Por Sharo Rosales Arce
En el marco del 8 M y la Cuaresma levantamos la voz a Dios que es padre , que es madre… lo hacemos en oración y clamor por todas las mujeres, de todas las edades, de todos los pueblos y en toda su diversidad.
Pedimos por las mujeres empobrecidas por las desigualdades sociales: aquellas con acceso limitado a educación de calidad y a empleos con garantías y bien pagados; las que transitan la vida, excluidas de la posibilidad de ser dueñas de tierras o viviendas; las que sostienen la economía del mundo con su trabajo y sus fuerzas, pero no las participan en la toma de decisiones sobre los temas que afectan directamente sus vidas.
Oramos por las mujeres sobrecargadas con trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, atendiendo a diario personas dependientes, realizando labores repetitivas, cansadas e invisibles. Que la sociedad pueda reconocer el valor y el costo real de ese trabajo; que se tome conciencia de que ese desgaste diario consume su tiempo, su salud, su descanso, su posibilidad de realización y de autonomía económica. Oramos para que cada hombre en los hogares asuma su corresponsabilidad y actúe como compañero solidario en las tareas de cuidado y sostenimiento de la vida, para que las mujeres no vivan sobrecargadas ni enfermen prematuramente por el cansancio acumulado por actividades que corresponden a todos y todas y no solamente a ellas.
Rogamos por el avance de políticas públicas en este sentido y por empresas justas que reduzcan la brecha salarial, combatan la discriminación laboral y también la violencia de género cotidiana que profundiza la precariedad, aumenta su vulnerabilidad y perpetúa ciclos de pobreza que terminan alcanzando también a sus hijas e hijos. Que la justicia social rompa esos ciclos infames.
Pedimos por las mujeres mayores sin pensión, que hoy representan una mayoría dolorosa entre quienes superan los 65 años en nuestro país y la región; mujeres que dedicaron su vida al servicio de otros y otras, y hoy envejecen sin recursos ni asistencia. Las que después de cuidar no tienen quién las cuide. Clamamos para que puedan vivir una vejez digna, con seguridad económica, salud y compañía.
Que nuestro ruego alcance también a las mujeres migrantes que dejan hogares, trabajos, amistades y costumbres, y parten de sus lugares llenas de incertidumbre hacia tierras desconocidas, enfrentando barreras culturales y discriminación. Que ellas sean acogidas con empatía y respeto, y protegidas de todo abuso laboral y violencia.
Oramos por las mujeres reclutadas para explotación sexual y trabajos forzados. Pedimos por el fortalecimiento de redes de prevención y protección; por leyes que se apliquen con rigor contra la trata y los grupos organizados de explotación; por Estados que garanticen justicia, la reparación y las oportunidades reales de reintegrarse de nuevo a la sociedad. También incluimos en la oración que las comunidades sean capaces de romper el silencio y la complicidad que sostienen estas violencias.
Pedimos por las mujeres que han perdido causas como pensiones alimentarias, denuncias por violencia, violaciones o acosos; debido a un sistema judicial machista. Necesitamos buen Dios que se transforme profundamente la justicia; que quienes administran la ley lo hagan con sensibilidad y perspectiva de género. Solo así, estas mujeres no serán revictimizadas. Te pedimos que cese la indiferencia institucional y que la justicia pronta y reparadora sea una realidad.
Oramos por las mujeres comunicadoras, por las defensoras de derechos humanos, mujeres políticas y por mujeres defensoras ambientales , todas ellas perseguidas por denunciar ilícitos y negarse a participar en redes de corrupción. Pedimos por su protección y fortaleza; por instituciones transparentes que respalden las denuncias y por una cultura que no permita que castigue la integridad.
Clamamos por las familias víctimas de femicidio. Que haya verdad, justicia y reparación integral. Que los sistemas de protección escuchen y atiendan las alertas antes de que sea tarde. Que el dolor no sea olvidado y haya compromiso colectivo contra toda forma de violencia hacia las mujeres.
Elevamos nuestra plegaria por las mujeres que viven con miedo, por las que cargan depresión, ansiedad o desesperanza en silencio. Que encuentren redes de apoyo, acompañamiento sensible y salud integral; que sepan que su vida vale, que no están solas, que encuentren tu regazo y tu consuelo.
Pedimos por las mujeres de fe que están desanimadas ante la injusticia impune y el cansancio frente a fundamentalismos religiosos que traicionan la enseñanza de Jesús justificando silencio, sumisión y desigualdad. Pedimos por comunidades de fe que reflejen el rostro liberador del Cristo; por teologías que anuncien igualdad y dignidad; por liderazgos que escuchen el clamor de las mujeres en sus iglesias. Que sea pronta Dios, en serio, esa renovación espiritual que devuelva esperanza, fuerza profética y nuestro lugar en igualdad.
Oramos finalmente en este tiempo de desierto cuando la guerra vuelve a desgarrar pueblos enteros y los poderosos apuestan por las armas en lugar del diálogo, ponemos ante vos el cuerpo herido de las mujeres del mundo. Las que huyen con sus hijas e hijos en brazos, las que entierran a sus muertos, las que resisten bajo las bombas, las que sostienen la vida en medio de la ruina.
Dios de la Vida, que, en esta Cuaresma, la conciencia sea camino.
Que ayunemos de indiferencia y nos estorben las comodidades injustas.
Que la oración sea fuerza que nos comprometa.
Sharo Rosales Arce es líder costarricense, presidenta de la Universidad Bíblica Latinoamericana, convocante y miembra activa de mujeres haciendo teología en Abya Yala.
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