LA RUAH DIVINA ENTRE JUNTANZAS DE MUJERES, TERRITORIOS Y MEMORIAS

Mónica Benavides, hdv*

Llegué a una juntanza de mujeres del Abya Yala sin saber con claridad lo qué iba a encontrar, iba con la curiosidad al cien. Desde el primer momento algo se acomodó por dentro, como cuando una persona reconoce que ha llegado a un lugar donde puede habitar sin explicaciones. Eran mujeres diversas, venidas de distintos territorios, con historias que llevaban en la voz, en el cuerpo y en la memoria. Mujeres lideresas, cuidadoras de la vida, apasionadas, enamoradas, de esas que no se guardan el corazón cuando se trata de sostener a otras.

El ambiente tenía una fuerza difícil de nombrar y bonita para encajar. Había risas, abrazos largos, silencios cómplices y palabras que no buscaban imponerse sino encontrarse. Poco a poco fuimos entrando en las conversaciones y lo que se abría no era solo una agenda sobre mujeres, sino una mirada amplia y compleja sobre la urdimbre de las existencias. Se hablaba del cuerpo, del territorio, de la justicia social y ambiental, de las luchas que se entrecruzan y de las formas de catapultar la esperanza cuando todo parece empujar en sentido contrario.

En medio de aquella trama, lo que más llamaba la atención era la diversidad, no como consigna abstracta sino como epifanía encarnada de la vida que el Espíritu suscita en los pueblos. Una diversidad tejida desde los cuerpos, las memorias y los territorios, donde emergían modos otros de habitar la espiritualidad. Es decir, cosmovisiones indígenas enraizadas en la tierra, voces de mujeres que resignifican la fe desde sus luchas, sentipensares que desbordan las categorías coloniales. Había distintos ritmos, tonos, acentos, como un polifónico Pentecostés latinoamericano y, sin embargo, todo encontraba lugar sin anularse.

La palabra circulaba como don compartido y no como poder acumulado; el silencio se recuperaba como espacio de gestación; y la escucha se volvía un gesto político y espiritual, una práctica de descolonización del corazón y de las relaciones. Allí se hacía evidente que los dones no compiten porque brotan de una misma Ruah que sopla donde quiere, que los carismas y ministerios no necesitan jerarquías sacrificiales cuando se comprenden desde el corazonar del cuidado y la reciprocidad, y que la comunidad, en clave de buen vivir, se configura como espacio de justicia, sanación y resistencia al servicio de la vida plena.

La espiritualidad que se respiraba no era distante ni abstracta, sino encarnada en gestos concretos, en miradas que sostienen y en manos que cuidan. Tenía colores de arcoíris y se tejía con legados, saberes ancestrales y relatos compartidos. Era una espiritualidad que hilaba la vida y se hacía presente en lo cotidiano. En esa trama, la Ruah Divina, soplo que anima, se manifestaba como una presencia dinámica que impulsa, abraza y mantiene todo en movimiento.

Sin embargo, el último día todo se quebró de golpe. Llegó la noticia de que a una de las mujeres, allí presente, le habían asesinado a su hijo. Nadie estaba preparada. El impacto atravesó el cuerpo y el silencio ocupó el lugar de las palabras. No era un silencio vacío, sino denso, cargado de dolor y de rabia contenida, lleno de preguntas sin respuesta, de aquello que no alcanza  a decirse o explicar. 

Entonces ocurrió algo que marcó el sentido de lo vivido. Las mujeres que coordinaban el encuentro no intentaron seguir como si nada. Decidieron detenerse y esa decisión, tan sencilla en apariencia, fue significativa. Parar para reconocer el dolor, para no esquivarlo, para acompañar de verdad y contener.

Sin que nadie diera indicaciones, varias mujeres comenzaron a reunirse en el centro del espacio. Con lo que tenían a mano, fueron levantando un altar. Una encendía una vela, otra colocaba una flor, alguien extendía una tela, y otra añadía un pequeño objeto cargado de sentido. El gesto, aunque sencillo, estaba lleno de significado. Era una manera de afirmar que el dolor tenía un lugar, que no sería ignorado ni apresurado. Mientras tanto, iba comprendiendo, a tientas, que todo esto nacía de mujeres que lo dan todo, sin reservarse nada para sí. Estaba siendo testiga de la sororidad en primera línea.

A partir de ahí, la armonización se fue dando de manera orgánica. Aparecieron cantos suaves, oraciones en distintas lenguas, sahumerios que llenaban el aire, palabras breves que acompañaban, silencios que sostenían, perfumes que acariciaban la piel, en esa transición del claroscuro de la existencia. Algunas abrazaban, otras permanecían cerca sin invadir. Cada quien aportaba desde lo que sabía, desde lo que podía, desde su ser. No había un guión, pero sí una coherencia que nacía del cuidado compartido.

En ese momento volví a pasar por el corazón que la espiritualidad no es un discurso aprendido, sino una práctica que se activa cuando más se necesita; sucede mientras se esta viviendo y acompaña la cotidianidad, tanto en su belleza, como en su crudeza. Así, se vuelve la fuerza que permite quedarse cuando todo duele, que ayuda a acuerpar a otra sin querer resolverlo todo y que reconoce la fragilidad sin renunciar a la dignidad. Esa es la Ruah en movimiento, no como idea, sino como experiencia que atraviesa los cuerpos y las relaciones.

Asimismo, quedó en mí la certeza de que aquellas juntanzas no son solamente espacios de encuentro, sino formas de resistencia que abrazan la vida. En un contexto donde la violencia irrumpe de manera constante, detenerse, cuidar, abrazar y nombrar el dolor se convierte en un acto que afirma el carácter sagrado de la vida. De esta manera, se expresa que no todo está perdido y que aún es posible tejer vínculos capaces de sostener.

Lo que allí ocurrió no se queda en un momento aislado. Es parte de un camino más amplio en el que muchas mujeres, desde distintos lugares, están apostando por otras formas de habitar el mundo. Formas que reconocen la interdependencia, que entienden la vida como una red, que valoran lo pequeño, lo cotidiano, lo comunitario. Como las raíces que no se ven pero sostienen el bosque, esas redes van tejiendo posibilidades en la hostilidad y en la  ruptura.

Al salir de ese encuentro, me supe parte de una metamorfosis, la de mujeres que, casi sin ruido, están transformando el mundo. Y es que algo, difícil de nombrar, permanece latiendo incluso cuando cada una regresa a su territorio. Porque en cada gesto compartido, en cada palabra cuidadosamente ofrecida y en cada silencio habitado con respeto, la vida va encontrando caminos para renacer. Por eso, desde entonces creo que la Ruah sigue animando y habitando estas juntanzas, y que continúa abriendo senderos con nosotras. Es una promesa presente que se hace reconocible en lo que tejemos juntas, en cómo nos sostenemos y en la forma en que, incluso en medio del dolor, seguimos eligiendo la vida.

Nacimos para ser mujeres micorrizas, es decir, entrelazadas, soñadoras y fecundas, sin miedo a anunciar la buena noticia de la vida, en un mundo que sabe, y que ya comienza a saborearse, a Pentecostés.


Mónica Benavides* Religiosa de la Congregación de Hermanas de la Divina Voluntad. Pertenece a la Comunidad Indígena “Pastos”, Nariño-Colombia. Doctora en Teología por la Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá. Está vinculada a la Comisión de Vida Religiosa Indígena de la CLAR y al ETAP. También al Grupo de Investigación, Pensamiento Social de la Iglesia, de la Pontificia Universidad Javeriana. Le apasiona desdibujar fronteras, levantarse con el sol, inspirarse con el viento y contemplar las faenas de la vida cotidiana de los territorios.

Afro-Caribbean Enfleshed Spirituality: Resistance, Memory, and Liberation

By Agustina Luvis Núñez*


Afro-Caribbean spirituality is not mere popular religiosity, but a historical praxis of resistance that has sustained life since the European and U.S. invasions. It has reconstructed Black subjectivities and generated epistemologies of liberation against the coloniality of being, knowledge, and power in the Caribbean.

To speak of Afro-Caribbean spirituality is to speak of embodied memory, of people who resisted when every political, economic, and religious apparatus attempted to strip them of their humanity. The transatlantic slave trade did not just uproot human beings; it attempted to erase worldviews, languages, and cultures. However, amidst the plantation system, spiritual practices emerged that preserved African memory under new, camouflaged forms. These were not simple religious syncretisms: they were strategies of cultural and spiritual resistance.

Eclecticism (1 Thessalonians 5:21, “test everything; hold fast to what is good”) is not about syncretic theological naivety, but rather a liberating tactic that chooses the fullness of life. Naming the Orishas under Roman Catholic iconography allowed for the preservation of African symbolic systems under colonial surveillance. The ritual consisted of resurrecting wisdom, ancestors, and institutions. The drum spoke to us in the same coded language used by Jesus of Nazareth. It reclaimed our humanity as sacred territory.

In the case of Haiti, spirituality was a space of symbolic and political articulation that contributed to the anti-colonial revolution culminating in 1804. Spirituality was not separate from the struggle for social freedom. Historically, their spirituality was rooted in political emancipation. Enslaved persons turned to this enfleshed spirituality in search of solace and the strength to resist the brutality of their enslavers.

The colonial project constructed the Black being as a “non-being,” as merchandise, as an exploitable entity. Against this, Afro-Caribbean spirituality affirmed a different ontology: that of a relational, communal being open to the pluriverse. If colonialism commodifies, Afro-Caribbean spirituality re-sacralizes. If colonialism turns the Black subject into an object, Afro-Caribbean spirituality reaffirms their intersubjective being where there are no objects, but rather communion with ancestry and nature.
“The drum spoke to us in the same coded language used by Jesus of Nazareth. It reclaimed our humanity as sacred territory.”
— Agustina Luvis Núñez
Afro-Caribbean spirituality affirms that all humanity is sacred, not an instrument or a resource. Ancestry remains alive. Nature is not something inert; it is a living being and our kin. Our spirituality maintains that the divine inhabits concrete history (Luke 17:21, “The Kingdom of God is among you”). Facing the Western dichotomy that tears the soul from the body, a Black spirituality preaches unity. Our being remembers and transmits through intergenerational solidarity what the colonial archive attempted to erase.

In this sense, Afro-Caribbean spirituality resists an exclusionary North Atlantic coloniality of our knowledge, which privileges the written word and discredits orality. Our spirituality confronts the coloniality of being by celebrating parallel ways of being and existing in the world. In Puerto Rico, Afro-Caribbean rituals were systematically stigmatized as superstition and witchcraft. The Spanish colonial project first, and later the U.S. regime, imposed imaginaries of cultural and religious whitening (blanqueamiento).

Sectors of both Roman Catholicism and Protestantism discounted Afro-descendant spirituality through their Eurocentric and white supremacist lenses. Fortunately, within the Afro-Caribbean and U.S. contexts, Pentecostalisms emerged with forms of resistance through their African worldview, their orality, and their enfleshed spirituality expressed through possession, divine healing, rhythmic music, the shout, the dance, and the liberation of the self in worship, dreams, and visions.

These practices, brought by the diaspora of African descent, merged with Protestant religious fervor to recreate a Christianity that experiences the sacred directly in daily life. Although modern Pentecostalism formally emerged at the beginning of the 20th century in the United States, its popular and vibrant expressions are deeply informed by African spirituality.

Today, in a context of economic crisis, mass migration, gender violence, and chronic climate illness, Pentecostalisms re-emerge as spaces for Afro-Boricua identity reassignment and communal healing. We are not dealing with relics of the past but with beings more alive than ever. Black spirituality is not peripheral. It is constitutive of all Christian expression in the Caribbean context.
“Black spirituality preaches unity. Our being remembers and transmits through intergenerational solidarity what the colonial archive attempted to erase.”
— Agustina Luvis Núñez
Having said all of this, let us ask ourselves: What images of the Divine have we inherited? Which (soul-less) bodies do we consider normative? What rituals do we consider “legitimate”? What knowledge have we excluded? Afro-Caribbean spirituality invites a theological reflection that is embodied, holistic, communal, rhythmic, ecological, and anti-colonial. Interreligious dialogue must recognize in Afro-Caribbean spirituality its search for abundant life amidst structures of death.

It is not a matter of romanticizing our Afro-Caribbeanness, but of recognizing that the Holy Spirit of the Christian religion blows beyond our religion, passes through the walls of our temples, and manifests itself also in the ashé of the Yoruba religion.

Afro-Caribbean spirituality is not just resistance; it is proactive. Against extractivist capitalism, it bets on reciprocity with Mother Nature. Against neoliberal individualism, it proposes a life in solidary community. Against structural racism, it opts to cancel the very concept of race, since all humans come from African ancestry. Against the coloniality of power, it chooses service to those who do not know what it is to be served.

In a Caribbean marked by an “eternal” debt, forced displacement, and fatal climate illness, Afro-Caribbean spirituality generates imaginaries of resistance contrary to the kingdoms of this world. This spirituality challenges us to revise colonial burdens, their body/soul binarism, and their sacred/profane dichotomy. This spirituality is resistance, a celebration of ontological equality, political militancy, a matrix of multiple knowledges and flavors, a creator of communal healing theologies, and a source of gestures, symbols, signs, and images of more just worlds and futures.

Note: This piece was originally shared by Dr. Agustina Luvis Núñez as part of the panel ‘Black Spiritualities and a Proposal for a New Humanity’ during the 5th Edition of Cumbre Afro at the University of Puerto Rico, Río Piedras campus. It was originally in Spanish and has been translated by Guesnerth Josue Perea.

Oración por las mujeres

Por Sharo Rosales Arce

En el marco del 8 M  y la Cuaresma levantamos la voz a Dios que es padre , que es madre… lo hacemos  en oración y clamor por todas las mujeres, de todas las edades, de todos los pueblos y en toda su diversidad.

Pedimos por las mujeres empobrecidas por las desigualdades sociales: aquellas con acceso limitado a educación de calidad y a empleos  con garantías y bien pagados; las que transitan la vida, excluidas de la posibilidad de ser dueñas de tierras o viviendas; las que sostienen la economía del mundo con su trabajo y sus fuerzas, pero no las participan en la toma de decisiones sobre los temas que afectan directamente sus vidas.

Oramos por las mujeres sobrecargadas con trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, atendiendo a diario  personas dependientes, realizando labores repetitivas, cansadas e invisibles. Que la sociedad pueda reconocer el valor y el costo real de ese trabajo; que se tome conciencia de que ese desgaste diario consume su tiempo, su salud, su descanso, su posibilidad de realización y de autonomía económica. Oramos para que cada hombre en los hogares asuma su corresponsabilidad y actúe como compañero solidario en las tareas de cuidado y sostenimiento de la vida, para que las mujeres no vivan sobrecargadas ni enfermen prematuramente por el cansancio acumulado por actividades que corresponden a todos y todas y no solamente a ellas.

Rogamos por el avance de políticas públicas en este sentido y por empresas justas que reduzcan la brecha salarial, combatan la discriminación laboral y también la violencia de género cotidiana que profundiza la precariedad, aumenta su vulnerabilidad y perpetúa ciclos de pobreza que terminan alcanzando también a sus hijas e hijos. Que la justicia social rompa esos ciclos infames.

Pedimos por las mujeres mayores sin pensión, que hoy representan una mayoría dolorosa entre quienes superan los 65 años en nuestro país y la región; mujeres que dedicaron su vida al servicio de otros y otras, y hoy envejecen sin recursos ni asistencia. Las que después de cuidar no tienen quién las cuide. Clamamos para que puedan vivir una vejez digna, con seguridad económica, salud y compañía.

Que nuestro ruego alcance también a las mujeres migrantes que dejan hogares, trabajos, amistades y costumbres, y parten de sus lugares llenas de incertidumbre hacia tierras desconocidas, enfrentando barreras culturales y discriminación. Que ellas sean acogidas con empatía y respeto, y protegidas de todo abuso laboral y violencia.

Oramos por las mujeres reclutadas para explotación sexual y trabajos forzados. Pedimos por el fortalecimiento de redes de prevención y protección; por leyes que se apliquen con rigor contra la trata y los grupos organizados de explotación; por Estados que garanticen justicia, la reparación y las oportunidades reales de reintegrarse de nuevo a la sociedad. También incluimos en la oración que las  comunidades sean capaces de romper el silencio y la complicidad que sostienen estas violencias.

Pedimos por las mujeres que han perdido causas como pensiones alimentarias, denuncias por violencia, violaciones o acosos; debido a un sistema judicial  machista. Necesitamos buen Dios que se  transforme profundamente la justicia; que quienes administran la ley lo hagan con sensibilidad y perspectiva de género. Solo así,  estas mujeres no serán  revictimizadas. Te pedimos que  cese la indiferencia institucional y  que la  justicia pronta y reparadora sea una realidad.

Oramos por las mujeres comunicadoras, por las defensoras de derechos humanos, mujeres políticas y por mujeres defensoras ambientales , todas ellas perseguidas por denunciar ilícitos y negarse a participar en redes de corrupción. Pedimos por su protección y fortaleza; por instituciones transparentes que respalden las denuncias  y por una cultura  que no permita que castigue la integridad.

Clamamos por las familias víctimas de femicidio. Que haya verdad, justicia y reparación integral. Que los sistemas de protección escuchen y atiendan  las alertas antes de que sea tarde. Que el dolor no sea olvidado y haya compromiso colectivo contra toda forma de violencia hacia las mujeres.

Elevamos nuestra plegaria por las mujeres que viven con miedo, por las que cargan depresión, ansiedad o desesperanza en silencio. Que encuentren redes de apoyo, acompañamiento sensible y salud integral; que sepan que su vida vale, que no están solas, que encuentren tu regazo y tu consuelo.

Pedimos por  las mujeres de fe que están desanimadas ante la injusticia impune y el cansancio frente a fundamentalismos religiosos  que traicionan la enseñanza de Jesús  justificando silencio, sumisión y desigualdad. Pedimos por comunidades de fe que reflejen el rostro liberador del Cristo; por teologías que anuncien igualdad y dignidad; por liderazgos que escuchen el clamor de las mujeres en sus iglesias. Que sea pronta Dios, en serio, esa renovación espiritual que devuelva esperanza, fuerza profética y nuestro lugar en igualdad.

Oramos finalmente en este tiempo de desierto  cuando la guerra vuelve a desgarrar pueblos enteros y los poderosos apuestan por las armas en lugar del diálogo, ponemos ante vos el cuerpo herido de las mujeres del mundo. Las que huyen con sus hijas e hijos en brazos, las que entierran a sus muertos, las que resisten bajo las bombas, las que sostienen la vida en medio de la ruina.

Dios de la Vida, que, en esta Cuaresma, la conciencia sea camino.
Que ayunemos de indiferencia y nos estorben las comodidades injustas.
Que la oración  sea  fuerza que nos comprometa. 

Sharo Rosales Arce es líder costarricense, presidenta de la Universidad Bíblica Latinoamericana, convocante y miembra activa de mujeres haciendo teología en Abya Yala.

La compasión como acto político: Una lectura del Evangelio en tiempos de indiferencia

Por Lisette Genao Durán

Vivimos en una época en la que la indiferencia se ha convertido en una forma silenciosa de violencia. Las noticias sobre guerras, migraciones forzadas, pobreza estructural o violencia contra las mujeres aparecen a diario en nuestras pantallas. Sin embargo, la exposición constante a estas realidades corre el riesgo de anestesiar nuestra capacidad de sentir. Aquello que debería conmovernos comienza a parecernos normal.

En este contexto, la compasión se vuelve una palabra incómoda.

Durante mucho tiempo ha sido entendida como un sentimiento privado, casi sentimental, asociado a la piedad individual. No obstante, una lectura atenta de los evangelios revela que la compasión que encarna Jesús está muy lejos de ser un gesto pasivo. Por el contrario, se trata de una fuerza profundamente transformadora. En el Evangelio, la compasión es un acto espiritual, pero también radicalmente político.

Jesús y la política de la compasión

Los evangelios repiten una expresión que aparece una y otra vez cuando Jesús se encuentra con el sufrimiento humano: “se compadeció de ellos”. Esta frase no describe una emoción superficial. En el lenguaje bíblico, la compasión surge desde lo más profundo del ser; implica dejarse afectar, conmover y tocar por el dolor del otro.

Lo significativo es que, en los relatos evangélicos, la compasión nunca se queda en el ámbito del sentimiento. Cada vez que Jesús se compadece, su reacción se traduce en acciones concretas: alimenta a quienes tienen hambre, toca a quienes la sociedad considera impuros, devuelve dignidad a quienes han sido excluidos y confronta estructuras religiosas que oprimen.

En Jesús, la compasión siempre conduce a la acción. Esto revela un aspecto fundamental de la espiritualidad cristiana: no consiste únicamente en creer correctamente, sino en sentir y actuar de manera distinta frente al sufrimiento del mundo.

Uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo no es solo la existencia de injusticias, sino su normalización. La pobreza se convierte en estadística; la violencia, en noticia pasajera; las vidas humanas, en números.

Cuando una sociedad se acostumbra al sufrimiento ajeno, comienza a perder su horizonte ético. Desde una perspectiva teológica, la indiferencia no es únicamente un problema moral, sino también espiritual. Implica haber perdido la capacidad de reconocer la imagen de Dios en la vida del otro.

En el Evangelio de Mateo, Jesús se identifica radicalmente con quienes sufren: “Tuve hambre y me diste de comer; fui extranjero y me recibiste”. En ese pasaje, el encuentro con Dios ocurre precisamente en la relación con quienes viven en condiciones de vulnerabilidad. Ignorar al que sufre no es solo un fracaso social; es también una ruptura espiritual.

La compasión como resistencia

En un mundo marcado por estructuras económicas que generan exclusión, por discursos políticos que dividen y por narrativas religiosas que a veces legitiman el poder, la compasión se convierte en una forma de resistencia.

Ser compasivo hoy significa negarse a aceptar que el sufrimiento humano sea inevitable. Significa afirmar que la dignidad de las personas está por encima de intereses económicos, ideológicos o religiosos que buscan reducir la vida a cifras o argumentos.

La compasión nos obliga a mirar donde muchos prefieren no mirar. Nos obliga a escuchar las historias de quienes han sido silenciados y a preguntarnos, con honestidad, qué tipo de sociedad estamos construyendo.

Las comunidades de fe tienen hoy una responsabilidad particular. A lo largo de la historia, la religión ha sido utilizada tanto para liberar como para justificar sistemas de poder. En no pocas ocasiones, se ha promovido una espiritualidad desconectada de la realidad social. Sin embargo, el mensaje de Jesús recuerda que la fe auténtica siempre se expresa en defensa de la vida.

Una espiritualidad inspirada en el Evangelio no puede ser indiferente frente a la pobreza que excluye, la violencia que destruye familias, las desigualdades que afectan de manera particular a las mujeres ni las estructuras que limitan la dignidad humana. Creer en el Dios de la vida implica comprometerse con la defensa de esa vida.

Recuperar la sensibilidad humana

Como psicóloga, he aprendido que uno de los primeros pasos para sanar cualquier realidad —personal o colectiva— es recuperar la capacidad de sentir. Las personas que han atravesado experiencias prolongadas de dolor suelen desarrollar mecanismos de defensa que las llevan a desconectarse emocionalmente. Algo similar puede ocurrir con las sociedades.

Cuando el sufrimiento se vuelve cotidiano, la sensibilidad colectiva corre el riesgo de adormecerse. Por eso necesitamos recuperar una espiritualidad que nos permita volver a sentir: sentir el dolor de los pueblos desplazados, el clamor de las mujeres que buscan justicia, la angustia de quienes viven en condiciones de pobreza o exclusión.

Sentir no es debilidad. Es el primer paso hacia la transformación.

Una fe que se involucra

La teología pública nos recuerda que la fe no pertenece exclusivamente al ámbito privado. Las convicciones espirituales tienen implicaciones sociales. Creer en el Dios revelado en Jesús implica afirmar que la dignidad humana es sagrada y que, cuando esta dignidad es amenazada, la fe no puede permanecer en silencio.

Por ello, la compasión no es solo una emoción religiosa, sino una forma concreta de participación en la construcción de un mundo más justo.

Quizás uno de los mayores desafíos espirituales de nuestra época sea aprender nuevamente a compadecernos. No desde una compasión paternalista o distante, sino desde una compasión que reconoce que nuestras vidas están profundamente interconectadas.

La tradición cristiana afirma que todos formamos parte de un mismo cuerpo: cuando una parte sufre, todo el cuerpo sufre. Recuperar la compasión es, en última instancia, recuperar nuestra humanidad. Y tal vez ese sea uno de los testimonios más urgentes y necesarios de la fe cristiana en el mundo de hoy.

Lisette Genao Durán es psicóloga y teóloga. Es presidenta de Alianza Cristiana Dominicana y de Católicas por el Derecho a Decidir República Dominicana (CDD-RD). Su trabajo se sitúa en la intersección entre fe, justicia social y derechos humanos, promoviendo reflexiones teológicas y acciones de incidencia pública que defienden la dignidad, la autonomía y la vida de las mujeres.

“Para que les pusiera nombre: Nombrar para reconocer”

Por Flor de Maria Serrano Pacca

Nombrar es una de las primeras tareas que Dios confía al ser humano. Así lo narra el libro del Génesis cuando describe cómo Dios presenta los seres de la creación para que el ser humano les dé nombre (Gn 2,19). En el relato bíblico, nombrar no se limita a poner etiquetas. Supone reconocer la existencia de aquello que forma parte del mundo y establecer una relación con ello. Nombrar implica también una responsabilidad frente a la realidad.

A lo largo de la historia humana, el lenguaje ha influido profundamente en la manera en que comprendemos el mundo. Las palabras permiten reconocer experiencias, expresar dolores, transmitir saberes y dar lugar a aquello que forma parte de la vida colectiva. Cuando una realidad no encuentra palabras para ser expresada, con frecuencia queda relegada o es silenciada.

Las experiencias de las mujeres han atravesado procesos similares. Durante siglos, muchas de sus vivencias permanecieron en los márgenes del relato público. Sus aportes, sus luchas y también las dificultades que enfrentaban en distintos ámbitos de la vida social pocas veces ocuparon un lugar central en la reflexión histórica y cultural.

Con el tiempo, diversas voces comenzaron a señalar estas ausencias y a abrir espacios para reconocerlas.

En ese contexto, el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer y el 25 de noviembre son momentos simbólicos de memoria y reflexión. Estas fechas invitan a recordar procesos históricos, reconocer desigualdades persistentes, escuchar las experiencias de muchas mujeres en distintos lugares del mundo y nombrar las violencias en todas sus formas. Además de la conmemoración anual, permiten reflexionar sobre la relación entre lenguaje, cuerpo y dignidad humana.

En distintas tradiciones culturales, el cuerpo humano ha sido interpretado a través de marcos sociales y filosóficos que han influido en la manera en que se ha comprendido la relación entre hombres y mujeres. En la filosofía clásica, Aristóteles sostenía que en la generación de la vida el varón aportaba el principio activo mientras que la mujer proporcionaba la materia que lo recibía. Para explicarlo recurría a una imagen agrícola: el varón sería quien deposita la semilla y la mujer la tierra fértil que la acoge.

Durante siglos, estas interpretaciones influyeron en la manera en que se pensó la diferencia entre los sexos, asociando el principio activo al varón y el principio receptivo a la mujer. Con el tiempo, estas ideas se entrelazaron con representaciones culturales del cuerpo y de la sexualidad en las que la actividad se vinculaba simbólicamente con lo masculino y la pasividad con lo femenino.

El propio lenguaje refleja estas construcciones simbólicas. El término penetración, utilizado para describir el acto sexual, proviene del latín penetrare, que significa “entrar en lo más profundo.” En contraste, el término invaginación describe un proceso en el cual una parte se repliega hacia el interior. Estas diferencias terminológicas pueden parecer meramente descriptivas, pero también muestran cómo el lenguaje ha tendido a destacar la acción de uno mientras describe al otro desde la recepción.

Sin embargo, en el lenguaje popular aparecen también expresiones como “cubrir”, utilizadas para referirse al acto sexual desde una acción atribuida a la mujer, lo que sugiere comprensiones menos pasivas del cuerpo femenino.Estas formas de nombrar no determinan por completo la realidad humana, pero sí influyen en la manera en que las sociedades imaginan el cuerpo y las relaciones entre las personas. Cuando ciertos discursos se repiten durante largos períodos, terminan configurando imaginarios culturales que presentan la actividad como masculina y la pasividad como femenina. Sin embargo, la experiencia humana es mucho más compleja que estas simplificaciones. A lo largo de la historia, las mujeres han participado activamente en la vida social, económica, cultural y espiritual de sus comunidades. Reconocer estos marcos interpretativos permite comprender de dónde provienen ciertas ideas y abre la posibilidad de revisarlas críticamente.

El lenguaje también influye en la manera en que se habla de lo divino. En la tradición cristiana, Dios suele ser nombrado con imágenes masculinas, especialmente bajo la figura de “Padre”. Sin embargo, la tradición bíblica recuerda que Dios trasciende las categorías humanas de sexo y género. En distintos pasajes aparecen también imágenes maternales para hablar de Dios. Aun así, en muchas comunidades religiosas existe incomodidad cuando se intenta ampliar el lenguaje para expresar esta riqueza simbólica. Incluso la sola posibilidad de pronunciar palabras como “Diosa” suele generar temor o rechazo inmediato.

El lenguaje también revela silencios significativos. Existen experiencias humanas profundamente dolorosas que ni siquiera cuentan con una palabra específica para nombrarlas. Por ejemplo, muchas lenguas no tienen un término ampliamente reconocido para describir el duelo de los padres que pierden a un hijo. Esta ausencia no elimina el dolor, pero muestra cómo ciertas vivencias permanecen difícilmente expresables dentro del lenguaje común.

No obstante, otras culturas muestran que el lenguaje puede nombrar a la persona y al mismo tiempo el vínculo con gran precisión. En el quechua, por ejemplo, las relaciones entre hermanos y hermanas se nombran de manera diferenciada según quién habla.

Una mujer llama ñaña a su hermana y tura a su hermano; un varón llama panay a su hermana y wawqe o wayqe a su hermano. La palabra nombra a la persona en función del vínculo que la une con quien la nombra y con quien es nombrada. Así revela la dimensión comunitaria de esas relaciones.

En el mundo andino aparecen asimismo expresiones que destacan la dimensión relacional de la vida comunitaria. Prácticas como el yanapanakuy, que expresa la ayuda mutua entre personas, recuerdan que la cooperación y el cuidado forman parte del tejido cultural de muchas comunidades. De ahí la importancia de términos como sororidad, que buscan nombrar formas de solidaridad entre mujeres.

Algo similar ocurre en diversas lenguas amazónicas, donde el vocabulario de parentesco y cooperación refleja estructuras comunitarias complejas que articulan las relaciones sociales. Entre hablantes asháninka, por ejemplo, aparecen términos como chochochipi o iyaxcha para referirse a vínculos entre mujeres, con matices que pueden distinguir incluso la relación entre hermanas mayores y menores. En la lengua shipibo-konibo se encuentra la palabra huichui, y en awajún el término kai. Estas palabras recuerdan que muchas culturas nombran también los vínculos que sostienen la vida comunitaria.Al mismo tiempo, estas realidades conviven con situaciones de vulnerabilidad que afectan especialmente a muchas mujeres y niñas. En diversas regiones de América persisten formas de explotación laboral, violencia sexual y desigualdad estructural que impactan de manera particular en la vida femenina. Nombrar estas situaciones resulta fundamental para poder reconocerlas y enfrentarlas.

Desde una perspectiva teológica, el relato del Génesis ofrece una imagen significativa para comprender esta tarea. Allí, el ser humano aparece llamado a nombrar la creación como parte de su vocación dentro del mundo. Nombrar implica reconocer la existencia de aquello que se tiene delante y asumir una responsabilidad frente a ello.

Nombrar puede ser una forma de reconocer. Nombrar abre el espacio donde las realidades humanas llegan a ser reconocidas. Por eso la tradición bíblica recuerda que Dios mismo no permanece indiferente ante lo que ocurre en el mundo. El salmista pone en boca de Dios una pregunta que interpela la conciencia humana: “Esto haces,¿y me voy a callar?” (Sal 50,21).

Flor de Maria Serrano Pacca es cusqueña, bachiller en Filosofía por la Universidad Nacional de San Agustín (Perú) y licenciada en Teología por la Universidad Católica de Santa María. Actualmente realiza estudios de posgrado en filosofía y teología. Sus intereses de investigación se centran en la filosofía y la teología en contextos andinos.

NO IMPONGAS LAS MANOS CON LIGEREZA

Por Eliezer E. Burgos-Rosado

En días recientes circularon imágenes desde la Oficina Oval en las que varios líderes evangélicos rodeaban al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, imponiendo sus manos sobre él mientras oraban por su liderazgo. Para algunos creyentes, la escena fue motivo de celebración, pastores intercediendo por quien ejerce autoridad política. Para otros, sin embargo, la imagen nos plantea una pregunta incómoda que la reflexión teológica no puede evitar: ¿cuándo la oración por las autoridades se convierte en legitimación religiosa del poder?  

En la Biblia, en el primer libro de Timoteo 5:22 leemos que “No impongas las manos con ligereza a ninguno, ni participes en pecados ajenos; consérvate puro.”Esta advertencia condensa un principio ético profundo. Se trata de que los gestos espirituales nunca son moralmente neutros, porque comunican reconocimiento, respaldo y, en cierta medida, complicidad.  

En la tradición bíblica, la imposición de manos representa bendición, transmisión de autoridad y comisión para el servicio. Es un signo público de que la comunidad acompaña la misión de alguien. Por eso el texto advierte contra hacerlo a la ligera: imponer las manos es entrar simbólicamente en la trayectoria y en las acciones de la persona sobre la cual se realiza ese gesto.  

Cuando ese acto ocurre en el centro del poder político, la pregunta se vuelve ineludible: ¿qué tipo de liderazgo se está avalando y qué tipo de políticas se están bendiciendo?  

La tradición cristiana ha insistido, con razón, en orar por quienes gobiernan, buscando condiciones de justicia y paz. Pero orar por un gobernante no es lo mismo que sacralizar su poder, ni convertir su cargo en objeto de una investidura espiritual que lo sitúe por encima del discernimiento crítico de la Iglesia.  

Ahí radica una diferencia decisiva. Orar por un gobernante puede ser un acto de humildad espiritual. Imponer manos sobre él, en la oficina desde donde se deciden guerras, sanciones y políticas de exclusión, puede convertirse en un gesto de legitimación religiosa de ese proyecto de poder.  

La historia del cristianismo muestra que cuando la fe se acerca demasiado al poder político, la Iglesia corre el riesgo de perder su voz profética. Deja de interrogar el poder a la luz del evangelio y se convierte en su capellana, administrando bendiciones en vez de levantar preguntas incómodas. Teologías feministas y decoloniales en Abya Yala han denunciado precisamente ese desplazamiento: cuando los símbolos de la fe dejan de acompañar las luchas de los pueblos y pasan a respaldar proyectos de dominación, la religión se vuelve parte de la maquinaria que sostiene el orden injusto.  

Anteriormente, y me reafirmo, he planteado que apoyar a Trump parece una versión moderna de intentar “servir a dos señores”. Por un lado, se confiesa a Cristo, que defendió a los marginados, acogió a los extranjeros y anunció buenas noticias a los pobres. Por otro, se respalda un liderazgo político cuyas políticas y discursos con frecuencia contradicen esos principios. Esta tensión revela algo más que inconsistencias ideológicas; muestra hasta qué punto la fe puede terminar sirviendo a un proyecto de poder cuando se une a él sin discernimiento.

Por eso,   cuando líderes cristianos imponen manos sobre un gobernante en el corazón mismo del poder imperial, el gesto comunica más que una oración. Comunica respaldo espiritual, y ese respaldo tiene consecuencias cuando está dirigido a un poder vinculado a decisiones que afectan la vida de millones, intensifican conflictos internacionales, justifican acciones militares o profundizan divisiones sociales. Para los pueblos de Abya Yala, esto no es teoría: se traduce en intervenciones militares, sanciones económicas y presiones geopolíticas que erosionan la soberanía y convierten territorios completos en zonas de sacrificio al servicio de intereses ajenos.  

La Iglesia no puede olvidar que detrás de cada decisión política hay rostros concretos: pueblos que sufren, familias desplazadas, cuerpos marcados por la violencia, tierras devastadas. Cada acto de guerra celebrado como victoria es, en realidad, una derrota del mandamiento central del evangelio, amar al prójimo. Cuando líderes religiosos rodean el poder con gestos de legitimación espiritual, corren el riesgo de bendecir lo que el evangelio les pide confrontar.  

Por eso resulta tan problemático que el poder político busque rodearse de símbolos religiosos que proyecten una imagen de legitimidad espiritual. El peligro es que la fe se convierta en incienso para el trono, en lugar de ser una voz que recuerda que todo poder humano es relativo, está bajo juicio y debe responder ante las víctimas de sus decisiones. La teología que se hace desde Abya Yala, marcada por memorias de colonización, resistencias comunitarias y búsquedas de buen vivir, recuerda que la Iglesia no fue enviada a custodiar palacios, sino a acompañar los clamores de quienes padecen las decisiones tomadas en ellos.  

Sin embargo, la última palabra no la tiene la alianza entre altar y poder, sino el Dios que derriba a los poderosos de sus tronos y enaltece a los humildes. Aun cuando parte de la Iglesia se desliza hacia la corte, siempre surgen comunidades que conservan la memoria peligrosa del evangelio, que oran por los gobernantes sin venderles el alma, que interceden por la paz sin bendecir la guerra, que ponen sus manos sobre los cuerpos heridos en vez de sobre las manos que oprimen.  

La fe cristiana no está llamada a ser capellana del poder, sino sacramento del Reino que Jesús anunció. Desde sus orígenes, el evangelio ha mantenido una tensión crítica con los imperios. Jesús proclamó un Reino que no se construye mediante la dominación ni a través de alianzas con el poder político, sino mediante la justicia, la misericordia y la dignidad de quienes viven en los márgenes.  

En los evangelios, Jesús impone las manos para sanar enfermos, restaurar vidas y devolver dignidad a quienes habían sido excluidos. Sus gestos espirituales se orientan hacia quienes están abajo, no hacia quienes ocupan los tronos. Ahí se juega el discernimiento de la Iglesia hoy: dónde pone sus manos y con quién las entrelaza.  

Tal vez la pregunta que este momento nos plantea no es si los cristianos deben orar por quienes gobiernan. La pregunta decisiva es otra: ¿desde dónde y junto a quién ora la Iglesia, desde la cercanía al poder de los reinos de este mundo o desde la fidelidad al Reino de Dios que se hace carne en los cuerpos heridos de los pueblos?  

Cuando la fe se acerca demasiado al poder, la tentación siempre es la misma, bendecir lo que debería ser examinado. Pero el Espíritu sigue susurrando otra posibilidad, la de una Iglesia que ora con las manos extendidas hacia las víctimas, que se niega a prestar sus gestos sagrados para legitimar la injusticia y que se toma en serio la advertencia bíblica, todavía vigente, “No impongas las manos con ligereza”. 

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Eliezer E. Burgos Rosado Teólogo puertorriqueño. Estudiante de Doctorado en Teología de la Universidad Interamericana de Puerto Rico. Pastor y graduado del Seminario Evangélico de Puerto Rico. Trabaja en temas de ética, eclesiología y justicia social. Fundador de Ediciones Didásko.

Clamar por la vida en tiempos de estrangulación

Por Eliezer E. Burgos-Rosado

Hay momentos en que el debate ideológico se convierte en una grada cómoda, desde donde quienes observan siempre sienten que “juegan mejor” que quienes participan del encuentro. Pero mientras se reparten etiquetas ideológicas, hay un pueblo que respira con dificultad. Cuba atraviesa una hora de sufrimiento real, cotidiano y acumulado. Y la fe cristiana —cuando es fiel a Jesucristo— no puede contemplar ese dolor como un dato más en la discusión geopolítica.

Como voces de fe, afirmamos primero lo más básico: la vida humana no es moneda de cambio. Ningún proyecto político, ninguna agenda geopolítica o cálculo estratégico puede reclamar legitimidad si necesita instrumentalizar el hambre, el miedo o la desesperanza. Cuando en nuestro libro Discursos de libertad proponemos leer los discursos de Jesús en Mateo como un espejo crítico para la Iglesia, tenemos en mente este tipo de situaciones. Sostenemos que esos discursos son la arquitectura de una eclesiología pública, y al mirarnos frente a su espejo, la comunidad creyente se ve confrontada por la justicia del Reino y llamada a una praxis que procure libertad para quienes caminan en los márgenes. La teología no puede desentenderse de la historia sin vaciar de contenido el seguimiento de Cristo.

En Mateo, la relación entre Reino y justicia no es ornamental. El Reino se manifiesta como el gobierno efectivo de Dios en medio de pueblos y conflictos reales. Esa voluntad es justicia que protege a la persona oprimida, misericordia traducida en acciones y fidelidad que exige coherencia entre lo que se oye y lo que se hace. La exhortación a buscar primeramente el Reino (Mt 6,33) orienta la vida hacia aquello que produce dignidad, especialmente para “los pequeños” y descartados.

Leída desde este horizonte, la situación de Cuba no puede reducirse a un expediente geopolítico ni de confrontación ideológica. El criterio teológico que emerge de Jesús, obliga a interrogar toda realidad: ¿qué ocurre con los cuerpos concretos?, ¿quién paga el costo de las decisiones? Cuando las condiciones de existencia se deterioran, la pregunta cristológica no es qué sistema prevalece, sino qué ha sido de la justicia que el Reino exige y qué lugar ocupan “los más pequeños” en el diseño de políticas y sanciones.

Esta sensibilidad dialoga con el teólogo cubano Sergio Arce, quien afirmó que la liberación integral no se reduce a la suma de una liberación individual, otra social y otra eclesial. La liberación social es el espacio integrador donde se juega la concreción histórica de la libertad. En su lectura, Cristo es factor integrador de la liberación humana totalizadora, reconociénsodose su presencia allí donde acontece liberación real. Esa perspectiva impide tanto absolutizar procesos históricos o desvincular a Cristo de las luchas donde la vida se expande o se asfixia.

Así mismo Ofelia Ortega, relee el ciclo de Eliseo como un movimiento “de la dificultad al bienestar común”. El profeta interviene donde la vida peligra por deudas, hambre y estructuras injustas, abriendo caminos de libertad y pan compartido. Ortega subraya que la mediación profética responde a necesidades cotidianas del pueblo ante poderes injustos. Por ello desconfía del lenguaje pastoral que se refugia en un acompañamiento genérico sin asumir compromisos concretos. Insiste que la proclamación de la Palabra incluye acción decisiva para traer vida y esperanza. 

Esta exigencia converge con la eclesiología mateana: una Iglesia llamada a continuar la praxis de Jesús, denunciando la opresión en lugar de encerrarse en su autopreservación. Chris Fergusson y Ortega describen la diaconía ecuménica como transformadora y profética, abosrdando las causas fundamentales de la injusticia y empoderando a las comunidades mientras se atiende el sufrimiento inmediato. 

Pensar Cuba desde esta óptica significa que la misión de la Iglesia no es pronunciar juicios desde agendas externas, sino leer los signos de los tiempos junto al pueblo, identificar los mecanismos —externos e internos— que estrangulan su vida cotidiana y participar en las luchas por una vida digna sin convertirse en vocera de ningún proyecto hegemónico. Jon Sobrino ayuda a nombrar el trasfondo estructural al sostener que la relación Norte-Sur ha sido un acto de depredación que dejó a los pueblos en condición de “pueblo crucificado”. Hoy, esto describe un mundo donde la acumulación del Norte convierte a la mayor parte de la población en “sobrante” e invisible

Ese diagnóstico nombra una lógica.que opera cuando se aceptan como normales las políticas que niegan el mínimo de vida justa y digna. Sin embargo, Sobrino también habla de “gracia estructural”: la capacidad de los pueblos crucificados de ofrecer esperanza. En la resistencia creativa y la solidaridad desde abajo, hay una reserva de gracia capaz de humanizar al espectador indiferente.

Desde aquí, la autodeterminación de los pueblos adquiere densidad teológica. En la Escritura, los pueblos son sujetos ante Dios, no objetos de ingeniería ajena. Arce advierte que no existe liberación individual real, fuera de un proceso de liberación social: “O nos liberamos todos o no se libera nadie”. La singularidad, dice, no dispone en sí misma de recursos para la liberación integral; cuando se absolutiza, genera una teología “esencialmente burguesa” que convierte la fe en refugio individual frente a los procesos históricos. Leído desde el Reino y desde esta crítica, se cuestionan tanto las lógicas externas que buscan rediseñar la historia de un pueblo mediante presiones, bloqueos o estrangulamientos, como las dinámicas internas que sofocan la voz ciudadana en nombre de la unidad, la seguridad o la pureza ideológica. El discernimiento cristocéntrico desplaza el eje de la discusión: en lugar de preguntar quién gana entre capitalismo y comunismo, imperio y revolución, nos obliga a preguntar qué vidas son cuidadas y cuáles descartadas, quién soporta el costo humano de las decisiones y de qué manera la Iglesia se sitúa respecto a esos cuerpos vulnerados.

Mirarnos al espejo de los discursos de Jesús significa reconocer también los riesgos que amenazan hoy la voz eclesial. De un lado, el riesgo de guardar distancia ante el sufrimiento prolongado del pueblo cubano en nombre de una neutralidad que, en la práctica, se convierte en omisión ética. Del otro, el riesgo de la captura cuando dejamos que la Iglesia sea absorbida por narrativas estatales o imperiales, de izquierda o de derecha, y convierta el lenguaje del Reino en legitimación religiosa de proyectos históricos cerrados. Entre esos dos extremos se abre el camino más exigente: una Iglesia que se coloca junto a los crucificados de la historia, discierne a la luz del Reino, denuncia el pecado estructural venga de donde venga y se deja evangelizar por la gracia estructural que brota de la resistencia y la esperanza del pueblo.

Clamar por la vida del pueblo cubano, en este horizonte, no es tomar bando ideológico, sino asumir la exigencia cristológica de una justicia que no sacrifica cuerpos en nombre de ninguna causa y que se atreve a articular, en clave caribeña, una teología pública al servicio de la vida. Allí donde la vida es estrangulada, la fe no puede permanecer muda. Y allí donde la Iglesia se mira honestamente, descubre que su fidelidad no se juega en consignas, sino en la manera concreta en que cuida, acompaña y defiende la vida de aquellos a quienes el Reino llama “bienaventurados”.

Teología pública y orden mundial: un nuevo Génesis en marcha

Por Diego Ramos

Nadie duda de, que en estos tiempos geo políticos todas las seguridades se han caído. No existen garantías del orden jurídico internacional, no solo desde el secuestro de Nicolas Maduro, sino también desde la fuerte intención que Donald Trump tiene en romper con la OTAN, violar toda estructura jurídica y principios internacionales que mantenían una cierta estabilidad necesaria para construir la paz.   

Crear el escenario de la inexistencia de las seguridades es necesario, no para forjar un nuevo orden mundial, sino alago mucho más complejo y novedoso: la creación de un nuevo mundo- el Génesis- del “dios del norte” que viene, no solo a contradecir el sentido de la creación de Yahvé Dios, sino a remplazarlo. La nueva creación impone  un diseño de destrucción y deshumanización, oponiéndose a los primeros capítulos del libro del Génisis que relata como Dios en medio de la creación otorga la responsabilidad al hombre de gobernar “hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza; y que le estén sometidos los peces del mar y las aves del cielo, el ganando, y todas las fieras de la tierra…”

Lo religioso-teológico en el Génesis geo político del “dios del norte” es de carácter impugnador sobre el sentido civilizatorio de la creación. Su diseño no contempla el gobierno del hombre civilizante, ha decidido que las fieras tomen el control, que cada acto de  ferocidad sea una sentencia que indique que  la lucha por la civilización-humanización de la historia ha fracasado. La ferocidad es una reacción animal capaz de devorar, destruir, incluso comerse las tripas de sus presas. Si Trump propone su propia creación, entonces es necesario reconocer y anteponer el mandato de Dios hacia el hombre de  someter a las fieras como un hecho político, de una gobernanza teológica, de hecho, la civilización en el proceso de la historia como parte del diseño de la creación ha consistido en el intento de someter la ferocidad a la política, es decir, el caos al lenguaje, al diálogo.   

El imperio del “dios del norte” está desesperado, siente que ha perdido la hegemonía en la guerra comercial con China y necesita, como todo imperio, nutrirse de las periferias, destripando los recursos naturales, saqueando todo lo que requiere con el objetivo de mantener dicha hegemonía. Trump viene con un nuevo Génesis destructivo, God Bless the U.S.A Bible o la Biblia Trump, como la señalan algunos fue utilizada como símbolo político y cultural dentro de la campaña electoral 2024, pero significa mucho más que un título devocional, es una operación simbólica, política y teológica a la vez.    

Hay una disputa teológica pública entre Trump (que cree ser dios o al menos siente que es su vocero aquí en la tierra) y Jesús de Nazaret. Frente al diseño geo político teológico destructivo del “dios del norte”, la multiplicación de los panes, que narran los Evangelios en la Biblia, representa la experiencia de teología pública hecha por Jesús en Tiberíades, llamada así justamente en honor al emperador romano Tiberius creado por Herodes. Fue en el mismo corazón del imperio, en la ciudad que honra al emperador y simboliza las políticas imperiales de saqueo, expropiación de tierras, cobro de impuestos, hambre y miseria donde Jesús decide organizar al pueblo en grupos de a cincuenta y de a cien.

Tiberíades no es un dato neutro, es lugar del orden del imperio, del poder como dominación. Frente al hambre, como hecho político, Jesús lo resuelve del mismo modo, como un hecho político. Una teología pública que encuentra las mediaciones en medio de la gente para alimentar al pueblo: “aquí hay un joven que tiene pescado y otro que tiene pan”. Una teología pública que no bendice Tiberíades, por el contrario, rechaza al imperio y sus políticas. Una teología pública que construye desde las periferias, desde la exterioridad 

Pensar desde la exterioridad significa mirar la realidad desde la vida negada, no desde las instituciones que la administran. En América Latina, la exterioridad no es una idea, consiste en los pueblos empobrecidos, los cuerpos descartados, las mayorías excluídas del sistema económico y político, detrás de la ferocidad imperial. No están “afuera” por accidente, sino expulsados estructuralmente.

“Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña”, finaliza el texto de la multiplicación de los panes en el Evangelio de San Juan. El nazareno no acepta la matriz colonial-imperial de dominación y destrucción, la rechaza, la detesta y la combate. Las teologías públicas están puestas sobre la mesa, el interrogante teológico político no es inocente, como tampoco es inocente su respuesta: ¿qué teología hay detrás de nuestras prácticas y discursos políticos y eclesiales?, ¿a quién bendice, a Tiberíades o a Jesús de Nazaret? 

Donald Trump y sus socios proponen mucho más que un nuevo orden, han desatado la furia de una “nueva creación” donde dominan las bestias. Su teología pública es de destrucción. La multiplicación de los panes en el corazón del imperio es, en cambio, la teología pública humanizaste, que no se resigna a pensar que la historia por la civilización ha fracasado.

 

¿Nuevo Orden Mundial o nuevo ídolo? Miedo, poder y esperanza cristiana

Por Eliezer Burgos Rosado

Durante décadas, amplios sectores del cristianismo evangélico radical construyeron su discurso escatológico alrededor del miedo al llamado “Nuevo Orden Mundial”. Desde púlpitos, programas religiosos y literatura popular, se presentó toda reconfiguración del poder global como amenaza espiritual, señal del anticristo y antesala del fin de los tiempos. Ese relato formó una espiritualidad de sospecha y ansiedad, más atenta a detectar enemigos que a discernir los signos del Reino.

Hoy, ese mismo imaginario vive una mutación reveladora. Los sectores que ayer denunciaban el orden global celebran ahora una nueva configuración del poder cuando ésta se articula desde liderazgos que prometen restaurar identidad, control y privilegio. En torno a la figura de Donald Trump, muchos han pasado del rechazo apocalíptico a la aclamación entusiasta. El giro exige una lectura teológica, porque el cambio de postura revela una lógica más profunda.

El elemento común en ambas posturas es el miedo. Ayer, miedo a un mundo que cambiaba. Hoy, miedo a perder lugar, influencia y seguridad cultural. El miedo se convirtió en motor espiritual y criterio político. Cuando el miedo guía la fe, la escatología se degrada en refugio ideológico y el poder adquiere un brillo “sagrado”. Así, lo que se denunció como amenaza se celebra como salvación, siempre que prometa protección.

Desde una perspectiva de teología pública, este fenómeno expone un problema de fondo: la escatología deja de ser horizonte de esperanza y se vuelve tecnología de control emocional. En lugar de despertar responsabilidad histórica, produce alineamientos acríticos con proyectos de poder que reclaman obediencia absoluta. En ese punto la fe pierde filo profético y adopta un lenguaje de trinchera. Y cuando la iglesia vive en trinchera, termina adorando lo que juró confrontar.

Aquí, la teología de la esperanza de Jürgen Moltmann ofrece una corrección decisiva. La esperanza cristiana no funciona como sedante; opera como despertador. El futuro de Dios irrumpe en el presente como promesa que moviliza, consuela y transforma. La escatología, iluminada por la resurrección, ensancha el ahora y orienta la acción. La iglesia vive hacia adelante con los pies en la historia y el corazón en las promesas. La esperanza se vuelve fuerza pública que se organiza, que sirve y que sostiene.

A esta visión se suma con especial claridad la cristología de Jon Sobrino. Su reflexión devuelve a la escatología un rostro concreto: el Cristo presente en los pueblos crucificados. La esperanza cristiana se reconoce donde la fe se deja afectar por el sufrimiento real y opta por la vida amenazada. Desde Sobrino, esperar a Cristo implica seguir a Jesús en la historia, acompañando a las víctimas, desenmascarando ídolos y humanizando la realidad. La escatología se vuelve compasión activa y fidelidad encarnada.

Esta clave cristológica ilumina la contradicción actual. Cuando sectores cristianos celebran un orden sostenido por la exclusión, la humillación del adversario y la sacralización de un líder, revelan un desplazamiento del centro: la esperanza deja de mirar al Crucificado-resucitado y se aferra a un “salvador” político. Ahí el miedo ocupa el lugar de la fe y el poder desplaza al Reino como horizonte último. Esa sustitución siempre trae un costo: se pierde la ternura del evangelio, se apaga la misericordia, se endurece el corazón.

El evangelio propone otro camino. Jesús pronuncia palabras de consuelo en medio de la incertidumbre: “No se turbe vuestro corazón” (Jn 14,1). Esa palabra sostiene sin adormecer. Fortalece sin encerrar. Levanta sin crear enemigos imaginarios. La escatología de Jesús prepara comunidades capaces de amar en tiempos difíciles, de resistir el mal con el bien y de caminar hacia el futuro con manos abiertas. La esperanza cristiana genera presencia, cercanía y compromiso.

Cuando esta esperanza se toma en serio, la iglesia abandona la retórica del miedo y asume su vocación pública. Esperar a Cristo significa trabajar por la justicia, acompañar el dolor, denunciar lo que deshumaniza y servir con humildad. Cada gesto de misericordia anticipa el Reino. Cada acto de solidaridad proclama que el futuro de Dios ya está en marcha. La fe se vuelve visible: se oye en la oración, se ve en el servicio, se toca en la solidaridad, se reconoce en la defensa de la dignidad.

La tarea de la iglesia hoy consiste en dar razones de la esperanza que la habita (1 Pe 3,15). Razones encarnadas, creíbles y profundamente humanas. Frente a discursos que anuncian ruina para justificar el poder, la fe cristiana encarna una esperanza que transforma la historia desde abajo. Frente al miedo que paraliza o se disfraza de celo religioso, la esperanza cristiana libera y envía.

Por eso, la comunidad de fe espera sin ansiedad y camina con valentía. Espera al que viene y lo reconoce en quienes sufren. Espera al Cristo vivo y lo sigue en el servicio. Espera activamente, con los pies en camino y las manos abiertas. En esa espera, el miedo pierde su poder y los ídolos quedan al descubierto. Porque cuando la esperanza escatológica se vuelve ética pública, el futuro deja de ser amenaza y se convierte en promesa compartida.

Influencias interreligiosas en la teología antiguerra y ética de Martin Luther King Jr. 

Por Frederick Xavier Rodríguez-Castro

Cada mes de enero, Estados Unidos y Puerto Rico conmemoran el legado de Martin Luther King Jr., una figura cuya lucha no estaba representada exclusivamente por la justicia racial, que, sin duda alguna, continúa interpelando a nuestras sociedades. Su lucha, en términos de religión, fue inter-confesional e interreligiosa. Inter-confesional a causa de la opinión de obispos que levantaron su voz en contra de su quehacer profético. Inter-religiosa, porque en su trayecto encontró mayores ejemplos de justicia y amor al prójimo en diálogo con otras fes. Consecuencia propia de cuando el sufijo “–ismo” de toda religión (cristian-ismo), abandona la ética y la fe hacia el prójimo para convertirse en un movimiento. Antes de sus luchas, como parte de su formación académica, mostraba interés por las influencias de las religiones sobre el cristianismo. A esto se suma, la reconocida influencia que tuvo el hinduismo, a través de la figura de Mahatma Gandhi, el budismo zen en la figura del moje Thich Nhat Hanh y del judaísmo, con su colega Abraham Joshua Heschel. King habitaba en un contexto marcado por la persecución de migrantes, color de piel y personas no cristianas. Su relación con personas de otras religiones, de quienes adoptó enseñanzas, modeló profundamente su comprensión de la justicia, la no violencia y del prójimo. Sin duda alguna, podemos afirmar que, en su teología, existían diálogos interreligiosos. 

Influencias interreligiosas

Aunque fue un pastor cristiano, su ética pública trascendió los límites confesionales. Como bien destaca el Centro King en Atlanta, Georgia, existe una sección dedicada a Mahatma Gandhi. Lo que evidencia una influencia relevante no solo en su teoría de la no violencia contra la violencia, también en la práctica de marchar, boicotear y afrontar cárcel sin derramar sangre. A pesar de que comentaristas políticos usan el contexto para afirmar una influencia de inspiración política, los estudios vigentes sobre la vida de Kings, afirman que fue un guía espiritual para su vida con réplicas muy prácticas en su caminar pastoral.

En 2008, la revista The Buddhist Review: Tricycle publicó un artículo de Charles Johnson. Explica cómo King adoptó el satyagraha (la fuerza de la verdad y la resistencia no violenta) como fundamento táctico de su lucha. El propio King lo expresó con claridad durante el boicot a los autobuses de Montgomery: “Cristo nos dio los objetivos y Mahatma Gandhi las tácticas.”

Asimismo, King compartía con el monje budista Thich Nhat Hanh, la convicción de que la no violencia no es solo una estrategia política, sino una disciplina espiritual. Estas influencias muestran que integró principios éticos provenientes de otras religiones, no para sustituir su fe cristiana, sino para encarnarla de manera radical.

Con relación a Abraham Joshua Heschel, recibió del judaísmo una comprensión del profetismo. No es un profetismo espiritual, es un profetismo encarnado histórico y práctico. Por lo que King comprendía que la lucha por los derechos civiles no solo era local y política, era teológica, dado que el silencio de los pastores ante la injusticia o la toma de posesión neutral era una blasfemia. En King, la lucha contra el racismo es una lucha contra el satanismo, equivalente a la humillación pública. Por lo que el racismo y la discriminación religiosa cobra un lenguaje de sinónimo de pecado y negación de la imagen de Dios.

King en sus estudios realizados en la Universidad de Stanford, identifica, a partir de diversas lecturas, la presencia de mitos paganos que sugieren una posible influencia pagana en el pensamiento de los primeros cristianos. Entre estos paralelismos se encuentran los cultos a Cibeles y Attis en Roma (concepción virginal, resurrección); al dios Adonis en Antioquía y Belén (descenso al inframundo y resurrección); a Osiris, Isis y Horus en Egipto (triada divina, ascensión y maternidad divina); y al dios Mitra en Persia, actual Irán (domingo como día sagrado, natividad, inmortalidad, mediador).

La crítica profética a las iglesias cristianas

En su célebre Carta desde la cárcel de Birmingham, dirigida a religiosos de Alabama, King lamenta que muchos pastores se opusieran a la lucha por los derechos civiles, quienes argumentaban que no era el momento. Fue señalado por “extremismos”, pero tal como haría Jesús, reconfiguró la acusación en la pregunta ¿qué tipo de extremismo seremos? Si del odio o del amor. En la carta se atribuye a las congregaciones estar a favor de la opinión pública, pues se comprende que puede ser manipulada e incluso no tener la razón o la verdad con ella.

La fe, de acuerdo con King, transforma las injusticias de la sociedad. Es por ello que pensando en principios tomistas, ilustra a los pastores en que las leyes por responder a marcos legales, no necesariamente son justas si menoscaban al prójimo. Esta postura revelaba una incapacidad de leer los “signos de los tiempos” y de comprender la historia como un lugar teológico donde Dios actúa. La respuesta cristiana debía ser combatir la violencia con no violencia, las leyes injustas con desobediencia civil, y el odio con amor.

El Buen Samaritano como descolonización teológica

En su libro La fuerza de amar, King ofrece un comentario sobre Lc 10,29 y la parábola del Buen Samaritano. En su sermón “Ser un buen prójimo”, King descoloniza el pensamiento social y teológico cristiano. Afirma que el prójimo no es un concepto exclusivo del cristianismo, sino un principio de altruismo (1999, pp.32- 35). Para King, el samaritano no representa simplemente a un hermano de otra raza; representa a alguien de otra religión y otra nacionalidad. Esta lectura rompe con cualquier intento de reducir el amor al prójimo a un círculo identitario nacional o confesional. No hay nada peor que la segregación y la discriminación, estas trascienden el plano social.  

Al igual que en los tiempos de Jesús, la religión; la del centurión romano (culto al césar y politeísmo), de la mujer sirofenicia (divinidades semíticas) y de los samaritanos (yahvismo), no fue un obstáculo para negar el amor al prójimo.  El odio entre religiones no tiene justificación moral. La moralidad, dice King, no puede dibujarse en forma de ley, porque su raíz es más profunda: es la dignidad humana.

Para King el mandamiento “no matarás” implicaba no matar a blancos, pero sí a negros. Él tenía plena conciencia de su contexto étnico, social, teológico y religioso: “si el blanco solo se preocupa por su propio color y no por el negro, el empresario por su empresa y no por los trabajadores y… no por los pobres, significa que existe un provincialismo” (1999, p.33). La pregunta que surge es inevitable: Si un cristiano solo se preocupa por los cristianos, ¿no traiciona el corazón mismo del Evangelio? Para King, la respuesta es clara: el amor al prójimo no conoce fronteras religiosas, raciales ni nacionales.

Conclusión

La vida y el pensamiento de King revelan que la justicia no puede construirse desde la superioridad moral religiosa. Su apertura hacia otras tradiciones espirituales demuestra que la verdad ética es más amplia que cualquier confesión particular. Tanto su identidad cristiana, como el diálogo interreligioso y sus lecturas sobre las religiones, no representaron un obstáculo, ya que no entendía dichas tradiciones como desviaciones de una revelación única, sino como expresiones históricas y culturales de la búsqueda de lo divino. De hecho, afirma que si no fuera por las religiones que precedieron al cristianismo, difícilmente el cristianismo pudiera haber existido tal como lo conocemos hoy. 

El aprendizaje interreligioso se convirtió en una vía de discernimiento teológico, particularmente en diálogo con comunidades marginales. Es fruto de su praxis pastoral y de su comprensión teológica y existencial de las Escrituras. Con criterio ético del amor y la justicia, no de doctrinas. Dios, desde esta comprensión, no ama de manera exclusiva ni selectiva; no se limita a una etnia, cultura o confesión religiosa. Trasciende los límites visibles del cristianismo y se manifiesta en la doctrina imago Dei: todo ser humano, independientemente de su pertenencia religiosa, participa de la imagen y semejanza de Dios. 

En efecto existe en nuestros tiempos una religión mucho más avanzada que el “cristian-ismo”, es una religión que se pronuncia con la práctica de la ética, contiene un solo dogma y doctrina, un solo lugar teológico, y un solo contenido; amar al prójimo, como a ti mismo.

Frederick Xavier Rodríguez-Castro es investigador, historiador y teólogo puertorriqueño. Candidato a doctorado en Teología en la Universidad Interamericana de Puerto Rico.