RECONSTRUIR LA CASA: EL ARCA COMO ESPACIO PEDAGÓGICO DE RECONCILIACIÓN

Por Steve Warren Privat-Pérez

Los relatos del diluvio en Génesis 6:5–22; 8:15–19, suelen leerse desde la clave del castigo o del juicio divino. Sin embargo, una lectura teológica atenta permite descubrir un énfasis distinto y profundamente pertinente para nuestro tiempo: el arca no es solo un medio de salvación frente a la destrucción, sino un espacio pedagógico donde la creación reaprende a vivir. En contextos de crisis, como la cuarentena global provocada por una pandemia, esta dimensión educativa del arca adquiere una fuerza especial, pues nos invita a pensar el encierro no como parálisis estéril, sino como oportunidad de transformación.

El detenernos forzosamente confronta nuestra manera de habitar el mundo. Así como el diluvio interrumpe el curso de una humanidad violenta y corrupta, hoy la crisis sanitaria interrumpió un sistema de vida marcado por la explotación ilimitada de la tierra y de los cuerpos. La pregunta teológica no es solo por qué ocurre la catástrofe, sino qué aprendemos dentro del arca.

La ruptura original y la necesidad de reaprender

Génesis 6 describe un mundo donde las relaciones están profundamente dañadas. La violencia no es un accidente aislado, sino una estructura que atraviesa toda la creación. El problema no es meramente moral, sino relacional: el ser humano ha roto su vínculo con Dios, con el prójimo y con la tierra. Por eso, la respuesta divina no apunta únicamente a eliminar la maldad, sino a reconfigurar las relaciones.

El arrepentimiento de Dios (Gn 6:6) no expresa dolor. Dios sufre porque la creación ya no refleja el proyecto original de convivencia y cuidado. En este contexto, Noé no es presentado como un héroe aislado, sino como un ser humano que haya gracia y es llamado a colaborar en un proceso de restauración. La orden de construir el arca inaugura una pedagogía divina: antes de salir a un mundo nuevo, es necesario aprender de nuevo a vivir juntos.

El arca como casa flotante: una pedagogía del convivir

Cuando el texto bíblico es leído en la Traducción al Lenguaje Actual, el arca aparece como una “casa flotante”. Este detalle no es menor. La palabra “casa” evoca intimidad, cuidado, límites compartidos y responsabilidad mutua. No se trata de un refugio individualista, sino de un hogar común.

En el arca ingresan todos: la familia de Noé y los animales de cada especie (Gn 6:18–20). Nadie queda fuera del proyecto de restauración. Esta inclusión radical rompe cualquier jerarquía utilitarista. Los animales no están allí como recursos futuros ni como propiedad humana, sino como copartícipes del pacto. La salvación no es antropocéntrica; es cósmica.

El espacio limitado del arca obliga a una convivencia inédita. Predadores y presas, humanos y animales, todos comparten el mismo techo. El texto no describe conflictos internos, pero precisamente ahí reside su fuerza simbólica: el arca representa un ensayo de la creación reconciliada, una anticipación del shalom perdido.

El proceso dentro del arca no es breve ni instantáneo. Los cuarenta días de lluvia y el largo tiempo de espera hasta que las aguas descienden configuran un tiempo pedagógico. No se trata solo de sobrevivir, sino de dejar que el tiempo haga su trabajo formativo. La espera enseña paciencia; el encierro, cuidado mutuo; la cercanía forzada, reconocimiento del otro.

Este tiempo suspendido recuerda que la transformación profunda no ocurre de inmediato. La creación necesita tiempo para sanar, y el ser humano necesita tiempo para desaprender la violencia. En el arca, la creación entera se ve obligada a detener su antigua forma de relacionarse. No hay dominio, no hay expansión, no hay acumulación. Solo hay convivencia.

En este sentido, el arca se convierte en una escuela de la vida, donde se reaprenden valores fundamentales: respeto, corresponsabilidad y límites. El cuidado de los animales, la administración de los alimentos y la preservación de la vida cotidiana son actos profundamente teológicos.

El arca no como escape, sino como laboratorio

Es fundamental subrayar que el arca no es un escape del mundo. No es una huida espiritualista frente al caos, sino un laboratorio de reconciliación. Todo lo que ocurre dentro del arca tiene un propósito que mira hacia afuera. La meta no es permanecer allí, sino salir transformados.

Cuando en Génesis 8:15–19 Dios ordena a Noé y a todos los seres vivientes salir del arca, el mandato es claro: volver a poblar la tierra. Pero ya no se trata de reproducir el mismo modelo de vida que condujo a la destrucción. El salir del arca implica asumir una responsabilidad nueva: poner en práctica lo aprendido dentro de ella.

La creación que sale del arca es la misma, pero no debería ser igual. Ha pasado por un proceso pedagógico que la ha marcado. El pacto que Dios establece con Noé y con todos los seres vivientes confirma que la relación entre Dios y la creación se funda ahora en una promesa de cuidado mutuo.

Resonancias contemporáneas: nuestras arcas hoy

La cuarentena, como experiencia global, puede leerse teológicamente como un tiempo de arca. Hemos sido obligados a reducir el ritmo, a compartir espacios limitados y a enfrentar nuestra interdependencia. Así como en el arca nadie se salva solo, hoy queda en evidencia que la vida humana depende de redes de cuidado, de la salud de los ecosistemas y de la justicia social.

Nuestros hogares, comunidades y organizaciones pueden convertirse en espacios pedagógicos si asumimos conscientemente este tiempo como oportunidad de aprendizaje. ¿Qué prácticas necesitamos desaprender? ¿Qué nuevas formas de relación con la tierra y con los otros estamos llamados a ensayar?

El desafío es resistir la tentación de salir del arca para “volver a lo mismo”. El sistema económico extractivista presiona para recuperar rápidamente los ritmos de producción y consumo, aun a costa de la vida. El relato de Noé nos confronta con una alternativa: salir del arca implica vivir de otra manera.

Reconstruir la casa es reconstruir las relaciones. Es reconocer que la salvación es comunitaria, que la creación entera participa del proyecto divino y que el tiempo de espera puede ser fértil. La pregunta que queda abierta es profundamente ética y espiritual: ¿qué tipo de humanidad saldrá del arca esta vez? Si hemos aprendido algo, será posible habitar la tierra no como dueños, sino como cuidadores de una casa que es de todos.

Buscando una teología más humana

Por Diego Pereira Ríos

No sé si puedo considerarme teólogo, tampoco filósofo. Puedo confesar que sí estudio mucho, todo el tiempo, y trato de colocar por escrito parte de lo que voy aprendiendo, descubriendo junto con otros.  Escribo en varios lugares y para diferentes lectores, algunos académicos y otros, gente común como yo. Quien escribe debe saberse con una cierta responsabilidad ante el público que posiblemente lo leerá. La escritura, como la lectura, es un acto de rebeldía en tanto que intentamos la transposición de ideas mediante las palabras, donde intentamos hacer, de lo complejo, algo accesible a todos. La teología es algo más complejo pues no se trata sólo de ideas y, por ello, es más comprometedor. Cuando hablamos acerca de Dios partimos de una experiencia personal y comunitaria, donde reflexionamos desde las limitaciones propias de la experiencia religiosa que, aún pudiendo ser razonable (que no es lo mismo que racional) siempre carga internamente la dimensión trascendente, como parte del misterio de Dios. De todas formas siempre algo podemos decir aunque sea poco, pero deberá ser dicho con mucho respeto, primero a Dios, luego a todas las demás experiencias de Dios en las diversas manifestaciones religiosas.

En la escritura teológica estoy convencido de que necesitamos introducir algo más de lo somos y vivimos a diario para poder ayudar más a las personas a pensar en sí mismos, pensar el mundo y pensar a Dios. Junto con ese pensar, entender su limitación, su frontera con aquello que pasa a ser del ámbito de Dios, allí donde comienza a actuar la fe. Todos experimentamos la necesidad de tener todo claro, de controlarlo todo y, a menudo, cuando vivimos experiencias que superan nuestra capacidad, experimentamos el miedo de la fragilidad. Justo allí es donde Dios reclama nuestra confianza, nos pide fe y donde esa fe puede desarrollarse con madurez. Aquellos que estudian y reflexionan corren mucho riesgo de caer en la autosuficiencia y juzgar situaciones y personas basados en sus conocimientos y experiencias. Creo que nos falta ahondar en la sencillez de la vida, en lo cotidiano donde somos todos simples creyentes intentando escuchar la voz de Dios para que nos guie. Como decía Bonhoeffer: “De este modo la sencillez se convierte en sabiduría. Es sabio el que ve la realidad tal como es, el que ve el fondo de las cosas. Por esto es sabio solamente aquel que ve la realidad en Dios. Conocimiento de la realidad no es lo mismo que conocer los fenómenos externos, sino la contemplación de la naturaleza de las cosas”[2].

El teólogo y la teóloga del siglo XXI no sólo debe ser una persona de experiencia de Dios que, dicho de otra manera, tiene que ser creyente convencido y, sobre todo, debe ser un místico. El místico no es aquel que vive continuamente en oración contemplativa de rodillas ante Dios y de espalda al mundo y sus problemas. Todo lo contrario: es alguien que, en medio de los avatares cotidianos de su hogar, de su trabajo, en la salud y el gozo, en la enfermedad y la angustia, es capaz de colocarlo todo en Dios y a él agradece todo lo que vive. El teólogo/a debe formarse no sólo en teología sino que debe ayudarse con filosofía, sociología, antropología, ciencia, tecnología, y todo lo que ayude a su reflexión. Esto implica una formación continua y un diálogo permanente con otros que complementen sus estudios. Pero sobre todo debe ser una persona de oración, de lectura de la Palabra, de encuentros fuertes con Dios, de traspasar la barrera del espacio y tiempo y lograr ver a Dios en todo. Para el místico, Dios no está en el cielo, está a su alrededor, en su hogar, en su familia, en el extraño que se encuentra por el camino. 

Hasta aquí quizá todos estarán de acuerdo. Pero hay una dimensión que todavía no se trasluce en nuestros escritos que tiene que ver con lo vivido en lo cotidiano, con entrar en esa dinámica mística de la convivencia con Dios en lo de cada día. Decía Etty Hillesum: “Cualquiera que emprenda una tarea importante debe olvidarse de sí… Esta es la única forma de experimentar intensa y absolutamente la realidad, sin dejarse inquietar por ideas preconcebidas, que no tienen por qué corresponderse con la realidad y no hacen más que desilusionar, cansar y confundirle a uno”[3]. En nuestro día a día todo es importante: una buena alimentación, un descanso necesario, un cierto orden de las tareas para cuidar la salud y practicar algo de deporte. A menudo el trabajo que tenemos nos sobrecarga, nos deja extenuados, nos quita mucho tiempo y nos aísla de nuestros afectos. Vivimos bajo la exigencia del cumplimiento de un deber social impuesto olvidando la libertad otorgada a todo hijo de Dios. Esas ideas, absorbidas desde el medio, nos conducen a la propia desilusión, a colocarnos metas inalcanzables y renunciando a la alegría de lo sencillo, a el gozo de lo simple de cada día.

 Y, siguiendo a Etty, toda tarea cotidiana es importante: el tiempo del desayuno, del compartir el pan, de preparar la mesa para un almuerzo o una cena para la familia o los amigos. Lo es también el cocinar, el lavado de la vajilla, el barrido de la casa, el lavado de la ropa, el cuidado del jardín. Lo es también la buena administración del hogar en un trabajo compartido por el esposo y la esposa en igualdad de condiciones y de poder de decisión. Lo son también el hacer las compras de la casa, el cuidado de los hijos, el mantenimiento del hogar, como también el ser creativos y embellecer la casa con pequeños detalles. Considero que esta es una gran oportunidad para que el teólogo y la teóloga puedan “olvidarse de sí”, como dice Etty, y no descuide lo esencial de su vida. Estos aspectos de cada día son normalmente olvidados por los que creen que sólo se trata de pensar y escribir. Hay que hacerse tiempo para el juego, la diversión y el ocio compartido con aquellos que nos sostienen cada día. Esta posibilidad de una teología más humana, encarnada en lo cotidiano, es algo que todos podemos experimentar. Así lo hizo Etty: “Su logro fundamental es aprender a conocer la realidad de una manera novedosa, cuando la experiencia mística es vivida como el tipo de conocimiento que le otorga ʻaromaʼ, ʻsaborʼ, ʻtexturaʼ, ʻlucidezʼ, al pensamiento y acción humanos”[4].

 Tenemos un gran desafío de reconocer la presencia de Dios entre nosotros, pero allí donde estamos presentes, siendo el hogar el lugar donde más tiempo deberíamos pasar. No siempre lo es. El trabajo no saca de nuestro lugar de intimidad, pero aún allí Dios está, quizá somos nosotros que no estamos atentos a él.  Pero aún en nuestros hogares nos disgregamos. Por eso necesitamos humanizar la teología para que sea un saber menos abstracto, más humano y humanizante, en un lenguaje más accesible y que toque la realidad, la carne de la gente común. Para ello necesitamos estar más atentos a esa realidad cotidiana. A menudo nos distraemos con tantos mecanismos distractores elaborados para que no veamos la realidad. Como decía Simone Weil: “En su grado más alto, la atención es lo mismo que la oración. Presupone la fe y el amor. La atención absolutamente pura y sin mezcla es oración… La atención extrema es lo que constituye la facultad creadora del hombre, y no existe más atención extrema que la religiosa”[5]. Estar atentos implica una desaceleración del ritmo de vida, de imitar la misma naturaleza que nos rodea, que crece lentamente, que no se exige ni se presiona, pero se desarrolla bajo la mirada del Creador. Solamente dejándonos humanizar por Dios, quien se hizo hombre en Jesús, podremos hacer que nuestra teología pueda hablar de Dios y hablarle al hombre de este tiempo. 


Diego Pereira Ríos Profesor de Filosofía por la Universidad de Montevideo (ANEP), Magister en Teología Latinoamericana por la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA), El Salvador. Actualmente cursa el doctorado en Filosofía en la Universidade Estadual do Oeste do Paraná (UNIOESTE), Toledo-PR, Brasil. Autor de once libros sobre educación, filosofía, poesía y teología. pereira.arje@gmail.com

[2] Bonhoeffer, Dietrich, Ética, Valladolid: Trotta, 2000, p. 67.

[3] Hillesum, Etty, Escritos esenciales, Santander: Sal Terrae, 2011, p. 108.

[4] Navarro, Rosana, Etty Hillesum: Mística y humanidad, Bogotá: Pontificia Editorial Javeriana, 2017, p. 161.

[5] Weil, Simone, La gravedad y la gracia, Madrid: Trotta, 2007, p.154.

Cuidar la esperanza en tiempos de caos

Por Sharo Rosales Arce

Fe, conciencia y ternura para seguir caminando juntas y juntos

Al iniciar este año 2026, nos enfrentamos al desafío de construir y sostener la esperanza en medio del torbellino de malas noticias, corrupción, insensibilidad y violencia que atraviesan nuestras realidades locales, regionales y globales.

Vivimos tiempos en los que el ruido ensordece, la mentira se disfraza de verdad, la violencia se legitima, la injusticia se normaliza y la vida parece valer menos que la urgencia del “resolver ya”, aun cuando ello implique profundas concesiones éticas y una peligrosa pérdida de perspectiva sobre las consecuencias a mediano y largo plazo.

Y lo que no está bien es que, cuando la inmediatez se impone, lo ético suele ser lo primero que se negocia.

Una fe que no evade la realidad

En este contexto de inmediatez y fragmentación, no dejo de preguntarme qué sería de nosotras y nosotros si la fe no nos sostuviera. 
Una fe que no evade la realidad, sino que la mira de frente, reconociendo el contexto.
Una fe que no nos anestesia, sino que nos incomoda, nos despierta y nos compromete con los valores del Reino para la vida plena: justicia, amor y solidaridad.

La fe que sostiene no es evasiva: es lúcida, incómoda y profundamente encarnada.

Lo humano no queda definido por el daño

Resuena con fuerza una frase de Nidia Fonseca: “El daño no puede tergiversar nuestra naturaleza.”

Y es ahí donde volvemos una y otra vez a la certeza de que la injusticia no define lo humano, de que la violencia no tiene (ni tendrá) la última palabra, y de que nuestra vocación profunda sigue siendo el cuidado de la vida, la dignidad y la esperanza activa.

No es el daño lo que nos define, sino la capacidad de cuidar la vida aun en medio de él.

Autocuidado, sensatez y ternura como resistencia

Este tiempo nos reclama autocuidado (personal y comunitario), calma en medio del caos y una firme apelación a la sensatez. Nos urge sostener la sensibilidad, la solidaridad y la ternura como opciones políticas y espirituales; no como gestos ingenuos, sino como formas radicales de resistencia frente a la deshumanización y el sistema depredador.

La ternura no es debilidad: es una forma radical de resistencia.

Nos tenemos: la fuerza de lo comunitario

Nos tenemos. Nos seguimos teniendo. Y eso no es poco.
Caminamos juntas y juntos, con dudas y cansancios, pero también con convicciones hondas, memoria agradecida y una fe inclusiva que sigue encarnándose en la historia.

La fe compartida sigue siendo refugio, impulso y horizonte.

Persistamos

Persistamos. Que sepamos cuidar el fuego sin quemarnos, sostener la esperanza sin negarnos el dolor y seguir apostando por la vida, aun cuando el camino se vuelva arduo.

Seguimos. Con fe, con conciencia y con ternura.

Sharo Rosales Arce es líder costarricense, presidenta de la Universidad Bíblica Latinoamericana, convocante y miembra activa de mujeres haciendo teología en Abya Yala.

Hoy hace mucha falta pasar por Damasco

Por Daniel Andrés Rivera Rosado

Hoy se sigue “respirando amenazas y muerte” contra la humanidad. La noción de lo que es vida está en cuestión. No por su diversidad, no por su riqueza, no por la importancia de estar unidos sino, porque el poder quiere dominar por encima de las oportunidades, el poder quiere cegar la luz para nuevos caminos, el poder quiere sentenciar la esperanza. 

La fuerza politiquera y militar, el uso de la religión y la fe cristiana como amuleto de guerra y sinónimo de falta de inteligencia, la explícita intención de redefinir la democracia, y los pasos a la esperanza ahogan. 

Tal como en la antesala de Damasco, se dan órdenes para aprisionar a mujeres y hombres que se encuentren en el Camino. Sin embargo, hoy esto ha llegado demasiado lejos. 

Pasar por Damasco no es un cambio de nombre; es vivir el poder liberador de la transformación total que Jesús ofrece a quienes viven anclados al mal. Un mal que, a los ojos de los populares, como religiosos, es justificado. Creo que esa justificación, como en la antesala a Damasco, es por miedo. ¿A eso nos llamó Jesús, al miedo? Pasar por Damasco no es querer cambiar; es una intervención divina total. 

Necesitamos que una luz del cielo nos rodee: luz de justicia, redención y paz. Necesitamos ser esa luz para tantas personas a las que hoy la orden de los poderes humanos es oprimir con la oscuridad. Ante tanto avance tecnológico, psicológico, educativo y empresarial, ¿la oscuridad sigue siendo una opción? El encuentro con la luz no es para alumbrar espectáculos mediáticos que tergiversan el dolor, la angustia y la amargura la cual se está convirtiendo en la orden del día. El encuentro con la luz es la posibilidad de vivir, caminar y estar en paz. No, no, la luz no es una utopía; es posible irrumpir en las estructuras. El detalle está en reconocer que la luz no es nuestra; la luz es un artefacto divino. Su divinidad no estriba en dominio sino en inclusión, por tanto, es vital esa luz. 

Necesitamos que la voz de Dios irrumpa en nuestra postura política, religiosa, legal, mental, emocional y espiritual, y nos confronte: “¿por qué me persigues?” Esta pregunta nos tiene que conmover igual que “¿Dónde está tu hermano?” (Gen. 4:9) y “¿Dónde están los que te acusaban?” (Jn. 8:10). Pasar por Damasco es dejar de perseguir y comenzar a reconstruir. La reconstrucción comienza con una tarea profunda de deconstrucción de quién manda y quién no, quién tiene poder y quién no, quién es bueno y quién no; la deconstrucción comienza recordando que todos y todas somos iguales. La deconstrucción de este camino a Damasco, como en la realidad de hoy, es que Jesús es quien hace la pregunta. Desde un punto de vista teológico, aquí se observa una acción kenótica, donde la divinidad busca entendimiento con relación a su creación. Aquí hay un punto de inflexión, Jesús está en el interés de entendernos, saber qué pasó, qué cambió, por qué y para qué. Jesús se hace preguntas de nuestra humanidad, así como nosotros de su divinidad. Esto nos ayuda a trascender que la igualdad no es un lujo o bastión político, es la fábrica de nuestra humanidad. Por tanto, es importante recobrar la visión de igualdad para profundizar en el sentido de justicia y ética, que no solo modifica, sino que transforma conductas, sentimientos personalistas y prejuicios generalizados. 

Todo lo que ha pasado en tan solo los primeros días de este 2026, todo lo que se lleva tramando e ideando, forma parte de una estructura del mal. Si fuera bueno, escucharías su voz: “Yo soy Jesús.” Sin embargo, la persecución globalizada ha fragmentado nuestra humanidad, eso no proviene de Jesús. 

Pasar por Damasco significa que, ante nuestra ceguera, del bando que sea, podamos reconocer que Jesús es el Señor, no hay otro. Y el Señorío de Jesucristo tiene implicaciones más fuertes que darte claridad sobre si perteneces a la religión “correcta”.”

Pasar por Damasco nos tiene que impulsar a ser o encontrados por Ananías. Creo que mucho se nos pierde cuando profundizamos en que no solo fue Saulo quien tuvo que abrir sus ojos, que en Damasco algo pasó; Ananías tuvo que trascender los prejuicios y recordar el lado del evangelio. Tenemos que recobrar el imponer las manos para que otros y otras recobren la vista. Manos para sanidad y no para vanidad, manos para construir y no para destruir, manos para estar y no aprovecharse. Ser Ananías es un desafío, pero hay escamas que deben caerse hoy.

Al final, la historia de Damasco no se trató de Saulo; se trataba de Jesús. Hoy lo que necesitamos es que el camino del Mundo se vuelva a tratar de Jesús. 

Daniel Andrés Rivera Rosado educador, autor y ministro ordenado de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en Puerto Rico. Actualmente es candidato doctoral en Educación de la University of Arizona Global campus.

Dios se identifica con los cuerpos crucificados de la historia

Por Eliezer Burgos Rosado

La muerte de una mujer de 37 años, ciudadana estadounidense, asesinada en Minnesota a manos de un agente de ICE, interpela con fuerza la conciencia moral de nuestro tiempo. Su presencia en el lugar bloqueaba el paso de agentes federales durante operativos migratorios. Lo ocurrido exige memoria, verdad y una palabra pública responsable. Precisión en los hechos no diluye la denuncia; la hace más creíble y más urgente.

Este dato resulta decisivo. La violencia asociada a las políticas migratorias actuales no se limita a las personas migrantes. Se extiende a quienes acompañan, observan, documentan y denuncian. El radio de acción del poder se amplía cuando la fuerza estatal percibe como amenaza incluso la presencia de ciudadanía crítica. La sangre derramada en este contexto clama desde la tierra, como clama toda vida quebrada por estructuras que han perdido sensibilidad moral.

Este clamor resulta dolorosamente familiar. George Floyd murió bajo la acción de un poder que ejerció autoridad sin humanidad. Aunque los contextos son distintos, ambos casos convergen en un mismo punto ético: el momento en que el Estado actúa sobre ciertos cuerpos como si fueran prescindibles. Vidas racializadas, vidas empobrecidas, vidas que incomodan al poder cargan el peso de una violencia que se ha normalizado en nombre del orden, la seguridad y la estabilidad social.

En este escenario emerge una tentación recurrente en el debate público: ideologizar el dolor. Convertir la tragedia en bandera, la violencia en argumento y el sufrimiento humano en comodín político. Desde algunos sectores se instrumentaliza la muerte para atacar al adversario; desde otros se minimiza la pérdida para proteger liderazgos, agendas o proyectos de poder. En ambos casos, la vida deja de ser escuchada y comienza a ser utilizada.

Incluso en hechos recientes vinculados a figuras públicas como Charlie Kirk, se observaron discursos incendiarios celebrados con ligereza, aplausos y retórica deshumanizante. No se trata de alegrarse por ninguna muerte ni de justificar violencia alguna, sino de señalar con honestidad el clima que se alimenta cuando el lenguaje se vuelve arma y la confrontación se convierte en espectáculo. Ese ambiente polarizado, sostenido por palabras de fuego, termina provocando las mismas situaciones que luego se lamentan, mientras el dolor vuelve a ser utilizado como recurso ideológico.

En medio de esta dinámica, el presidente recurre nuevamente a la estrategia de culpar a la “izquierda radical”, incluso miembros de su gobierno tildaron a la víctima mortal de cometer “terrorismo doméstico , profundizando la polarización y desplazando el centro moral del asunto. La vida humana queda reducida a argumento político, y la responsabilidad ética se diluye entre consignas y acusaciones cruzadas. Mucho ruido, poca compasión. Mucha retórica, poca disposición a revisar el ejercicio del poder.

Conviene decirlo con claridad, aunque resulte incómodo para ciertos sectores religiosos: la defensa del discrimen, la persecución y el uso desproporcionado de la fuerza suele revestirse de lenguaje moral, legal e incluso teológico. Se apela al “orden”, a la “ley” o a la “seguridad” como si estas categorías bastaran para absolver cualquier práctica. Es una fe que aprende a bendecir el poder mientras evita mirar de frente a sus víctimas. Muy celosa del control, y sorprendentemente indulgente con la violencia institucional.

Aquí se afirma una verdad central para la Teología Pública: el amor al prójimo y el respeto sagrado por la vida constituyen el corazón del mensaje cristiano. Este terreno pertenece a la ética cristiana, y la ética representa el brazo más amplio, visible y exigente de la fe. La fe cristiana se confiesa con palabras, pero se verifica en la manera en que protege la vida humana, especialmente la vida vulnerable, expuesta y aquella que se interpone entre el poder y sus abusos.

Desde una lectura cristológica, esta realidad interpela con fuerza. Jesús nació bajo ocupación imperial, caminó como desplazado y se identificó con quienes vivían en los márgenes del sistema religioso y social. Su vida entera fue una afirmación radical de la dignidad humana. Su muerte revela lo que ocurre cuando el poder se ejerce sin misericordia y la ley se impone sin justicia. El cuerpo de Jesús, tratado como problema a eliminar, expone con crudeza la lógica de los sistemas que priorizan la estabilidad sobre la vida.

La cruz ofrece una clave hermenéutica indispensable para leer nuestro tiempo. Dios se revela identificándose con los cuerpos crucificados de la historia: cuerpos perseguidos, asfixiados, desplazados y descartados; aquellos a quienes el mismo Cristo reconoce como forasteros a quienes se les negó acogida; y también los cuerpos que acompañan, observan y denuncian, y por ello incomodan al poder. Cada vez que una vida es arrebatada en este contexto, Cristo vuelve a aparecer entre los márgenes.

Esta afirmación exige revisar silencios selectivos, alianzas acríticas y discursos piadosos que conviven sin conflicto con el abuso del poder. El evangelio se solidariza con la vida herida y se encarna en la compasión activa. Dios camina junto a quienes cargan las consecuencias de sistemas injustos. Ahí se define la fidelidad cristiana, lejos de la defensa automática del orden establecido.

La Iglesia vive su vocación pública cuando nombra estas muertes con verdad, cuando rehúsa la indiferencia y cuando afirma con convicción que toda vida posee dignidad sagrada. El seguimiento de Jesús se encarna en la defensa activa de la vida, en la hospitalidad, en la vigilancia ética y en la denuncia de estructuras que producen muerte. Esta postura brota de una ética evangélica profundamente arraigada en la vida y enseñanza de Jesús.

Esta mujer merece memoria. George Floyd merece memoria. Y tantas otras vidas silenciadas reclaman ser nombradas con dignidad, no instrumentalizadas. La fe cristiana conserva su verdad cuando se encarna en amor al prójimo, cuando coloca la vida humana en el centro del espacio público y cuando se atreve a afirmar, sin ambigüedades, que Dios se identifica con los cuerpos crucificados de la historia. Ahí el evangelio sigue siendo buena noticia. Ahí Cristo continúa revelándose como esperanza para nuestro tiempo.

El tesoro inesperado: Dios vino a los márgenes de Abya Yala

Por Eliezer E. Burgos-Rosado 

La historia de la Natividad forma parte del ADN de nuestra fe. La hemos escuchado tantas veces que corremos el riesgo de domesticarla y volverla inofensiva. Sin embargo, cuando se mira desde los márgenes, desde los pueblos empobrecidos, racializados, desplazados y olvidados de Abya Yala, la Navidad deja de ser un relato tierno y se revela como lo que realmente es: una irrupción peligrosa, porque desestabiliza los órdenes que se sostienen sobre la exclusión; subversiva, porque invierte las lógicas del poder y devuelve dignidad a quienes han sido relegados; y profundamente esperanzadora, porque afirma que Dios no abandona a los pueblos heridos, sino que camina con ellos.

El evangelio de Lucas no narra un nacimiento neutral. Sitúa el acontecimiento en medio de un censo imperial, una política de control que desplazó cuerpos y rompió hogares. María y José no viajaron por devoción religiosa, sino por imposición del imperio. En ese contexto de movilidad forzada y desamparo, Dios decidió nacer e insertarse en la historia, asumiendo su peso.

Ahí comienza la denuncia profética: mientras el imperio se presentaba como garante de la Pax Romana, la verdadera paz de Dios llegaba envuelta en fragilidad. Augusto se hacía llamar “salvador del mundo”, pero el Salvador verdadero no nació en Roma ni en un palacio. Nació en Palestina, rodeado de animales porque no había lugar para que madre de a Luz. La Navidad desenmascara así la mentira de los poderes que prometen orden a costa de la vida de los pobres.

Este contraste no es accidental. Lucas presenta un mundo social en miniatura: desde el emperador en la cúspide hasta un infante en la base. Y en ese mundo, Dios elige el cuerpo más vulnerable. En una época donde la mortalidad infantil era altísima y los niños no tenían estatus social, Él decide revelarse como un bebé. No como un adulto fuerte, ni como un guerrero, ni como un rey triunfante. ¡Dios elige la fragilidad!

Esta elección sacude nuestra imagen de Dios y nos obliga a preguntar: ¿y si Dios no se parece a nuestras imágenes de poder, sino a nuestra vulnerabilidad compartida? ¿Y si Dios no está del lado de quienes controlan, sino de quienes resisten para sobrevivir?

No es casualidad que los primeros en recibir la noticia fueran los pastores. En su contexto eran personas de bajo estatus social, sospechosos, rurales, despreciados por la cultura urbana e imperial. No eran “respetables”. No obstante, a ellos se les confía el anuncio más grande de la historia. Dios no solo nace en pobreza; anuncia su llegada a los pobres.

Aquí se revela la opción preferencial de Dios. No como una teoría, sino como una praxis encarnada. Dios viene a quienes “no cuentan”, para decirles que cuentan. Dios viene a quienes han sido desplazados, para decirles que su historia importa. Dios viene a quienes han sido llamados “sobrantes”, para decirles que son portadores de buena noticia.

Por eso la Navidad sigue siendo profundamente relevante para Abya Yala. No es solo una fecha del calendario cristiano ni un recuerdo piadoso anual, sino una clave teológica permanente para discernir dónde y cómo Dios continúa viniendo al mundo, especialmente allí donde la vida es negada o descartada. En territorios marcados por el colonialismo, la desigualdad estructural, la violencia económica, el racismo y el despojo, el pesebre sigue hablando. Dios continúa viniendo: en la pobreza que no es elección sino herida; en la mujer violentada que resiste un día más; en la niñez con hambre que no debería cargar con el fracaso de ningún sistema; en el trabajador explotado; en la comunidad que defiende su tierra frente al capital voraz.

La Encarnación nos dice algo decisivo: Dios nos reclama siendo uno de nosotros. No desde arriba, sino desde dentro. Dios sabe lo que duele porque lo vivió. Sabe lo que es no tener lugar. Sabe lo que es depender de otros para sobrevivir. Sabe lo que es ser desplazado, migrante, vulnerable.

Por eso la fe cristiana no puede ser resignación. La Navidad nos invita a levantarnos con esperanza. La salvación que anuncian los ángeles no es abstracta ni solo futura. Es concreta, comunitaria y comienza ahora: donde se comparte el pan, donde se organiza la solidaridad, donde se defiende la vida, donde se denuncia la mentira del imperio.

Este es el llamado profético para nuestras comunidades: no han sido olvidadas. El Dios que nació en un pesebre sigue caminando con ustedes. Y así como los pastores dejaron su rutina para ir a ver lo que Dios estaba haciendo, también nosotros somos llamados a movernos del miedo a la acción, del silencio a la voz, de la fe privada a la esperanza encarnada.

¡Levántense en el nombre del que vino primero a ustedes!

Porque EMMANUEL no es solo un nombre piadoso; es una proclamación espiritual y política. Dios está con nosotros. Y ningún imperio tiene la última palabra.

Eliezer E. Burgos Rosado Teólogo puertorriqueño. Estudiante de Doctorado en Teología de la Universidad Interamericana de Puerto Rico. Pastor y graduado del Seminario Evangélico de Puerto Rico. Trabaja en temas de ética, eclesiología y justicia social. Fundador de Ediciones Didásko.

Profecías: Paz para este mundo traerá

“Ya está cerca venir aquel que nos va a explicar sin violencia ni gritos, paz para este mundo traerá”

Por Diego Ramos

“Profecías” es la canción de Vox Dei que a la fecha todavía repica como una advertencia ética para Argentina y América Latina. En un tiempo donde se suman cada vez más las conciencias a la campaña para reducir al mínimo el uso estrepitoso de pirotecnias por los graves impacto de salud, otros ruidos que lesionan la dignidad humana se naturalizan al punto tal que se vuelven silenciosos.  


En un continente históricamente atravesada por la desigualdad, la violencia estructural y la tentación recurrente de los liderazgos salvadores, “Profecías” resuena como una advertencia ética de notable actualidad. El pesebre afirma que la dignidad no la otorgan los palacios ni los mercados, muchos menos los ritos; solo las acciones por mayor humanidad. “Sin violencia ni gritos” interpela de lleno el presente argentino y latinoamericano: un tiempo marcado por la polarización, el descrédito de la política y el desgaste del lazo social que nos hacen perder el sentido de la otredad. 

La figura que “viene a explicar, sin violencias ni gritos”, contrasta con una escena pública saturada de discursos agresivos, de simplificaciones extremas y promesas redentoras. El pesebre es una crítica silenciosa a todo orden, programa o esquema que expulsan a las sociedades más allá de las periferias. Para el Teólogo Gustavo Gutiérrez, el pesebre es una epifanía (aparición-revelación) del Dios de los pobres. No es un dato folclórico, sino una toma de posición histórica que nos interpela de qué lado queremos estar. Si estamos donde un niño pobre es cuidado en un pesebre, habremos decidido por un mundo nuevo posible.


La paz no nace del enfrentamiento permanente, ni de la imposición, sino de la palabra que ordena, del diálogo que reconoce al otro y de la justicia que se traduce en condiciones de vida dignas. El pesebre es siempre la proclamación que sin justicia no hay salvación. El Papa Francisco afirmaba que la opción preferencial por los pobres “es un criterio-clave de autenticidad cristiana”, “una exigencia ético social que provienen del amor de Dios”, que impulsa “a pensar y a diseñar una economía donde las personas, y sobre todo lo más pobres, estén en el centro”  


Es el hijo del hombre, paz para este mundo traerá”, es la frase que devuelve el foco a lo esencial: lo humano como medida de toda acción pública. No hay proyecto político legítimo si no pone en el centro la dignidad humana, el trabajo, el acceso a derechos y la inclusión real. La salvación, que cristianas/os por estos días proclamarán, no vendrá de soluciones mágicas ni de recetas importadas, sino de decisiones históricas asumidas con responsabilidad colectiva.


En una de sus estrofas, Vox Dei entona “De dónde viene, y como se llama, nadie lo sabe, ni yo lo sé”. El nombre del salvador no importe, y no es un detalle menor. La canción desnuda uno de los grandes problemas de la política latinoamericana: el personalismo. Cuando los nombres pesan más que los programas, cuando las figuras eclipsan a las instituciones, la democracia se debilita y la esperanza se vuelve rehén de biografías individuales. La tradición profética bíblica es contundente: no hay autoridad verdadera sin justicia, ni liderazgo auténtico sin servicio.


La profecía no desciende del cielo: emerge de la historia. Las crisis no son inevitables; son el resultado de decisiones reiteradas. La pobreza estructural, la fragmentación social y la violencia no son destino, sino consecuencia. “Profecías” no ofrece consuelo fácil ni soluciones inmediatas, ofrece algo más incómodo y necesario: una llamada a la responsabilidad histórica. En la Argentina y en América Latina, la paz social no será fruto del grito, ni del ajuste sin rostro humano, ni del mesianismo político. Será el resultado de una democracia fortalecida, de un Estado presente y ético, y de una ciudadanía que asuma que el futuro no se espera: se construye.

Diego Ramos es educador popular argentino, militante político, licenciado en Ciencias Políticas, profesor de Filosofía y Ciencias Sagradas. Presidente del  Partido Nacional  “República Modelo”, dirige y coordina el Centro de Educación popular Antonio Gramcsi en Santiago del Estero.


 

The Unexpected Treasure: God Came to the Margins of Abya Yala

By Eliezer E. Burgos-Rosado 

The story of Nativity is part of our faith’s DNA. We have heard it so many times we risk domesticating it, rendering it inoffensive. Yet when it is viewed from the margins—from the impoverished, racialized, displaced, and forgotten peoples of Abya Yala*. Christmas ceases to be a gentle tale and is revealed for what it truly is: a dangerous disruption, because it destabilizes orders sustained by exclusion; subversive, because it overturns the logics of power and restores dignity to those who have been pushed aside; and profoundly hopeful, because it affirms that God does not abandon suffering peoples, but walks with them.

The Gospel of Luke does not narrate a neutral birth. It situates the event amid an imperial census, a policy of control that displaced bodies and fractured households. Mary and Joseph did not travel out of religious devotion, but under imperial compulsion. In that context of forced mobility and vulnerability, God chose to be born and insert himself into history, taking on its weight.

Here is where the prophetic denunciation begins. While the empire presented itself as the guarantor of the Pax Romana, the true peace of God arrived wrapped in fragility. Augustus called himself the “savior of the world,” yet the true Savior was not born in Rome or in a palace. He was born in Bethlehem, Palestine. Laid in a manger, surrounded by animals and impoverish. For the reason Christmas thus unmasks the lie of the powerful that promise order at the cost of the lives of the poor.

This contrast is no accident. Luke presents a social world in miniature—from the emperor at the top to the infant at the base. In that world, God chooses the most vulnerable body. In an era when infant mortality was extremely high and children possessed no social status, God chose to reveal himself as a baby—not as a strong adult, not as a warrior, nor as a triumphant king. God chooses fragility.

This choice unsettles our image of God and compels us to ask: what if God does not resemble our images of power, but rather those of our shared vulnerability? What if God is not on the side of those who control, but of those who struggle simply to survive?

It is no coincidence that the first to receive the news were shepherds. In their context they were people of low social status, suspect, rural, and despised by urban and imperial culture. They were not “respectable.” Yet to them was entrusted the greatest announcement in history. God not only is born in poverty; God announces his arrival to the poor.

Here the preferential option of God is revealed—not as a theory, but as an embodied praxis. God comes to those who “do not count,” to tell them that they do. God comes to those who have been displaced, to affirm that their stories matter. God comes to those labeled “surplus,” to proclaim that they are bearers of good news.

For this reason, Christmas remains profoundly relevant for Abya Yala. It is not merely a date on the Christian calendar nor an annual pious memory, but a lasting theological key for discerning where and how God continues to come into the world—especially where life is denied or discarded. In territories marked by colonialism, structural inequality, economic violence, racism, and dispossession, the manger still speaks volumes. God continues to come to us: in poverty that is not a choice but a wound; in the abused woman who endures another day; in children who live in hunger and should not bear the consequences of any system that has failed them; in exploited workers; in communities defending their land against voracious capitalists.

The Incarnation tells us something decisive: God claims us by becoming one of us. Not from above, but from within. God knows what pain is because God lived it. God knows what it means to have no place, to depend on others to survive, to be displaced, migrant, and vulnerable.

For this reason, Christian faith cannot be resignation. Christmas calls us to rise with hope. The salvation announced by the angels is not abstract nor merely future. It is concrete, communal, and begins now: where bread is shared, where solidarity is organized, where life is defended, where the lies of empire are exposed.

This is the prophetic call to our communities: you have not been forgotten. The God who was born in a manger continues to walk with you. And just as the shepherds left their routines to see what God was doing, we too are called to move from fear to action, from silence to voice, from a private faith to embodied hope.

Rise up in the name of the One who came before you!

For EMMANUEL is not merely a pious name; it is a spiritual and political proclamation. God is with us and no empire has the final word.

Abya Yala in the Guna language means “land in full maturity and land of vital blood.” In the 1970s, activists, historians, politicians, and theologians with a strong sense of ancestral identity adopted the term Abya Yala as a unified name for the continent, instead of referring to it as Latin America, among other names that perpetuate colonial divisions (Delgado & Ramírez, 2022).

Eliezer E. Burgos-Rosado 

Puerto Rican theologian. Doctoral student in Theology at the Interamerican University of Puerto Rico. Pastor and graduate of the Evangelical Seminary of Puerto Rico. Works on topics of ethics, ecclesiology, and social justice. Founder of Ediciones Didásko.

Ser Mamá y Teóloga en Abya Yala

La historia de mi maternidad no empieza con mi embarazo, ni únicamente con la transformación física y emocional que viví durante ese tiempo. Para mí, fue un proceso que tomó muchos años. Durante mucho tiempo pensé que la maternidad era una carga, una tarea que limitaría mi ser mujer y mi independencia. Pasó tiempo hasta que realmente lo deseé, y cuando quise, no fue tan fácil. Nuestro cuerpo, el cuerpo de las mujeres, tiene ciclos que influyen; mientras más años pasan, nuestra capacidad co-creadora cambia. Cada una tiene su propia historia de cómo llegó a la maternidad. Esta es la mía.

Llevar en mi vientre a mi hija fue una experiencia maravillosa que me multiplicó, cambió mis prioridades y revolucionó todos mis planes. Puedo decir que valió la pena cada una de esas cuarenta semanas que tuve a mi hija dentro de mí, los recuerdo como los más tiernos de mi vida. Pero convertirme en mamá no ocurrió solo durante la gestación; fue un proceso que se fue dando poco a poco, al sostener a mi bebé en brazos, al amamantarla, al acompañarla día y noche, en el cuidado diario. Así, entre ternura y cansancio, entre entrega y acogimiento, fui transformándome y aprendiendo a ser madre.

Ya inmersa en la tarea de la maternidad entiendo que mi experiencia no es solo personal, es comunal, espiritual, intelectual y política. Empecé a escribir mis reflexiones teológicas mucho antes que fuera madre, ahora como mamá y teóloga me acerco a lo más íntimo de senti-pensar a Dios.Mi propuesta teológica surge de una raíz profundamente ancestral y traigo a la memoria a mis abuelas, a mi madre, a todas las mujeres que corazonaron y siguen corazonando a Dios en medio de la crianza. Sentir a Dios desde el fogón de la cocina, preparar los alimentos, lavar ropa, cambiar pañales, amamantar. En ese tiempo circular que es cotidiano, que crea rutinas, intensifica fatigas se revela la poderosa tarea que asumimos las madres para crear familias. A la vez que criamos, administramos y organizamos la casa, a la vez que anidamos y seguimos buscando cumplir con nosotras, nuestros compromisos y sueños.

Así también yo en medio de mis responsabilidades maternas y comunitarias, corazono a Dios y continúo mi labor teológica que me apasiona, consciente de que mi maternidad es a la vez fuente, método y camino de mi pensamiento espiritual. Mi hija me acompaña mientras hago mis labores de la casa, mientras leo y escribo, mientras doy presentaciones en conferencias, en mi visita a comunidades rurales; en medio de este camino, y sobre la marcha de la vida me acompaña esa fuerza vital, que me recuerda que estos días son mi presente y mi pasado, lleno de ternura y de acompañamiento mutuo.

La sagrada continuidad de la vida

La maternidad no es solo una función biológica de reproducirnos; para mí, es una experiencia espiritual de co-creación. Traer un nuevo ser al mundo me introdujo en el misterio profundo de comprenderme como co-creadora. En esta experiencia, entendí que no solo parimos hijas e hijos, parimos mundos, parimos historias, parimos resistencia.

Desde que soy madre, he visto cómo transmitimos la memoria colectiva a través de relatos, ritos y creencias que practicamos en la vida cotidiana. Mi cuerpo recuerda, mis relatos se vuelven carne, y así entiendo que el cuerpo materno es un microcosmos de tierra fértil, nutriente, cíclico y generoso. Desde esta visión, siento que la maternidad sostiene la armonía de gestar humanidad. Esta comprensión me enfrenta a los dualismos occidentales que separan y dividen entre cuerpo y espíritu, lo humano y lo animal, lo sagrado y lo cotidiano. Para mí, el cuerpo de las mujeres es unidad, es territorio, un ser holístico donde lo divino se encarna y sostiene.

He aprendido de las mujeres de mi comunidad y de muchas comunidades originarias que la transmisión de la vida y de la memoria es un acto sagrado. Desde niñas, nos enseñan que nuestro cuerpo, nuestra voz y nuestra capacidad de gestar y sostener la vida son dones que debemos cuidar y honrar. Sin embargo, esta continuidad co-creadora enfrenta hoy amenazas muy concretas, violencia sexual en la infancia, abusos dentro la pareja, embarazos no deseados, abortos clandestinos, infertilidad y otras formas de violencia contra las mujeres. La maternidad, lejos de ser solo celebración de la vida, se vuelve frágil en contextos que vulneran la plenitud de la vida.

Ser mamá teóloga para mí significa hacer teología desde el cuerpo, desde la memoria de la celebración y de la resistencia, y también desde la herida colonial que violentó los cuerpos de las mujeres. Reconozco que, desde esta continuidad ancestral de resistencia, no puedo quedarme en el dolor que paraliza, nos condena, nos culpa, nos señala por denunciar las violencias que vivimos como mujeres, ni por asumir la maternidad crucificada que tantas de nosotras hemos enfrentado.

Al mirar el dolor ancestral inscrito en el cuerpo abusado que han sufrido las mujeres de mi familia, mi madre y abuelas, me vuelvo hacia la sanación. Necesito salir del cuerpo crucificado para centrarme en un cuerpo resucitado, que me libera del dolor sufrido por abusos generacionales, para así ser capaz de engendrar una nueva vida. Es desde este lugar de liberación que asumo mi maternidad: para crear una familia en la que mi hija pueda crecer libre de violencia.

Mi hija es la quinta generación de mujeres en ambas líneas familiares cuyos nombres, historias y lugares de origen conocemos. Entre ella y mis bisabuelas se extiende un hilo de 135 años de memoria femenina ininterrumpida, un tejido vivo donde maternidad, sabiduría y resistencia se entrelazan generación tras generación. Así como yo tuve el privilegio de conocer a mis dos abuelas (Candelaria y Juanita), mi hija ha tenido la bendición de conocer a las suyas. Esta continuidad no es casual, es herencia, es ancestralidad y es responsabilidad espiritual.

La Maternidad como espiritualidad y resistencia

Las tradiciones bíblicas también reconocen la maternidad como signo continuidad sagrada de vida. En Lucas 11:27 se proclama “Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron.” Esta afirmación reconoce la maternidad como un acto sagrado, profundamente ligado a la gestación, al cuidado, al alimentar.

Sin embargo, por siglos hemos recibido una imagen de Dios casi exclusivamente masculina. La teología patriarcal silenció la dimensión femenina del “imago Dei”. Pero si Dios crea a la humanidad “varón y mujer”, entonces la imagen divina abarca también lo femenino. La experiencia cotidiana de las mujeres, su capacidad de gestar, amamantar, nutrir, resistir, es lugar teológico donde la presencia de Dios se revela. 

Reflexionar sobre esta dimensión femenina de lo divino exige atender todas las formas de acción y expresión de las mujeres, así como las diversas opresiones que enfrentamos. Como señala McFague, “los símbolos de Dios deben reflejar la totalidad de la experiencia humana, y no únicamente aquello que ha sido asociado históricamente al dominio masculino.”

Desde esta perspectiva, la maternidad divina se manifiesta en la tierra, en el agua, en el territorio y en los cuerpos femeninos que dan vida, haciendo visible la presencia de Dios en los procesos vitales y en las realidades concretas de las mujeres. Para los pueblos originarios, la madre tierra, es fuente de vida y destino “Nacemos de ella, nos alimenta, nos recibe en el descanso y volvemos a ella cuando morimos.”

La madre tierra, nuestra Abya Yala no es una metáfora ni un recurso simbólico, sino una realidad ontológica y espiritual, es cuerpo de mujer, matriz originaria y destino cíclico. Desde esta perspectiva, la maternidad no es solo un acto biológico, sino una categoría teológica que expresa la relación sagrada de interdependencia entre los seres humanos, los otros seres vivos y el territorio. La tierra es madre porque gesta, nutre, protege y regula la vida; por eso, el cuerpo femenino, también generador y cuidador de vida, es reconocido como extensión concreta de esa sacralidad.

Sin embargo, la colonización quebró este modo sagrado de co-creación. La invasión europea sobre Abya Yala no solo ocupó territorios, sino que desmanteló las cosmologías que reconocían la sacralidad materna del mundo. Así como la Madre Tierra fue violentada, dividida como propiedad privada y explotada, también lo fueron los cuerpos de las mujeres. La lógica colonial trasladó la idea de propiedad del territorio al cuerpo femenino: colonizadores, terratenientes y patrones convirtieron a las mujeres nativas en territorio conquistable, mano de obra forzada y objeto de abuso sexual sistemático. Como sostiene Segato, el cuerpo de las mujeres se transformó en el principal territorio político del colonialismo, un espacio donde se disputó poder, dominio y control. Su liberación, por tanto, no es un añadido, sino el corazón mismo de cualquier proyecto serio de descolonización.

La violencia sexual colonial funcionó como estrategia espiritual además de política, buscaba deshumanizar a las mujeres, fracturar la transmisión cultural y quebrar la resistencia comunitaria. El cuerpo materno, convertido en instrumento de explotación y reproducción forzada, sufrió un doble ataque, por ser cuerpo de mujer y por ser cuerpo indígena. Esta doble opresión dejó heridas profundas que se transmiten de generación en generación.

No obstante, incluso en medio de estas violencias, la maternidad en Abya Yala emergió como territorio espiritual de resistencia. Desde la memoria ancestral, parir, amamantar, criar y sostener la vida se han convertido en actos profundamente teológicos, gestos cotidianos mediante los cuales las mujeres rehacen el mundo, resguardan la cultura, regeneran la comunidad y desafían las lógicas patriarcales y coloniales. La maternidad, entendida como relación y no como imposición, es un acto político y espiritual que reconstituye la alianza entre cuerpo y territorio.

En esta cosmovisión, el cuerpo materno es espejo de la Madre Tierra, ambos gestan vida, ambos han sido violentados y ambos son hoy espacios sagrados de lucha y sanación. Una teología desde Abya Yala nos recuerda que defender la tierra es defender el cuerpo de las mujeres, y sanar el cuerpo de las mujeres es sanar también el territorio. Por eso, la maternidad como cuerpo–territorio se convierte en una categoría teológica fundamental para los procesos de resistencia y reconstrucción de los pueblos originarios, es el lugar donde se afirma la vida frente a la muerte, la memoria frente al olvido, y la dignidad frente al colonialismo aún persistente.

Volver a la maternidad como ciclo sagrado y relacional

Ser madre es una alegría profunda, pero también un camino de cansancio, desvelo y responsabilidad compartida, sin redes de apoyo ni condiciones dignas, las mujeres y nuestras hijas e hijos enfrentamos riesgos altísimos. Violencia física, sexual y psicológica; empobrecimiento estructural; falta de acceso a salud intercultural y respetuosa. Estas violencias fragmentan la experiencia materna y la separan de su dimensión espiritual y comunitaria.

Frente a ello, muchas comunidades de Abya Yala están retomando la sabiduría ancestral que comprende la maternidad como un ciclo sagrado. Reconocer los ritmos del cuerpo, honrar la fertilidad, acompañar los procesos de gestación con medicina ancestral, reconectar con los ritmos lunares y cuidar la gestación como prácticas que restauran el tejido de la vida. Como enseña la teóloga Aymara Sofía Chipana, en el Kuti, el tiempo del retorno y la transformación, las comunidades reconocen que cada ciclo requiere equilibrio, uywaña, el cuidado tierno y responsable de todos los seres. Desde esta perspectiva, la maternidad no es un acto individual sino un movimiento relacional, un diálogo constante entre cuerpo, territorio, cosmos y comunidad.

Ser madre hoy, en Abya Yala, es abrazar la continuidad, la resistencia y la espiritualidad de seguir existiendo en medio de un proceso colonial que, desde sus inicios, ha buscado desaparecer a la población nativa en su totalidad. Ser madre es cuidar la vida con ternura y fortaleza, incluso en estructuras que todavía reproducen violencia colonial. Es sanar las heridas de abuso y reconectar con nuestros cuerpos. Desde esta visión, nuestros vientres y nuestras tierras no son territorios de conquista, sino territorios de vida.

Asumir la maternidad implica reconocer que quienes optamos por ella encarnamos un legado y una responsabilidad ancestral. Es la continuidad de las memorias de nuestras abuelas, que resistieron la colonización, las migraciones y los exilios; de aquellas que mantuvieron la lengua ancestral, la ceremonia espiritual y la memoria viva incluso bajo la opresión.

Por eso, al escribir sobre mi maternidad y mi experiencia como madre y teóloga, afirmo que mi hija es memoria y resistencia de nuestras abuelas. Es por ella que soy madre, y con ella cultivo una teología viva, un ciclo sagrado que florece, que nos sostiene y nos promete la esperanza de la resurrección.

Abya Yala, el nombre proviene de la lengua Guna, pueblo originario que habita entre Panamá y Colombia. Abya Yala significa “tierra en plena madurez y tierra de sangre vital”. En la década de 1970, activistas, historiadores, políticos, sociólogas, teólogas con un fuerte sentido de identidad y trabajo decolonial adoptaron el término Abya Yala como nombre unificado para el continente, en lugar de referirse como América Latina, Latinoamérica, Las Américas entre otros nombres que perpetúan las divisiones coloniales (Delgado & Ramírez, 2022).

Nota: Este artículo es un pequeño entretejido de dos textos que escribí y fueron publicados entre el 2024 y 2025

Motherhood in Abya Yala: A womanist approach to ancestral memory of care and resistance. (2025). In Divine Interruptions: Maternal Theologies and Experiences (1st ed., pp. 64–78). Paulist Press.

The Sacredness of Motherhood in Abya Yala. La sacralità della maternità in Abya Yala. Anthropotes – Rivista ufficiale del Pontificio Istituto Teologico Giovanni Paolo II per le Scienze del Matrimonio e della Famiglia in Rome.


Entre la fe y el Estado: Subordinación religiosa en Puerto Rico

Por Frederick Xavier Rodríguez-Castro

A poco más de un año de las elecciones en Puerto Rico, se experimenta un acelerado giro ideológico marcado por la subordinación del Estado a los intereses de un sector cristiano particular. El partido anexionista abandonó su carácter centrista y, en las pasadas elecciones, se inclinó hacia un fundamentalismo político-teológico que reconfigura políticas públicas a favor de estos grupos. Con el objetivo de obtener o conservar el poder, se han concedido privilegios so excusa de “libertad religiosa”.

La prensa, con falta de precisión conceptual, denomina a estos grupos como “sector religioso”, como si existiera un único sujeto homogéneo y confesionalmente cristiano. Esto revela cuán arraigada sigue la vieja cristiandad colonial incluso en discursos que pretenden objetividad. Así, voces pentecostales —particularmente líderes de la Fraternidad Pentecostal de Puerto Rico (FRAPPE)— han logrado hacerse pasar por la representación oficial de “la religión”, invisibilizando comunidades enteras: cristianos históricos y liberales, judíos, musulmanes, budistas, religiones afrocaribeñas, espiritualidades indígenas y personas seculares. Lo que se presenta como “la voz de la fe” es, en realidad, la voz de un ecumenismo pentecostal. Frente a ello, existen expresiones plurales como la Mesa de Diálogo Martín Luther King Jr., organización laica que articula valores del Reino de Dios en favor de las necesidades del país mediante marchas, talleres, programas sociales, acompañamiento comunitario, defensa de migrantes, publicaciones académicas y proyectos de equidad. Esta diversidad religiosa desmonta la narrativa de un único sujeto cristiano dominante.

Las nuevas políticas públicas evidencian tres problemas centrales. Primero, el Estado modula su ideología para conservar el poder, ofreciendo privilegios a grupos fundamentalistas para asegurar votos y legitimidad moral. Segundo, esta alianza invisibiliza a cristianos divergentes y a comunidades no cristianas, violando el principio constitucional de igualdad religiosa y la separación entre Iglesia y Estado. Tercero, promueve una teología exclusivista y moralista que representa un retroceso hacia la cristiandad.

La neutralidad estatal queda comprometida cuando la simbología gubernamental —como la toma de posesión, la redacción de leyes dirigidas a un sector cristiano específico o la promoción de una cultura cristiana en los textos escolares— transmite la idea de que unas confesiones son más bienvenidas que otras. Leyes como la Ley 14-2025 (Derecho Fundamental de la Libertad Religiosa), la Carta Circular 008-2025-2026 del Departamento de Educación y la Ley 143-2025 favorecen explícitamente los intereses de grupos fundamentalistas. Estas medidas permiten la entrada de ministros cristianos en hospitales durante emergencias, abren espacios para el adoctrinamiento en escuelas públicas y penalizan la interrupción de “cultos cristianos”, incluso en espacios públicos compartidos.

La justificación de estas medidas se construye mediante categorías como “persecución cristiana”, narrada en prensa cristiana fundamentalista como “guerra espiritual contra la Iglesia”. Sin embargo, en una investigación reciente de nuestra autoría, presentada en VII Jornadas Internacionales de Jóvenes Investigadores/ras en Espiritualidades y Religión (2025), se demuestra que sectores de la Iglesia De Dios Pentecostal Movimiento Internacional y la FRAPPE han desarrollado una campaña durante dos décadas para intervenir en la moral pública desde el miedo apocalíptico, la demonización de políticas progresistas y una noción rígida de familia. Cartas oficiales enviadas a gobernadores y legisladores entre 2003 y 2023 denunciaban como “inmorales” iniciativas sobre equidad de género, cannabis medicinal, derechos reproductivos o nombramientos de figuras LGBTTQ+ al poder judicial. Estas intervenciones, basadas más en opinión que en argumentación teológica rigurosa, buscaron moldear la política pública desde una moral sectaria.

No existe evidencia científica que sustente que las políticas públicas puertorriqueñas hayan perseguido al cristianismo. No obstante, la jurisprudencia, evidencia discriminación contra religiones no cristianas. La exposición de motivos de la Ley de Libertad Religiosa afirma que el problema radica en “intervenciones gubernamentales discriminatorias” y que la ley busca aclarar las interpretaciones que deben hacer sobre el derecho constitucional. Por consiguiente, es  una interferencia legislativa y ejecutiva en la interpretación constitucional, invadiendo funciones propias de la rama judicial y debilitando la separación de poderes con relación a la separación entre Iglesia-Estado.

Es posible que, como ha ocurrido en Estados Unidos, estos grupos busquen revertir jurisprudencias históricas utilizando la narrativa de la “persecución” para legitimar privilegios. Sin embargo, si alguna religión domina los espacios públicos y privados en Puerto Rico —templos, emisoras, canales, colegios— es precisamente el cristianismo en su diversidad. La supuesta persecución no es más que una ficción para fortalecer hegemonías. Este intento de homogeneizar la espiritualidad puertorriqueña contradice la historia religiosa del país, marcada por catolicismos populares, pentecostalismos, religiones afrocaribeñas, espiritualidades indígenas, movimientos místicos y una creciente población no religiosa. Gobernar como si Puerto Rico fuera confesionalmente homogéneo es gobernar desde la exclusión.

Frente a este panorama, la teología de las religiones con enfoque pluralista ofrece una respuesta crítica. Esta corriente reconoce que ninguna tradición religiosa posee el monopolio de la verdad moral y que la diversidad religiosa es constitutiva de la experiencia humana. En un Estado laico, las políticas públicas deben garantizar igualdad entre confesiones, no privilegios confesionales. Si el Estado adopta las categorías morales de un solo sector, viola la Constitución y el pluralismo religioso como búsqueda de convivencia, justicia y dignidad.

Desde mi hermenéutica, el mandamiento del amor al prójimo precede incluso al amor a Dios: solo encontramos a Dios en la experiencia concreta del prójimo. La 1 Carta de Juan formula esta lógica mediante la pregunta retórica: ¿cómo amar a quien no se ve si no se ama a quien está presente? Este principio neotestamentario desmantela la pretensión de superioridad moral fundamentalista. Jesús, antes de resucitar como Cristo, invirtió el orden religioso-político de su tiempo, separando lo espiritual del gobierno y denunciando estructuras opresivas. Su clave hermenéutica es clara: el amor al prójimo orienta toda ley. Mientras Jesús desafió leyes injustas en favor de los marginados, los grupos fundamentalistas hoy exigen obediencia bíblica selectiva, descontextualizada y ajena al espíritu evangélico. La moralidad cristiana se reduce, en sus manos, al cumplimiento rígido de textos aislados, ignorando que Jesús priorizó la dignidad humana —el enfermo, el pobre, el extranjero, el marginado— por encima de la ley escrita.

El conflicto religioso-político en Puerto Rico no se reduce a conservadores versus liberales. Es la instrumentalización de una narrativa religiosa para controlar la moral pública, consolidar poder y subordinar la pluralidad a la homogeneidad. Este momento histórico exige una teología política que denuncie la ficción de la persecución cristiana, visibilice la riqueza plural y desmantele la categoría colonial de “la religión” como sinónimo de cristianismo pentecostal.

Frederick Xavier Rodríguez-Castro es investigador, historiador y teólogo puertorriqueño. Candidato a doctorado en Teología en la Universidad Interamericana de Puerto Rico.