Entre el Discurso y el Detonante

La Hipocresía de los Estados Unidos frente al asesinato de las niñas en Irán

Por Alhana Sofía Ortiz Díaz

Imagina que es un día de semana en donde llevas a tu hija a la escuela, pero horas después, recibes la noticia que fueron asesinados. Una parte de ti por quién tú darías la vida se han marchado. Esta es la historia de muchas de las madres desconsoladas por causa del bombardeo del 28 de febrero de este año realizado por Estados Unidos a una escuela de niñas en Irán. Ahora, ¿quiénes podrán sanar la herida de todas las madres y padres iranís? ¿Quién podrá unir los pedazos de esos corazones rotos esparcidos por el suelo en la escuela de niñas Shajareh Tayyebel Girl School?

Siendo Estados Unidos un país que aparenta una lucha constante por los derechos de las mujeres y que ha destinado miles de millones de dólares a programas de igualdad de género, considero que también debería actuar de manera coherente con los valores que promueve internacionalmente. Por esta razón, me resulta contradictorio e hipócrita que una nación que afirma defender la dignidad y seguridad de las mujeres termine relacionada con acciones militares que afectan directamente a niñas, madres y familias inocentes. Para mí, la protección de la vida humana debería estar por encima de cualquier interés político, económico o militar.

En un país como Irán, donde todavía existen desafíos relacionados con la libertad y los derechos de las mujeres, cualquier conflicto político representa una brecha aún más grande y un riesgo potencial para aquellas mujeres que ya viven bajo condiciones de opresión y vulnerabilidad. El gobierno Iraní ha dejado claro en múltiples ocasiones que los derechos y libertades de las mujeres muchas veces quedan subordinados a intereses políticos y sociales. Un ejemplo de ello fue el caso de Mahsa Amini, una joven Kurda- iraní de 22 años que fue detenida en septiembre del 2022 por no utilizar “correctamente” (según los medios de comunicación), el hiyab. 

Su muerte provocó protestas dentro y fuera del país y evidenció el dolor y la frustración de muchas mujeres iraníes. Aunque miles levantaron su voz en apoyo a ella, la respuesta del gobierno estuvo marcada por la represión y el control. Personalmente, considero que casos como este reflejan la realidad de muchas mujeres que viven sin poder expresarse libremente y bajo el temor constante de ser castigadas por desafiar las normas impuestas.

Precisamente por conocer esta realidad desde Puerto Rico, pienso que las potencias mundiales deberían actuar con aún más responsabilidad cuando intervienen en conflictos relacionados con países donde las mujeres y los civiles ya viven en situaciones vulnerables. Si Estados Unidos realmente desea proyectarse como una nación defensora de los derechos humanos, entonces sus acciones deben reflejar esos valores de manera consistente. No creo que la justicia pueda construirse mediante ataques que terminan afectando escuelas, familias y menores de edad. Más bien, considero que cuando se pierde la vida de civiles inocentes, especialmente niñas, es válido cuestionar si verdaderamente se está actuando bajo principios de justicia o simplemente bajo la maldad de intereses estratégicos y militares.

Como joven que veo el panorama a nivel global, puedo escribir que nada podrá devolver a la vida a esas niñas y maestra, que estando en la escuela, fueron asesinadas por un misil estadounidense. Nadie podrá aliviar completamente el dolor de las familias que perdieron a sus hijas y hermanas. Por eso, no quiero que las muertes de aquellas niñas se conviertan simplemente en otro evento histórico más que eventualmente sea olvidado. Lo sucedido debe ser un recordatorio de que detrás de cada conflicto existen vidas humanas reales que merecen ser protegidas y valoradas.

Desde una perspectiva de teología política, considero importante reflexionar sobre la relación entre la fe, la moral y las decisiones políticas. En mi opinión, las acciones de un gobierno no deberían evaluarse únicamente desde el poder militar o los intereses económicos, sino también desde la ética y la responsabilidad humana. Para mí, la verdadera justicia no significa venganza ni superioridad política; significa proteger la dignidad humana y defender a quienes no pueden defenderse por sí mismos. Desde mi perspectiva, muchas de estas decisiones reflejan que para algunos gobiernos el poder político parece tener más importancia que los principios de justicia y humanidad que afirman defender. 

Asimismo, los principios bíblicos fortalecen aún más lo dicho anteriormente. En Isaías 10:1-2 se declara: “¡Ay de los que dictan leyes injustas… para apartar del juicio a los pobres y quitar el derecho a los afligidos!”. De igual manera, Proverbios 31:8-9 dice: “Abre tu boca por el mudo… Juzga con justicia y defiende la causa del pobre y del necesitado”. Estos versículos me hacen reflexionar sobre la responsabilidad que tenemos de alzar la voz cuando ocurren injusticias, especialmente contra quienes no tienen poder para defenderse. Desde mi perspectiva cristiana, Dios llama tanto a las personas como a las naciones a actuar con compasión, responsabilidad y justicia verdadera.

Al final, este acontecimiento me lleva a cuestionar si realmente estamos haciendo lo suficiente para evitar que tragedias como esta continúen ocurriendo. También me hace pensar en cómo muchas veces el poder político y militar termina teniendo más valor que la vida humana. Cuando la vida y la muerte están en el poder de una sola palabra; no podemos ser ignorantes de los acontecimientos hechos y la vulnerabilidad de nuestra sociedad.

Creo que ninguna democracia puede llamarse verdaderamente justa si las decisiones tomadas ignoran el sufrimiento de civiles inocentes. Por ello, considero necesario que la comunidad internacional exija mayor responsabilidad ética en los conflictos armados y que nunca se normalice la muerte de mujeres, niñas y familias enteras como simples consecuencias de la guerra. Que Estados Unidos deje la hipocresía y comience a aplicar lo que promueve. Solo cuando la justicia se base verdaderamente en la dignidad humana y no en intereses de poder.

WAR WITH IRAN IS NOT STRENGTH ;  IT IS THE ILLUSION OF POWER

36 days ago Donald Trump decided to bomb Iran in support of Israel, furthering a pattern of expansion in the Middle East. By acting unilaterally and bypassing congressional approval, he has embroiled the nation in a conflict characterized by destruction and control. This approach neglects a fundamental truth: genuine leadership in a democracy is defined not by domination, but by service and the valuing of human life.

The ongoing escalation involving Iran, led by the United States and Israel, raises urgent moral, theological, and political questions. Beyond national security rhetoric, deeper concerns persist, including economic interests, political calculations, and the pursuit of regional influence. Military strength, regardless of its sophistication, does not confer moral legitimacy to endanger entire populations.

When bombs target schools and children, society must confront a painful reality: the erosion of what is sacred. Within the Christian tradition, protecting life, especially that of children, is a core value. When this principle is violated, the failure extends beyond policy; it constitutes a profound failure of conscience.

Each day, global headlines are saturated with fear, threats, and destructive rhetoric. Political figures openly discuss annihilation, treating such language as a strategic tool. However, threatening the eradication of entire nations does not demonstrate strength; it signifies moral collapse. No national interest can justify terror or mass death. Just hearing it should make us tremble!

Meanwhile, those in power remain largely insulated from the consequences of their decisions. Choices about war are made far from the lives they affect, while civilians, families, children, and entire communities bear the burden. In territories like Gaza, Lebanon, and Iran, millions endure uncertainty and struggle to survive. Will the victims get justice for what Israel and the United States are doing?

Simultaneously, unresolved corruption and abuse of power among elites continue to damage public trust. Epstein Files show the monstrous nature of man in power, sexual abuse of minors, among other atrocities, remains covered, and victims are waiting for justice. When truth is obscured and accountability is evaded, a larger moral crisis emerges, influencing foreign policy decisions. A government unable to address injustice domestically cannot credibly advocate for justice internationally.

This situation prompts a necessary question: Are calls to war distracting from deeper issues? If so, the problem is not just political; it is fundamentally ethical. Leadership driven by fear, ego, and deflection conflicts with the democratic values the United States claims to uphold. especially when pastors and evangelical religious leaders like Franklin Graham pray in daylight and on television to support Donald Trump instead of opposing him on his actions. 

Threatening the destruction of Iran and the deaths of millions does not constitute a strategy; it represents the rhetoric of catastrophe. No leader possesses the moral authority to determine the fate of entire populations. Such actions do not exemplify leadership; they reflect a dangerous distortion of power.

From a faith perspective, the message is unequivocal: God does not endorse unjust violence. War cannot be justified as an instrument of control. The destruction of human life is never acceptable.

This perspective also challenges communities within the United States that have supported violence under the guise of religious justification. No sincere interpretation of sacred texts supports terror, suffering, or the elimination of others. Invoking God to defend violence is not an act of faith; it is hypocrisy.

It must be acknowledged that bombing does not bring liberation; it is an exercise of control. When power is used at the expense of human life, it loses legitimacy.

It is time to reject leadership motivated by ego, corruption, and fear. Donald Trump must be scrutinized, questioned, and held accountable for his actions.

Across the country, voices are rising: “No Kings,” “No more endless wars,” and “Not in our name.” These statements do not indicate weakness; they represent expressions of democratic responsibility.

True strength is not measured by military force, but by the courage to protect life, uphold justice, and choose restraint over destruction.