Teología Mujerista desde las Mujeres Negras de Abya Yala

Método teológico para la liberación

Por Dra. ELENA VÁZQUEZ GONZÁLEZ

El acercamiento a lo empírico no es una consecuencia de la teoría, sino que pudiera ser el centro de la teología mujerista negra en Abya Yala. El propósito es establecer el valor de la historia negra como punto de partida de la reflexión teológica con el fin de llegar a ser un instrumento concreto y eficiente para la transformación del mundo. 

Hay cuestiones fundamentales que se hacen necesarias de abordar en este ensayo: primero, que se entienda el lugar desde donde surge la reflexión teológica mujerista de la mujer negra en Abya Yala, quien ha sido silenciada por décadas dentro de la propia teología negra, la teología mujerista y la teología de la liberación. 

En segundo lugar, la búsqueda de la integración de este nuevo lugar teológico dentro del quehacer disciplinar de la teología, de una manera metodológicamente fundamentada. Esto se ha convertido en un desafío para mi investigación, la cual he ido explorando la forma de hacerlo en los últimos catorce años. La importancia de la hermenéutica dentro del quehacer teológico y para la teología mujerista negra, ese lugar sería el mundo de la mujer negra. 

Sin embargo, apoyo lo novedoso de los teólogos Segundo y Sobrino, quienes reconocen la historia como lugar y fuente teológica y, no únicamente como lugar hermenéutico. Bajo esta base, es relevante tomar la historia de la mujer negra en Abya Yala, tratándose de un pueblo particular, que deja evidencia de la exclusión vivenciada y que refleja la imagen de Dios. A partir de nuestra historia con su densidad teologal y autoridad, se establece el diálogo hermenéutico con otras fuentes teológicas, como las Escrituras y la Tradición. Así se propone el círculo hermenéutico de la teología práctica de creer, ver, juzgar y actuar de forma dialéctica.

Creer: En el Dios que defiende y camina junto a la mujer negra

En la teología negra mujerista el enfoque “creer” permite integrar la espiritualidad y la fe de las mujeres negras, en plena libertad para expresar su espiritualidad y conocer lo que Dios le dice a ella como imago Dei. Es crear una norma teológica que esté en armonía con la condición de la mujer negra y la revelación de la Biblia. La fe de la mujer negra y su relación personal con Dios, como su consuelo, amigo, padre, defensor, es parte de las tesis principales de la teología negra feminista. La Biblia es importante para la tarea de la teología y trae a la Escritura la perspectiva de la comunidad. La fe en Cristo es la que imparte fuerza a la comunidad negra para la resistencia y la lucha por la liberación el cual brinda dignidad y valor a la mujer negra oprimida. La teología negra nace en un contexto de lucha y resistencia a la esclavitud, pero no se queda ahí, sino que se enfoca también en que la persona negra oprimida recupere su valor y dignidad en Cristo. 

El Dios de la teología negra es el Dios de y por los oprimidos quien se da a conocer a través de sus liberaciones. Desde los comienzos de la formación teológica de la teología negra norteamericana de James Cone, se ha mostrado a Dios luchando a favor de los oprimidos, a favor de los negros, que han sido víctimas no tan solo de pobreza sino también de opresión.

Ver: La experiencia de las mujeres negras en Abya Yala

La teología negra mujerista tomaría el método inductivo para ver por qué su punto de partida no son las ideas, los conceptos, los dogmas o las doctrinas sino la realidad histórica de la mujer negra. Esta mediación socio analítica nos desafía a ver la pobreza, discriminación, la falta de oportunidades y la soledad de la mujer negra. 

Es un llamado a ver la realidad que vive la mujer negra, el ver también exige una aproximación y presencia, al reconocer las condiciones de opresión que enfrentan como mujeres negras en diversas comunidades; racismo, sexismo, exclusión económica y violencia estructural. El ver también es una invitación a escuchar los testimonios de las mujeres negras y darle importancia a la voz y experiencias de cada una de nuestras historias del pasado y en la actualidad.

Como teología del proceso histórico gracias a las narrativas religiosas afrodescendientes y prácticas de resistencia se puede ver cómo se ha atentado contra el proyecto salvífico de Dios para la mujer negra. La mujer negra que fue traída como esclava a Abya Yala, venía con sus propios patrones de cultura, religión y costumbres muy arraigadas y la teología negra mujerista, que toma esta realidad de la mujer negra y su experiencia, para rescatar lo valioso de cada uno de estos elementos. 

A pesar de la cruenta esclavitud que se vivió desde el siglo XVI al XIX , no lograron arrancar la fe, todo lo contrario, los negros y negras tomaron su fe como un medio para luchar contra la opresión que padecían. Es importante ver y conocer cómo las prácticas de fe les ayudaron a sobrevivir.

Las iglesias anglosajonas ignoraron a los creyentes negros, los esclavizaron y oprimieron. Se hicieron necesarias las iglesias negras para vivir su propia espiritualidad, por lo que es necesario conocer la historia, aprender de ella y no repetir los mismos errores. A continuación, veremos el tercer paso, juzgar.

Juzgar: La crítica desde la fe y la justicia

Juzgar es el acto teológico de evaluación, mediación hermenéutica y en consecuencia con el Reino de Dios sobre la praxis eclesiástica y religiosa. ¿Se ha analizado teológicamente e interpretado la Biblia y la tradición cristiana desde una perspectiva liberadora hacia la mujer negra? Se hace necesario utilizar teorías feministas negras o mujerismo africano, para una crítica teológica que desafié las estructuras de poder dentro y fuera de la iglesia. Sin lugar a duda, la teología negra feminista necesita evaluar las instituciones eclesiásticas y sociales a la luz de valores como la identidad, la equidad y la comunidad. El criterio del reino de Dios para la mujer negra debe apuntar a una vida plena y digna. Si aplicamos el acercamiento de Martín Hoffmann a la teología negra feminista se puede decir que el reino de Dios para la mujer negra despunta y puede experimentar signos de libertad, paz, justicia y amor, como experiencias básicas que corresponden al Espíritu de Dios manifestado en Jesús. 

El paso de juzgar implica interpretar la realidad de opresión a la luz de la fe y la justicia, lo que en la teología feminista negra significa una lectura crítica de la Biblia, la tradición cristiana y la sociedad desde la perspectiva de las mujeres negras. Este aspecto es crucial para juzgar y generar nuevas interpretaciones teológicas que reflejen la dignidad y la resistencia de las mujeres negras. La imagen de Dios ha sido utilizada históricamente para justificar sistemas de opresión, la teología feminista negra propone al igual que la teología de la liberación una visión de Dios como libertador y compañero en la lucha, pero de la mujer negra. El juzgar implicaría una revisión de pasajes donde las mujeres marginadas, desempeñan roles claves en la historia de la salvación. En la Escritura tenemos mujeres como la esclava egipcia Agar, ella puede ser vista como esa figura de resistencia y revelación del Dios que se detiene, mira y conversa con una mujer esclava dándole una promesa. El Dios que libera a Agar, hoy desafía estructuras de poder dentro y fuera de la iglesia. El feminismo negro, pone en evidencia su inconformidad ante el feminismo blanco, porque la teología negra incorpora en su agenda la lucha contra la opresión racial, sexual y clasista; e introduce su propuesta basada en la intersección de los sistemas de opresión, simultáneos y múltiples.

Actuar: La praxis transformadora

El cuarto paso del círculo hermenéutico describe la praxis, como lo dice Ezequiel Martín Silva: “es la mediación práctica, y en cada una de las mediaciones anteriores se hace necesario disponer los medios e instrumentos adecuados para la construcción de la teología pastoral”. El actuar implica el promover espacios de diálogo para escuchar las necesidades de la mujer negra y promover liderazgo para mujeres negras en las iglesias y la sociedad. Es una participación constante en movimientos de justicia racial y de género. Es levantar la voz desde nuestros espacios para dar a conocer la teología que se identifica con nosotras como mujeres negras, nuestra historia, cultura y luchas. Solo así será posible crear narrativas que reflejen la espiritualidad y la identidad de las mujeres negras que han encontrado en el Dios de las Escrituras a su Dios. El Dios no solo de Abraham, Isaac y Jacob sino el Dios de las mujeres como la Cusita, Agar y muchas que han sido olvidadas y silenciadas. En muchas instituciones no es frecuente la presencia de personas de piel negra y menos aún de mujeres negras, en los puestos más altos de jerarquía, tampoco las iglesias cristianas acostumbran a convocar para sus puestos de dirigentes a personas cuyo color no se encuadre con los patrones dominantes, así lo comparte Paulo al narrar la realidad de Brasil.

Esta realidad se puede apreciar en toda Abya Yala. El actuar implica el bajar y encarnar el proceso de descubrimiento de una hermenéutica negra de la Biblia, enseñando al Dios que no hace acepción de personas. Una hermenéutica mujerista negra que enseñe el creer, el ver, el juzgar y el actuar como lo haría Jesús. Una actitud fundamental sería la del despojamiento y vestirse de amor al prójimo, siendo esta la mujer negra, el amor cómo lo enseña Jesús.

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Dra. ELENA VÁZQUEZ GONZÁLEZ es de nacionalidad cubana y actualmente reside en Guatemala.Desde el 2009 forma parte del cuerpo docente del Seminario Teológico Centroamericano SETECA. Es autora de varios libros y escritora de la revista digital “Entre niños”, ha desarrollado un amplio ministerio de exposición bíblica y teológica, impartiendo conferencias y predicaciones en distintas iglesias en Centro Abya Yala.

“GUSTAVO GUTIERREZ: UN LEGADO DURADERO DE LIBERACIÓN Y ESPERANZA”

El teólogo, psicólogo, filósofo y sacerdote peruano de ascendencia quechua Gustavo Gutiérrez es ampliamente reconocido como el fundador de la Teología de la Liberación y del Instituto Bartolomé de las Casas. Gutiérrez, nacido en Lima el 8 de junio de 1928, fue un pensador profundo y un apasionado defensor de los derechos y la dignidad de los empobrecidos. Su obra, que sigue inspirando a generaciones de cristianos, fue para mi, como estudiante de teología en Perú, liberador y me motivo a asumir un compromiso real con el evangelio.

A modo de conocer su labor teológica, escribo este ensayo presentando su trayectoria académica y como empezó a corazonar y escribir “Teología de liberación.” 

Su vida académica

La sólida formación académica y teológica de Gustavo Gutiérrez, que incluye estudios de filosofía, psicología y teología en reconocidas instituciones europeas, le proporcionó una comprensión integral de la condición humana y la fe cristiana. Esta formación diversa fue fundamental para dar forma a su perspectiva única sobre la Teología de la Liberación.

Inicialmente, Gutiérrez inició estudios de Medicina en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y Letras en la Pontificia Universidad Católica del Perú, pero su vocación religiosa lo llevó a abandonar sus estudios en Perú buscar una formación teológica amplia y profunda en europa. Estudió psicología, filosofía y teología, tres importantes disciplinas para entender, buscar, responder y pensar a Dios dentro de las limitaciones que tenemos como seres humanos.

Su recorrido educativo se extendió por varios países europeos, llevándolo a Bélgica, Francia y finalmente a Roma. En 1951, con tan solo 23 años, obtuvo una licenciatura en filosofía en la Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica. Impulsado por una creciente curiosidad por la mente humana y la espiritualidad, continuó sus estudios y, a los 27 años, recibió una licenciatura en psicología en la Universidad Católica de Lyon, Francia. A los 31, completó su licenciatura en teología. Poco después, fue ordenado sacerdote, iniciando una vocación pastoral que duraría toda su vida.

En 1959 y 1960, Gutiérrez profundizó sus estudios teológicos en la Universidad Gregoriana, Roma. Posteriormente, se trasladó al Instituto Católico de París, Francia, donde, en 1962 y 1963, comenzó a desarrollar las bases de su futura reflexión, teológica y social. Más tarde, en 1985, a los 57 años, obtuvo su doctorado en Teología, también en la Universidad Católica de Lyon, Francia, lo que marcó un progreso significativo en su investigación teológica y sus contribuciones a la Teología de la Liberación.

Orígenes de la Teología de la Liberación

El contexto social y eclesial de Abya Yala* en los años 1960 y 1970 fue crucial para la formación de la Teología de la Liberación. En 1968, el Dr. Martin Luther King Jr. promovió una teología contra la discriminación y la segregación que enfrentaban los afroamericanos en los Estados Unidos. El padre de la “teología negra”, James Cone, continuó este esfuerzo en 1971 para enfrentar la opresión sistémica. Mientras tanto, Paulo Freire en 1970 pedagógo y filosofo brasileño publicó “Pedagogía del oprimido” , enfatizando la educación como un camino hacia la justicia social y el empoderamiento, particularmente para las comunidades marginadas.

En este contexto, la teología de Gutiérrez presentó una poderosa visión de Dios como el liberador de los empobrecidos, con un mensaje central de la resurrección de Cristo que encarna la esperanza y la liberación. Su obra, sin embargo, no estuvo exenta de controversias. Su enfoque en los pobres y marginados redefinió el discurso teológico, enfatizando el papel de la Iglesia en desafiar las injusticias e inspirar movimientos por la justicia social. Gustavo Gutiérrez sentó las bases de lo que se convertiría en la Teología de la Liberación, arraigada en un compromiso con los oprimidos. Su obra encendió un diálogo internacional, con teólogos de todo el mundo buscando sus ideas sobre la Liberación y el compromiso social, ansiosos por comprender las controversias y complejidades que rodeaban sus ideas revolucionarias.

Participó en el Concilio Vaticano II y en las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano en Medellín (1968) y Puebla (1979). Estos eventos fueron fundamentales para dar forma a la teología de Gutiérrez, brindándole una plataforma para ofrecer una teología comprometida con los oprimidos y que respondiera a la pobreza, la desigualdad estructural y la conciencia social. Estas reflexiones teológicas influyeron en el desarrollo de la pastoral social en Abya Yala y proporcionaron una plataforma global para la visión transformadora de Gutiérrez.

La publicación de Teología de la Liberación: Perspectivas (1971) marcó un hito significativo en la revolución de la Teología de la Liberación. Desde sus primeros escritos, Gutiérrez defendió que la fe debía estar radicalmente comprometida con los pobres, una ‘opción’ o ‘preferencial’ que colocaba a los marginados y excluidos en el centro de la acción del cristianismo. A través de su enfoque de ‘ver, juzgar y actuar’, Gutiérrez propuso una reflexión teológica que parte de la realidad concreta, iluminada por la Palabra de Dios, para llegar a una transformación activa y liberadora. Este enfoque era un llamado a la acción, instando a los cristianos a comprometerse con las injusticias del mundo y trabajar por una sociedad más justa.

El impacto de la liberación

La Teología de la Liberación promovió un diálogo ecuménico profundo que dio la bienvenida a personas de todas las tradiciones cristianas. Este diálogo se centró en debates teológicos y, sobre todo, en el papel fundamental de la iglesia para poner fin a la injusticia y apoyar a las comunidades necesitadas. A menudo se manifestó en comunidades cristianas de base que buscaban actuar según las enseñanzas del Evangelio, guiadas por voces inspiradoras como Pedro Casaldáliga, Leonardo Boff, Elsa Tamez, Ivone Gebara, Eleazar López, Juan Luis Segundo, entre otros.

Es importante recordar que, en medio de este impulso teológico, Gutiérrez, como muchos sacerdotes y teólogos comprometidos, enfrentó persecución por su dedicación a los oprimidos. El asesinato de sacerdotes, como Oscar Romero en El Salvador (1980) y del sacerdote Marcelo Pérez, hace apenas unos días en Chiapas, México (2024), subraya que abrazar una teología de liberación para el pueblo y para los lideres religiosos sigue siendo un camino que exige la vida. Estos desafíos actuales que enfrentan los teólogos y teólogas deben servir como recordatorio que el compromiso con el evangelio y el Dios de la Vida  requiere de una entrega total. 

Hoy en día, el legado de Gutiérrez sigue vivo en las expresiones en evolución de las teologías de la liberación, incluidas la eco-feminista, la teología mujerista, la teología indígena, la teología Abya Yala y otras teologías desde las márgenes. Estas perspectivas siguen abordando las injusticias no solo las que sufrimos en Abya Yala luego de un proceso colonial aterrados, sino injusticias globales que requieren en este tiempo no solo un diálogo ecuménico sino interreligioso. Destacando que el trabajo fundacional de Gutiérrez ofrece hoy en día una visión poderosa e inclusiva para el trabajo de la Iglesia para la transformación social.

Hace unos dias, el 22 de octubre partió fisicamente Gustavo Gutiérrez, sacerdote peruano y padre de la Teología de la Liberación. Su mensaje ya ha echado raíces y seguirá floreciendo en Abya Yala.

*El nombre Abya Yala proviene de la lengua Guna (pueblo originario que habita entre Panamá y Colombia) y significa tierra en plena madurez y tierra de sangre vital. Este nombre se centra en reflexiones sobre la tierra y su gente originaria como comunidad conectada a todo el continente. En la década de 1970, activistas, historiadores, políticos y teólogas nativas adoptaron Abya Yala como nombre unificado del continente, nuestra madre tierra.

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Yenny Delgado 

Psicóloga y teóloga peruana. Yenny es candidata doctoral en Psicología de la Religión en la Universidad de Lausana, Suiza. Es convocante de Mujeres Haciendo Teología en Abya Yala y Directora de Publica Theology.

The Embrace of the Spirit in Abya Yala

By Yenny Delgado & Claudio Ramírez

The Spirit has been with us from the beginning of times, accompanying us from all around, providing hope and freedom that is neither static nor exclusive. As we witness in the journeys of the original peoples of Abya Yala who keep their spiritualities alive, there is a profound embodiment of the vital cosmic force that dances alongside in harmony, pulsating within their traditions with the Spirit.

The Spirit’s influence extends throughout the lives of the people of Abya Yala, fostering a consciousness deeply rooted in their cultural identity and fostering free and respectful relations. In traditional and spiritual practices in Abya Yala, we can learn from the Guaraní people who believe and understand the land without evil, an ideological process that fills all life with meaning. The path to the land without evil is not a utopia but a strenuous and accessible walk without hunger and oppression. The land without the evil of the Guarani would be nothing more and nothing less than land that lives in the movement and embraces the Spirit of God, the creator; for the Guarani, this consciousness embodies a dual nature: “oréva,” representing their unique individuality tied to their land, language, beliefs, and customs, and “ñandeva,” embracing inclusivity and acknowledging the existence of other cosmologies and rationalities. 

Central to understanding native spirituality is the recognition that it is experiential, narrative, and symbolic, drawing nourishment from a rich tapestry of myths, ceremonies, communal gatherings, dreams, and artistic expressions. The movement of the Spirit evokes a profound spirituality, where every practice becomes sacramental, infused with the diverse cultures, languages, and spiritualities that thrive across the expanse of Abya Yala. This sentiment echoes the sentiments expressed in the “Holy Spirit and Native Peoples” document by the Episcopate Conference of Mexico, which celebrates the beauty of unity within diversity, recognizing that various theological perspectives are not contradictory but complementary, enriching the understanding of the divine mystery.

In embracing the Spirit, the people of Abya Yala find strength in their interconnectedness, forging pathways towards a future where diversity is celebrated, and all are united in their pursuit of land without evil, where the Spirit of God moves freely.

The history of domination and colonization in Abya Yala unfolded within the framework of a patriarchal system, where women endured violation, abuse, and subsequent silencing of their transformative power. However, despite these oppressions, the flame of resistance flickered in the Women, the cornerstone of vitality and life within native communities, embracing the power and the holy of the Spirit. The Spirit, akin to breath, light, and movement, guides original peoples in confronting the challenges wrought by colonization. It is paramount to acknowledge that spiritual practices harmonize with ancestral.

Following centuries of colonization’s oppressive grip, the original peoples of Abya Yala strive to reclaim their existence, affording freedom and hope in spiritual expression. The Spirit propels resistance against the veiled neo-colonialism perpetuated by modern states, which marginalizes and disregards the knowledge, wisdom, and spirituality of original peoples. Across Abya Yala, many communities embark on a journey of decolonization, invoking the Spirit of their ancestors to heal and reconnect with ancestral inheritance memories, fostering new pathways of existence amidst the pervasive messages of colonialism, anthropocentrism, and hegemony.

The assertion that the Spirit of God permeates Abya Yala carries political and decolonial implications. It envisions a realm of goodness where encounters with roots, masculinity and femininity, and fluidity transpire because the Spirit is both and embraces all. The Spirit, acting as both agent and repository of historical memory, shapes perceptions of time and instills hope amidst present turmoil, reminding humanity of the enduring struggle for justice and the persistence of dedication and faith through the ages.

The embrace of the Spirit is not only resistance but also a spirit of liberation to truly live in the lifeblood of ancestral promise and spiritual practices. The Spirit sustains ancestral memories, transforming the pain into a healing force— anamnesis— that transcends personal, social, and historical wounds. We believe the Spirit engenders solidarity, community, organization, and hope of resurrection in Abya Yala.

Read more about Abya Yala’s Theology

About the authors

Yenny Delgado is a psychologist and theologian. She is a Ph.D. candidate in Psychology of Religion at the University of Lausanne. She is also the Convener of Women Doing Theology in Abya Yala and Director of Publica Theology. Yenny plays a pivotal role in fostering dialogues that amplify women’s voices and promote theological discourse rooted in native perspectives in Abya Yala.

Claudio Ramírez is a theologian and Ph.D. student at the Jujuy National University of Argentina. He is a founding member of the ÑAWI intercultural dialogue community, underscoring his commitment to fostering mutual understanding and collaboration across diverse cultural and spiritual practices, enriching academic discourse and community engagement.

TIMOTEA: MUJER CON RAÍZ ANCESTRAL

Por Claudio Ramírez

Hablar de una mujer de las invisibilizadas de la sociedad salteña y en general del Abya Yala, no debería serle extraño a la reflexión teológica, ya que desde hace un tiempo atrás se viene desarrollando en el contexto de la teología bíblica feminista, el estudio centrado en biografías personales, es decir: “una metodología de las historia vividas, esto es, la atención a la llamadas microhistorias, en las cuales determinadas transformaciones sociales, culturales, también eclesiales, aparecen vinculadas a la vida cotidiana de personas en los más diversos contextos geográficos”.

En este sentido, hablar de Timotea, mi abuela paterna, una mujer con raíces de pueblos originarios como muchas otras que han vivido en el siglo XX, en el espacio y tiempo de la ciudad de Salta, una ciudad que se fue estructurando colonialmente desde el linaje patriarcal europeo con una veintena de familias que conformaron el grupo hegemónico de la sociedad salteña[1]. Una sociedad como dice la investigadora Lastero, Lucila:

            “…se caracteriza por estar fuertemente marcada por la estructura colonial. Ciertas prácticas coloniales, como la contratación ilegal de habitantes de pueblos originarios para el trabajo en los campos, el derecho de pernada y la figura del patrón de estancia, se han desarrollado holgadamente a lo largo del siglo XX y XXI inclusive. El poderío de una oligarquía terrateniente, representada principalmente por el varón criollo, sujeta al catolicismo y  a la exaltación de lo gauchesco por medio de los símbolos folclóricos, ha delineado la vida política y cultural de Salta”

En este sentido, este trabajo quiere contar la microhistoria de Timotea, como el proceso de invisibilización y de despojo ancestral de los pueblos de Salta y de toda el Abya Yala, que han sufrido en el proceso histórico de colonización, un insomnio cultural, social y espiritual de las raíces originarias, pero que a la vez emerge una mirada feminista que posibilita activar la memoria dentro de los procesos histórico.

Una historia de silencio y periferia

Timotea, un mujer de piel marrón, de ojos negros con una mirada de cien horizontes, de cabellos largos y peinados con trenzas, aunque algunas veces usaba un pañuelo en su cabeza. Su vestimenta era una blusa y pollera largas y en los pies unas alpargatas. Vivía en la periferia de la ciudad de Salta, en el kilómetro 16, en el paraje llamado de la Higuerillas. Tenía una casa de adobe con dos habitaciones, una cocina al intemperie donde cocinaba a leña, criaba gallinas y cabras y tenía una pequeña huerta. La tierra donde habitaba era el territorio antiguamente de los Diaguitas que hablaban el cacan, posteriormente fueron de los Calchaquíes, que habían adaptado el quechua por la introducción de mitimaes del Imperio Inca en la región[2].

Pero Timotea, ya no es la dueña del terreno porque es la tierra de los blancos y a los que les tiene que pagar a modo de arriendo, un cierto derecho de habitar y trabajar la tierra. Tiene que pagar con animales para el patrón, con los quesos de cabra que fabrica con sus propias manos y utensilios. Ya no habla fluido el quechua, solamente algunas palabras, porque a sus padres les impusieron el castellano y es con un castellano mal hablado que se relaciona con las gentes. Les dijeron que no eran “indios”, que su pueblo no es de los originarios, sino que son criollos y les impusieron el folclore gauchesco como identidad nueva, más conforme a la realidad de los blancos que a la sangre ancestral. Aún así, en este contexto de opresión y olvido, Timotea sigue hablando con las plantas, celebra la pachamama, cree que los muertos están acompañando su vida, que el cerro que se levanta detrás de su casa tiene un espíritu que le favorece con las plantas y yuyos que le dan sabor a sus comidas, que trata a sus cabras como a un hijo más, en definitiva Timotea no ha dejado de escuchar su sangre ancestral.

Timotea, desde una teología Abya Yala ancestral

Al buscar la etimología del nombre Timotea, nos encontramos, de nuevo con una postura patriarcal, que las definiciones aluden primeramente al homónimo masculino, que lo definen como amor o adoración a Dios y de ahí concluyen que Timotea significa la que ama o adora a Dios, pero no cae en cuenta que la terminación tea o theà, significa Diosa, por lo tanto sería la que ama o adora a la Diosa.

En el camino de una hermenéutica de la sospecha, se sospecha primeramente que la experiencia de lo espiritual tenga que reducirse a la experiencia masculina de un Dios que es Padre, aunque la sabiduría ancestral judía manifieste, en ciertas ocasiones, que Dios actúa como madre. Lo perjudicial de reducir la experiencia de Dios a una relación paterna, es el riesgo de formar estructuras patriarcales que terminan dominando a la mujer enfrascando en un lugar social de minoría ante el varón macho, imagen de Dios.

Para los pueblos originarios, los dioses y las diosas, lo masculino y femienino son parte de un equilibrio cósmico que se interrelacionan comunicando vida y alegría. En este sentido, Timotea, nos recuerda un equilibrio que se ha perdido en la manera de cómo nos acercamos a la divinidad, el aspecto femenino de la ternura y misericordia de la Diosa que a pesar de todos los males, nos invita a cambiar de horizonte de sentido, abriendo caminos de esperanza para un mundo mejor posible, sin colonización, sin patriarcalismo, una nueva memoria que circula por las sangre de las y los habitantes de Salta y del Abya Yala.


[1] Al respecto de la función social de las mujeres en Salta y la influencia de las familias hegemónicas, ver el informe del estudio de Liliana, Mendoza Pontífice, “Reproducción social en familias prominentes de Salta: un análisis desde la categoría género”. En: https://cuartopodersalta.com.ar/patriarcado-y-blasones-en-salta/.

[2] Al respecto de la lengua utilizada en el pueblo salteño, ver el estudio de Susana L. Martorell De Laconi, “Relación del español del N.O. argentino con el español andino”; En: http://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1668-81042001000100009.

Claudio Ramírez – Teólogo con estudios de maestría en Teología Dogmática por la Universidad Católica de Córdoba. Miembro fundador de la comunidad en diálogo intercultural ÑAWI. Escribe sobre espiritualidad ancestral y eco-teología.

The Emergence of Abya Yala Theology

By Yenny Delgado and Claudio Ramírez

The emergence of Abya Yala theology signifies a shift in the theological discourse of Christianity on the continent. European Christian missionaries and soldiers who claimed to rule and control the land introduced Christianity more than five centuries ago. Although some consider this colonization process as a meeting of cultures, civilizations, and the Christianization of the world, the actual results of colonization were the original people’s genocide, slavery, and expropriation of land, among other atrocities.

Europeans brought a form of Christianity forged with the ideas of oppression, subjugation, and denial of spiritual existences, eliminating any aspect of the liberating message inherent in the message of Christ. Anyone who resisted was enslaved and punished for defying compliance with the church’s mandate. Native spiritual practices, ancestral knowledge, beliefs and practices, language, and even ancestral recognition of the native population were considered to be acts of “paganism.”

This historical narrative written by the colonizers limited and transformed spiritual experiences into objective experiences. This transformation has made it difficult to achieve true objectivity of the events and past ways of knowledge since discussions have always been accompanied by the hegemonic, dominating supremacist, and patriarchal way of seeking power and control. Consequently, many theologies were distorted, mistakenly believing that God allowed colonization and forced conversion of native populations. At the same time, in modern terms, colonization is often considered a “development process,” a form of apologetics for the faith and colonizers mainly developed by the ancestors of those who have benefitted from the colonization process.

The church contemplated a vision of “mass civilization and Christianization” centered on baptism and the imposition of new European and Biblical names. Native children were forced to cut their hair short, change their clothing, and attend Sunday services as a form of conversion, simplifying being Christians and what the message of Christianity meant for the native peoples, only the cross. Indeed, the faith-focused only on the cross and the suffering of Christ as a way to deal with the subjugation of colonizers with heaven as an afterthought of this life. However, the Christianity brought, taught, and practiced neglected the glorious resurrection of Jesus Christ. This absence of the entire message and the resurrection glory robbed the native population and their descendants of the right to ethnic identity, spiritual belief, or self-identification. Today, messages of political and religious socialization have been intentionally taught that project a transformative and postcolonial story that erases the traces of the barbarism lived during colonization.

From this context, the history of the native peoples of Abya Yala has been exposed to that “imperturbable objectivity,” that is, the colonization process tries to eliminate differentiation in practices, trying to make everyone “equal.” It has undoubtedly been a remarkable story of exterminating our differences and bringing everyone to the idea of monolithic Christian practices.

In reflection on the message of liberation and resurrection center of the Christian message, Abya Yala theology makes it possible to see the ancestral as a decolonial axis and, simultaneously, proposes a theological reflection based on the visibility/salvation of the native population.

The message of death and subjugation during centuries of colonization transformed into Abya Yala theology as a message of resurrection and hope. Like the corn seeds that must be dried before it is sown again in the grown to be reborn, so in the consciences, in the memories, in the voices of our ancestors, the new generations see ourselves growing and re-emerging as a process of resurrection.

In this context, the emergence of a theology from and for the people of Abya Yala is necessary and an act of justice. The ancestral knowledge of the relationship with the creator, the multiple forms of worship and way of spirituality, and the diversity of the people’s practices enrich the valid hopeful message of the gospel; it does not limit or deny it.

Abya Yala Theology seeks to dismantle these oppressive structures inherited from colonial subjugation and recover the liberating message of Christ. The center on the resurrection is particularly relevant, as it offers hope and a path for the native population and their descendants. The resurrection speaks of our communities’ resilience, strength, and ability to overcome adversity and recover our identity and spirituality.

Abya Yala calls for the decolonization of theology, rejecting the Eurocentric and patriarchal frameworks that have dominated Christian thought. It recognizes the need to value and celebrate the diversity of cultures and traditions and to acknowledge the damage caused by the imposition of singular Christian practices and experience worldviews.

Abya Yala theology centers on and believes that the experiences and perspectives of the native population play a vital role in a theology of resurrection. Abya Yala Theology offers a prophetic and inclusive vision of Christianity and an invitation to reconcile the spiritual experiences of native peoples as part of the liberating faith practices of Christianity in Abya Yala.


Yenny Delgado – Psychologist and theologian. Doctoral Candidate in Psychology of Religion at the University of Lausanne. Convener of Women Doing Theology in Abya Yala and Director of Publica Theology. She writes about the intersections between ancestral memory, decolonization, and public faith.

Claudio Ramírez – Theologian with a master’s degree in Dogmatic Theology from the Catholic University of Córdoba. Founding member of the ÑAWI intercultural dialogue community. He writes on ancestral spirituality and eco-theology.

Women of Abya Yala

By Yenny Delgado

After many decades of work and mobilization against laws that seek control over women’s roles in society, maternity decisions, women’s political participation, and women’s ecclesiastical leadership, among others. The women’s movement raised its voice for equality and equity in society.

In society’s meta-narrative and Judeo-Christian theological belief, man is at the center of power, society, culture, and religious practices. From the patriarchal political rules, legislative bodies are made up primarily of men that legislate on the morality of the framework of society. Indeed, for centuries the place of women has often been a place of marginalization and submission both in society and ecclesiastical spaces. This marginalization hurts the community and leads to a fracture of women’s identity, lack of clear opportunities for leadership, oppression in the family structure, and forced assimilation to cultural norms that impact social dynamics and women’s theological reflection. 

The women of Abya Yala* have experienced the colonization of our bodies and territories, humiliation, and lack of recognition of self-identity as a native population. A society built on colonizing the land and forcing native women to navigate the oppressor’s culture, history, and religious practice makes native women doubly vulnerable.

In the history of the women’s movement, the Native women’s participation, our presence, voice, and needs have been invisible. The main protagonist of the women’s struggle has long been represented by European-descendant women, who mobilized for the right to have equal participation as white men. However, other voices were left behind, even though Native women had been denouncing for decades; ethnic discrimination, racism, and supremacist ideologies were increasingly practiced.

Under this context, a theological reflection as women of Abya Yala aims to decolonize and liberate the living conditions of women through understanding our historical experiences. Recognizing the struggle and the value of our ancestral memories, our original languages, and spiritual practices provide the necessary recognition and open an opportunity for renewed discourse on the women’s movement and action in the public square and throughout society.

Womanist derives from the word “woman.”

Womanism derives from the word “woman,” and in the historical sense of the term, womanist comes from the experience of African-descendant women in the United States who were enslaved and often passed from childhood to adulthood at a young age to assume household responsibilities in the process of generational slavery to which they were subjected.

Native women’s experiences were similar; women were confined to service and forced servitude, including sexual abuse from colonizers and forced work on their own land. On the other hand, European descendant women in Abya Yala distanced themself from colonizing history. They played the role of daughters, wives, and mothers of colonizers and enslavers in Abya Yala. The lack of reflection or recognition of this history of women further highlights the benefits and positions of power and status afforded them in a white supremacist patriarchal society. Indeed, in the United States, it is estimated that approximately 40% of all enslavers of women and men of African descent based on the census from 1850 to 1860 were White women. These facts show the inequality in the women’s movement from the three significant ethnic communities (Native, African, and European descendants in Abya Yala) looking to approach liberation on women’s role in society and religious spaces.

Womanist theology against colonization and patriarchy

Women theologians of African and Native descendants in the late 1970s understood the conditions for women to visualize and have their voice. The theologians highlighted how the texts were predominantly written by white theologians and did not consider the perspectives and viewpoints of women in the church. Womanists created a methodological approach to studying and writing theology that focuses on the experience of women who struggle against oppression and colonization. 

Women developed new theologies through their role as professors, pastors, and leaders advocating for a place in the dialogue for women’s studies and perspectives in theological spaces, as well as in the field of ethical theology in which the understanding and regulations of moral norms have governed the society, the house, and the church for a long time.

The last few decades have been influential as women began to expose the triple dynamics of ethnicity, sex, and economic oppression in a colonized land. Women advocated for the right to freedom to do theological and social work from different disciplines and use intersectional work thanks to the contribution of Kimberly Crenshaw, who, since 1989, has worked on the concept of intersectionality-related systems of oppression, domination, and discrimination in the United States. Her social and academic contributions open new doors to another way of reflection. The results of these battles have given women greater autonomy in society and are now promoted as good policies in progressive governments, but still, many more challenges are ahead. 

Today we can see some results, which show in practice and establishment not only in a society where we can see women presidents and congresswomen but also in the church, with leading women becoming theologians, bishops, pastors, ruling elders, and other vital roles.

From this historical analysis, a better understanding of the women of Abya Yala can show a broader approach to how women re-imagine other forms of women who have gone through all the complex situations in a patriarchal and colonial society.

Today is clear: Abya Yala’s women empower themselves with reflections on a historical colonial experience, ancestral memory of resistance, and hope for the new future that allows them to continue raising their voices in a context of violence, disadvantages, and oppression. The discourse of the “monolithic and universal history of the women’s movement” is now amplified to integrate the native women’s history, memory, and public faith practice that continues to be shared around the community.

The countless number of unsolved cases involving disappearances and murders of women and girls of Native descendants in the Abya Yala is an example that can show the lack of attention to women’s disadvantage. A long way from the native women’s concerns was liberation in responding to historical facts and working intensely in a decolonizing Christianity from Abya Yala. However, until 2022, the cases of inequality, womencide, and discrimination against Native women of the continent struggle for true representation in academia and at a political level that continues to practice colonial ideologies.

Today the problems of ending a colonial narrative and policies are still on the agenda. Ensuring the right for native languages to be taught, access to land to cultivate and ownership, and ending forced sterilizations for governments as forms of birth control of native populations continue to be issues that women need to advocate for in the women’s movement.

Why are women in a situation of disadvantage? Reading and interpreting the Bible in context is necessary from the theological vantage point. We can read in Genesis that woman was created in the image of God. Women are not only instruments of God but call to be active in the life of God’s message. As we can read in the Bible, many women took the liberation role, such as Esther, Ruth, Mary, Lydia, and others, many of whom we will never know their names. Active participation and leadership are interwoven with pain, discrimination, and oppression were part of a religious control system that we recognize is part of women’s path.

Women of Abya Yala, from a womanist and decolonial perspective, continue to work for more inclusive practices, liberation, and proclaiming a prophetic message across the continent.

Native Peoples’ Day

We honor the past, present, and future of native peoples in Abya Yala

How often have we stopped to examine and marvel at the greatness of architecture, agriculture, and spiritualities practices in Abya Yala* before the “encounter”?

The bountiful nature of Abya Yala allows us, native peoples, to live in harmony with the extensive rivers, high mountains, beautiful deserts, enormous sequoias, and sprawling jungles. In the middle of this paradise, we learned to live in community, cultivate the land, and give thanks to the sun, moon, and rain for being part of the creation for thousands of years.

A millenary history of cosmovision and traditional practices were abruptly and brutally upended by the arrival of European colonizers over 530 years ago. This “encounter” was a ruthless, oppressive colonial regime that changed our ancestors’ way of life. The colonization process with the face of “salvation” and “civilization” would appear in the stories and memories of the original peoples as constant pain and as a cross to bear.

In the eyes of the European colonizers, our identities, languages, and spiritual practices needed to change, as we were seen as “uncivilized.” They forced assimilations into their languages (English, Spanish, Portuguese, and French) and standardized forms of worship of God as they brought European Christianity as a formula of salvation. For native populations, adapting and assimilating were the only way to survive. At the same time, colonizers confiscated the land, enslaving native peoples to work in mining and cultivating the land ( for cotton, sugar, and cacao, among other export crops) so that European kingdoms could prosper. The original people were pushed to the peripheries of knowledge, without voice, and into the shadows of history.

Today, 530 years later, amid the magical realism of encounters of cultures about this date, we are encouraged by controlled history books and history classes to forget the true story of this genocide. Though it is painful, we need to recognize that being here is an act of courage and resistance during slavery, genocide, and the forced process of assimilation to which the native peoples have been subjected for centuries. We still suffer the consequences of these centuries of trauma and pain. A deep look at our roots, identities, and ancestral memories is so far questioned.

In the way of decolonization and liberation today, we remember and thank our grandmothers and grandfathers for keeping our history and ancestral memory alive. For the new generations, this is our most incredible legacy and heritage. We have a sacred task and an opportunity to honor our people’s past, present, and future. Our cultures, languages, and ancestral spiritualities must be recognized on this date.

*Abya Yala comes from the Guna language and means “land in full maturity and land of vital blood.” The Guna people inhabit the meeting points of the north and south geographically, and the use of their language symbolically represents the connectivity of the lands. In the 1970s, the term Abya Yala was adopted by many native activists, farmers, historians, politicians, and theologians as the unified name instead of using North America (primarily English speakers) and Latin America (predominantly Spanish and Portuguese speakers), which perpetuate colonial divisions.

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Yenny Delgado

She is a doctoral candidate in the Psychology of Religion at the University of Lausanne (Switzerland). Yenny has a master’s degree in Public Theology (United States) and a master’s degree in International Cooperation (Spain). Degree in Psychology (Peru) and Degree in Theology (UBL, Costa Rica). She has worked with social movements, local churches, and regional governments to promote equity and inclusive education in Abya Yala. Founder and Director of PUBLICA. Ruling Elder in the PCUSA. Convener of Women Doing Theology in Abya Yala.

MUJERES DEL ALBA QUE HABITAN LOS EQUINOCCIOS DE LA VIDA

Mónica Benavides, hdv[1]

Somos cuerpos territorios habitando territorios cuerpos

El territorio en el Evangelio habla con cada acontecer, es el ambón de la Palabra. Es el lugar donde se urde la vida, donde se vive la experiencia que se hace relato y se convierte en la memoria de nuestros pueblos. El territorio suele hablar también estando en silencio.

El territorio es sujeto, un ecosistema vivo que está en sinergia con nuestra existencia. Es el lugar donde se materializa la acción de Dios. Continuamente, el territorio habla del Evangelio y el Evangelio habla del territorio, ellos se urden en un solo relato para contarse mutuamente. En el territorio, la historia humana se vuelve historia de salvación, porque la Palabra camina con nosotros en la cotidianidad, dando sentido y significado a nuestra andadura, en ese caminar juntos, que nos hace Pueblo de Dios.

Las mujeres salen entre la noche y el día, con la urgencia de quienes aman, de quienes sueñan con otros amaneceres. Ellas habitan el territorio porque lo recorren. Ellas caminan para ir a ver el sepulcro, para visitar aquel lugar donde la Madre Tierra envuelve y acurruca a sus hijos con ternura. Aquel territorio sabe de nuestros gritos, del dolor humano huelleado con nuestros signos. Por eso, se estremece para ayudar a rodar las piedras, abre hendijas para que se cuele nuevamente la vida y nos catapulta hacia el alba. 

El territorio es espacio de construcción social que cambia con la acción de quienes lo habitan. Así, en Marcos 28, 1-10, las mujeres del alba transforman el territorio con su quehacer y con el arte de saber habitarlo, lo dinamizan y dejan huella. Cotidianamente, las mujeres habitan los lugares de contrastes para entretejerlos, ellas saben bien que el cosmos posee fuerzas opuestas que lo unifican, que le otorga su razón de ser y lo delimita. En efecto, el relato está cargado de complementariedad entre la oscuridad y la luz, lo femenino y lo masculino, el silencio y la palabra, la muerte y la vida, lo humano y lo sagrado, la tierra y el cielo, el crucificado y el resucitado. Las acciones colectivas de las mujeres visibilizan el cuerpo territorial para repolitizar lo cotidiano, a través del movimiento de la vida, y la interacción de los contrarios revelan la unidad en su diversidad. 

En este sentido, el territorio entreteje lo humano y lo sagrado, en una relación de reciprocidad.  El signo del sepulcro vacío, es el signo del Dios viviente. Un Dios para acogerlo en la vida. Él está por ahí, en cualquier parte, donde la vida pulula.

Él habita los contrastes de la creación.

Está dentro de los sueños de belleza y en cada opción por un amor más grande. 

Está en la fuerza de la pequeña semilla que se asoma desde abajo para mirar el mundo. 

Está en el arte insurrecto que abrazan las realidades para desdibujar fronteras.

Está en la re-existencia de tantas mujeres que paren y amamantan procesos transformadores para hacer amanecer una geopolítica de la esperanza.  

Él vive en los buscadores de nuevos amaneceres sociales, políticos, culturales, económicos, ecológicos, para nuestros pueblos. 

Vive en los relatos socioterritoriales emancipadores, que dignifican la existencia.

Vive en las relaciones que subvierten nuestros sentipensares para habitar el territorio desde la sorofratenidad.

Vive en la Vida Religiosa empoderada que cree en su ser, saber, quehacer, que camina con otras y otras, siendo Buena Noticia, en cada aurora de la humanidad.

Vive en la construcción del Reino, en los dones y carismas puestos al servicio de la projimidad.  

Vive en los territorios que son comensalía abierta para nuestros pueblos, porque ellos son el lugar sagrado de la vida.

Vive en este relato de la pascua narrado por mujeres que han corazonado la fe y que hoy llega a nosotras/os para hacernos recomenzar la vida con alegría. ¡Porque él está aquí! ¡Ha resucitado!

Él vive en el mandato de volver al ajetreo de las Galileas, donde la vida cotidiana nos espera para cuidar la comunidad de vida, desde el alba hasta el ocaso.


El Título del artículo es inspirado en la reflexión sobre el Horizonte Inspirador de la CLAR 2022-2025. Las mujeres del Alba (Mc 28, 1-10).

[1] Es Religiosa de la Congregación de Hermanas de la Divina Voluntad. Pertenece a la Comunidad Indígena “Pastos y Quillacingas”, ubicada en el Departamento de Nariño-Colombia. Ha realizado estudios de Ciencias Religiosas, Catequética, Teología, Pedagogía y Docencia Universitaria. Hace parte del ETAP y de la Comisión de Vida Religiosa Indígena de la CLAR; y del Grupo de Investigación, Pensamiento Social de la Iglesia, de la Pontificia Universidad Javeriana. Ha compartido la mayor parte de su vida y misión con niños, adolescentes y jóvenes en espacios fronterizos. 

My Grandmother’s Braids 

The Pedagogy of Ancestral Memory in Faith and Resistance

Growing up I was fascinated with my grandmother’s long hair. Her hair was not only an extension of herself but the physical manifestation of her thoughts and the strong connection of care and resistance. If someone asked why she has long hair, she always answered, “Women are beautiful with our long black hair; we need to take care of ourselves.” I have memories of my grandmother braiding early in the morning and every night before she went to bed. She braided her hair while she prayed and, other times, sang. Her long braids transmitted to me her womanism while at the same time showing the ancestral roots to a traditional way of living for native women in Abya Yala.

My grandmother Candelaria was born between mountains, a generation of native people in the land for millennials. She was born in February, the month of rain and the time for carnival. Her face was beautiful; wrinkled, long hair and small eyes, her face always filled me with magic. She was proud of her gray hair because she said it resulted from age and wisdom. She was a weaver and farmer, so her hands were rough, cracked, and deep. She works with her hand, which were connected to the land; our ancestral motherland took care of her.

My grandmother raised seven children; she became a widow a month after her seventh child was born. She faced challenges and efforts to raise her children and feed them. Grandma was grateful for life; although hard and painful, she knew how to survive and thrive. As part of the native population, with no access to education, the church was one of the few places she was welcomed and encouraged to learn. At the age of 30, through the church she learned how to read and read her Bible daily for everyone to hear. She sincerely believed in God, who brought her freedom and renovated her spirit. 

But who taught my grandmother how to braid her hair? When did it begin? My grandmother must have learned from her mother and grandmothers. Recognizing the story of their lives and care from one generation to the next is our great value. This is perhaps the school of life, full of memories and affection for learning from one age to the next. But seeing firsthand is one way to learn by example. For this reason, I feel very connected to my grandmother in the magical and ancestral relationship between us—a legacy of how to take care of each other.

I wanted to learn more because I remember stories from elders that mentioned that all native women and men were not allowed to have long hair. Interested in digging into this past I read more about the history of colonization and the cruel consequences to the native population.

During the invasion and subsequent colonization, oppressors cut native men and women’s hair. That tragedy, even for centuries, broke that harmonious relationship in Abya Yala. In our native land, my ancestors suffered genocide, slavery, and rape of their bodies and hair. Colonization was a rupture between mothers to daughters, fathers to sons, and entire communities were destroyed. The hair of men and women was cut as a sign of enslavement, powerlessness, and humiliation. To look more like the colonizer, look like a “human being,” something that the oppressor perceived as “civilized.” This was a tragic event for us. It took many centuries for the native population to regain the right to bodily autonomy. Resistance was a way of living.

For this reason, in native communities still present today, the tradition of women having long hair is very much present. Through hair, native women show power in self-care and practicing ancestral traditions. Tying hair into braids has become a symbol of resistance against colonization in the last centuries.

Braid is the intertwining of three strands of hair, crossing them alternately with each other and tightening them; it is linked to the life of humanity. That’s how my grandmother combed her long hair and braids. It was a form of identity, ancestral memory, protection, and resistance. This is why she braids her hair, to make them strong.

Between my grandmother and me, there is more than a century of history. How can I continue my grandmother’s ancestral memory and pedagogy?

In the last years, my hair has grown, and I comb and braid it daily. Her presence draws close to me every time I braid my hair. I remember my grandmother with joy every day. As we can read in the Bible: “Your testimonies are my heritage forever, for they are the joy of my heart. (Psalm 119:111)

The last time I talked with my grandmother was a week before she passed away at 90. When we spoke, she recited several passages from the Bible, and I sang several songs together. I listened to her happily from a distance (we were in the midst of the first wave of COVID-19); I could hear her on the phone. I learned from my grandmother about our family history, which has prepared me to understand my life, faith, and courage to speak up and write about womanism, decolonization and the importance of ancestral memory. Her story and strength are passed from generation to generation. Still, DNA carries its entire history; that main story of survival, care, and resistance we learn seeing our grandmothers practicing is a better example of faith. 

I remember my grandmother as a womanist, elder and healer. Her faith and memories accompanies in my daily walk, reflections and every night as I braid my hair grandma ancestral memory is alive.

Cosmovivencias nutridas en las fuentes ancestrales 

Por Sofía Chipana Quispe

Para muchos pueblos andinos el pasado tiene que ver con el amuyu, que es la comprensión de la vida, desde la que leemos nuestras historias transgresoras que buscaron una y otra vez, la sanación de los territorios tierras y los territorios cuerpos, pues comprendieron que sus cuerpos violentados por la imposición del sistema colonial tenían la posibilidad de incorporarse, invocando a las fuerzas vitales que hacen posible el restablecimiento del equilibrio y armonía en la Pacha, cosmos. 

Buscando hacer la conexión con la fuerza de la espiral como principio de vida, en estos tiempos se entretejen las espiritualidades con los hilos rotos y quemados, pues implica el despojo de lo impuesto y asumido de la religión colonizante. Aunque, se plantea la transformación religiosa en Los Andes, y desde las miradas sociales y religiosas son asignadas como parte de un proceso sincrético. Sin embargo, será pertinente considerar que tanto la extirpación y la sustitución que fueron métodos usados en la evangelización, “yuxtapuso una imagen sobre otra y se revirtieron los significados de la creencia de participación en la cosmología de origen”[i], por lo tanto, no se trata de un sincretismo como tal, pues mucho de lo que se considera como sincrético responde a prácticas religiosas del catolicismo popular. 

Por ello, más que formular la vigencia de religiones andinas y sincretismos, en diversas organizaciones de pueblos andinos se plantean el camino de las espiritualidades, haciendo la diferencia entre religión y espiritualidad, a fin de salir del tutelaje cristiano. Esos recorridos implican, como diría Gustavo Gutiérrez beber del propio pozo, que son las sabidurías ancestrales que aún se cultivan en los diversos pueblos andinos, como se evoca en la invitación profunda de un quipu (escrito inka basado en nudos): 

Cuando naces, eres una cuerda sin anudar,

eres Pacha (cosmos), totalidad tiempo y espacio,

el gran vacío se va llenando

de pequeños amarres

que van creciendo con tus palabras,

y tus faenas

y cada cierto tiempo debes realizar un Kuti (vuelta)

un enlace dentro de ti mismo

solamente así podrás volver a ser

el mismo que naciste[ii].

El fragmento de las palabras sabias anudadas por el kipukamoy (el que elabora y hace hablar los kipus), reconoce que, para estar en pleno vínculo con la ancestralidad, implica hacer un kuti, un retorno, hacía al taypi, el tiempo de la armonización donde la vida empieza a germinar, reconectándonos con la qamasa, la fuerza vital, para seguir siendo cosmos. 

Para muchos pueblos, el tiempo del Kuti, es “la inversión, la vuelta, regreso, restitución, retorno, revolución o transformación”[iii], por lo tanto, es la vuelta a un tiempo de pleno vínculo con el cosmos (Pacha), lo que para la cosmogonía Maya el 2012 ha sido el fin del quinto mundo, y el inicio de un ciclo nuevo que trae sus propias transformaciones, del mismo modo los pueblos andinos se sostienen en las narrativas de los fines y nacimiento de mundos, a fin de que la comunidad humana desate los nudos heredados en las relaciones desiguales y de dominación que se extienden hacía las otras comunidades de vivientes, provocando el desequilibrio en el cosmos. 

Se trata de un tiempo de sanación que procura restablecer el equilibrio y la armonía en el cosmos habitado, para seguir despertando a los diversos saberes y sabidurías desde la conciencia cósmica, pues hay realidades y situaciones que no se comprenden sólo desde los sentipensares humanos/as, se requiere la relación de mutualidad, de escucha y observación del ritmo de las otras y otros seres del Ayllu, como serán las montañas, cumbres nevadas, los ríos, los bosques, las lagunas, las semillas; o de los seres vinculadas a las fuentes vitales como el cóndor, el puma, la serpiente, la llama.

Sabidurías evocadas a su vez, en las resistencias que implicaron sublevaciones, en la que los/as líderes fueron vinculadas a las serpientes, denominadas como amarus o kataris, asociadas a las fuerzas telúricas, por lo que sus cuerpos desmembrados buscan reconstituirse en la organización y luchas de los pueblos andinos. 

Por otra parte, no se puede obviar las resistencias cultivadas por las mujeres, que incluso estando fuera de sus territorios de origen, se han negado a dejar sus identidades desde la recreación de los ropajes impuestos, conservando los idiomas, la alimentación, los tejidos, los rituales, el cuido de la vida, el vínculo con los territorios de origen, y que, desde el acuerpamiento con otras mujeres, sostienen los sentidos de su vida, de sus familias y sus comunidades. 


Sofía Chipana Quispe

Principal voz de la teología indígena en Abya Yala, valora la vida digna y sagrada con la tierra y el respeto por todas las formas de vida. Ha trabajado con redes dedicadas a la reflexión teológica y la articulación de saberes, sabidurías y espiritualidades. Es miembro de la Comunidad de Sabias y Teólogas Indígenas de Abya Yala y de la Comunidad Teológica Andina que fomenta el diálogo entre los pueblos andinos.