Políticas anti-migratorias: Una muestra de un patriarcado colonizador

El crecimiento de políticas anti-migratorias a lo largo del continente sigue creciendo. En los últimos años diversos países han demostrado poco o nada de entendimiento sobre las diversas migraciones que existen. En el caso sobre todo de las mujeres, la migración puede ser la muestra más grande de sobrevivencia, la cual se le denomina “migración forzada.” Las mujeres con sus familias deben salir de sus casas o pueblos de origen por la violencia, las guerras, la hambruna. Muchas mujeres lo hacen tomando el riesgo de viajar solas o hasta con sus bebes en brazos, esta difícil situación nos muestra no solo la fragilidad de las mujeres, sino la dureza de las fronteras entre países que comparten territorios. Estas situaciones parecen ser desconocidas por los políticos de turno, que asumen el poder con políticas discriminatorias, supremacistas y opresoras que nos muestra el legado colonial al que hemos sido sujetas por varios siglos.

A lo largo del continente no solo estamos viendo fronteras tan duras entre Estados Unidos y México, sino que las políticas fronterizas se han extendido entre Guatemala y México, Venezuela y Colombia. Bolivia y Chile. Argentina y Brasil, Perú y Ecuador por mencionar algunos, estas políticas son diseñadas y compartidas cada vez con más dureza, como es el caso de una pequeña isla en el caribe, las políticas anti-migratorias entre República Dominicana y Haití. 

Hace unos días el presidente de República Dominicana, Luis Abinader, ha anunciado medidas contra la migración haitiana, con el argumento de “proteger la República Dominicana y asegurar el respeto a las leyes del país”. Pero ¿acaso deportar mujeres recién paridas con sus bebés en brazos, o mujeres en estado de gestación, es una forma legítima y humana de protección nacional? 

La historia de Haití y República Dominicana está entrelazada desde los inicios del proceso colonial y esclavista ejecutadas por los europeos, específicamente del reinado español y francés. Ambos se establecieron a un extremo de la misma isla, y sus poblaciones afro-descendientes de esa época y que hasta ahora habitan lo que es hoy, Dominicana y Haití provienen de una historia común de esclavismo, lucha, resistencia y deseo de emancipación. Entonces, ¿por qué se actúa como si Dominicana quiere proteger su territorio de una forma exclusiva? que seguridad nacional está cuidando?- Sigue perpetuándose las rivalidades español/francés en las actualidades repúblicas? ¿siguen sosteniéndose el colorismo, la blanquitud entre ambos pueblos? – Si no se comprende esta historia compartida de colonialismo, esclavismo y supremacías en una misma isla, ya nos podemos imaginar lo que ocurre en el resto del continente, lleno de países inventados durante las independencias republicanas, nos siguen atontando con historias de protección de fronteras, que ya con cuento viejo. Las famosas fronteras son cuestión natural de poder, control, división, reparto y despojo sobre la madre tierra.

Las actuales deportaciones masivas plantean preguntas fundamentales: ¿a quienes beneficia estas leyes? ¿a quiénes se está deportando? ¿A quiénes está enriqueciendo estas leyes anti-migratorias? ¿Hacia dónde y hasta cuándo? Una y otra vez se repite el mismo patrón colonial. Un continente repartido en fragmentos “republicanos”, donde aún gobernantes con mentalidad colonial, descendientes de europeos o con cuerpos racializados por un contexto clasista sigue escondiéndose tras máscaras de blanquitud, ejercen el poder y control. 

Se trata de élites patriarcales, con cortes coloniales, que se imponen sobre los cuerpos de los más vulnerables, las mujeres, las niñas, los hombres empobrecidos. Ya sean que se deporten desde Estados Unidos a El Salvador hombres tatuados, despojándoles de derecho a un proceso penal, despojándoles de sus nombres, de historia, de familia.En Dominicana en el primer día del plan anti-migratorio, 87 mujeres y 48 niños fueron arrestados en los hospitales, la mitad de ellas embarazadas y otras que recién habían dado a luz. La verdad es que detrás de estas dolorosas noticias que nos llegan casi de inmediato gracias a las redes sociales y la cobertura de noticias, la población recibe estas noticias con mas dolor y miedo, las iglesias tratando de entender estos tiempos violentos en silencio, los partidos políticos más cómplices, y así nos vamos sumergiendo en un continente más aislado y complice. 

Esta situación anti-migratoria, si les prestamos mayor atención, se dan a más grande escala, solo para mencionar el caso de Bolivia que firmó un acuerdo con Chile para recibir de regreso a bolivianos y hasta venezolanos que se encuentran en Chile indocumentados. Cada uno de estos ejemplos muestran la cara de preocupación nacional, pero en el fondo es la cara de un modelo colonial fronterizo, de un supremacismo álgido, descarado e histórico que muchos se niegan a denunciar en la tan presumida “Latino América” donde seguimos negando el colorismo, los derechos a los pueblos originarios, y existe una nebulosa idea de “mestizaje” sin identidad. Mientras tanto van tomando ventaja, los de siempre, los blancos descendientes europeos que siguen al mando de las decisiones políticas y siguen perpetuando un patriarcado colonizador. 

Sin duda este tema da para seguir reflexionando, entre nuevas políticas, firma de acuerdos, construcción de muros, control de mega cárceles, entre otras medidas inhumanas. Se repite de una manera de “defensa nacional” el control sobre la población históricamente empobrecida y oprimida en Abya Yala. 

LA REDENCIÓN DEL CUERPO COMO EJE FUNDANTE DE LA ESPERANZA

El cuerpo en perspectiva histórica y teológica

Por Claudia Chaurra

Para iniciar esta reflexión sobre el cuerpo, es necesario acercarnos a una definición sobre el mismo, donde encontraremos aportes de diferentes ciencias que nos acercan a su realidad. Aunque es lo más cercano y palpable que tenemos, hay un sesgo muy marcado desde el ámbito cultural y religioso, que ha generado que se asuma la corporeidad como obstáculo de realización y trascendencia.

Regularmente se piensa que simplemente “tenemos un cuerpo”, sin embargo, esto ha sido tema de discusión antropológico, llevando a plantear que no solo tenemos uno, sino que “somos un cuerpo”, es decir, somos una unidad en sí misma que supera los límites de la materialidad y se configura como lugar privilegiado de creación, humanización y relación con todo aquello que lo rodea.  Según los idearios colectivos de la Grecia Clásica, el Medioevo, el renacimiento-Barroco y la sociedad contemporánea, se ha relacionado metafóricamente con elementos tales como:  cosmos, cárcel, máquina o mercancía, de manera respectiva, siendo el concepto de “cárcel” del alma el imaginario más marcado, reflejando así una herencia helenista muy fuerte que ha sido asumida a lo largo de la historia y que ha generado una visión fragmentada de lo que realmente somos, asumiéndolo como algo condenable, que está destinado a la  marginación, el desprecio e inferioridad.

Ivone Gebara, teóloga brasileña, insiste que la reflexión sobre el cuerpo – la carne humana, siempre ha estado exiliado como reflexión positiva, se le ha exiliado de la teología misma y relacionado como un obstáculo para lo divino. Esto ha generado que se convierta en el lugar de la manifestación de los miedos, en especial de la culpa, del dolor, odios y persecuciones , realidad que se potencia si se habla de un cuerpo femenino, ya que se relaciona, según el mito de la creación en el Génesis, como un segundo cuerpo creado y un deseo de otro cuerpo, que tienta y conduce al pecado, condenando a la humanidad  al destierro, el sufrimiento y la muerte. En este sentido Eva, representa para la teología, la “caída” y el “mal” en sí mismo, que solo a través de la maternidad se incorpora a la pareja, imagen de Dios, según el pensamiento de san Agustín.

Esta interpretación androcéntrica y patriarcal, ha hecho mucho daño en la relación a la visión sobre la mujer,  por esto mismo la teología y la moral hecha por hombres solo podía concebir demonios con cara de mujer, relacionándola con el sexo y la sexualidad y en el rechazo de ambas, rechazándola a  ella también.  A este sentimiento intenso de pecado, desde el ámbito religioso, se ligó el deseo profundo de purificación, por ende, vinieron las indulgencias, las confesiones, las penitencias, las flagelaciones y romerías, la culpa acusaba al cuerpo, había más pecados pero todo se reducía a él y aquellas que se revelaban en sus ideas y acciones, fueron castigadas con su propio cuerpo a través de violaciones, abusos, señalamientos, persecuciones, condenas y asesinatos, se las tildaba de “brujas”, “hijas del mal y de la oscuridad”, cuando lo único que hacían eran expresarse y defender su vida de las injusticias y la desigualdad que iban tomando cada vez más fuerza.

De esta manera  se comprende que  los cuerpos  han  asumidos  como objeto de dominación, instrumentalización, señalamientos y experiencias que han desvirtuado su esencia. Por ello,  Seibert expresa que el cuerpo trae consigo una historia de desencuentro, de dominación, de negación, de dualismos,  de jerarquías y ha sido controlado – dominado  en relación al placer, a la reproducción, al trabajo, al servicio y al compromiso. 

Toda la humanidad ha estado expuesta a ello, sin embargo, quienes han sufrido con mayor fuerza este flagelo, han sido los cuerpos femeninos, que han enfrentado y se enfrentan en la actualidad, a sistemas e ideologías que las convierte en blanco de opresión mayor; han sido objeto opresión e injusticia,  ejerciendo sobre ellas diferentes tipos de violencia que hacen pender de un hilo su dignidad, experimentando con mayor  frecuencia la explotación laboral, abusos sexuales, desplazamientos forzados, trata de personas, pobreza, exclusión, silenciamientos y feminicidios que suelen quedarse en la impunidad.

En este sentido y en concordancia con Ellacuría y Sobrino en relación las víctimas de la historia y el pueblo crucificado,  los cuerpos femeninos representan esta realidad,  comprendiendo que viven potencialmente muerte, en especial, si son mujeres pobres, viudas, madres cabeza de hogar, de avanzada edad, con limitaciones de salud y movilidad, afrodescendientes, indígenas, campesinas, extranjeras o con una orientación sexual diversa. Son quienes han cargado cruces individuales, colectivas y de pueblos enteros, afrontando la realidad histórica del tercer mundo. Algunas de ellas experimentan como lo escribe Sobrino la muerte lenta de la pobreza, la muerte rápida y violenta, por causa de la represión y de las guerras o la  muerte indirecta, pero eficaz, cuando se les priva incluso de sus culturas para someterlas, debilitarlas en su identidad y hacerlas más indefensas.

A nivel de la tradición eclesial, las mujeres han sido blanco de marginación dentro de la misma estructura patriarcal y jerárquica, ya que son ellas las que integran y lideran con mayor fuerza los procesos pastorales, pero siempre se les ha excluido de algunos ministerios “exclusivamente masculinos” y se le ha señalado como se mencionó anteriormente, como fuente de pecado. En este sentido, Gebara indica que las iglesias tienen miedo a los cuerpos femeninos, temen abrirle paso porque esto exigiría una nueva organización del espacio y del poder “sagrado. Es por esta misma razón, que cuando ellas han reclamado  la  participación, el reconocimiento y la igualdad,  sus luchas han sido tildadas de escandalosas y por ende silenciadas.

Esto representa, ya no un simple llamado, sino un grito de auxilio, para reconocer, rescatar, resignificar y salvar los cuerpos femeninos en medio de las diversas manifestaciones del mal encarnado.  Gebara lo escribe “Si del cuerpo parten todos los problemas, de allí mismo deben converger todas las soluciones” por tanto, existe la posibilidad de redimirlo y darle el lugar que se merece.  Bajo este panorama, podemos decir que en el momento en que la iglesia, exorcice los miedos que tiene con los cuerpos, dará cabida a nuevas dinámicas integradoras, que defiendan ante todo la vida, la dignidad y configure con ello,  una experiencia de resurrección en medio de la adversidad.

Un elemento muy significativo de todas estas vivencias, es que los cuerpos femeninos crucificados en medio de una realidad histórica adversa, no se quedan quietos, hay una fuerza vital en ellos, que les permite buscar salidas y convertir la “fragilidad” y el sufrimiento, en valentía, resistencia, encuentro y libertad. Las muertes de tantas mujeres, al mismo estilo del resucitado, se convierten en germen e impulso para el cambio y para la paz. 

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Claudia Lorena Chaurra Romero. Teóloga colombiana. Vive y escribe desde  Cali- Colombia. Es licenciada en filosofía y ciencias religiosas, con maestría en teología latinoamericana por la Universidad Centroamericana ‘José Simeón Cañas’ (UCA) .