Por Flor de Maria Serrano Pacca
Nombrar es una de las primeras tareas que Dios confía al ser humano. Así lo narra el libro del Génesis cuando describe cómo Dios presenta los seres de la creación para que el ser humano les dé nombre (Gn 2,19). En el relato bíblico, nombrar no se limita a poner etiquetas. Supone reconocer la existencia de aquello que forma parte del mundo y establecer una relación con ello. Nombrar implica también una responsabilidad frente a la realidad.
A lo largo de la historia humana, el lenguaje ha influido profundamente en la manera en que comprendemos el mundo. Las palabras permiten reconocer experiencias, expresar dolores, transmitir saberes y dar lugar a aquello que forma parte de la vida colectiva. Cuando una realidad no encuentra palabras para ser expresada, con frecuencia queda relegada o es silenciada.
Las experiencias de las mujeres han atravesado procesos similares. Durante siglos, muchas de sus vivencias permanecieron en los márgenes del relato público. Sus aportes, sus luchas y también las dificultades que enfrentaban en distintos ámbitos de la vida social pocas veces ocuparon un lugar central en la reflexión histórica y cultural.
Con el tiempo, diversas voces comenzaron a señalar estas ausencias y a abrir espacios para reconocerlas.
En ese contexto, el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer y el 25 de noviembre son momentos simbólicos de memoria y reflexión. Estas fechas invitan a recordar procesos históricos, reconocer desigualdades persistentes, escuchar las experiencias de muchas mujeres en distintos lugares del mundo y nombrar las violencias en todas sus formas. Además de la conmemoración anual, permiten reflexionar sobre la relación entre lenguaje, cuerpo y dignidad humana.
En distintas tradiciones culturales, el cuerpo humano ha sido interpretado a través de marcos sociales y filosóficos que han influido en la manera en que se ha comprendido la relación entre hombres y mujeres. En la filosofía clásica, Aristóteles sostenía que en la generación de la vida el varón aportaba el principio activo mientras que la mujer proporcionaba la materia que lo recibía. Para explicarlo recurría a una imagen agrícola: el varón sería quien deposita la semilla y la mujer la tierra fértil que la acoge.
Durante siglos, estas interpretaciones influyeron en la manera en que se pensó la diferencia entre los sexos, asociando el principio activo al varón y el principio receptivo a la mujer. Con el tiempo, estas ideas se entrelazaron con representaciones culturales del cuerpo y de la sexualidad en las que la actividad se vinculaba simbólicamente con lo masculino y la pasividad con lo femenino.
El propio lenguaje refleja estas construcciones simbólicas. El término penetración, utilizado para describir el acto sexual, proviene del latín penetrare, que significa “entrar en lo más profundo.” En contraste, el término invaginación describe un proceso en el cual una parte se repliega hacia el interior. Estas diferencias terminológicas pueden parecer meramente descriptivas, pero también muestran cómo el lenguaje ha tendido a destacar la acción de uno mientras describe al otro desde la recepción.
Sin embargo, en el lenguaje popular aparecen también expresiones como “cubrir”, utilizadas para referirse al acto sexual desde una acción atribuida a la mujer, lo que sugiere comprensiones menos pasivas del cuerpo femenino.Estas formas de nombrar no determinan por completo la realidad humana, pero sí influyen en la manera en que las sociedades imaginan el cuerpo y las relaciones entre las personas. Cuando ciertos discursos se repiten durante largos períodos, terminan configurando imaginarios culturales que presentan la actividad como masculina y la pasividad como femenina. Sin embargo, la experiencia humana es mucho más compleja que estas simplificaciones. A lo largo de la historia, las mujeres han participado activamente en la vida social, económica, cultural y espiritual de sus comunidades. Reconocer estos marcos interpretativos permite comprender de dónde provienen ciertas ideas y abre la posibilidad de revisarlas críticamente.
El lenguaje también influye en la manera en que se habla de lo divino. En la tradición cristiana, Dios suele ser nombrado con imágenes masculinas, especialmente bajo la figura de “Padre”. Sin embargo, la tradición bíblica recuerda que Dios trasciende las categorías humanas de sexo y género. En distintos pasajes aparecen también imágenes maternales para hablar de Dios. Aun así, en muchas comunidades religiosas existe incomodidad cuando se intenta ampliar el lenguaje para expresar esta riqueza simbólica. Incluso la sola posibilidad de pronunciar palabras como “Diosa” suele generar temor o rechazo inmediato.
El lenguaje también revela silencios significativos. Existen experiencias humanas profundamente dolorosas que ni siquiera cuentan con una palabra específica para nombrarlas. Por ejemplo, muchas lenguas no tienen un término ampliamente reconocido para describir el duelo de los padres que pierden a un hijo. Esta ausencia no elimina el dolor, pero muestra cómo ciertas vivencias permanecen difícilmente expresables dentro del lenguaje común.
No obstante, otras culturas muestran que el lenguaje puede nombrar a la persona y al mismo tiempo el vínculo con gran precisión. En el quechua, por ejemplo, las relaciones entre hermanos y hermanas se nombran de manera diferenciada según quién habla.
Una mujer llama ñaña a su hermana y tura a su hermano; un varón llama panay a su hermana y wawqe o wayqe a su hermano. La palabra nombra a la persona en función del vínculo que la une con quien la nombra y con quien es nombrada. Así revela la dimensión comunitaria de esas relaciones.
En el mundo andino aparecen asimismo expresiones que destacan la dimensión relacional de la vida comunitaria. Prácticas como el yanapanakuy, que expresa la ayuda mutua entre personas, recuerdan que la cooperación y el cuidado forman parte del tejido cultural de muchas comunidades. De ahí la importancia de términos como sororidad, que buscan nombrar formas de solidaridad entre mujeres.
Algo similar ocurre en diversas lenguas amazónicas, donde el vocabulario de parentesco y cooperación refleja estructuras comunitarias complejas que articulan las relaciones sociales. Entre hablantes asháninka, por ejemplo, aparecen términos como chocho, chipi o iyaxcha para referirse a vínculos entre mujeres, con matices que pueden distinguir incluso la relación entre hermanas mayores y menores. En la lengua shipibo-konibo se encuentra la palabra huichui, y en awajún el término kai. Estas palabras recuerdan que muchas culturas nombran también los vínculos que sostienen la vida comunitaria.Al mismo tiempo, estas realidades conviven con situaciones de vulnerabilidad que afectan especialmente a muchas mujeres y niñas. En diversas regiones de América persisten formas de explotación laboral, violencia sexual y desigualdad estructural que impactan de manera particular en la vida femenina. Nombrar estas situaciones resulta fundamental para poder reconocerlas y enfrentarlas.
Desde una perspectiva teológica, el relato del Génesis ofrece una imagen significativa para comprender esta tarea. Allí, el ser humano aparece llamado a nombrar la creación como parte de su vocación dentro del mundo. Nombrar implica reconocer la existencia de aquello que se tiene delante y asumir una responsabilidad frente a ello.
Nombrar puede ser una forma de reconocer. Nombrar abre el espacio donde las realidades humanas llegan a ser reconocidas. Por eso la tradición bíblica recuerda que Dios mismo no permanece indiferente ante lo que ocurre en el mundo. El salmista pone en boca de Dios una pregunta que interpela la conciencia humana: “Esto haces,¿y me voy a callar?” (Sal 50,21).
Published by