Fe, libertad y el desafío de acompañar sin decidir por el otro
Por Lisette Genao Durán
Hay decisiones que otras personas pueden acompañar, aconsejar e incluso cuestionar, pero que finalmente nadie puede tomar por nosotros. En ese espacio íntimo, donde convergen la información, la fe, la historia personal y la responsabilidad moral, la conciencia puede convertirse en un lugar sagrado de discernimiento.
Esta reflexión no busca ofrecer una fórmula para resolver todos los dilemas morales, sino abrir una conversación necesaria para comunidades de fe que desean acompañar con responsabilidad. En un tiempo en que muchas decisiones personales se vuelven también debates públicos, recuperar el valor de la conciencia puede ayudarnos a hablar de fe, libertad y dignidad sin confundir acompañamiento con imposición.
A veces esas decisiones llegan con una enfermedad, una noticia inesperada, una experiencia de violencia, una situación familiar o una pregunta sobre el futuro. Escuchamos opiniones, buscamos información, conversamos, oramos y tratamos de comprender qué debemos hacer.
Hasta que llega un momento en que el ruido exterior disminuye y quedamos frente a nuestra propia conciencia.
Para una persona creyente, ese puede ser uno de los momentos más profundamente espirituales de la vida.
Sin embargo, no siempre hemos aprendido a confiar en la conciencia. En algunos espacios religiosos hemos asociado la madurez de la fe con tener respuestas claras, obedecer sin demasiadas preguntas o aceptar que otros saben mejor que nosotros cuál es la voluntad de Dios.
Pero la tradición cristiana ofrece una comprensión mucho más exigente.
El Concilio Vaticano II describe la conciencia como “el núcleo más secreto y el sagrario del ser humano”, donde la persona está a solas con Dios y escucha su voz (Gaudium et Spes, 16).
Me resulta profundamente significativa la imagen del sagrario: un espacio sagrado al que nos acercamos con respeto.
Reconocer la conciencia de esta manera no significa afirmar que cualquier deseo o sentimiento constituye automáticamente la voluntad de Dios. La conciencia necesita formarse mediante información, reflexión, oración, diálogo, escucha de la tradición y atención a la realidad. También exige reconocer nuestros prejuicios y asumir responsablemente las consecuencias de nuestras decisiones.
La conciencia cristiana no es una autorización para hacer simplemente lo que queremos. Es una invitación mucho más exigente: discernir responsablemente.
Y precisamente ahí aparece una pregunta fundamental: ¿cómo acompañamos la conciencia de otra persona sin ocupar su lugar?
Durante años, como psicóloga y creyente, he aprendido que acompañar no consiste en fabricar respuestas. Podemos ayudar a una persona a reconocer sus miedos, identificar presiones, valorar posibilidades, comprender consecuencias y descubrir recursos que quizá no estaba viendo.
Podemos escuchar, orientar, preguntar y permanecer cerca. Pero existe un límite que el verdadero acompañamiento debe respetar.
Podemos acompañar una conciencia, pero no apropiarnos de ella.
A veces, quien acompaña siente la tentación de aliviar el sufrimiento ofreciendo una respuesta rápida. Pero algunas decisiones necesitan algo distinto: una presencia que sostenga y una palabra que ilumine sin cerrar el proceso interior de la otra persona.
Cuando pretendemos decidir por ella, incluso convencidos de actuar por su bien, corremos el riesgo de sustituir el acompañamiento por el control.
Y cuando esto ocurre en nombre de Dios, la pregunta se vuelve todavía más seria:
¿Estamos ayudando a una persona a escuchar su conciencia o estamos intentando que escuche únicamente nuestra voz?
No es una pregunta cómoda. Pero quizá las preguntas más necesarias para la fe tampoco lo sean.
Jesús mismo parece confiar profundamente en la capacidad de las personas para responder. En los Evangelios encontramos una y otra vez preguntas en sus labios:
“¿Qué quieres que haga por ti?” (Mc 10,51).
“¿Quién dicen ustedes que soy yo?” (Mt 16,15).
“¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?” (Lc 10,26).
Jesús enseña, orienta y confronta. Pero también pregunta. Y preguntar devuelve a la persona su voz y su responsabilidad.
Tal vez por eso una espiritualidad madura no debería tener miedo de las preguntas ni de las personas capaces de discernir.
Esta reflexión adquiere una dimensión particular cuando pensamos en la experiencia de las mujeres.
Durante generaciones, muchas decisiones relacionadas con nuestros cuerpos, nuestra maternidad, nuestras familias, nuestra sexualidad y nuestra participación en las comunidades religiosas han sido discutidas en espacios donde nuestras voces no siempre estuvieron presentes.
Otros hablaron por nosotras, interpretaron nuestras experiencias y establecieron qué significaba ser una “buena mujer”, una “buena madre” o una “buena creyente”.
Recuperar la conciencia no significa necesariamente alejarnos de Dios. Puede significar asumir con mayor profundidad nuestra responsabilidad delante de Él.
Reconocer la conciencia de las mujeres es reconocerlas como sujetos morales capaces de discernir responsablemente delante de Dios.
Esto no elimina la comunidad ni vuelve innecesarias la tradición, la sabiduría compartida o el acompañamiento espiritual. Al contrario: necesitamos comunidades capaces de ayudarnos a formar la conciencia, hacernos preguntas difíciles y permanecer cerca cuando las respuestas no son evidentes.
Pero una comunidad que acompaña no debería convertirse en una comunidad que sustituye.
Existe una diferencia profunda entre decir: “Estoy aquí para ayudarte a discernir” y afirmar: “Yo sé lo que Dios quiere para ti”.
La primera abre un camino. La segunda puede cerrarlo.
En nuestras sociedades donde la religión continúa influyendo profundamente en la vida familiar, cultural y pública, necesitamos recuperar esta distinción, especialmente cuando las decisiones están atravesadas por el dolor, la salud, la maternidad, la violencia o la sexualidad. En esos contextos, una palabra religiosa puede sostener la dignidad de una persona, pero también aumentar su carga si se convierte en presión o juicio.
Son precisamente esas situaciones las que requieren menos respuestas automáticas y más discernimiento.
Discernir no significa relativizar el bien ni convertir cada decisión en una preferencia subjetiva. Significa buscar el bien responsablemente en medio de la complejidad, prestando atención a la dignidad, al cuidado, a las consecuencias y a la presencia de Dios.
Significa preguntarnos: ¿qué decisión protege la dignidad? ¿Dónde está el cuidado? ¿Estoy decidiendo desde el miedo, la presión o la culpa? ¿He escuchado suficientemente? ¿He dejado espacio para Dios?
Tal vez necesitamos comunidades cristianas donde sea posible formular estas preguntas sin miedo; donde expresar dudas no nos haga menos creyentes; donde acompañar no signifique controlar, orientar no signifique sustituir y la autoridad espiritual no elimine la responsabilidad personal.
Quizá la madurez de nuestra fe no se mida únicamente por la cantidad de respuestas que conocemos, sino por nuestra capacidad de permanecer delante de Dios cuando todavía tenemos preguntas.
Porque acompañar verdaderamente requiere algo más difícil que ofrecer una respuesta: caminar al lado de la otra persona mientras discierne, ofrecer presencia sin imponer nuestro camino y compartir sabiduría sin convertirla en dominio.
Y reconocer, finalmente, un límite profundamente espiritual:
hay un lugar en la vida del otro que no nos pertenece.
Ese lugar es su conciencia.
Podemos acompañarla, ayudar a formarla e invitarla a preguntar, escuchar y discernir.
Pero no debemos apropiarnos de ella.
Porque respetar ese espacio sagrado quizá sea también una manera de reconocer que Dios puede hablar allí, en la conciencia concreta de una persona que busca sinceramente el bien, sin necesitar que nosotros ocupemos su lugar.
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Lisette Genao Durán es psicóloga y teóloga. Es presidenta de Alianza Cristiana Dominicana y de Católicas por el Derecho a Decidir República Dominicana (CDD-RD) y parte de la comunidad de Mujeres Haciendo Teología en Abya Yala. Su trabajo se sitúa en la intersección entre fe, justicia social y derechos humanos, promoviendo reflexiones teológicas y acciones de incidencia pública comprometidas con la dignidad, la autonomía y los derechos de las mujeres.
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