Clamar por la vida en tiempos de estrangulación

Por Eliezer E. Burgos-Rosado

Hay momentos en que el debate ideológico se convierte en una grada cómoda, desde donde quienes observan siempre sienten que “juegan mejor” que quienes participan del encuentro. Pero mientras se reparten etiquetas ideológicas, hay un pueblo que respira con dificultad. Cuba atraviesa una hora de sufrimiento real, cotidiano y acumulado. Y la fe cristiana —cuando es fiel a Jesucristo— no puede contemplar ese dolor como un dato más en la discusión geopolítica.

Como voces de fe, afirmamos primero lo más básico: la vida humana no es moneda de cambio. Ningún proyecto político, ninguna agenda geopolítica o cálculo estratégico puede reclamar legitimidad si necesita instrumentalizar el hambre, el miedo o la desesperanza. Cuando en nuestro libro Discursos de libertad proponemos leer los discursos de Jesús en Mateo como un espejo crítico para la Iglesia, tenemos en mente este tipo de situaciones. Sostenemos que esos discursos son la arquitectura de una eclesiología pública, y al mirarnos frente a su espejo, la comunidad creyente se ve confrontada por la justicia del Reino y llamada a una praxis que procure libertad para quienes caminan en los márgenes. La teología no puede desentenderse de la historia sin vaciar de contenido el seguimiento de Cristo.

En Mateo, la relación entre Reino y justicia no es ornamental. El Reino se manifiesta como el gobierno efectivo de Dios en medio de pueblos y conflictos reales. Esa voluntad es justicia que protege a la persona oprimida, misericordia traducida en acciones y fidelidad que exige coherencia entre lo que se oye y lo que se hace. La exhortación a buscar primeramente el Reino (Mt 6,33) orienta la vida hacia aquello que produce dignidad, especialmente para “los pequeños” y descartados.

Leída desde este horizonte, la situación de Cuba no puede reducirse a un expediente geopolítico ni de confrontación ideológica. El criterio teológico que emerge de Jesús, obliga a interrogar toda realidad: ¿qué ocurre con los cuerpos concretos?, ¿quién paga el costo de las decisiones? Cuando las condiciones de existencia se deterioran, la pregunta cristológica no es qué sistema prevalece, sino qué ha sido de la justicia que el Reino exige y qué lugar ocupan “los más pequeños” en el diseño de políticas y sanciones.

Esta sensibilidad dialoga con el teólogo cubano Sergio Arce, quien afirmó que la liberación integral no se reduce a la suma de una liberación individual, otra social y otra eclesial. La liberación social es el espacio integrador donde se juega la concreción histórica de la libertad. En su lectura, Cristo es factor integrador de la liberación humana totalizadora, reconociénsodose su presencia allí donde acontece liberación real. Esa perspectiva impide tanto absolutizar procesos históricos o desvincular a Cristo de las luchas donde la vida se expande o se asfixia.

Así mismo Ofelia Ortega, relee el ciclo de Eliseo como un movimiento “de la dificultad al bienestar común”. El profeta interviene donde la vida peligra por deudas, hambre y estructuras injustas, abriendo caminos de libertad y pan compartido. Ortega subraya que la mediación profética responde a necesidades cotidianas del pueblo ante poderes injustos. Por ello desconfía del lenguaje pastoral que se refugia en un acompañamiento genérico sin asumir compromisos concretos. Insiste que la proclamación de la Palabra incluye acción decisiva para traer vida y esperanza. 

Esta exigencia converge con la eclesiología mateana: una Iglesia llamada a continuar la praxis de Jesús, denunciando la opresión en lugar de encerrarse en su autopreservación. Chris Fergusson y Ortega describen la diaconía ecuménica como transformadora y profética, abosrdando las causas fundamentales de la injusticia y empoderando a las comunidades mientras se atiende el sufrimiento inmediato. 

Pensar Cuba desde esta óptica significa que la misión de la Iglesia no es pronunciar juicios desde agendas externas, sino leer los signos de los tiempos junto al pueblo, identificar los mecanismos —externos e internos— que estrangulan su vida cotidiana y participar en las luchas por una vida digna sin convertirse en vocera de ningún proyecto hegemónico. Jon Sobrino ayuda a nombrar el trasfondo estructural al sostener que la relación Norte-Sur ha sido un acto de depredación que dejó a los pueblos en condición de “pueblo crucificado”. Hoy, esto describe un mundo donde la acumulación del Norte convierte a la mayor parte de la población en “sobrante” e invisible

Ese diagnóstico nombra una lógica.que opera cuando se aceptan como normales las políticas que niegan el mínimo de vida justa y digna. Sin embargo, Sobrino también habla de “gracia estructural”: la capacidad de los pueblos crucificados de ofrecer esperanza. En la resistencia creativa y la solidaridad desde abajo, hay una reserva de gracia capaz de humanizar al espectador indiferente.

Desde aquí, la autodeterminación de los pueblos adquiere densidad teológica. En la Escritura, los pueblos son sujetos ante Dios, no objetos de ingeniería ajena. Arce advierte que no existe liberación individual real, fuera de un proceso de liberación social: “O nos liberamos todos o no se libera nadie”. La singularidad, dice, no dispone en sí misma de recursos para la liberación integral; cuando se absolutiza, genera una teología “esencialmente burguesa” que convierte la fe en refugio individual frente a los procesos históricos. Leído desde el Reino y desde esta crítica, se cuestionan tanto las lógicas externas que buscan rediseñar la historia de un pueblo mediante presiones, bloqueos o estrangulamientos, como las dinámicas internas que sofocan la voz ciudadana en nombre de la unidad, la seguridad o la pureza ideológica. El discernimiento cristocéntrico desplaza el eje de la discusión: en lugar de preguntar quién gana entre capitalismo y comunismo, imperio y revolución, nos obliga a preguntar qué vidas son cuidadas y cuáles descartadas, quién soporta el costo humano de las decisiones y de qué manera la Iglesia se sitúa respecto a esos cuerpos vulnerados.

Mirarnos al espejo de los discursos de Jesús significa reconocer también los riesgos que amenazan hoy la voz eclesial. De un lado, el riesgo de guardar distancia ante el sufrimiento prolongado del pueblo cubano en nombre de una neutralidad que, en la práctica, se convierte en omisión ética. Del otro, el riesgo de la captura cuando dejamos que la Iglesia sea absorbida por narrativas estatales o imperiales, de izquierda o de derecha, y convierta el lenguaje del Reino en legitimación religiosa de proyectos históricos cerrados. Entre esos dos extremos se abre el camino más exigente: una Iglesia que se coloca junto a los crucificados de la historia, discierne a la luz del Reino, denuncia el pecado estructural venga de donde venga y se deja evangelizar por la gracia estructural que brota de la resistencia y la esperanza del pueblo.

Clamar por la vida del pueblo cubano, en este horizonte, no es tomar bando ideológico, sino asumir la exigencia cristológica de una justicia que no sacrifica cuerpos en nombre de ninguna causa y que se atreve a articular, en clave caribeña, una teología pública al servicio de la vida. Allí donde la vida es estrangulada, la fe no puede permanecer muda. Y allí donde la Iglesia se mira honestamente, descubre que su fidelidad no se juega en consignas, sino en la manera concreta en que cuida, acompaña y defiende la vida de aquellos a quienes el Reino llama “bienaventurados”.

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