El Mes de la Herencia Hispana y el legado del colonialismo en Estados Unidos
Por Yenny Delgado
Cada año, cuando Estados Unidos entra en el mes dedicado a la Herencia Hispana, se organizan celebraciones, actividades culturales y actos públicos en torno a la Hispanidad: un término que alude a un patrimonio cultural, histórico y lingüístico vinculado a la influencia y el legado de España. Aunque el término puede parecer centrado en celebraciones e inofensivo, tiene implicaciones históricas y políticas que merecen un examen más detenido.
Como inmigrante en Estados Unidos, me he preguntado con frecuencia hasta qué punto se ha institucionalizado la herencia hispana en este país. La manera en que personas de orígenes étnicos, ancestrales y culturales tan diversos son agrupadas bajo la etiqueta de “Hispano o Latino” resulta desconcertante y debería suscitar una reflexión crítica sobre qué se celebra, qué se afirma, qué se recuerda, y qué identidades e historias quedan excluidas.
Por ello conviene volver al contexto histórico. Durante el Movimiento por los Derechos Civiles de la década de 1960 —un periodo marcado por los esfuerzos crecientes de las poblaciones obreras campesinas que sufrían el maltrato, discriminación e injusticias laborales que luchaban por ser reconocidas—, el presidente Lyndon Johnson, del partido demócrata proclamó en 1968, la Semana Nacional de la Herencia Hispana con el interés de validar la presencia de migrantes cubanos, mexicanos, etc, así como unificar los diversos grupos que en ese momento se hacían visibles . Veinte años más tarde, en 1988, el presidente republicano Ronald Reagan amplió la observancia de una semana a 30 días. Esa ampliación marcó un giro: del enfoque en las luchas por los derechos civiles se pasó a un énfasis en la “herencia española,” el patriotismo y los valores tradicionales, una decisión tanto política como estratégica. Muchos activistas de la época interpretaron este cambio como un intento de “blanquear” o de europeizar la identidad de la comunidad.
Durante su presidencia, Reagan y el Partido Republicano reconocieron la creciente influencia electoral de la población “hispana/latina”. Reagan llegó a afirmar, en una frase que se volvió célebre:“Los latinos son republicanos, solo que todavía no lo saben”. En este contexto, el gobierno estadounidense transformó un evento nacido de la resistencia civil y la protesta comunitaria en una celebración que privilegiaba la asimilación cultural, a menudo a costa de reconocer el carácter multiétnico de la comunidad.
Es importante entender que la presencia del colonialismo español en lo que hoy es Estados Unidos —antes México y, durante 300 años a partir de 1492, la Nueva España, tiene un impacto profundo que llega hasta la actualidad. Los colonizadores, tanto españoles como ingleses, obligaron a los pueblos originarios a borrar su identidad para sobrevivir, mediante el genocidio, la explotación, la opresión y otros actos crueles e inhumanos. En efecto, la Hispanidad, en las antiguas colonias españolas, nació para reproducir la estructura colonial: sus tradiciones, su lengua y su religiosidad eran celebradas por la clase alta, blanca y descendiente de los colonizadores, que seguía deteniendo el poder, mientras la población nativa y sus descendientes buscaban asimilarse para sobrevivir. Estos elementos siguen muy presentes en las sociedades actuales. Sin embargo, existe el riesgo de reforzar esas mismas visiones coloniales cuando esta “herencia” se celebra sin un examen crítico del colonialismo español.
La contradicción resulta particularmente clara cuando personas que se identifican como “hispanas o latinas” critican con firmeza la supremacía blanca, el racismo y la discriminación en la sociedad angloamericana, mientras al mismo tiempo honran la herencia colonial española sin someterla al mismo nivel de examen crítico. La cuestión de fondo no es si debemos rechazar la lengua, la cultura o las tradiciones españolas, sino si podemos celebrarlas sin romantizar los sistemas coloniales que le dieron origen.
De la identidad hispana a la “hispanofilia“
Para muchas personas que hablan español en Estados Unidos, identificarse con términos como “hispano”, “latino”, “Latinx” o “latine” se ha convertido en una manera de hacer notar su propio contexto migrante o el de sus familias, y su condición bilingüe, en una sociedad que ha buscado homogeneizarse en torno al inglés como rasgo unificador. Hablar español se ha convertido así en una identidad más amplia, que va más allá de ser cubano, mexicano, puertorriqueño o de cualquier otro país específico. En Estados Unidos, describirse como hispano puede fomentar un sentido de pertenencia y aumentar la visibilidad política. Al mismo tiempo, la categoría puede generar una considerable ambigüedad. En el imaginario cultural más amplio de los estadounidenses, las personas “hispanas” o “latinas” suelen ser racializadas como personas de piel morena, de baja estatura, asociadas con ascendencia indígena, con trabajos obreros o, cada vez más, con las experiencias de migrantes afectados por el endurecimiento de las medidas de control fronterizo.
Sin embargo, vemos de nuevo que muchas de las figuras políticas más visibles que se identifican como hispanas o latinas no son perseguidas por ICE, sino que gozan de poder y beneficios precisamente por ser blancas —entre ellas, Marco Rubio y Ted Cruz—, quienes tienen predominantemente ascendencia española o europea y utilizan políticamente las historias migratorias de sus familias para aparentar representar a una minoría. Este uso político es una muestra de cómo los privilegios blancos siguen articulándose de la misma manera que al inicio de la colonia: otorgando ventajas a los descendientes de europeos blancos a partir del uso y la opresión de la población originaria.
La categoría “hispano”, por tanto, puede sugerir la existencia de una comunidad única y unificada cuando, en realidad, abarca personas con historias, identidades raciales, antecedentes ancestrales, practicas espirituales, posiciones sociales y relaciones con el colonialismo y la migración profundamente distintas.
Y aquí cabe la pregunta: ¿por qué el legado colonial español se recuerda en términos de orgullo, celebración, lengua, religión y logros culturales, mientras que la violencia colonial ejercida sobre esa misma población que hoy la celebra queda relegada o invisibilizada?
Aquí resulta útil el concepto de hispanofilia, entendido, en términos generales, como la admiración o el afecto por España, incluida su cultura, su lengua, sus tradiciones y su legado histórico. La hispanofilia permite observar un fenómeno que con frecuencia permanece sin nombrar: el apego emocional y cultural a España que, al mismo tiempo, puede implicar ocultar el genocidio, la opresión y el colonialismo español que perpetúa estructuras de supremacía blanca en sus antiguas colonias. Algunos podrían incluso llamar a esto, en términos modernos, síndrome de Estocolmo: la condición en la que una persona secuestrada crea un vínculo afectivo o de complicidad con su secuestrador.
El trauma del pasado colonial sin duda también ha moldeado la manera en que las personas son nombradas. Millones de personas indígenas y sus descendientes —entre ellas muchas personas indígenas con apellidos españoles que viven en el país— se han visto obligadas a especificar su identidad mediante categorías como “hispano” o “latino” en censos, registros oficiales, certificados de nacimiento y encuestas demográficas, de tal manera que terminan asimilándose a una comunidad reconocida por el país antes que a sus propias naciones ancestrales.
Es importante señalar que, incluso quienes tienen ascendencia indígena , no siempre pueden reclamar plenamente esa identidad en Estados Unidos, especialmente en territorios como Texas, Nuevo México o California. El reconocimiento como persona indígena requiere un reconocimiento tribal formal, que no se basa únicamente en la ancestralidad, sino en un trámite administrativo creado para excluir más que para incluir. Este proceso burocrático complica y, en ocasiones, invisibiliza las realidades vividas y las identidades complejas de muchas personas que hablan español mientras que a la vez mantienen viva su idioma ancestral.
Las contradicciones
La contradicción resulta especialmente notoria en los círculos académicos que se consideran decoloniales, pero al mismo tiempo celebran la Hispanidad y admiran a España y su legado.
¿Podemos afirmar que somos decoloniales cuando rendimos homenaje y mantenemos viva su memoria de sus grandeszas y ocultamos sus genocidios?
¿Es posible observar lo mismo en la cultura angloamericana que en la española, dado que ambas participaron en la colonización de Abya Yala? El racismo, la supremacía blanca y los sistemas coloniales siguen vigentes.
Esta contradicción merece una consideración decolonial real, porque la colonialidad no desaparece simplemente porque examinemos críticamente el colonialismo: puede persistir a través de las identidades que adoptamos, las historias que honramos, las instituciones en las que permanecemos y los tipos de conocimiento que consideramos legítimos.
La contradicción se vuelve aún más evidente cuando las personas señalan a un padre, una madre o un abuelo que llegó de Cuba, México u otro país como prueba de su propia posición desfavorecida, sin considerar las diversas situaciones étnicas, económicas y coloniales que existen en las comunidades de origen.Ser migrante no elimina automáticamente el privilegio racial, del mismo modo que identificarse como hispano no convierte automáticamente a una persona en miembro de una minoría racial en todas las situaciones.
Un enfoque decolonial exige que no solo consideremos quiénes están marginados en Estados Unidos, sino que también examinemos cómo operan el privilegio y la jerarquía en los “países del sur global” de las que provienen las personas.
¿Una academia decolonial o de tendencia?
Algunos discursos académicos articulan las realidades de comunidades marginadas mientras permanecen estructuralmente desconectados de ellas. En estos contextos, las personas marginadas suelen ser reducidas a objetos de reflexión: sus experiencias e imágenes se utilizan para enriquecer el debate académico, pero ellas mismas quedan excluidas de la construcción del discurso.
Una metodología verdaderamente decolonial debe ir más allá. Debe interrogar no solo a quienes hablan en nombre de los grupos marginados, sino también quién es reconocido como sujeto, quién posee autoridad y qué conocimientos se consideran legítimos.
Abordar estas preguntas implica un riesgo personal y profesional considerable. Cuestionar la colonialidad en espacios que celebran la Hispanidad desafía directamente los relatos que glorifican la herencia imperial española en lugar de examinarla críticamente. Identificarse abiertamente como teóloga o teólogo decolonial puede implicar la exclusión de programas, becas, redes institucionales y publicaciones hispanas. Supone honrar la memoria ancestral en contextos que presionan a las personas para que la borren, o donde esa identidad se percibe como una amenaza a la blancura institucional.
Para quienes desarrollan una teología de Abya Yala arraigada en sabidurías y saberes ancestrales, el camino rara vez es sencillo. Al encontrarnos con autores que abordan la descolonización solo por “tendencia”, hallamos en sus trabajos y escritos un vacío: la falta de autoubicación, de decirnos quiénes son, desde dónde reflexionan y a quién representan. Desde esta ausencia también debe considerarse la apropiación. ¿Puede hablar el descendiente del colonizador español sobre los pueblos indígenas? ¿Puede él o ella tener una voz decolonial si no se ubica primero a sí mismo? ¿O busca más bien camuflarse para apropiarse de un trabajo decolonial que surge en comunidad y que tiene cuerpos? Quizá no ahora, pero sí a largo plazo, cuando la carga se hace más pesada, el trabajo de estos autores revela su carencia de memoria vivida o de una historia encarnada: lo reproducen como ejercicio académico o lo reducen a una tendencia con la que pueden publicar libros, recibir fondos, entre otros beneficios.
Esto subraya la necesidad de que la teología decolonial abrace la incomodidad y cuestione las normas establecidas. La decolonialidad exige desmantelar la lógica colonial en nosotros, en nuestras comunidades y en las instituciones que ocupamos. Sin este compromiso, el lenguaje decolonial corre el riesgo de convertirse en una jerga académica vacía, superpuesta a estructuras coloniales que permanecen intactas.
En última instancia, la pregunta central no es simplemente si el Mes de la Herencia Hispana debería existir, sino qué historias estamos dispuestos a compartir y confrontar a través de su observancia.
* Abya Yala proviene de la lengua Guna y significa “tierra en plena madurez” y “tierra de sangre vital”. El pueblo Guna habita geográficamente en los puntos de encuentro entre el norte y el sur del continente, lo que representa la conectividad con la tierra madre. En la década de 1970, el término Abya Yala fue adoptado por numerosos activistas, historiadores, políticos y teólogos indígenas como una denominación unificada, en lugar de “Latinoamérica” o “Hispanoamérica”, nombres que perpetúan divisiones coloniales. Yenny Delgado y Claudio Ramírez, 2022.