WAR WITH IRAN IS NOT STRENGTH ;  IT IS THE ILLUSION OF POWER

36 days ago Donald Trump decided to bomb Iran in support of Israel, furthering a pattern of expansion in the Middle East. By acting unilaterally and bypassing congressional approval, he has embroiled the nation in a conflict characterized by destruction and control. This approach neglects a fundamental truth: genuine leadership in a democracy is defined not by domination, but by service and the valuing of human life.

The ongoing escalation involving Iran, led by the United States and Israel, raises urgent moral, theological, and political questions. Beyond national security rhetoric, deeper concerns persist, including economic interests, political calculations, and the pursuit of regional influence. Military strength, regardless of its sophistication, does not confer moral legitimacy to endanger entire populations.

When bombs target schools and children, society must confront a painful reality: the erosion of what is sacred. Within the Christian tradition, protecting life, especially that of children, is a core value. When this principle is violated, the failure extends beyond policy; it constitutes a profound failure of conscience.

Each day, global headlines are saturated with fear, threats, and destructive rhetoric. Political figures openly discuss annihilation, treating such language as a strategic tool. However, threatening the eradication of entire nations does not demonstrate strength; it signifies moral collapse. No national interest can justify terror or mass death. Just hearing it should make us tremble!

Meanwhile, those in power remain largely insulated from the consequences of their decisions. Choices about war are made far from the lives they affect, while civilians, families, children, and entire communities bear the burden. In territories like Gaza, Lebanon, and Iran, millions endure uncertainty and struggle to survive. Will the victims get justice for what Israel and the United States are doing?

Simultaneously, unresolved corruption and abuse of power among elites continue to damage public trust. Epstein Files show the monstrous nature of man in power, sexual abuse of minors, among other atrocities, remains covered, and victims are waiting for justice. When truth is obscured and accountability is evaded, a larger moral crisis emerges, influencing foreign policy decisions. A government unable to address injustice domestically cannot credibly advocate for justice internationally.

This situation prompts a necessary question: Are calls to war distracting from deeper issues? If so, the problem is not just political; it is fundamentally ethical. Leadership driven by fear, ego, and deflection conflicts with the democratic values the United States claims to uphold. especially when pastors and evangelical religious leaders like Franklin Graham pray in daylight and on television to support Donald Trump instead of opposing him on his actions. 

Threatening the destruction of Iran and the deaths of millions does not constitute a strategy; it represents the rhetoric of catastrophe. No leader possesses the moral authority to determine the fate of entire populations. Such actions do not exemplify leadership; they reflect a dangerous distortion of power.

From a faith perspective, the message is unequivocal: God does not endorse unjust violence. War cannot be justified as an instrument of control. The destruction of human life is never acceptable.

This perspective also challenges communities within the United States that have supported violence under the guise of religious justification. No sincere interpretation of sacred texts supports terror, suffering, or the elimination of others. Invoking God to defend violence is not an act of faith; it is hypocrisy.

It must be acknowledged that bombing does not bring liberation; it is an exercise of control. When power is used at the expense of human life, it loses legitimacy.

It is time to reject leadership motivated by ego, corruption, and fear. Donald Trump must be scrutinized, questioned, and held accountable for his actions.

Across the country, voices are rising: “No Kings,” “No more endless wars,” and “Not in our name.” These statements do not indicate weakness; they represent expressions of democratic responsibility.

True strength is not measured by military force, but by the courage to protect life, uphold justice, and choose restraint over destruction.

La guerra contra Irán no es poder; es delirio de poder

Los líderes políticos elegidos para gobernar y servir a sus pueblos actúan hoy como si fueran intocables, como dioses con pies de barro. Han olvidado que la autoridad no es dominio, sino responsabilidad ante la vida humana y, desde una mirada teológica, ante Dios.

El ataque a Irán por parte de Estados Unidos e Israel, prolongado durante 36 días, no solo busca sembrar el terror, sino que también plantea serias preguntas sobre intereses económicos, corrupción y expansión de poder. Se actúa como si la ley ya no existiera, como si la superioridad militar, especialmente el poder nuclear, pudiera justificar cualquier acción, incluso aquellas que ponen en riesgo la vida de poblaciones enteras.

Cuando la violencia se manifiesta en bombardeos dirigidos a escuelas, alcanzando a niñas y niños, queda al descubierto una verdad espiritual profunda: se ha perdido el sentido de lo sagrado de la vida. La infancia, que debería ser signo de esperanza y protección, es vulnerada de la forma más extrema. Quienes ordenan estos actos han endurecido su corazón, alejándose de toda conciencia moral. Donde la vida deja de ser valorada, desaparece el respeto; donde no hay respeto, la ley pierde su fundamento; y donde la ley se vacía de humanidad, la justicia deja de existir.

Cada día, las noticias traen miedo, amenazas y destrucción. Sin respuestas claras, la incertidumbre crece. Donald Trump y Benjamin Netanyahu hablan de aniquilación y destrucción de naciones enteras. Pero ninguna causa puede justificar el terror ni la amenaza de exterminio. Desde la fe, toda vida es imagen de Dios, y destruirla deliberadamente es una negación directa de esa verdad.

Vemos en las noticias acusaciones, corrupción y abuso de poder; sin embargo, quienes toman decisiones sobre la vida y la muerte continúan en sus posiciones sin ser cuestionados. Mientras tanto, la población civil paga el precio. Desde Gaza y Líbano hasta Irán, millones de personas viven con miedo de ser asesinados, de tener que comer, de encontrar un lugar seguro, luchando simplemente por existir.

También es imposible, aunque han tratado por meses ignorar el contexto de los archivos vinculados a Jeffrey Epstein, que han expuesto redes de abuso sexual por lideres políticos, empresarios y gente de poder son profundamente perturbadoras. La falta de transparencia y las dudas que rodean a figuras de poder generan una crisis moral que no puede separarse de lo que viene pasando en este momento. Cuando la verdad se oculta, la injusticia no tiene límites.

En este contexto, surge una pregunta inquietante: ¿son los discursos de guerra también una forma de distracción? Si esto es así, no solo estamos ante decisiones peligrosas, sino ante una evasión moral. Una política basada en el ego, el miedo y la negación es incompatible con cualquier ética y moral sobre la vida.

Lo que hizo Donald Trump de amenazar con destruir a Iran y asesinar a millones de iraníes no es estrategia: es genocidio en potencia. Es inaceptable que un líder político se coloque en el lugar de Dios, decidiendo sobre la vida y muerte de pueblos enteros.

Desde la fe, esto debe decirse con claridad: Dios no respalda la violencia injusta. Dios no legitima la guerra como instrumento de dominación. La tradición espiritual, incluyendo voces recientes dentro de la Iglesia— ha insistido en que no hay justificación moral para la destrucción indiscriminada de vidas humanas.

Esto también interpela a las comunidades de fe que han apoyado acciones violentas de Israel y Estados Unidos bajo interpretaciones erróneas de la Biblia. Pero ninguna lectura auténtica de la Biblia puede justificar el sufrimiento, el terror o el exterminio de otros pueblos. Apoyar la violencia en nombre de Dios es, en sí mismo, una contradicción espiritual.

No se bombardea para liberar; se bombardea para dominar. Estas acciones, disfrazadas de discursos de “liberación”, revelan intereses de poder. Y ese poder humano, cuando se impone sobre la vida, no proviene de Dios, sino que se opone a su voluntad.

Es momento de decir basta a los gobiernos egocéntricos y corruptos. Basta al uso del miedo como herramienta política.

Sin embargo, los pueblos están despertando. En Estados Unidos se alzan voces que dicen: “Aquí no hay reyes”,”alto a la guerra.”En Israel, miles de personas protestan en las calles pidiendo terminar la guerra. La pregunta es: ¿escucharán los líderes a sus propios pueblos?

Hoy más que nunca, se hace necesario un acto de conciencia colectiva. Porque el verdadero poder no está en la destrucción masiva, sino en la defensa y sostenimiento de la vida.

“Líderes que abusan: el silencio termina aquí”

Cuando las mujeres que lideran se enfrentan a temas de abuso, se nos exige un paso más: más valentía, más coherencia, más honestidad. No basta con liderar; se espera que encarnemos una ética que muchas veces el mundo no exige a los hombres. Reflexionar sobre el abuso de poder no es solo enfrentar un dilema moral individual; es tocar una herida colectiva que atraviesa cuerpos, comunidades y memorias ancestrales. Hablar, denunciar y recordar no traiciona la historia: la sana. Pero ese proceso, lo sabemos, puede tomar años, incluso décadas.

Hoy escribo con el corazón adolorido. Escribo desde la historia de Dolores Huerta, una mujer ícono de la lucha campesina en los Estados Unidos, quien a sus casi 96 años ha decidido hablar y denunciar a su abusador el líder del movimiento campesino chicano Cesar Chávez. Entre dolor y fortaleza, nos muestra que siempre es posible rectificar la historia. No hay edad para traer la verdad a la luz.

Cuando mujeres como Dolores alzan la voz tras décadas de silencio, no lo hacen desde la fragilidad, sino desde una sabiduría profunda, tejida con el tiempo. Su testimonio revela algo que muchas comunidades indígenas han aprendido a lo largo de generaciones: el silencio prolongado no es olvido, es una forma de resistir y sobrevivir. Y cuando ese silencio finalmente se rompe, no solo libera a quien habla, sino que abre camino para que otras también encuentren su voz.

El caso de Cesar Chávez, visto desde esta perspectiva, no representa únicamente la caída de un líder que durante décadas inspiró a generaciones en la lucha sindical en Estados Unidos y cuyo legado fue reconocido en escuelas, calles e incluso en una conmemoración pública que recientemente ha sido replanteada como el “día del campesino”. Estas acusaciones no surgen, como algunos sugieren, por conveniencia o en momentos políticos específicos; surgen cuando las víctimas encuentran la fuerza para hablar.

Existen testimonios de otras dos mujeres que afirman haber sido abusadas cuando tenían apenas 13 y 15 años. En el caso de Dolores Huerta, ella ha relatado haber sido violada en dos ocasiones, quedando embarazada ambas veces. Durante años, el abuso permaneció en silencio; las víctimas ni siquiera sabían unas de otras hasta ahora. Ante esto, muchos preguntan: ¿por qué callaron tanto tiempo? Pero esa no es la pregunta correcta. El silencio no necesita justificación; es, muchas veces, una forma de sobrevivir.

Lo que tenemos hoy es la revelación de un abusador que murió sin haber enfrentado la justicia ( Chavez falleció a los 66 años en 1993). Y esto nos deja una tarea urgente: examinar con honestidad cómo incluso los movimientos que nacen buscando justicia social pueden reproducir dinámicas de opresión. Nos confronta con una verdad incómoda pero necesaria: el poder, si no es cuestionado y transformado, tiende a repetir las mismas violencias que dice combatir.

Y esta no es una realidad aislada. Los archivos en torno a Jeffrey Epstein y las múltiples acusaciones públicas que han rodeado a Donald Trump, Gates, Clinton entre otros millonarios y politicos nos confrontan con una cultura donde hombres poderosos han tratado y siguen tratando a las mujeres como objetos sexuales. Surge entonces una pregunta dolorosa, casi desesperada: ¿es posible un liderazgo masculino que no esté marcado por el abuso? La respuesta no puede ser la resignación, pero sí debe ser una llamada urgente a la transformación.

Cuando el liderazgo brota desde las raíces de comunidades empobrecidas y marginadas, la autoridad debería entenderse como servicio, no como dominio. Liderar es cuidar, es sostener la vida, es honrar la dignidad de los demás. Cuando un hombre en posición de poder reduce a una mujer a objeto, no solo rompe una norma ética: quiebra el equilibrio mismo de la vida. El abuso no es un error privado; es una fractura espiritual que resuena en toda la comunidad.

La Biblia también nos ofrece claves para entender esto. La historia de Betsabé no es solo la caída de un rey, sino el relato de una mujer silenciada, cuyo cuerpo fue tomado y violada por David. Tradicionalmente se ha puesto el énfasis en el arrepentimiento del Rey David, pero desde una teología encarnada en la experiencia de las mujeres surge otra pregunta: ¿quién escucha el dolor de Betsabé? ¿Quién nombra su historia?

Dios, en la tradición bíblica, escucha el clamor de los oprimidos. Así como escuchó el llanto de un pueblo esclavizado, el dolor de Hagar en el desierto, escucha hoy el llanto de cada mujer silenciada. Denunciar, entonces, no es solo un acto legal o social; es un acto profundamente espiritual. Es afirmar: “Tu justicia, Dios, vale más que el prestigio de cualquier hombre”.

Las mujeres hemos soportado siglos de sistemas que han violado y silenciado nuestras voces, incluso dentro de movimientos que prometían liberación. Por eso, hoy más que nunca, necesitamos una teología que recupere el cuerpo como espacio sagrado.

La teología decolonial y mujerista nos recuerda algo esencial: el cuerpo no es un objeto, es tierra viva. Así como la tierra no debe ser explotada, el cuerpo humano tampoco. Ambas realidades están profundamente conectadas. El abuso sexual no es solo violencia contra una persona; es una herida infligida a toda la creación.

¿Qué piensa Dios de esto? Dios no es indiferente. Dios está en el llanto de la mujer, en la memoria de las abuelas, en la resistencia de quienes se niegan a seguir callando. Dios no legitima el poder abusivo, aunque esté cubierto de prestigio o historia. Dios lo desenmascara.

Pero también hay una palabra para nosotras como comunidad. No basta con señalar a individuos; necesitamos transformar las estructuras que los sostienen. Las comunidades de fe, los movimientos sociales, las organizaciones están llamadas a aprender a escuchar de verdad. Escuchar no para juzgar ni para proteger reputaciones, sino para acompañar procesos de sanación.

Como teóloga, afirmo que denunciar no es solo un acto de justicia ni únicamente la búsqueda de castigo para el abusador; es, sobre todo, un camino hacia la restauración del equilibrio, hacia la sanación profunda, hacia la verdad que libera. Sin embargo, esa restauración solo puede comenzar cuando la verdad es nombrada. No puede existir armonía donde el dolor permanece oculto.

Y a quienes sienten rabia, dolor, indignación: esos sentimientos son válidos. Duele pensar que tantos abusos no fueron detenidos a tiempo. Duele reconocer que muchas mujeres vivieron en silencio mientras sus agresores eran celebrados públicamente. Pero también estamos en un momento donde la memoria puede ser restaurada, donde la verdad puede corregir la historia.

Dolores Huerta, a sus casi 96 años, nos ha enseñado algo profundamente esperanzador: nunca es tarde para decir lo que nos sucedió y ser libres.

Si nosotras, como mujeres, creemos a las víctimas, si acompañamos sus procesos y les damos voz, entonces sí es posible comenzar a liberarnos de esta carga tan pesada que duele y angustia. Denunciar no es destruir; ¡es abrir camino y buscar justicia!

Political Theology and Spiritualities Network

Decolonial. Comunal. Prophetic.

The Political Theology and Spiritualities Network was established at the beginning of 2025 with a commitment to fostering dialogue, critical reflection, and collective efforts. Its aim is to strengthen theological, political, and decolonial thought grounded in the territories, ancestral knowledge, and the resistance of Native peoples of Abya Yala.

Our network serves as a meeting space for theologians, wisdom people for communities, faith leaders, committed to critical reflection on the relationships among spirituality, politics, and community life. We seek to promote a theology that is not constructed from colonial logics or from perspectives imposed by Western centers of power, but rather one that grows from the memories, spiritualities, and resistances of Indigenous peoples and communities across the continent.

Political theology, understood in this context, explores the connections between religious ideas and political practices, recognizing that spirituality has historically been a source of inspiration, resistance, and organization for communities. From our perspective, this reflection develops in dialogue with diverse disciplines, including native philosophy, decolonial approach, ethics, cultural studies, and critical theories, while remaining firmly grounded in the lived realities of the peoples of Abya Yala.

The network aims to serve as a space that integrates thought, formation, and action, connecting academics, community leaders, activists, popular educators, and others interested in advancing social transformation rooted in liberating spirituality. We maintain that theology should not remain confined to academia; it must engage with the struggles, aspirations, and practices of communities.

Guided by this conviction, we promote a political theology that is decolonial, communal, and prophetic. This approach seeks to amplify voices silenced by colonial history and to recognize the spiritual wisdom embedded in ancestral worldviews, communal practices, and ongoing struggles for justice and dignity.

As part of this process, in 2025, we organized the First Gathering of Political Theology and Spiritualities from Abya Yala, a space for exchange and collective construction that brought together more than 400 participants, including farmer leaders, human rights activists, defenders of the land, theologians, political scientists, and diverse voices committed to a community-based political theology.

We are currently launching the First Popular Education Course in Political Theology and Spirituality, which begins on May 8 and runs over eight consecutive Fridays until June 26, 2026 ( Time, 6:00 pm Puerto Rico). This educational process aims to strengthen critical reflection and communal discernment through the following themes:

  1. Abya Yala: Territory, Memory, and Spirituality
  2. Popular Spiritualities: Political and Liberating Pedagogies
  3. Theology of Politics or Politics of Theology? A Continental Perspective
  4. Decolonial Methodologies of Feeling, Caring, and Repairing
  5. Spirituality and Political Struggle from Abya Yala
  6. Digital Networks, Communication, and Political Spirituality
  7. Ancestral Spiritualities and Cosmologies
  8. Communal Discernment and Political Action

We invite all those interested in learning, reflecting, and building knowledge in the community to register and participate in this formative process. Follow the registration link HERE.

Please note that the course will be offered entirely in Spanish.

It is important to emphasize that although the course is offered free of charge, this does not diminish its value. The course represents the collective effort of the Network as organizers, the facilitators responsible for the eight sessions, and all participants who will contribute to making this formation process a space for communal growth.

The program will be led by the Peruvian theologian Yenny DelgadoArgentine theologian Claudio Ramírez, and political scientist Diego Ramos, who, together with other collaborators and members of the Network, are promoting this continental space for dialogue, formation, and collective action.

Red de Teología Política y Espiritualidades desde Abya Yala

La Red de Teología Política y Espiritualidades desde Abya Yala nace a inicios del 2025 con el compromiso de generar diálogo, reflexión crítica y esfuerzos colectivos para fortalecer un pensamiento teológico, político y educativo profundamente arraigado en los pueblos, territorios y saberes de Abya Yala.

Nuestra red surge como un espacio de encuentro entre personas comprometidas con la reflexión crítica sobre la relación entre la espiritualidad, la política y la vida comunitaria. Buscamos promover una teología que no se construya desde las lógicas coloniales ni desde las perspectivas impuestas por los centros de poder occidentales, sino desde las memorias, espiritualidades y resistencias de los pueblos originarios y de las comunidades del continente.

La teología política, entendida en este contexto, explora las conexiones entre las ideas religiosas y las prácticas políticas, reconociendo que la espiritualidad ha sido históricamente una fuente de inspiración, resistencia y organización para los pueblos. Desde nuestra perspectiva, esta reflexión se desarrolla en diálogo con diversas disciplinas como la filosofía, la ética, los estudios culturales, las ciencias sociales y las teorías críticas, pero siempre con un fuerte anclaje en la realidad concreta de los pueblos de Abya Yala.

La red busca funcionar como un espacio articulador de pensamiento, formación y acción, conectando académicos, líderes comunitarios, activistas, educadores populares y personas interesadas en construir caminos de transformación social desde una espiritualidad liberadora. Creemos que la teología no puede permanecer aislada en la academia, sino que debe dialogar con las luchas, esperanzas y prácticas de las comunidades.

Desde esta convicción, promovemos una teología política que es decolonial, comunitaria, y profética, que escuche las voces silenciadas por la historia colonial y que reconozca la sabiduría espiritual presente en las cosmovisiones ancestrales, en las prácticas comunitarias y en las luchas por la justicia y la dignidad.

Como parte de este proceso, en 2025 organizamos el Primer Encuentro de Teología Política y Espiritualidades desde Abya Yala, un espacio de intercambio y construcción colectiva que reunió mas de 400 participantes, líderes campesinos, activistas por los derechos humanos, protectores de la tierra, teólogas, teólogos, politólogos, diversas voces comprometidas por una Teología Política comunitaria.

Actualmente impulsamos el primer Curso de Formación Popular en Teología Política, que iniciará el 8 de mayo y se desarrollará durante ocho viernes consecutivos a las 6pm hora de Puerto Rico. Este proceso formativo busca fortalecer la reflexión crítica y el discernimiento comunitario a partir de los siguientes temas:

  1. Abya Yala: territorio, memoria y espiritualidad
  2. Espiritualidades populares: pedagogías políticas y liberadoras
  3. ¿Teología de la política o política de la teología?: perspectiva continental
  4. Metodologías decoloniales de sentir, cuidar y reparar
  5. Espiritualidad y lucha política desde Abya Yala
  6. Redes digitales, comunicación y espiritualidad política
  7. Espiritualidades ancestrales y cosmovisiones de la Tierra
  8. Discernimiento comunitario y acción política

Invitamos a todas las personas interesadas en aprender, reflexionar y construir conocimiento en comunidad a registrarse y participar en este proceso formativo sigue el enlace de inscripción AQUÍ

Es importante anotar que el curso se ofrece de manera gratuita, esto no implica que carezca de valor; representa el esfuerzo conjunto de la Red como organizadores, las y los facilitadores a cargo de los ocho encuentros, así como de ustedes, público participante, que haremos de este encuentro de formación un crecimiento comunitario.

El programa de formación será impartido y liderado por la teóloga peruana Yenny Delgado, el teólogo argentino Claudio Ramírez y el politólogo Diego Ramos, quienes, junto a otros colaboradores y miembros de la Red, impulsaran un espacio de diálogo, formación y acción continental.

Curso de Formación Popular en Teología Política desde Abya Yala

Por Yenny Delgado

En un contexto continental atravesado por profundas crisis sociales, políticas y ecológicas, la Red de Teología Política y Espiritualidades desde Abya Yala ha anunciado la apertura de su próximo curso de formación popular «Teología Política desde Abya Yala», una propuesta formativa que busca fortalecer nuestra historia, resistencias y compromisos de las comunidades de fe en nuestra Abya Yala.

La iniciativa, impulsada junto a la plataforma Abya Yala Soberana, está dirigida a teólogas, teólogos, activistas, estudiantes, comunidades de fe, defensoras y defensores de derechos humanos, militantes sociales y a todas las personas interesadas en la intersección entre espiritualidad y transformación política. El curso se desarrollará en modalidad virtual del 8 de mayo al 26 de junio, con encuentros semanales todos los viernes.

Para facilitar la participación en todo el continente, las sesiones se realizarán a las 4:00 PM hora de Guatemala, El Salvador y México; 5:00 PM en Colombia, Ecuador y Perú; 6:00 PM en Bolivia; y 7:00 PM en Argentina, Chile y Brasil.

El espacio formativo surge como respuesta a la necesidad urgente de descolonizar el pensamiento teológico y político tradicional, reconociendo que la fe y la espiritualidad no son dimensiones privadas o aisladas de la realidad social, sino fuerzas públicas capaces de cuestionar estructuras de poder y acompañar procesos de liberación. Desde esta perspectiva, el curso propone comprender la teología como herramienta de resistencia y discernimiento en tiempos marcados por el avance del neoliberalismo, el autoritarismo y la devastación ambiental.

Uno de los ejes centrales del programa es situar en el centro las experiencias de los pueblos originarios, y movimientos sociales de Abya Yala, reconociendo sus saberes ancestrales como fuentes vivas de reflexión teológica. La propuesta parte del territorio como lugar de enunciación, entendiendo que las espiritualidades que emergen desde la tierra, la memoria y la lucha cotidiana ofrecen claves fundamentales para imaginar alternativas al modelo hegemónico.

El curso contará con la participación de teólogas y teólogos comprometidos con la liberación, quienes abordarán temáticas como las teologías políticas y los territorios en lucha, las eco espiritualidades de la liberación, las metodologías de las teologías políticas, la relación entre inteligencia artificial y pensamiento teológico, así como las espiritualidades de la Tierra y el discernimiento para la liberación. También se promoverán diálogos interseccionales entre la teologías desde Abya Yala y las teologías de la liberación.

Las inscripciones ya se encuentran abiertas, y las personas interesadas pueden completar su registro a través del formulario oficial dispuesto por la organización. Con esta convocatoria, la Red de Teología Política y Espiritualidades desde Abya Yala reafirma su apuesta por una teología viva, situada y en diálogo con los pueblos, convencida de que la transformación política también pasa por la profundidad espiritual y el discernimiento colectivo.

Completa el formulario de inscripción aquí

Hoy hace mucha falta pasar por Damasco

Por Daniel Andrés Rivera Rosado

Hoy se sigue “respirando amenazas y muerte” contra la humanidad. La noción de lo que es vida está en cuestión. No por su diversidad, no por su riqueza, no por la importancia de estar unidos sino, porque el poder quiere dominar por encima de las oportunidades, el poder quiere cegar la luz para nuevos caminos, el poder quiere sentenciar la esperanza. 

La fuerza politiquera y militar, el uso de la religión y la fe cristiana como amuleto de guerra y sinónimo de falta de inteligencia, la explícita intención de redefinir la democracia, y los pasos a la esperanza ahogan. 

Tal como en la antesala de Damasco, se dan órdenes para aprisionar a mujeres y hombres que se encuentren en el Camino. Sin embargo, hoy esto ha llegado demasiado lejos. 

Pasar por Damasco no es un cambio de nombre; es vivir el poder liberador de la transformación total que Jesús ofrece a quienes viven anclados al mal. Un mal que, a los ojos de los populares, como religiosos, es justificado. Creo que esa justificación, como en la antesala a Damasco, es por miedo. ¿A eso nos llamó Jesús, al miedo? Pasar por Damasco no es querer cambiar; es una intervención divina total. 

Necesitamos que una luz del cielo nos rodee: luz de justicia, redención y paz. Necesitamos ser esa luz para tantas personas a las que hoy la orden de los poderes humanos es oprimir con la oscuridad. Ante tanto avance tecnológico, psicológico, educativo y empresarial, ¿la oscuridad sigue siendo una opción? El encuentro con la luz no es para alumbrar espectáculos mediáticos que tergiversan el dolor, la angustia y la amargura la cual se está convirtiendo en la orden del día. El encuentro con la luz es la posibilidad de vivir, caminar y estar en paz. No, no, la luz no es una utopía; es posible irrumpir en las estructuras. El detalle está en reconocer que la luz no es nuestra; la luz es un artefacto divino. Su divinidad no estriba en dominio sino en inclusión, por tanto, es vital esa luz. 

Necesitamos que la voz de Dios irrumpa en nuestra postura política, religiosa, legal, mental, emocional y espiritual, y nos confronte: “¿por qué me persigues?” Esta pregunta nos tiene que conmover igual que “¿Dónde está tu hermano?” (Gen. 4:9) y “¿Dónde están los que te acusaban?” (Jn. 8:10). Pasar por Damasco es dejar de perseguir y comenzar a reconstruir. La reconstrucción comienza con una tarea profunda de deconstrucción de quién manda y quién no, quién tiene poder y quién no, quién es bueno y quién no; la deconstrucción comienza recordando que todos y todas somos iguales. La deconstrucción de este camino a Damasco, como en la realidad de hoy, es que Jesús es quien hace la pregunta. Desde un punto de vista teológico, aquí se observa una acción kenótica, donde la divinidad busca entendimiento con relación a su creación. Aquí hay un punto de inflexión, Jesús está en el interés de entendernos, saber qué pasó, qué cambió, por qué y para qué. Jesús se hace preguntas de nuestra humanidad, así como nosotros de su divinidad. Esto nos ayuda a trascender que la igualdad no es un lujo o bastión político, es la fábrica de nuestra humanidad. Por tanto, es importante recobrar la visión de igualdad para profundizar en el sentido de justicia y ética, que no solo modifica, sino que transforma conductas, sentimientos personalistas y prejuicios generalizados. 

Todo lo que ha pasado en tan solo los primeros días de este 2026, todo lo que se lleva tramando e ideando, forma parte de una estructura del mal. Si fuera bueno, escucharías su voz: “Yo soy Jesús.” Sin embargo, la persecución globalizada ha fragmentado nuestra humanidad, eso no proviene de Jesús. 

Pasar por Damasco significa que, ante nuestra ceguera, del bando que sea, podamos reconocer que Jesús es el Señor, no hay otro. Y el Señorío de Jesucristo tiene implicaciones más fuertes que darte claridad sobre si perteneces a la religión “correcta”.”

Pasar por Damasco nos tiene que impulsar a ser o encontrados por Ananías. Creo que mucho se nos pierde cuando profundizamos en que no solo fue Saulo quien tuvo que abrir sus ojos, que en Damasco algo pasó; Ananías tuvo que trascender los prejuicios y recordar el lado del evangelio. Tenemos que recobrar el imponer las manos para que otros y otras recobren la vista. Manos para sanidad y no para vanidad, manos para construir y no para destruir, manos para estar y no aprovecharse. Ser Ananías es un desafío, pero hay escamas que deben caerse hoy.

Al final, la historia de Damasco no se trató de Saulo; se trataba de Jesús. Hoy lo que necesitamos es que el camino del Mundo se vuelva a tratar de Jesús. 

Daniel Andrés Rivera Rosado educador, autor y ministro ordenado de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en Puerto Rico. Actualmente es candidato doctoral en Educación de la University of Arizona Global campus.

Ser Mamá y Teóloga en Abya Yala

La historia de mi maternidad no empieza con mi embarazo, ni únicamente con la transformación física y emocional que viví durante ese tiempo. Para mí, fue un proceso que tomó muchos años. Durante mucho tiempo pensé que la maternidad era una carga, una tarea que limitaría mi ser mujer y mi independencia. Pasó tiempo hasta que realmente lo deseé, y cuando quise, no fue tan fácil. Nuestro cuerpo, el cuerpo de las mujeres, tiene ciclos que influyen; mientras más años pasan, nuestra capacidad co-creadora cambia. Cada una tiene su propia historia de cómo llegó a la maternidad. Esta es la mía.

Llevar en mi vientre a mi hija fue una experiencia maravillosa que me multiplicó, cambió mis prioridades y revolucionó todos mis planes. Puedo decir que valió la pena cada una de esas cuarenta semanas que tuve a mi hija dentro de mí, los recuerdo como los más tiernos de mi vida. Pero convertirme en mamá no ocurrió solo durante la gestación; fue un proceso que se fue dando poco a poco, al sostener a mi bebé en brazos, al amamantarla, al acompañarla día y noche, en el cuidado diario. Así, entre ternura y cansancio, entre entrega y acogimiento, fui transformándome y aprendiendo a ser madre.

Ya inmersa en la tarea de la maternidad entiendo que mi experiencia no es solo personal, es comunal, espiritual, intelectual y política. Empecé a escribir mis reflexiones teológicas mucho antes que fuera madre, ahora como mamá y teóloga me acerco a lo más íntimo de senti-pensar a Dios.Mi propuesta teológica surge de una raíz profundamente ancestral y traigo a la memoria a mis abuelas, a mi madre, a todas las mujeres que corazonaron y siguen corazonando a Dios en medio de la crianza. Sentir a Dios desde el fogón de la cocina, preparar los alimentos, lavar ropa, cambiar pañales, amamantar. En ese tiempo circular que es cotidiano, que crea rutinas, intensifica fatigas se revela la poderosa tarea que asumimos las madres para crear familias. A la vez que criamos, administramos y organizamos la casa, a la vez que anidamos y seguimos buscando cumplir con nosotras, nuestros compromisos y sueños.

Así también yo en medio de mis responsabilidades maternas y comunitarias, corazono a Dios y continúo mi labor teológica que me apasiona, consciente de que mi maternidad es a la vez fuente, método y camino de mi pensamiento espiritual. Mi hija me acompaña mientras hago mis labores de la casa, mientras leo y escribo, mientras doy presentaciones en conferencias, en mi visita a comunidades rurales; en medio de este camino, y sobre la marcha de la vida me acompaña esa fuerza vital, que me recuerda que estos días son mi presente y mi pasado, lleno de ternura y de acompañamiento mutuo.

La sagrada continuidad de la vida

La maternidad no es solo una función biológica de reproducirnos; para mí, es una experiencia espiritual de co-creación. Traer un nuevo ser al mundo me introdujo en el misterio profundo de comprenderme como co-creadora. En esta experiencia, entendí que no solo parimos hijas e hijos, parimos mundos, parimos historias, parimos resistencia.

Desde que soy madre, he visto cómo transmitimos la memoria colectiva a través de relatos, ritos y creencias que practicamos en la vida cotidiana. Mi cuerpo recuerda, mis relatos se vuelven carne, y así entiendo que el cuerpo materno es un microcosmos de tierra fértil, nutriente, cíclico y generoso. Desde esta visión, siento que la maternidad sostiene la armonía de gestar humanidad. Esta comprensión me enfrenta a los dualismos occidentales que separan y dividen entre cuerpo y espíritu, lo humano y lo animal, lo sagrado y lo cotidiano. Para mí, el cuerpo de las mujeres es unidad, es territorio, un ser holístico donde lo divino se encarna y sostiene.

He aprendido de las mujeres de mi comunidad y de muchas comunidades originarias que la transmisión de la vida y de la memoria es un acto sagrado. Desde niñas, nos enseñan que nuestro cuerpo, nuestra voz y nuestra capacidad de gestar y sostener la vida son dones que debemos cuidar y honrar. Sin embargo, esta continuidad co-creadora enfrenta hoy amenazas muy concretas, violencia sexual en la infancia, abusos dentro la pareja, embarazos no deseados, abortos clandestinos, infertilidad y otras formas de violencia contra las mujeres. La maternidad, lejos de ser solo celebración de la vida, se vuelve frágil en contextos que vulneran la plenitud de la vida.

Ser mamá teóloga para mí significa hacer teología desde el cuerpo, desde la memoria de la celebración y de la resistencia, y también desde la herida colonial que violentó los cuerpos de las mujeres. Reconozco que, desde esta continuidad ancestral de resistencia, no puedo quedarme en el dolor que paraliza, nos condena, nos culpa, nos señala por denunciar las violencias que vivimos como mujeres, ni por asumir la maternidad crucificada que tantas de nosotras hemos enfrentado.

Al mirar el dolor ancestral inscrito en el cuerpo abusado que han sufrido las mujeres de mi familia, mi madre y abuelas, me vuelvo hacia la sanación. Necesito salir del cuerpo crucificado para centrarme en un cuerpo resucitado, que me libera del dolor sufrido por abusos generacionales, para así ser capaz de engendrar una nueva vida. Es desde este lugar de liberación que asumo mi maternidad: para crear una familia en la que mi hija pueda crecer libre de violencia.

Mi hija es la quinta generación de mujeres en ambas líneas familiares cuyos nombres, historias y lugares de origen conocemos. Entre ella y mis bisabuelas se extiende un hilo de 135 años de memoria femenina ininterrumpida, un tejido vivo donde maternidad, sabiduría y resistencia se entrelazan generación tras generación. Así como yo tuve el privilegio de conocer a mis dos abuelas (Candelaria y Juanita), mi hija ha tenido la bendición de conocer a las suyas. Esta continuidad no es casual, es herencia, es ancestralidad y es responsabilidad espiritual.

La Maternidad como espiritualidad y resistencia

Las tradiciones bíblicas también reconocen la maternidad como signo continuidad sagrada de vida. En Lucas 11:27 se proclama “Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron.” Esta afirmación reconoce la maternidad como un acto sagrado, profundamente ligado a la gestación, al cuidado, al alimentar.

Sin embargo, por siglos hemos recibido una imagen de Dios casi exclusivamente masculina. La teología patriarcal silenció la dimensión femenina del “imago Dei”. Pero si Dios crea a la humanidad “varón y mujer”, entonces la imagen divina abarca también lo femenino. La experiencia cotidiana de las mujeres, su capacidad de gestar, amamantar, nutrir, resistir, es lugar teológico donde la presencia de Dios se revela. 

Reflexionar sobre esta dimensión femenina de lo divino exige atender todas las formas de acción y expresión de las mujeres, así como las diversas opresiones que enfrentamos. Como señala McFague, “los símbolos de Dios deben reflejar la totalidad de la experiencia humana, y no únicamente aquello que ha sido asociado históricamente al dominio masculino.”

Desde esta perspectiva, la maternidad divina se manifiesta en la tierra, en el agua, en el territorio y en los cuerpos femeninos que dan vida, haciendo visible la presencia de Dios en los procesos vitales y en las realidades concretas de las mujeres. Para los pueblos originarios, la madre tierra, es fuente de vida y destino “Nacemos de ella, nos alimenta, nos recibe en el descanso y volvemos a ella cuando morimos.”

La madre tierra, nuestra Abya Yala no es una metáfora ni un recurso simbólico, sino una realidad ontológica y espiritual, es cuerpo de mujer, matriz originaria y destino cíclico. Desde esta perspectiva, la maternidad no es solo un acto biológico, sino una categoría teológica que expresa la relación sagrada de interdependencia entre los seres humanos, los otros seres vivos y el territorio. La tierra es madre porque gesta, nutre, protege y regula la vida; por eso, el cuerpo femenino, también generador y cuidador de vida, es reconocido como extensión concreta de esa sacralidad.

Sin embargo, la colonización quebró este modo sagrado de co-creación. La invasión europea sobre Abya Yala no solo ocupó territorios, sino que desmanteló las cosmologías que reconocían la sacralidad materna del mundo. Así como la Madre Tierra fue violentada, dividida como propiedad privada y explotada, también lo fueron los cuerpos de las mujeres. La lógica colonial trasladó la idea de propiedad del territorio al cuerpo femenino: colonizadores, terratenientes y patrones convirtieron a las mujeres nativas en territorio conquistable, mano de obra forzada y objeto de abuso sexual sistemático. Como sostiene Segato, el cuerpo de las mujeres se transformó en el principal territorio político del colonialismo, un espacio donde se disputó poder, dominio y control. Su liberación, por tanto, no es un añadido, sino el corazón mismo de cualquier proyecto serio de descolonización.

La violencia sexual colonial funcionó como estrategia espiritual además de política, buscaba deshumanizar a las mujeres, fracturar la transmisión cultural y quebrar la resistencia comunitaria. El cuerpo materno, convertido en instrumento de explotación y reproducción forzada, sufrió un doble ataque, por ser cuerpo de mujer y por ser cuerpo indígena. Esta doble opresión dejó heridas profundas que se transmiten de generación en generación.

No obstante, incluso en medio de estas violencias, la maternidad en Abya Yala emergió como territorio espiritual de resistencia. Desde la memoria ancestral, parir, amamantar, criar y sostener la vida se han convertido en actos profundamente teológicos, gestos cotidianos mediante los cuales las mujeres rehacen el mundo, resguardan la cultura, regeneran la comunidad y desafían las lógicas patriarcales y coloniales. La maternidad, entendida como relación y no como imposición, es un acto político y espiritual que reconstituye la alianza entre cuerpo y territorio.

En esta cosmovisión, el cuerpo materno es espejo de la Madre Tierra, ambos gestan vida, ambos han sido violentados y ambos son hoy espacios sagrados de lucha y sanación. Una teología desde Abya Yala nos recuerda que defender la tierra es defender el cuerpo de las mujeres, y sanar el cuerpo de las mujeres es sanar también el territorio. Por eso, la maternidad como cuerpo–territorio se convierte en una categoría teológica fundamental para los procesos de resistencia y reconstrucción de los pueblos originarios, es el lugar donde se afirma la vida frente a la muerte, la memoria frente al olvido, y la dignidad frente al colonialismo aún persistente.

Volver a la maternidad como ciclo sagrado y relacional

Ser madre es una alegría profunda, pero también un camino de cansancio, desvelo y responsabilidad compartida, sin redes de apoyo ni condiciones dignas, las mujeres y nuestras hijas e hijos enfrentamos riesgos altísimos. Violencia física, sexual y psicológica; empobrecimiento estructural; falta de acceso a salud intercultural y respetuosa. Estas violencias fragmentan la experiencia materna y la separan de su dimensión espiritual y comunitaria.

Frente a ello, muchas comunidades de Abya Yala están retomando la sabiduría ancestral que comprende la maternidad como un ciclo sagrado. Reconocer los ritmos del cuerpo, honrar la fertilidad, acompañar los procesos de gestación con medicina ancestral, reconectar con los ritmos lunares y cuidar la gestación como prácticas que restauran el tejido de la vida. Como enseña la teóloga Aymara Sofía Chipana, en el Kuti, el tiempo del retorno y la transformación, las comunidades reconocen que cada ciclo requiere equilibrio, uywaña, el cuidado tierno y responsable de todos los seres. Desde esta perspectiva, la maternidad no es un acto individual sino un movimiento relacional, un diálogo constante entre cuerpo, territorio, cosmos y comunidad.

Ser madre hoy, en Abya Yala, es abrazar la continuidad, la resistencia y la espiritualidad de seguir existiendo en medio de un proceso colonial que, desde sus inicios, ha buscado desaparecer a la población nativa en su totalidad. Ser madre es cuidar la vida con ternura y fortaleza, incluso en estructuras que todavía reproducen violencia colonial. Es sanar las heridas de abuso y reconectar con nuestros cuerpos. Desde esta visión, nuestros vientres y nuestras tierras no son territorios de conquista, sino territorios de vida.

Asumir la maternidad implica reconocer que quienes optamos por ella encarnamos un legado y una responsabilidad ancestral. Es la continuidad de las memorias de nuestras abuelas, que resistieron la colonización, las migraciones y los exilios; de aquellas que mantuvieron la lengua ancestral, la ceremonia espiritual y la memoria viva incluso bajo la opresión.

Por eso, al escribir sobre mi maternidad y mi experiencia como madre y teóloga, afirmo que mi hija es memoria y resistencia de nuestras abuelas. Es por ella que soy madre, y con ella cultivo una teología viva, un ciclo sagrado que florece, que nos sostiene y nos promete la esperanza de la resurrección.

Abya Yala, el nombre proviene de la lengua Guna, pueblo originario que habita entre Panamá y Colombia. Abya Yala significa “tierra en plena madurez y tierra de sangre vital”. En la década de 1970, activistas, historiadores, políticos, sociólogas, teólogas con un fuerte sentido de identidad y trabajo decolonial adoptaron el término Abya Yala como nombre unificado para el continente, en lugar de referirse como América Latina, Latinoamérica, Las Américas entre otros nombres que perpetúan las divisiones coloniales (Delgado & Ramírez, 2022).

Nota: Este artículo es un pequeño entretejido de dos textos que escribí y fueron publicados entre el 2024 y 2025

Motherhood in Abya Yala: A womanist approach to ancestral memory of care and resistance. (2025). In Divine Interruptions: Maternal Theologies and Experiences (1st ed., pp. 64–78). Paulist Press.

The Sacredness of Motherhood in Abya Yala. La sacralità della maternità in Abya Yala. Anthropotes – Rivista ufficiale del Pontificio Istituto Teologico Giovanni Paolo II per le Scienze del Matrimonio e della Famiglia in Rome.


The Teaching of My Ancestors From Abya Yala

The teaching of my ancestors from Abya Yala* centers on the significant role of ancestral memory and spiritual practice in resisting colonial oppression and nurturing liberation. These teachings, carried across generations, are rooted in dignity, identity, and continuity, acknowledged throughout our motherland.

Colonial History

The legacy of colonialism in Abya Yala has been devastating and enduring. European colonizers, primarily Spanish, English, and Portuguese, brought genocide, enslavement, cultural erasure, and the expropriation of Native lands, resulting in ecocide and ethnocide. Colonization was not only a military and economic endeavor but a systematic attempt to dominate Native peoples politically, religiously, socially, and spiritually in all aspects of life. European settlers viewed themselves as a “chosen people,” destined to reshape the world through their own cultural values and systems.

The invasion produced generations of suffering in Native populations. Colonizers imposed new languages, beliefs, and religious structures, declaring Native spiritualities “pagan,” “savage,” or “inferior.” Under these oppressive systems, Indigenous peoples were compelled to adopt identities defined as “civilized Christians,” “mestizos,” or other mixed identities that often led to the loss of their native identity in favor of assimilation into the European standard of whiteness. This effort to erase ancestral knowledge is part of a broader tactic to eliminate native cultures. As the saying goes, “If we do not know who we are, they have half the battle won.” For Natives peoples, continuing to practice their spiritual, cultural, and linguistic traditions is a powerful way to reclaim their identity.

There is no Identity Without Memory

Ancestral Memories and Spiritual Practices for Native peoples is the existence of life itself. This is why ancestral memory is central to the teaching of our ancestors in Abya Yala. These ancestral teachings resist the colonial framework of education, which prioritizes control, obedience, and erasure over acknowledgment, relationship, and remembrance. A teaching from my ancestors, grandmothers, grandfathers, and elders becomes a communal process rooted in lived experiences and collective memory.

Our ancestors have long named colonization truthfully as genocide, sexual violence, servitude, and impoverishment of the native population, even though they work hard from early morning until sunset for the patron, the hacendado. For centuries, generation after generation, working for our people, who only pay for essential food to survive, teaching a theology of consolation, hopelessness, and resignation. However, our families continue to resist. Even when historical, theological, and political textbooks attempted to erase Native existence, the truth persisted through ancestral practices: oral storytelling, farming with care, ceremonies, songs, dances, music, among many diverse practices. 

To illustrate the enduring nature of these teachings, I, as an Abya Yala theologian, embrace the concept of “corazonar, “which signifies feeling and thinking with my heart in my theological reflections. Taking the teachings from my grandmother, Candelaria, a Native woman born among the Andes Mountains, who is deeply rooted in the land for millennia.

Her face, brown and beautifully etched with the wrinkles of wisdom, her cracked hands, long gray hair braid, and small eyes reflected the spirit of our people. Although she never had the opportunity to attend school, she carried the wisdom of ancestral knowledge passed down from her mother and grandmother. She understood the intricacies of cultivating the land, saving seeds, expressing gratitude to our motherland, praying for rain, and singing as she worked. Our ancestral motherland nurtured her, and in return, she tended to it with deep care.

Reclaiming Native Identity 

Across Abya Yala, communities are undertaking a journey of decolonization, invoking the spirit of their ancestors to heal and reconnect with ancestral memory. This process opens new paths to recognition, reclaiming a native identity and being critical of colonialism, anthropocentrism, and hegemony that remain pervasive today.

Decolonization entails the dismantling of the historical, political, and religious systems imposed by European powers. It extends beyond simply achieving political independence and establishing republics; it requires the revival of Native languages, the practice of native spiritualities, and the preservation of cultures and traditions that colonialism sought to suppress or eradicate. Furthermore, it involves reclaiming historical narratives that define our identity and inform our contemporary roles as descendants of Native peoples.

While Christendom contributed to colonization through European kingdoms, the Christian message of salvation also reached Abya Yala. From a decolonial perspective, it can serve as a means of healing and reparation. Bringing up the dignity, rights, and self-determination of Indigenous peoples. Such reclamation requires a candid examination of the Church’s historical involvement and theological practices in Abya Yala, along with a genuine commitment to addressing the harms inflicted.

Decolonizing Christian theology from a Native perspective means returning to ancestral ways of knowing while maintaining the liberating aspects of the Christian faith. By centering Native experiences and spiritual practices, we can recognize the power of the resurrection as a symbol of Native peoples rising, reclaiming identity, and flourishing.

The teachings of our ancestors, deeply rooted in ancestral memory and spiritual practice, provide a transformative basis for community building and decolonization by centering Native voices, encouraging critical reflection, and fostering liberatory Native identities, Abya Yala. For Native communities, this ancestral pedagogy presents a holistic vision grounded in land, community, spirituality, and wisdom—deeply resonating with the liberating Christian message of dignity preached by Jesus, a Mediterranean man who, after being crucified by the Roman Empire, was resurrected.   

“They thought they could make us disappear by burying us; they didn’t know we were seeds.”

Abya Yala in the Guna language means “land in full maturity and land of vital blood.” In the 1970s, activists, historians, politicians, and theologians with a strong sense of ancestral identity adopted the term Abya Yala as a unified name for the continent, instead of referring to it as Latin America, among other names that perpetuate colonial divisions (Delgado & Ramírez, 2022).

Violence Against Women and the Rise of Femicide: A Call for Deeper Relational Change

Violence against women, expressed in its most extreme form as femicide, continues to grow at alarming rates across Abya Yala. This crisis is not only a matter of public policy or activism; it is a profound social, cultural, and relational problem that demands reflection and transformation beginning within the home.

While marches, public statements, and international days of awareness are necessary, they are not sufficient on their own. We must interrogate the relational dynamics that shape how individuals learn to treat one another from the earliest stages of life within their own home.

Women make up half of the world’s population, and we play a crucial role in giving life to and caring for the other half. They gestate, nurse, nurture, and raise children, laying the groundwork for their emotional and relational development. However, many of these nurtured children grow into men who go on to perpetrate violence against women. Why does this happen?

This contradiction raises urgent questions: What is happening within our relational systems between mothers and sons? How has a relationship of care transformed into one of domination or aggression? What are we failing to do to prevent violence from reproducing itself generation after generation?

The problem is not merely political; it is inside the homes, families, and relationships. Maintaining legal systems based on “weak laws” exacerbates impunity in society.

The roots of violence run deeper in cultural norms, symbolic meanings, and internalized ancestral memories. To kill a woman is not simply to end a life; it is an attempt to destroy her body, to expel rage, fear, or unresolved trauma through destruction. Ever since Bible stories, women are the ones who sin, the ones who are used and mistreated by their husbands. Now, in society, women are exposed to the same relationships of control and abuse.

On the International Day for the Elimination of Violence Against Women, it is crucial to move beyond mere slogans and confront the underlying issues that contribute to violent behavior. The foundation of respect and compassion begins at home. Children observe and learn about relationships from how their parents and family members interact. A boy who witnesses his father striking, insulting, or controlling his mother learns that dominance and violence can be considered part of intimacy. Conversely, if a girl sees her mother being silenced, diminished, or harmed, she may internalize fear or resignation as components of power dynamics. Consequently, this cycle continues to perpetuate itself.

These patterns do not develop in isolation. Numerous communities continue to bear the traumatic legacy of colonization, which introduced systems of domination, sexual violence, and dehumanization of women in Abya Yala, leaving behind generational scars and trauma.

The abuses of the past resonate in the present, manifesting in the rise of violence, abuse, machismo, and feminicides. What remains unhealed, unacknowledged, or unnamed often resurfaces in destructive ways.

The question, then, is how to disrupt this cycle. We must begin with how we relate to one another. Promoting a culture of care and equality within families involves teaching boys to manage frustration and grief while instilling respect for women. It is crucial to empower girls to recognize their own value and assert their boundaries. Additionally, we should encourage women to support each other in confronting abusive behaviors and work towards developing justice systems that protect survivors rather than dissuade them from seeking help.

Reducing violence against women requires more than punishment. It requires reeducation; recognition that it is a problem. Only by tackling the issue at its core, within homes, churches, schools, and society at large, can we begin to envision a future where women are free from the fear of violence and ultimate feminicide. We aspire to a world where relationships are built on dignity and mutual respect.