinados espacios públicos, acceder a las mismas oportunidades educativas o ejercer plenamente su derecho al voto. Pensaba también en quienes arriesgaron su seguridad, su libertad y hasta sus vidas para confrontar aquellas injusticias. Ninguno de aquellos derechos debió necesitar semejante sacrificio para ser reconocidos como humanos, pero tuvieron que hacerlo.

Sin embargo, mientras avanzaba por las exhibiciones, otra preocupación comenzó a ocupar mis pensamientos: ¿cómo es posible que, después de tantas luchas y conquistas en derechos civiles, estemos presenciando nuevas amenazas contra derechos que creíamos suficientemente protegidos?

La historia nos demuestra que el progreso social no es irreversible. Los derechos conquistados pueden debilitarse, las instituciones pueden retroceder y los prejuicios pueden reaparecer bajo discursos aparentemente distintos. No necesitamos reproducir exactamente las condiciones del pasado para reconocer señales preocupantes en nuestro presente.

Hoy seguimos escuchando expresiones que deshumanizan al extranjero, desacreditan a quienes reclaman igualdad o presentan la diversidad humana como una amenaza. También observamos cómo determinadas iniciativas políticas buscan restringir protecciones y cómo algunos sectores justifican esas decisiones apelando a la tradición, la seguridad o la defensa de ciertos valores.

Pero lo que más me preocupa no es solamente la existencia de tales discursos. Es la facilidad con la que algunos sectores del cristianismo terminan legitimándolos. Resulta profundamente contradictorio observar a creyentes que exaltan determinadas figuras públicas como «líderes de valores», mientras parecen dispuestos a pasar por alto palabras, decisiones o políticas que afectan la dignidad de otras personas. En ocasiones, la identificación con una agenda política parece adquirir mayor importancia que la fidelidad a las enseñanzas de Jesucristo.

Y entonces surge una pregunta que no podemos continuar evadiendo: ¿de qué valores cristianos estamos hablando cuando el amor al prójimo deja de ocupar el centro de nuestras convicciones? Jesús fue extraordinariamente claro al colocar el amor a Dios y al prójimo en el corazón de la vida de fe. No presentó este mandamiento como una recomendación secundaria, sino como una expresión fundamental de nuestra relación con Dios.

En Lucas 10, cuando un intérprete de la Ley quiso precisar quién debía considerarse su prójimo, Jesús respondió con la parábola del buen samaritano. Aquella narración confrontó las fronteras religiosas, culturales y sociales que pretendían limitar el ejercicio de la misericordia. El personaje que actuó conforme a la voluntad de Dios fue precisamente aquel de quien menos se esperaba semejante comportamiento.

La enseñanza continúa siendo incómoda. El prójimo no es solamente quien comparte nuestra fe, nuestra nacionalidad, nuestras costumbres o nuestras preferencias. Es también aquella persona cuya humanidad estamos tentados a ignorar.

Desde esa perspectiva, la discriminación no constituye únicamente un problema de comportamiento individual. Cuando los prejuicios se institucionalizan, cuando las estructuras sociales producen exclusión y cuando las leyes favorecen sistemáticamente a unos mientras perjudican a otros, estamos frente a manifestaciones de lo que la reflexión teológica identifica como pecado estructural.

Este pecado no desaparece simplemente porque una persona asegure que no alberga odio en su corazón. También requiere examinar las estructuras que sostenemos, las decisiones que respaldamos y las injusticias que estamos dispuestos a tolerar.

Aquí resulta indispensable recordar que el cristianismo ha ocupado posiciones contradictorias frente a la discriminación racial. Mientras comunidades de fe y líderes como Martin Luther King Jr. encontraron en el Evangelio la fuerza espiritual para luchar por la dignidad humana, otros cristianos utilizaron interpretaciones religiosas para justificar la segregación o permanecieron cómodamente indiferentes ante ella.

Esa contradicción histórica debería conducirnos a una profunda autocrítica. No basta con celebrar retrospectivamente a quienes lucharon por la justicia. También debemos preguntarnos dónde nos habríamos situado cuando defenderla implicaba confrontar los intereses dominantes. Más importante todavía: ¿dónde nos estamos situando hoy?

No se trata de exigir uniformidad política entre los cristianos ni de suponer que toda diferencia de opinión constituye discriminación. Se trata de reconocer que ninguna preferencia partidista, propuesta gubernamental o lealtad ideológica puede quedar fuera del discernimiento ético del Evangelio.

La Iglesia debe conservar su libertad para examinar críticamente cualquier expresión del poder, incluso cuando provenga de quienes dicen representar sus valores. Nuestra vocación no consiste en convertirnos en guardianes religiosos de proyectos políticos. Consiste en dar testimonio de Jesucristo, anunciando con nuestras palabras y nuestras acciones la dignidad de toda persona creada a imagen de Dios.

Esto también tiene una dimensión profundamente pastoral. Detrás de cada expresión discriminatoria hay personas concretas: familias que experimentan rechazo, niños y niñas que aprenden a sentirse inferiores, comunidades que viven con temor y seres humanos que desean ser tratados con respeto. La Iglesia está llamada a acompañarles, no a contribuir a las condiciones que producen su sufrimiento.

Salí de aquel museo con el corazón conmovido. Las imágenes y los testimonios permanecieron conmigo, pero también una convicción que se hizo más profunda durante el recorrido: la Iglesia no puede condenar las injusticias del pasado mientras encuentra excusas para tolerar las del presente.

La memoria histórica pierde su capacidad transformadora cuando solamente nos permite sentir indignación por aquello que otros hicieron, sin confrontarnos con nuestras propias responsabilidades. Quizás uno de los mayores desafíos del cristianismo contemporáneo sea recuperar la capacidad de escuchar a Jesús por encima del ruido de nuestras lealtades políticas y culturales. Porque no podemos proclamar el amor de Dios mientras contribuimos a negar la dignidad de aquellos a quienes Dios también ama.

Y si nuestra defensa de los llamados valores cristianos termina alejándonos del mandamiento de amar al prójimo, tal vez sea necesario preguntarnos si realmente estamos defendiendo el Evangelio o simplemente hemos aprendido a utilizarlo para defender nuestras preferencias. Al final, la credibilidad de nuestro testimonio cristiano no dependerá de cuánto poder consigamos acumular, sino de cuánto nos parezcamos a Jesús.

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