Por Daniel Andrés Rivera Rosado
Hoy se sigue “respirando amenazas y muerte” contra la humanidad. La noción de lo que es vida está en cuestión. No por su diversidad, no por su riqueza, no por la importancia de estar unidos sino, porque el poder quiere dominar por encima de las oportunidades, el poder quiere cegar la luz para nuevos caminos, el poder quiere sentenciar la esperanza.
La fuerza politiquera y militar, el uso de la religión y la fe cristiana como amuleto de guerra y sinónimo de falta de inteligencia, la explícita intención de redefinir la democracia, y los pasos a la esperanza ahogan.
Tal como en la antesala de Damasco, se dan órdenes para aprisionar a mujeres y hombres que se encuentren en el Camino. Sin embargo, hoy esto ha llegado demasiado lejos.
Pasar por Damasco no es un cambio de nombre; es vivir el poder liberador de la transformación total que Jesús ofrece a quienes viven anclados al mal. Un mal que, a los ojos de los populares, como religiosos, es justificado. Creo que esa justificación, como en la antesala a Damasco, es por miedo. ¿A eso nos llamó Jesús, al miedo? Pasar por Damasco no es querer cambiar; es una intervención divina total.
Necesitamos que una luz del cielo nos rodee: luz de justicia, redención y paz. Necesitamos ser esa luz para tantas personas a las que hoy la orden de los poderes humanos es oprimir con la oscuridad. Ante tanto avance tecnológico, psicológico, educativo y empresarial, ¿la oscuridad sigue siendo una opción? El encuentro con la luz no es para alumbrar espectáculos mediáticos que tergiversan el dolor, la angustia y la amargura la cual se está convirtiendo en la orden del día. El encuentro con la luz es la posibilidad de vivir, caminar y estar en paz. No, no, la luz no es una utopía; es posible irrumpir en las estructuras. El detalle está en reconocer que la luz no es nuestra; la luz es un artefacto divino. Su divinidad no estriba en dominio sino en inclusión, por tanto, es vital esa luz.
Necesitamos que la voz de Dios irrumpa en nuestra postura política, religiosa, legal, mental, emocional y espiritual, y nos confronte: “¿por qué me persigues?” Esta pregunta nos tiene que conmover igual que “¿Dónde está tu hermano?” (Gen. 4:9) y “¿Dónde están los que te acusaban?” (Jn. 8:10). Pasar por Damasco es dejar de perseguir y comenzar a reconstruir. La reconstrucción comienza con una tarea profunda de deconstrucción de quién manda y quién no, quién tiene poder y quién no, quién es bueno y quién no; la deconstrucción comienza recordando que todos y todas somos iguales. La deconstrucción de este camino a Damasco, como en la realidad de hoy, es que Jesús es quien hace la pregunta. Desde un punto de vista teológico, aquí se observa una acción kenótica, donde la divinidad busca entendimiento con relación a su creación. Aquí hay un punto de inflexión, Jesús está en el interés de entendernos, saber qué pasó, qué cambió, por qué y para qué. Jesús se hace preguntas de nuestra humanidad, así como nosotros de su divinidad. Esto nos ayuda a trascender que la igualdad no es un lujo o bastión político, es la fábrica de nuestra humanidad. Por tanto, es importante recobrar la visión de igualdad para profundizar en el sentido de justicia y ética, que no solo modifica, sino que transforma conductas, sentimientos personalistas y prejuicios generalizados.
Todo lo que ha pasado en tan solo los primeros días de este 2026, todo lo que se lleva tramando e ideando, forma parte de una estructura del mal. Si fuera bueno, escucharías su voz: “Yo soy Jesús.” Sin embargo, la persecución globalizada ha fragmentado nuestra humanidad, eso no proviene de Jesús.
Pasar por Damasco significa que, ante nuestra ceguera, del bando que sea, podamos reconocer que Jesús es el Señor, no hay otro. Y el Señorío de Jesucristo tiene implicaciones más fuertes que darte claridad sobre si perteneces a la religión “correcta”.”
Pasar por Damasco nos tiene que impulsar a ser o encontrados por Ananías. Creo que mucho se nos pierde cuando profundizamos en que no solo fue Saulo quien tuvo que abrir sus ojos, que en Damasco algo pasó; Ananías tuvo que trascender los prejuicios y recordar el lado del evangelio. Tenemos que recobrar el imponer las manos para que otros y otras recobren la vista. Manos para sanidad y no para vanidad, manos para construir y no para destruir, manos para estar y no aprovecharse. Ser Ananías es un desafío, pero hay escamas que deben caerse hoy.
Al final, la historia de Damasco no se trató de Saulo; se trataba de Jesús. Hoy lo que necesitamos es que el camino del Mundo se vuelva a tratar de Jesús.
Daniel Andrés Rivera Rosado educador, autor y ministro ordenado de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en Puerto Rico. Actualmente es candidato doctoral en Educación de la University of Arizona Global campus.
















