Ser Mamá y Teóloga en Abya Yala

La historia de mi maternidad no empieza con mi embarazo, ni únicamente con la transformación física y emocional que viví durante ese tiempo. Para mí, fue un proceso que tomó muchos años. Durante mucho tiempo pensé que la maternidad era una carga, una tarea que limitaría mi ser mujer y mi independencia. Pasó tiempo hasta que realmente lo deseé, y cuando quise, no fue tan fácil. Nuestro cuerpo, el cuerpo de las mujeres, tiene ciclos que influyen; mientras más años pasan, nuestra capacidad co-creadora cambia. Cada una tiene su propia historia de cómo llegó a la maternidad. Esta es la mía.

Llevar en mi vientre a mi hija fue una experiencia maravillosa que me multiplicó, cambió mis prioridades y revolucionó todos mis planes. Puedo decir que valió la pena cada una de esas cuarenta semanas que tuve a mi hija dentro de mí, los recuerdo como los más tiernos de mi vida. Pero convertirme en mamá no ocurrió solo durante la gestación; fue un proceso que se fue dando poco a poco, al sostener a mi bebé en brazos, al amamantarla, al acompañarla día y noche, en el cuidado diario. Así, entre ternura y cansancio, entre entrega y acogimiento, fui transformándome y aprendiendo a ser madre.

Ya inmersa en la tarea de la maternidad entiendo que mi experiencia no es solo personal, es comunal, espiritual, intelectual y política. Empecé a escribir mis reflexiones teológicas mucho antes que fuera madre, ahora como mamá y teóloga me acerco a lo más íntimo de senti-pensar a Dios.Mi propuesta teológica surge de una raíz profundamente ancestral y traigo a la memoria a mis abuelas, a mi madre, a todas las mujeres que corazonaron y siguen corazonando a Dios en medio de la crianza. Sentir a Dios desde el fogón de la cocina, preparar los alimentos, lavar ropa, cambiar pañales, amamantar. En ese tiempo circular que es cotidiano, que crea rutinas, intensifica fatigas se revela la poderosa tarea que asumimos las madres para crear familias. A la vez que criamos, administramos y organizamos la casa, a la vez que anidamos y seguimos buscando cumplir con nosotras, nuestros compromisos y sueños.

Así también yo en medio de mis responsabilidades maternas y comunitarias, corazono a Dios y continúo mi labor teológica que me apasiona, consciente de que mi maternidad es a la vez fuente, método y camino de mi pensamiento espiritual. Mi hija me acompaña mientras hago mis labores de la casa, mientras leo y escribo, mientras doy presentaciones en conferencias, en mi visita a comunidades rurales; en medio de este camino, y sobre la marcha de la vida me acompaña esa fuerza vital, que me recuerda que estos días son mi presente y mi pasado, lleno de ternura y de acompañamiento mutuo.

La sagrada continuidad de la vida

La maternidad no es solo una función biológica de reproducirnos; para mí, es una experiencia espiritual de co-creación. Traer un nuevo ser al mundo me introdujo en el misterio profundo de comprenderme como co-creadora. En esta experiencia, entendí que no solo parimos hijas e hijos, parimos mundos, parimos historias, parimos resistencia.

Desde que soy madre, he visto cómo transmitimos la memoria colectiva a través de relatos, ritos y creencias que practicamos en la vida cotidiana. Mi cuerpo recuerda, mis relatos se vuelven carne, y así entiendo que el cuerpo materno es un microcosmos de tierra fértil, nutriente, cíclico y generoso. Desde esta visión, siento que la maternidad sostiene la armonía de gestar humanidad. Esta comprensión me enfrenta a los dualismos occidentales que separan y dividen entre cuerpo y espíritu, lo humano y lo animal, lo sagrado y lo cotidiano. Para mí, el cuerpo de las mujeres es unidad, es territorio, un ser holístico donde lo divino se encarna y sostiene.

He aprendido de las mujeres de mi comunidad y de muchas comunidades originarias que la transmisión de la vida y de la memoria es un acto sagrado. Desde niñas, nos enseñan que nuestro cuerpo, nuestra voz y nuestra capacidad de gestar y sostener la vida son dones que debemos cuidar y honrar. Sin embargo, esta continuidad co-creadora enfrenta hoy amenazas muy concretas, violencia sexual en la infancia, abusos dentro la pareja, embarazos no deseados, abortos clandestinos, infertilidad y otras formas de violencia contra las mujeres. La maternidad, lejos de ser solo celebración de la vida, se vuelve frágil en contextos que vulneran la plenitud de la vida.

Ser mamá teóloga para mí significa hacer teología desde el cuerpo, desde la memoria de la celebración y de la resistencia, y también desde la herida colonial que violentó los cuerpos de las mujeres. Reconozco que, desde esta continuidad ancestral de resistencia, no puedo quedarme en el dolor que paraliza, nos condena, nos culpa, nos señala por denunciar las violencias que vivimos como mujeres, ni por asumir la maternidad crucificada que tantas de nosotras hemos enfrentado.

Al mirar el dolor ancestral inscrito en el cuerpo abusado que han sufrido las mujeres de mi familia, mi madre y abuelas, me vuelvo hacia la sanación. Necesito salir del cuerpo crucificado para centrarme en un cuerpo resucitado, que me libera del dolor sufrido por abusos generacionales, para así ser capaz de engendrar una nueva vida. Es desde este lugar de liberación que asumo mi maternidad: para crear una familia en la que mi hija pueda crecer libre de violencia.

Mi hija es la quinta generación de mujeres en ambas líneas familiares cuyos nombres, historias y lugares de origen conocemos. Entre ella y mis bisabuelas se extiende un hilo de 135 años de memoria femenina ininterrumpida, un tejido vivo donde maternidad, sabiduría y resistencia se entrelazan generación tras generación. Así como yo tuve el privilegio de conocer a mis dos abuelas (Candelaria y Juanita), mi hija ha tenido la bendición de conocer a las suyas. Esta continuidad no es casual, es herencia, es ancestralidad y es responsabilidad espiritual.

La Maternidad como espiritualidad y resistencia

Las tradiciones bíblicas también reconocen la maternidad como signo continuidad sagrada de vida. En Lucas 11:27 se proclama “Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron.” Esta afirmación reconoce la maternidad como un acto sagrado, profundamente ligado a la gestación, al cuidado, al alimentar.

Sin embargo, por siglos hemos recibido una imagen de Dios casi exclusivamente masculina. La teología patriarcal silenció la dimensión femenina del “imago Dei”. Pero si Dios crea a la humanidad “varón y mujer”, entonces la imagen divina abarca también lo femenino. La experiencia cotidiana de las mujeres, su capacidad de gestar, amamantar, nutrir, resistir, es lugar teológico donde la presencia de Dios se revela. 

Reflexionar sobre esta dimensión femenina de lo divino exige atender todas las formas de acción y expresión de las mujeres, así como las diversas opresiones que enfrentamos. Como señala McFague, “los símbolos de Dios deben reflejar la totalidad de la experiencia humana, y no únicamente aquello que ha sido asociado históricamente al dominio masculino.”

Desde esta perspectiva, la maternidad divina se manifiesta en la tierra, en el agua, en el territorio y en los cuerpos femeninos que dan vida, haciendo visible la presencia de Dios en los procesos vitales y en las realidades concretas de las mujeres. Para los pueblos originarios, la madre tierra, es fuente de vida y destino “Nacemos de ella, nos alimenta, nos recibe en el descanso y volvemos a ella cuando morimos.”

La madre tierra, nuestra Abya Yala no es una metáfora ni un recurso simbólico, sino una realidad ontológica y espiritual, es cuerpo de mujer, matriz originaria y destino cíclico. Desde esta perspectiva, la maternidad no es solo un acto biológico, sino una categoría teológica que expresa la relación sagrada de interdependencia entre los seres humanos, los otros seres vivos y el territorio. La tierra es madre porque gesta, nutre, protege y regula la vida; por eso, el cuerpo femenino, también generador y cuidador de vida, es reconocido como extensión concreta de esa sacralidad.

Sin embargo, la colonización quebró este modo sagrado de co-creación. La invasión europea sobre Abya Yala no solo ocupó territorios, sino que desmanteló las cosmologías que reconocían la sacralidad materna del mundo. Así como la Madre Tierra fue violentada, dividida como propiedad privada y explotada, también lo fueron los cuerpos de las mujeres. La lógica colonial trasladó la idea de propiedad del territorio al cuerpo femenino: colonizadores, terratenientes y patrones convirtieron a las mujeres nativas en territorio conquistable, mano de obra forzada y objeto de abuso sexual sistemático. Como sostiene Segato, el cuerpo de las mujeres se transformó en el principal territorio político del colonialismo, un espacio donde se disputó poder, dominio y control. Su liberación, por tanto, no es un añadido, sino el corazón mismo de cualquier proyecto serio de descolonización.

La violencia sexual colonial funcionó como estrategia espiritual además de política, buscaba deshumanizar a las mujeres, fracturar la transmisión cultural y quebrar la resistencia comunitaria. El cuerpo materno, convertido en instrumento de explotación y reproducción forzada, sufrió un doble ataque, por ser cuerpo de mujer y por ser cuerpo indígena. Esta doble opresión dejó heridas profundas que se transmiten de generación en generación.

No obstante, incluso en medio de estas violencias, la maternidad en Abya Yala emergió como territorio espiritual de resistencia. Desde la memoria ancestral, parir, amamantar, criar y sostener la vida se han convertido en actos profundamente teológicos, gestos cotidianos mediante los cuales las mujeres rehacen el mundo, resguardan la cultura, regeneran la comunidad y desafían las lógicas patriarcales y coloniales. La maternidad, entendida como relación y no como imposición, es un acto político y espiritual que reconstituye la alianza entre cuerpo y territorio.

En esta cosmovisión, el cuerpo materno es espejo de la Madre Tierra, ambos gestan vida, ambos han sido violentados y ambos son hoy espacios sagrados de lucha y sanación. Una teología desde Abya Yala nos recuerda que defender la tierra es defender el cuerpo de las mujeres, y sanar el cuerpo de las mujeres es sanar también el territorio. Por eso, la maternidad como cuerpo–territorio se convierte en una categoría teológica fundamental para los procesos de resistencia y reconstrucción de los pueblos originarios, es el lugar donde se afirma la vida frente a la muerte, la memoria frente al olvido, y la dignidad frente al colonialismo aún persistente.

Volver a la maternidad como ciclo sagrado y relacional

Ser madre es una alegría profunda, pero también un camino de cansancio, desvelo y responsabilidad compartida, sin redes de apoyo ni condiciones dignas, las mujeres y nuestras hijas e hijos enfrentamos riesgos altísimos. Violencia física, sexual y psicológica; empobrecimiento estructural; falta de acceso a salud intercultural y respetuosa. Estas violencias fragmentan la experiencia materna y la separan de su dimensión espiritual y comunitaria.

Frente a ello, muchas comunidades de Abya Yala están retomando la sabiduría ancestral que comprende la maternidad como un ciclo sagrado. Reconocer los ritmos del cuerpo, honrar la fertilidad, acompañar los procesos de gestación con medicina ancestral, reconectar con los ritmos lunares y cuidar la gestación como prácticas que restauran el tejido de la vida. Como enseña la teóloga Aymara Sofía Chipana, en el Kuti, el tiempo del retorno y la transformación, las comunidades reconocen que cada ciclo requiere equilibrio, uywaña, el cuidado tierno y responsable de todos los seres. Desde esta perspectiva, la maternidad no es un acto individual sino un movimiento relacional, un diálogo constante entre cuerpo, territorio, cosmos y comunidad.

Ser madre hoy, en Abya Yala, es abrazar la continuidad, la resistencia y la espiritualidad de seguir existiendo en medio de un proceso colonial que, desde sus inicios, ha buscado desaparecer a la población nativa en su totalidad. Ser madre es cuidar la vida con ternura y fortaleza, incluso en estructuras que todavía reproducen violencia colonial. Es sanar las heridas de abuso y reconectar con nuestros cuerpos. Desde esta visión, nuestros vientres y nuestras tierras no son territorios de conquista, sino territorios de vida.

Asumir la maternidad implica reconocer que quienes optamos por ella encarnamos un legado y una responsabilidad ancestral. Es la continuidad de las memorias de nuestras abuelas, que resistieron la colonización, las migraciones y los exilios; de aquellas que mantuvieron la lengua ancestral, la ceremonia espiritual y la memoria viva incluso bajo la opresión.

Por eso, al escribir sobre mi maternidad y mi experiencia como madre y teóloga, afirmo que mi hija es memoria y resistencia de nuestras abuelas. Es por ella que soy madre, y con ella cultivo una teología viva, un ciclo sagrado que florece, que nos sostiene y nos promete la esperanza de la resurrección.

Abya Yala, el nombre proviene de la lengua Guna, pueblo originario que habita entre Panamá y Colombia. Abya Yala significa “tierra en plena madurez y tierra de sangre vital”. En la década de 1970, activistas, historiadores, políticos, sociólogas, teólogas con un fuerte sentido de identidad y trabajo decolonial adoptaron el término Abya Yala como nombre unificado para el continente, en lugar de referirse como América Latina, Latinoamérica, Las Américas entre otros nombres que perpetúan las divisiones coloniales (Delgado & Ramírez, 2022).

Nota: Este artículo es un pequeño entretejido de dos textos que escribí y fueron publicados entre el 2024 y 2025

Motherhood in Abya Yala: A womanist approach to ancestral memory of care and resistance. (2025). In Divine Interruptions: Maternal Theologies and Experiences (1st ed., pp. 64–78). Paulist Press.

The Sacredness of Motherhood in Abya Yala. La sacralità della maternità in Abya Yala. Anthropotes – Rivista ufficiale del Pontificio Istituto Teologico Giovanni Paolo II per le Scienze del Matrimonio e della Famiglia in Rome.


Maternidad

El camino entre la gestación, el parto y la lactancia

La maternidad es una relación profunda basada en la interdependencia mutua entre la mujer y su bebé. Las mujeres no nacemos con el ser maternal, sino que aprendemos a ser maternales en el proceso que sentimos a nuestro bebe en el vientre, experimentamos el proceso de parto, y sobre todo cuando lo recibimos en brazos y le amamantamos. Es a través de la relación de meses que se entreteje ese sentimiento materno, a la vez que la oxitocina que se produce durante la lactancia nos promueve el apego, y el sentimiento de amor hacia nuestro recién nacido.

La maternidad es un viaje transformador que abarca diversas experiencias y responsabilidades, configurando nuestras identidades como mujer y madre a la vez. Sin embargo, el camino hacia la maternidad está lejos de ser fácil. Entre madres a hijas y abuelas muchas veces se aprende de la convivencia mutua y lamentablemente se guarda silencio de los sufrimientos que la mujer asume en la maternidad causando entre muchas cosas, que las nuevas generaciones estén mejor preparadas para la labor de asumir una maternidad saludable.

En una sociedad donde las mujeres aún enfrentamos discriminación, es doble aún si una mujer tiene hijos. Muchas mujeres sufren y son más vulnerables en esta situación por lo que reflexionar sobre la maternidad es crucial para mejorar las condiciones de vida de las mujeres que asumen la maternidad.

Es cierto que ser maternal es amor incondicional, sonrisas, alegrías, pero también la maternidad implica noches sin dormir, llanto, limitaciones sociales, criar es asumir la responsabilidad de nutrir y cuidar a otro ser humano en camino a su independencia por lo que requiere tiempo y compromiso de por vida. Por lo cual es crucial reconocer la complejidad de la maternidad en su totalidad. Sin el apoyo adecuado durante este período de transformación, las mujeres corremos el riesgo de vivir en pobreza, tener problemas de salud, sufrir violencia por parte de nuestras parejas y otras situaciones que dejan a la mujer y al bebe en riesgo. 

Las mujeres en el proceso de la maternidad asumen la gestación del bebe, el parto y la lactancia en un proceso de mucha transformación física, emocional y espiritual que muchas veces desconocemos. 

Por mi propia experiencia de ser madre de una preciosa bebe de seis meses, escribo en manera de reflexión e información para ir abriéndonos al diálogo sobre este bello y desafiante proceso de maternidad.

Embarazo 

Es una etapa notable en la vida de una mujer, nuestro cuerpo pasa por ciclos naturales que le permiten convertirse en co-creadora de la vida. La concepción marca el comienzo de este viaje, y las mujeres experimentamos el embarazo en diferentes circunstancias. El embarazo puede ser por elección, por presión social o por asistencia médica. Sea el camino que se haya dado el embarazo es en todo caso milagroso, esto porque, aunque sea deseado o no, nuestro cuerpo encuentra el camino para multiplicarse. La fusión de un óvulo y un espermatozoide da como resultado el desarrollo de un embrión, que alrededor de la semana 12 define su sexo a través de los cromosomas. 

Un bebé con cromosomas XY será incapaz de reproducirse o tener un ciclo menstrual. En contraste, un bebé con cromosomas XX desarrollará un sistema reproductivo completo, incluyendo un útero y ovarios que contienen millones de óvulos que la acompañarán durante su vida y ciclo menstrual para poder en un momento dar una nueva vida.  

Durante la gestación, el o la bebé experimenta un notable crecimiento y desarrollo, revelando gradualmente cada una de sus extremidades, latidos del corazón y órganos vitales en desarrollo. A lo largo de este proceso, la bebé y la madre comparten una conexión especial caracterizada por un delicado equilibrio de interdependencia e independencia. El bebé se desarrolla como un individuo distinto mientras depende del útero de la madre para su nutrición y sustento. Esta relación simbiótica es un testimonio de la labor co-creadora que tiene la mujer en la medida que albergamos una nueva vida en nuestro vientre. 

Durante el embarazo, las mujeres debemos priorizar nuestro propio bienestar y el de nuestro bebé en desarrollo. Esto implica mantener una dieta nutritiva, hacer ejercicio adecuadamente, controlar el estrés y el bienestar emocional. A pesar de estas recomendaciones, muchas mujeres continúan haciendo malabarismos con su vida laboral, ya sea dentro o fuera del hogar, realizando actividades académicas o participando en actividades agrícolas o de mano de obra intensiva. Sin embargo, el embarazo también presenta desafíos, ya que el cuerpo de una mujer sufre transformaciones significativas durante los nueve meses de preparación para dar a luz a un recién nacido.

Parto

El proceso de parto, ya sea por vía vaginal o por cesárea, es una mezcla de momentos mágicos y de dolor. Si bien las mujeres tienen la autonomía para tomar decisiones sobre su experiencia de parto, a menudo somos guiadas a un entorno hospitalario por varias razones. La capacidad de monitorear la salud del bebé durante el nacimiento ayuda a evitar posibles complicaciones, lo que hace que la atención médica sea un aspecto crucial del proceso. 

En algunos casos, las mujeres pueden optar por dar a luz en casa, acompañadas de la orientación de una partera. Muchas comunidades tienen tradiciones de larga data en las que las parteras y curanderas tradicionales son fundamentales para facilitar el parto. Estas ceremonias, arraigadas en prácticas tradicionales, reconocen que una atmósfera de amor y apoyo promueve una experiencia de parto pacífica y armoniosa. La creación de un ambiente sereno relaja a la mujer y reduce el dolor, lo que garantiza un entorno favorable para el parto y contribuye al bienestar general de la madre y el recién nacido.

Independientemente del método y lugar elegido, las mujeres se embarcan en un viaje transformador para traer nueva vida al mundo. La búsqueda de preservar el bienestar de la madre y el bebé durante el embarazo y el parto ha sido un punto central de luchas y derechos por recibir una atención digna durante el proceso de parto

Es importante entender nuestro cuerpo, así como hemos tenido nueve meses de cambios, después del parto, entramos a un período de recuperación. Los órganos vuelven gradualmente a sus posiciones regulares mientras el bebé asume su existencia externa, requiriendo cuidado y nutrición. Esta fase posterior al nacimiento marca un momento crucial para que la madre y el bebé se unan y se ajusten a sus nuevos roles y responsabilidades.

Lactancia

La lactancia materna (amamantar) es un aspecto crucial de alimentación como de cuidado, ya que brinda numerosos beneficios tanto para el bebé como para la madre. Amamantar establece una conexión profunda, haciendo que el bebé pase de estar conectado a través del cordón umbilical a alimentarse del pecho y la boca. Mientras que algunas mujeres pueden producir suficiente leche inmediatamente después del parto, otras pueden tardar horas, días o incluso semanas en establecer un suministro de leche suficiente para su bebe. Los senos de la madre nutre al bebé a través del amamantamiento, ofreciéndole alimentación, cobijo y protección. 

El acto inicial de amamantar puede ser tanto mágico como doloroso para la madre a medida que su cuerpo se adapta al proceso y sus pezones se moldean a la succión del bebe. Amamantar requiere tiempo y aunque muchas mujeres lo asumen en su vida diaria, muchas mujeres que deben de regresar a trabajar fuera de casa optan por usar el “saca leche” que les permite seguir produciendo leche, guardarla y luego dársela al bebe con un biberón. De esta forma las mujeres siguen dando de la leche materna, aunque no le den el pecho directamente.

El cuerpo de una mujer produce leche adaptándose para satisfacer las demandas de alimentación del recién nacido y puede amamantar hasta un año o hasta dos. Sin embargo, una nutrición inadecuada puede afectar la calidad de la leche materna. Puede conducir a deficiencias de vitaminas y minerales para la madre. El éxito de la lactancia materna y el desarrollo integral del bebé depende de varios factores, como el contexto del embarazo, la alimentación de la madre, la relación de la madre con el bebé, su edad y el apoyo que recibe. 

Las mujeres que deciden asumir la sagrada responsabilidad de la maternidad, deben ser tratadas con respeto y recibir la atención necesaria para asegurar que ambos, madre y bebe tengan las condiciones necesarias para una maternidad saludable.

Comparto algunas sugerencias que pueden ayudar a mejorar la experiencia de la maternidad:

  • Promover la educación sexual integral en las escuelas y comunidades para empoderar a las mujeres con conocimientos sobre salud reproductiva, anticoncepción y atención del embarazo.
  •  Garantizar que las mujeres accedan a servicios de atención médica de calidad durante el embarazo, el parto y el posparto. 
  • Abogar por políticas de licencia por maternidad extendidas y bien compensadas que permitan a las mujeres recuperarse del parto, vincularse con sus recién nacidos y establecer rutinas de lactancia sin preocuparse por la inestabilidad financiera. 
  • Reconocer los desafíos emocionales y psicológicos de la maternidad y garantizar el acceso a los servicios de salud mental para las mujeres que experimentan depresión posparto, ansiedad u otros problemas de salud mental. 
  • Promover grupos de apoyo y servicios de consejería para abordar el bienestar emocional de las nuevas madres.
  • Alentar a las mujeres madres a priorizar el autocuidado y el bienestar personal. Promover iniciativas que ayuden a las mujeres a equilibrar sus funciones de cuidadoras con sus necesidades y aspiraciones personales.

Al implementar estas medidas, las mujeres podemos tener una experiencia positiva sobre la maternidad, de tal manera que la gestación, parto y lactancia sea aceptada como un derecho básico, asegurando un ciclo de vida saludable para toda madre y recién nacido.