La mentira de la naturaleza pecaminosa

Por Sarinette Caraballo

Escribo desde Luquillo, Puerto Rico, un pueblo hermoso frente al Atlántico donde todavía sobreviven formas de cristianismo tan conservadoras que, en algunas comunidades de fe, los hombres se sientan de un lado y las mujeres del otro; por aquello de que la santidad no se vaya a distraer mirando pa’l lao’.

Acá en el área este de Puerto Rico, demasiados cristianos, aprendimos muchas cosas como si hubieran bajado directamente desde el monte Sinaí. Una de ellas fue que todos nacemos con una naturaleza pecaminosa”.

El problema no es afirmar que pecamos. Pecamos. Basta con tener familia, vecinos, Facebook o una reunión de líderes para reunir evidencia empírica suficiente. El problema comienza cuando, número uno: confundimos nuestra interpretación del texto con el texto mismo y, número dos: cuando ni siquiera hemos comprendido lo que significa la palabra pecado. Dejaré para un próximo artículo la definición de esta palabra que, al parecer, para algunos creyentes es más importante que la palabra gracia.

Pablo utiliza repetidamente la palabra griega sarx, cuyo significado básico es “carne”, aunque adquiere distintos sentidos según el contexto. En Romanos 7–8 y Gálatas 5, puede describir al ser humano en su existencia vulnerable y, particularmente, la existencia humana cuando queda sometida al poder del pecado. James D. G. Dunn advierte precisamente la amplitud del término dentro de la antropología paulina (Dunn, 1998).

Algunas traducciones decidieron interpretar sarx por nosotros y la convirtieron en “naturaleza pecaminosa”. Ahí ocurrió algo teológicamente enorme porque “carne” puede describir una condición, una orientación, una manera de existir bajo determinados poderes. “Naturaleza pecaminosa” suena a identidad: algo malo instalado dentro de nosotros, como cuando a un auto le instalan una pieza defectuosa y vino así de fábrica.

Sarx no significa eso. De hecho, los propios traductores de la New International Version abandonaron mayormente “sinful nature” en su revisión de 2011 porque reconocieron que podía hacer pensar que el ser humano está compuesto por compartimentos y que uno de ellos es sarx. Pablo presenta algo más complejo: seres humanos que pueden quedar sometidos a poderes que producen pecado. 

Eso cambia la conversación entera. Génesis no dice que Dios miró al ser humano y dijo: “Está dañado por naturaleza”. Dice que contempló su creación y la llamó muy buena. El pecado es real. Terriblemente real, pero el pecado no necesita convertirse en nuestra identidad para que necesitemos a Cristo.

Gustavo Gutiérrez insistió en que el pecado no puede reducirse a una realidad privada escondida dentro del individuo, sino que también se materializa históricamente: explotación, dominación, injusticia, y estructuras que destruyen la comunión entre seres humanos. El pecado rompe nuestra relación con Dios, con el prójimo y/o con la naturaleza; y, finalmente, con nosotros mismos. ¿Qué ocurre cuando hablamos muchísimo del pecado que vive “dentro” del oprimido, pero poquísimo del pecado organizado, o estructural, que lo mantiene oprimido? Curiosa pregunta, ¿no?

Cuando nos preocupamos demasiado porque una mujer use pantalones, o se maquille, mientras permanecemos bastante tranquilos ante estructuras que la silencian, empobrecen, someten o niegan su autonomía y/o dignidad… Ahí debemos darnos cuenta que eso sí necesita exégesis.

La teología fundamentalista saca del escondite al pecado sin necesidad de eliminarlo. Una buena exégesis nos obliga a verlo en el corazón, pero también en la casa, la iglesia, la economía, la política y cualquier estructura donde algunos seres humanos sean deshumanizados para, y por, el beneficio de otros. Justo ahí es que Cristo se hace más grande, no más pequeño. Jesús no vino a administrar culpabilidad ni a traer malas noticias. Jesús vino anunciando buenas noticias a los pobres, libertad a los cautivos y liberación a los oprimidos (Lucas 4:18).

En Romanos 8, además, Pablo no termina diciendo “qué terrible es su naturaleza”, termina hablando de libertad, adopción, Espíritu, vida, esperanza y una creación completa gimiendo por liberación. Tal vez llevamos demasiado tiempo comenzando nuestra antropología en Génesis 3 y olvidando Génesis 1. Somos creación de Dios antes de ser transgresores, así como también somos imagen de Dios antes de ser la culpa que nos han querido instalar de fábrica pero que nunca estuvo allí en primer lugar.

Cristo no vino a convencernos de que somos basura, vino a liberarnos del poder del pecado que deforma aquello que Dios llamó bueno. Conocer esto significa dejar de necesitar una humanidad despreciable para justificar a un Salvador glorioso. Cristo no necesita que odiemos lo que Dios creó para que reconozcamos que necesitamos redención. Por eso, creo que vivir plenamente el evangelio comienza cuando entendemos que ser salvados es sinónimo de permitir que Cristo nos libere de todo aquello (dentro, y alrededor, de nosotros) que nos impide amar como seres humanos verdaderamente libres, así como Jesús nos amó y nos ama a nosotros. (Juan 13:34-35)

Referencias

Cone, J. H. (1975). God of the oppressed. Seabury Press.

Cone, J. H. (1978). Sanctification, liberation, and Black worship. Theology Today, 35(2), 139–152. https://doi.org/10.1177/004057367803500202

Dunn, J. D. G. (1998). The theology of Paul the Apostle. William B. Eerdmans Publishing Company.

Gutiérrez, G. (1988). A theology of liberation: History, politics, and salvation (C. Inda & J. Eagleson, Trans.; Rev. ed.). Orbis Books.

Miller, L. (2020). James Cone’s constructive vision of sin and the Black Lives Matter movement. Black Theology, 18(1). https://doi.org/10.1080/14769948.2020.1726010

The Committee on Bible Translation. (2010). Updating the New International Version of the Bible: Notes from the Committee on Bible Translation. Biblica.

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Yenny Delgado

Abya Yala Theologian and Psychologist. Founder and director of PUBLICA and convener of Women Doing Theology in Abya Yala. She writes about the intersections between ancestral memory, decolonization, womanism, and public faith.