Buscando una teología más humana

Por Diego Pereira Ríos

No sé si puedo considerarme teólogo, tampoco filósofo. Puedo confesar que sí estudio mucho, todo el tiempo, y trato de colocar por escrito parte de lo que voy aprendiendo, descubriendo junto con otros.  Escribo en varios lugares y para diferentes lectores, algunos académicos y otros, gente común como yo. Quien escribe debe saberse con una cierta responsabilidad ante el público que posiblemente lo leerá. La escritura, como la lectura, es un acto de rebeldía en tanto que intentamos la transposición de ideas mediante las palabras, donde intentamos hacer, de lo complejo, algo accesible a todos. La teología es algo más complejo pues no se trata sólo de ideas y, por ello, es más comprometedor. Cuando hablamos acerca de Dios partimos de una experiencia personal y comunitaria, donde reflexionamos desde las limitaciones propias de la experiencia religiosa que, aún pudiendo ser razonable (que no es lo mismo que racional) siempre carga internamente la dimensión trascendente, como parte del misterio de Dios. De todas formas siempre algo podemos decir aunque sea poco, pero deberá ser dicho con mucho respeto, primero a Dios, luego a todas las demás experiencias de Dios en las diversas manifestaciones religiosas.

En la escritura teológica estoy convencido de que necesitamos introducir algo más de lo somos y vivimos a diario para poder ayudar más a las personas a pensar en sí mismos, pensar el mundo y pensar a Dios. Junto con ese pensar, entender su limitación, su frontera con aquello que pasa a ser del ámbito de Dios, allí donde comienza a actuar la fe. Todos experimentamos la necesidad de tener todo claro, de controlarlo todo y, a menudo, cuando vivimos experiencias que superan nuestra capacidad, experimentamos el miedo de la fragilidad. Justo allí es donde Dios reclama nuestra confianza, nos pide fe y donde esa fe puede desarrollarse con madurez. Aquellos que estudian y reflexionan corren mucho riesgo de caer en la autosuficiencia y juzgar situaciones y personas basados en sus conocimientos y experiencias. Creo que nos falta ahondar en la sencillez de la vida, en lo cotidiano donde somos todos simples creyentes intentando escuchar la voz de Dios para que nos guie. Como decía Bonhoeffer: “De este modo la sencillez se convierte en sabiduría. Es sabio el que ve la realidad tal como es, el que ve el fondo de las cosas. Por esto es sabio solamente aquel que ve la realidad en Dios. Conocimiento de la realidad no es lo mismo que conocer los fenómenos externos, sino la contemplación de la naturaleza de las cosas”[2].

El teólogo y la teóloga del siglo XXI no sólo debe ser una persona de experiencia de Dios que, dicho de otra manera, tiene que ser creyente convencido y, sobre todo, debe ser un místico. El místico no es aquel que vive continuamente en oración contemplativa de rodillas ante Dios y de espalda al mundo y sus problemas. Todo lo contrario: es alguien que, en medio de los avatares cotidianos de su hogar, de su trabajo, en la salud y el gozo, en la enfermedad y la angustia, es capaz de colocarlo todo en Dios y a él agradece todo lo que vive. El teólogo/a debe formarse no sólo en teología sino que debe ayudarse con filosofía, sociología, antropología, ciencia, tecnología, y todo lo que ayude a su reflexión. Esto implica una formación continua y un diálogo permanente con otros que complementen sus estudios. Pero sobre todo debe ser una persona de oración, de lectura de la Palabra, de encuentros fuertes con Dios, de traspasar la barrera del espacio y tiempo y lograr ver a Dios en todo. Para el místico, Dios no está en el cielo, está a su alrededor, en su hogar, en su familia, en el extraño que se encuentra por el camino. 

Hasta aquí quizá todos estarán de acuerdo. Pero hay una dimensión que todavía no se trasluce en nuestros escritos que tiene que ver con lo vivido en lo cotidiano, con entrar en esa dinámica mística de la convivencia con Dios en lo de cada día. Decía Etty Hillesum: “Cualquiera que emprenda una tarea importante debe olvidarse de sí… Esta es la única forma de experimentar intensa y absolutamente la realidad, sin dejarse inquietar por ideas preconcebidas, que no tienen por qué corresponderse con la realidad y no hacen más que desilusionar, cansar y confundirle a uno”[3]. En nuestro día a día todo es importante: una buena alimentación, un descanso necesario, un cierto orden de las tareas para cuidar la salud y practicar algo de deporte. A menudo el trabajo que tenemos nos sobrecarga, nos deja extenuados, nos quita mucho tiempo y nos aísla de nuestros afectos. Vivimos bajo la exigencia del cumplimiento de un deber social impuesto olvidando la libertad otorgada a todo hijo de Dios. Esas ideas, absorbidas desde el medio, nos conducen a la propia desilusión, a colocarnos metas inalcanzables y renunciando a la alegría de lo sencillo, a el gozo de lo simple de cada día.

 Y, siguiendo a Etty, toda tarea cotidiana es importante: el tiempo del desayuno, del compartir el pan, de preparar la mesa para un almuerzo o una cena para la familia o los amigos. Lo es también el cocinar, el lavado de la vajilla, el barrido de la casa, el lavado de la ropa, el cuidado del jardín. Lo es también la buena administración del hogar en un trabajo compartido por el esposo y la esposa en igualdad de condiciones y de poder de decisión. Lo son también el hacer las compras de la casa, el cuidado de los hijos, el mantenimiento del hogar, como también el ser creativos y embellecer la casa con pequeños detalles. Considero que esta es una gran oportunidad para que el teólogo y la teóloga puedan “olvidarse de sí”, como dice Etty, y no descuide lo esencial de su vida. Estos aspectos de cada día son normalmente olvidados por los que creen que sólo se trata de pensar y escribir. Hay que hacerse tiempo para el juego, la diversión y el ocio compartido con aquellos que nos sostienen cada día. Esta posibilidad de una teología más humana, encarnada en lo cotidiano, es algo que todos podemos experimentar. Así lo hizo Etty: “Su logro fundamental es aprender a conocer la realidad de una manera novedosa, cuando la experiencia mística es vivida como el tipo de conocimiento que le otorga ʻaromaʼ, ʻsaborʼ, ʻtexturaʼ, ʻlucidezʼ, al pensamiento y acción humanos”[4].

 Tenemos un gran desafío de reconocer la presencia de Dios entre nosotros, pero allí donde estamos presentes, siendo el hogar el lugar donde más tiempo deberíamos pasar. No siempre lo es. El trabajo no saca de nuestro lugar de intimidad, pero aún allí Dios está, quizá somos nosotros que no estamos atentos a él.  Pero aún en nuestros hogares nos disgregamos. Por eso necesitamos humanizar la teología para que sea un saber menos abstracto, más humano y humanizante, en un lenguaje más accesible y que toque la realidad, la carne de la gente común. Para ello necesitamos estar más atentos a esa realidad cotidiana. A menudo nos distraemos con tantos mecanismos distractores elaborados para que no veamos la realidad. Como decía Simone Weil: “En su grado más alto, la atención es lo mismo que la oración. Presupone la fe y el amor. La atención absolutamente pura y sin mezcla es oración… La atención extrema es lo que constituye la facultad creadora del hombre, y no existe más atención extrema que la religiosa”[5]. Estar atentos implica una desaceleración del ritmo de vida, de imitar la misma naturaleza que nos rodea, que crece lentamente, que no se exige ni se presiona, pero se desarrolla bajo la mirada del Creador. Solamente dejándonos humanizar por Dios, quien se hizo hombre en Jesús, podremos hacer que nuestra teología pueda hablar de Dios y hablarle al hombre de este tiempo. 


Diego Pereira Ríos Profesor de Filosofía por la Universidad de Montevideo (ANEP), Magister en Teología Latinoamericana por la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA), El Salvador. Actualmente cursa el doctorado en Filosofía en la Universidade Estadual do Oeste do Paraná (UNIOESTE), Toledo-PR, Brasil. Autor de once libros sobre educación, filosofía, poesía y teología. pereira.arje@gmail.com

[2] Bonhoeffer, Dietrich, Ética, Valladolid: Trotta, 2000, p. 67.

[3] Hillesum, Etty, Escritos esenciales, Santander: Sal Terrae, 2011, p. 108.

[4] Navarro, Rosana, Etty Hillesum: Mística y humanidad, Bogotá: Pontificia Editorial Javeriana, 2017, p. 161.

[5] Weil, Simone, La gravedad y la gracia, Madrid: Trotta, 2007, p.154.

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