NO IMPONGAS LAS MANOS CON LIGEREZA

Por Eliezer E. Burgos-Rosado

En días recientes circularon imágenes desde la Oficina Oval en las que varios líderes evangélicos rodeaban al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, imponiendo sus manos sobre él mientras oraban por su liderazgo. Para algunos creyentes, la escena fue motivo de celebración, pastores intercediendo por quien ejerce autoridad política. Para otros, sin embargo, la imagen nos plantea una pregunta incómoda que la reflexión teológica no puede evitar: ¿cuándo la oración por las autoridades se convierte en legitimación religiosa del poder?  

En la Biblia, en el primer libro de Timoteo 5:22 leemos que “No impongas las manos con ligereza a ninguno, ni participes en pecados ajenos; consérvate puro.”Esta advertencia condensa un principio ético profundo. Se trata de que los gestos espirituales nunca son moralmente neutros, porque comunican reconocimiento, respaldo y, en cierta medida, complicidad.  

En la tradición bíblica, la imposición de manos representa bendición, transmisión de autoridad y comisión para el servicio. Es un signo público de que la comunidad acompaña la misión de alguien. Por eso el texto advierte contra hacerlo a la ligera: imponer las manos es entrar simbólicamente en la trayectoria y en las acciones de la persona sobre la cual se realiza ese gesto.  

Cuando ese acto ocurre en el centro del poder político, la pregunta se vuelve ineludible: ¿qué tipo de liderazgo se está avalando y qué tipo de políticas se están bendiciendo?  

La tradición cristiana ha insistido, con razón, en orar por quienes gobiernan, buscando condiciones de justicia y paz. Pero orar por un gobernante no es lo mismo que sacralizar su poder, ni convertir su cargo en objeto de una investidura espiritual que lo sitúe por encima del discernimiento crítico de la Iglesia.  

Ahí radica una diferencia decisiva. Orar por un gobernante puede ser un acto de humildad espiritual. Imponer manos sobre él, en la oficina desde donde se deciden guerras, sanciones y políticas de exclusión, puede convertirse en un gesto de legitimación religiosa de ese proyecto de poder.  

La historia del cristianismo muestra que cuando la fe se acerca demasiado al poder político, la Iglesia corre el riesgo de perder su voz profética. Deja de interrogar el poder a la luz del evangelio y se convierte en su capellana, administrando bendiciones en vez de levantar preguntas incómodas. Teologías feministas y decoloniales en Abya Yala han denunciado precisamente ese desplazamiento: cuando los símbolos de la fe dejan de acompañar las luchas de los pueblos y pasan a respaldar proyectos de dominación, la religión se vuelve parte de la maquinaria que sostiene el orden injusto.  

Anteriormente, y me reafirmo, he planteado que apoyar a Trump parece una versión moderna de intentar “servir a dos señores”. Por un lado, se confiesa a Cristo, que defendió a los marginados, acogió a los extranjeros y anunció buenas noticias a los pobres. Por otro, se respalda un liderazgo político cuyas políticas y discursos con frecuencia contradicen esos principios. Esta tensión revela algo más que inconsistencias ideológicas; muestra hasta qué punto la fe puede terminar sirviendo a un proyecto de poder cuando se une a él sin discernimiento.

Por eso,   cuando líderes cristianos imponen manos sobre un gobernante en el corazón mismo del poder imperial, el gesto comunica más que una oración. Comunica respaldo espiritual, y ese respaldo tiene consecuencias cuando está dirigido a un poder vinculado a decisiones que afectan la vida de millones, intensifican conflictos internacionales, justifican acciones militares o profundizan divisiones sociales. Para los pueblos de Abya Yala, esto no es teoría: se traduce en intervenciones militares, sanciones económicas y presiones geopolíticas que erosionan la soberanía y convierten territorios completos en zonas de sacrificio al servicio de intereses ajenos.  

La Iglesia no puede olvidar que detrás de cada decisión política hay rostros concretos: pueblos que sufren, familias desplazadas, cuerpos marcados por la violencia, tierras devastadas. Cada acto de guerra celebrado como victoria es, en realidad, una derrota del mandamiento central del evangelio, amar al prójimo. Cuando líderes religiosos rodean el poder con gestos de legitimación espiritual, corren el riesgo de bendecir lo que el evangelio les pide confrontar.  

Por eso resulta tan problemático que el poder político busque rodearse de símbolos religiosos que proyecten una imagen de legitimidad espiritual. El peligro es que la fe se convierta en incienso para el trono, en lugar de ser una voz que recuerda que todo poder humano es relativo, está bajo juicio y debe responder ante las víctimas de sus decisiones. La teología que se hace desde Abya Yala, marcada por memorias de colonización, resistencias comunitarias y búsquedas de buen vivir, recuerda que la Iglesia no fue enviada a custodiar palacios, sino a acompañar los clamores de quienes padecen las decisiones tomadas en ellos.  

Sin embargo, la última palabra no la tiene la alianza entre altar y poder, sino el Dios que derriba a los poderosos de sus tronos y enaltece a los humildes. Aun cuando parte de la Iglesia se desliza hacia la corte, siempre surgen comunidades que conservan la memoria peligrosa del evangelio, que oran por los gobernantes sin venderles el alma, que interceden por la paz sin bendecir la guerra, que ponen sus manos sobre los cuerpos heridos en vez de sobre las manos que oprimen.  

La fe cristiana no está llamada a ser capellana del poder, sino sacramento del Reino que Jesús anunció. Desde sus orígenes, el evangelio ha mantenido una tensión crítica con los imperios. Jesús proclamó un Reino que no se construye mediante la dominación ni a través de alianzas con el poder político, sino mediante la justicia, la misericordia y la dignidad de quienes viven en los márgenes.  

En los evangelios, Jesús impone las manos para sanar enfermos, restaurar vidas y devolver dignidad a quienes habían sido excluidos. Sus gestos espirituales se orientan hacia quienes están abajo, no hacia quienes ocupan los tronos. Ahí se juega el discernimiento de la Iglesia hoy: dónde pone sus manos y con quién las entrelaza.  

Tal vez la pregunta que este momento nos plantea no es si los cristianos deben orar por quienes gobiernan. La pregunta decisiva es otra: ¿desde dónde y junto a quién ora la Iglesia, desde la cercanía al poder de los reinos de este mundo o desde la fidelidad al Reino de Dios que se hace carne en los cuerpos heridos de los pueblos?  

Cuando la fe se acerca demasiado al poder, la tentación siempre es la misma, bendecir lo que debería ser examinado. Pero el Espíritu sigue susurrando otra posibilidad, la de una Iglesia que ora con las manos extendidas hacia las víctimas, que se niega a prestar sus gestos sagrados para legitimar la injusticia y que se toma en serio la advertencia bíblica, todavía vigente, “No impongas las manos con ligereza”. 

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Eliezer E. Burgos Rosado Teólogo puertorriqueño. Estudiante de Doctorado en Teología de la Universidad Interamericana de Puerto Rico. Pastor y graduado del Seminario Evangélico de Puerto Rico. Trabaja en temas de ética, eclesiología y justicia social. Fundador de Ediciones Didásko.

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