El cuerpo de las mujeres, la fe y las voces que hemos aprendido a minimizar
Por Lisette Genao Durán
Hace un tiempo escuché en un video una afirmación que se me quedó dando vueltas. Una mujer sostenía que Jesús no había tenido discípulas y apelaba, para ilustrar su argumento, a imaginarlo rodeado de mujeres que menstruaban, como si esa realidad corporal volviera absurda o incómoda la posibilidad de que ellas lo siguieran.
El video continuó por otros caminos, pero yo me quedé pensando en aquellas palabras.
No me inquietó tanto quién pronunció aquellas palabras, ni siquiera únicamente la discusión sobre si las mujeres que acompañaron a Jesús pueden ser llamadas discípulas. Me inquietó una pregunta más profunda: ¿por qué el cuerpo de las mujeres podía presentarse como prueba de que ellas no pertenecían plenamente a ese espacio?
La menstruación es una realidad corporal. Sin embargo, utilizada de aquella manera parecía convertirse en una explicación de por qué la presencia de mujeres alrededor de Jesús habría resultado problemática.
A partir de entonces, la pregunta dejó de ser sobre aquel video.
¿Cuándo el cuerpo femenino empezó a presentarse como un problema para la fe, el liderazgo o la cercanía con Dios?
No quiero juzgar a quien pronunció aquellas palabras. Me interesa más preguntarme cuántas ideas sobre las mujeres hemos aprendido, interiorizado y repetido —incluso entre nosotras mismas— sin detenernos a pensar de dónde vienen ni qué revelan sobre la manera en que entendemos el cuerpo, la fe y la autoridad.
Porque algunas ideas se vuelven tan familiares que dejamos de percibir lo que llevan dentro.
Por eso vale la pena volver a los evangelios y mirar de nuevo a las mujeres que aparecen allí. No para atribuirles un lugar que los relatos no les conceden, sino para preguntarnos si hemos prestado suficiente atención al lugar que esos mismos relatos dicen que ocuparon.
Lucas cuenta que, mientras Jesús recorría pueblos y ciudades anunciando el Reino de Dios, estaban con él los Doce y también varias mujeres. Nombra a María Magdalena, Juana y Susana, además de otras que sostenían aquella misión con sus propios recursos (Lucas 8:1-3). Ellas estaban allí. Acompañaban. Sostenían. Participaban de aquel camino.
También está María, la hermana de Marta, sentada a los pies de Jesús escuchando su enseñanza. Cuando Marta pide que la mande a ayudar, Jesús no la aparta de allí ni le dice que ese lugar no le corresponde. Por el contrario, afirma que María ha escogido la mejor parte y que no le será quitada (Lucas 10:38-42).
Hay algo profundamente significativo en esa escena: una mujer quiere aprender y Jesús reconoce su decisión de permanecer escuchando.
Otro relato cobra un significado especial cuando pensamos en la manera en que se juzga el cuerpo de las mujeres. Lucas cuenta la historia de una mujer que llevaba doce años padeciendo una hemorragia (Lucas 8:43-48). No se trata de una menstruación ordinaria y no debemos confundir ambas realidades. Sin embargo, el relato sí presenta a una mujer cuya experiencia corporal está marcada por el sangrado, el sufrimiento y años de vulnerabilidad.
Ella toca a Jesús entre la multitud.
Y Jesús no convierte su cuerpo en motivo de vergüenza.
Se detiene. Pregunta. La escucha. Y la llama “hija”.
Me conmueve esa escena porque el cuerpo de aquella mujer forma parte de su historia, pero no agota quién es ella. Jesús no la reduce a su condición. La hace visible en medio de la multitud y reconoce su fe.
Las mujeres también permanecieron cerca cuando el camino se volvió doloroso. En el Evangelio de Juan, María Magdalena aparece junto al sepulcro, llorando. Allí reconoce a Jesús resucitado y recibe el encargo de comunicar a los demás lo que ha visto (Juan 20:11-18): no solo permanece, sino que se convierte en testigo y anuncia la noticia.
Acompañaron. Aprendieron. Fueron reconocidas. Permanecieron. Anunciaron.
Tal vez hemos dedicado demasiado tiempo a preguntarnos qué nombre darles y demasiado poco a mirar lo que hicieron. Por eso, la pregunta no es únicamente si podemos llamar “discípulas” a las mujeres que seguían a Jesús. También vale preguntarnos qué ideas nos llevan a imaginar que sus cuerpos habrían sido una carga para él.
¿Por qué la menstruación puede convertirse en motivo de burla para poner en duda la presencia de una mujer junto a Jesús, mientras que la traición de Judas, la negación de Pedro o el abandono de otros discípulos no suelen invocarse para afirmar que los hombres, por ser hombres, no estaban hechos para seguirlo?
La diferencia merece, al menos, nuestra atención. Y no es solamente una pregunta sobre el pasado.
Siglos después, el cuerpo de las mujeres continúa siendo un territorio sobre el que otros hablan, interpretan y deciden. Todavía se utiliza para establecer qué podemos hacer, qué lugares podemos ocupar, cómo debemos vivir la maternidad, la sexualidad o la vocación, e incluso qué decisiones podemos tomar sobre nuestra propia vida.
Cambian los argumentos y los contextos, pero permanece una pregunta de fondo: ¿por qué el cuerpo de las mujeres sigue siendo utilizado para poner en duda su capacidad de decidir, participar y ocupar plenamente los espacios que les corresponden?
Quizás por eso aquella referencia a la menstruación me resultó tan inquietante. No porque quisiera responder a quien la pronunció, sino porque revelaba un mecanismo mucho más amplio: convertir el cuerpo femenino en argumento para limitar la libertad, la participación y la autoridad de las mujeres.
Y cuando regreso a los evangelios encuentro mujeres con cuerpos reales, historias reales y circunstancias distintas. Mujeres que acompañan, preguntan, aprenden, sostienen, permanecen y anuncian.
En estos relatos, ser mujeres no las deja fuera del encuentro, del aprendizaje ni del anuncio.
Quizás nosotros tampoco deberíamos dejarlas fuera.
La pregunta, entonces, ya no es qué tenía que ver la menstruación con seguir a Jesús.
Tal vez la pregunta que necesitamos hacernos es otra:
Si el cuerpo de las mujeres no impidió que acompañaran, aprendieran, fueran reconocidas y anunciaran, ¿por qué, tantos siglos después, seguimos utilizándolo para decidir hasta dónde pueden llegar, qué lugares pueden ocupar y qué decisiones tienen derecho a tomar?
__________
Lisette Genao Durán es psicóloga y teóloga. Es directora de Alianza Cristiana Dominicana (ACD) y de Católicas por el Derecho a Decidir República Dominicana (CDD-RD). Su trabajo se sitúa en la intersección entre fe, justicia social y derechos humanos, promoviendo reflexiones teológicas y acciones de incidencia pública comprometidas con la dignidad, la autonomía y los derechos de las mujeres.