Cuando el sufrimiento llama a nuestra puerta

El discernimiento cristiano entre la conciencia, la compasión y el cuidado

Por Lisette Genao Durán

Nadie se prepara para el día en que el sufrimiento llama a tu puerta.

Puede llegar con un diagnóstico inesperado, una enfermedad que cambia el rumbo de una familia, una decisión médica urgente o una situación en la que ninguna respuesta parece suficiente. Son momentos en los que las certezas dejan de ser ideas y se convierten en preguntas. Instantes en los que descubrimos que la vida es mucho más compleja de lo que nuestras categorías alcanzan a explicar.

Es precisamente allí, cuando el sufrimiento toca la vida concreta de una persona, donde la fe revela si es solo una idea defendida desde la distancia o una presencia capaz de acompañar, discernir y cuidar.

En esos momentos, las preguntas éticas dejan de ser discusiones lejanas y se vuelven decisiones concretas: cómo acompañar, cómo cuidar, cómo respetar la conciencia y cómo sostener la vida sin perder de vista la misericordia.

Vivimos en una época marcada por debates intensos sobre cuestiones éticas que atraviesan la existencia humana. Con frecuencia sentimos la presión de responder rápidamente, de ubicarnos en uno u otro lado de una discusión, como si toda realidad pudiera reducirse a posiciones opuestas. Sin embargo, la experiencia nos recuerda que el sufrimiento nunca llega en abstracto. Siempre tiene un nombre, una historia, una familia y un rostro.

Después de muchos años acompañando personas como psicóloga y creyente, he aprendido que el dolor no suele necesitar, en primer lugar, una explicación. Suele necesitar una presencia capaz de escuchar sin apresurarse a juzgar, una mirada que reconozca la dignidad de quien sufre y una comunidad que no abandone precisamente a quienes más necesitan ser sostenidos.

Quizá por eso el Evangelio nunca comienza con una teoría. Comienza con una persona.

Jesús recorrió los caminos de Galilea encontrándose con hombres y mujeres cuyas vidas estaban atravesadas por el sufrimiento. Nunca redujo a nadie a su enfermedad, a su pecado o a su condición social. Antes de pronunciar una enseñanza, miraba. Antes de corregir, escuchaba. Antes de responder, se acercaba.

Hay una parábola que ilumina de manera especial este modo de comprender la fe. Un hombre desciende de Jerusalén a Jericó y es asaltado. Queda tendido al borde del camino. Un sacerdote pasa junto a él. También un levita. Ambos ven al hombre herido, pero continúan su camino. Entonces aparece un samaritano.

El evangelista Lucas utiliza un verbo que cambia toda la escena: “se conmovió” (Lc 10,33).

No fue el único que vio el sufrimiento. Fue el único que permitió que el sufrimiento del otro transformara su manera de actuar. 

Se acercó, vendó sus heridas, lo levantó, lo llevó a un lugar seguro, permaneció con él y asumió el costo de su cuidado.

La compasión, en el Evangelio, nunca es una emoción pasajera. Es una decisión que se hace responsable de la vida del otro.

Quizá esa sea una de las preguntas más urgentes para nuestro tiempo. ¿Qué ocurre cuando el sufrimiento humano desafía nuestras certezas?

No se trata de renunciar a las convicciones ni de abandonar los principios que orientan nuestra vida. Se trata de recordar que toda convicción cristiana encuentra su sentido cuando es capaz de servir a la dignidad humana.

La tradición de la Iglesia ha comprendido desde hace siglos que hay situaciones en las que el discernimiento no es una opción secundaria, sino una exigencia de responsabilidad. El Concilio Vaticano II describe la conciencia como “el núcleo más secreto y el sagrario del ser humano”, donde resuena la voz de Dios (Gaudium et Spes, 16). No se trata de una conciencia aislada ni arbitraria, sino de una conciencia que busca sinceramente el bien, iluminada por la fe, la razón, la oración y la responsabilidad.

Esta comprensión nos recuerda que la madurez cristiana no consiste en responder automáticamente a todos los dilemas, sino en aprender a discernir con humildad, sabiendo que el sufrimiento humano nunca puede convertirse en un detalle secundario de nuestras reflexiones éticas.

Con frecuencia hablamos de justicia como si fuera únicamente la aplicación correcta de una norma. El Evangelio propone una comprensión más profunda: Jesús nunca separó la justicia de la misericordia, porque toda ley encuentra su sentido cuando protege la vida, restaura la dignidad y permite que las personas vuelvan a levantarse.

Por eso me atrevo a afirmar que la compasión también es un acto de justicia.No porque sustituya la verdad, sino porque impide que la verdad se convierta en indiferencia.

No porque elimine la responsabilidad, sino porque recuerda que toda responsabilidad cristiana comienza reconociendo el rostro concreto de quien sufre.

Quizá ese sea uno de los mayores desafíos para las comunidades creyentes de nuestro tiempo. No acostumbrarnos nunca al sufrimiento del otro. Resistir la tentación de convertir los grandes dilemas humanos en discusiones donde las personas desaparecen detrás de los argumentos.

El papa Francisco ha insistido repetidamente en la necesidad de construir una auténtica cultura del cuidado. Esa invitación no representa una novedad dentro del cristianismo; nos devuelve al corazón mismo del Evangelio. Allí donde alguien es descartado, olvidado o dejado al borde del camino, la fe siempre nos invita a acercarnos antes de emitir un juicio.

Al final de la parábola, Jesús no pregunta quién interpretó mejor la ley. Pregunta algo mucho más exigente: «¿Quién fue el prójimo del que cayó en manos de los asaltantes?» (Lc 10,36).

Tal vez esa siga siendo la pregunta decisiva para nuestras comunidades y sociedades: no solo qué posición asumimos frente a los grandes dilemas éticos de nuestro tiempo, sino qué tipo de presencia estamos dispuestos a ofrecer cuando el sufrimiento llama a nuestra puerta.

Porque el Evangelio comienza precisamente allí donde alguien decide no pasar de largo.

Y quizá, en un mundo que con frecuencia enfrenta la justicia y la compasión como si fueran caminos opuestos, el mayor desafío para quienes seguimos a Jesús sea recordar que nunca dejó de mirar el sufrimiento con misericordia, ni permitió que la verdad perdiera su capacidad de cuidar.

Solo una fe que permanece junto a quien sufre puede seguir anunciando, con credibilidad, la Buena Noticia del Reino de Dios.

Cuando la vida real interpela la fe

Por Lisette Genao Duran

En demasiados espacios de fe, las mujeres llegan con dolor y salen con culpa. Los debates sobre derechos reproductivos suelen presentarse como discusiones abstractas, formuladas desde principios doctrinales generales y respuestas aparentemente absolutas. Pero fuera de esos discursos existen vidas concretas: historias atravesadas por miedo, vulnerabilidad, salud, violencia, pérdida y decisiones difíciles.

Es precisamente allí, en la vida real, donde la reflexión ética y teológica se vuelve más exigente. Hablar de derechos reproductivos desde la fe implica reconocer que no estamos solo ante conceptos morales, sino ante cuerpos, conciencia, dignidad y vida. Sin embargo, durante años, muchas mujeres han experimentado las comunidades religiosas no como espacios de acompañamiento espiritual, sino como lugares donde sus vivencias son juzgadas antes de ser escuchadas.

Frente a eso, los evangelios muestran una y otra vez a Jesús acercándose a las personas desde la compasión antes que desde la condena. En más de una ocasión, Jesús desafió las formas religiosas que colocaban la norma por encima de la vida humana. “Misericordia quiero y no sacrificios” (Mt 9:13) no aparece solo como una frase aislada, sino como una manera de comprender la relación entre fe, dignidad y cuidado.

Jesús y la complejidad humana

Uno de los rasgos más sorprendentes del ministerio de Jesús es su capacidad de encontrarse con las personas dentro de la complejidad de sus vidas. No se relaciona con seres humanos ideales, sino con personas atravesadas por sufrimientos, exclusiones y dilemas reales.

Mientras las autoridades religiosas de su tiempo esperaban respuestas rígidas, Jesús desplazaba la discusión hacia la dignidad humana. La pregunta central parece ser siempre la misma: ¿qué decisión protege la vida?, ¿qué acción restaura a la persona?, ¿dónde está la compasión?

Esto no significa que los dilemas éticos desaparezcan. Significa, más bien, que la vida humana no puede reducirse a fórmulas abstractas desconectadas del sufrimiento concreto.

La conciencia como espacio espiritual

La tradición cristiana ha reconocido históricamente la importancia de la conciencia moral. No se trata simplemente de una opinión individual, sino de ese espacio interior donde las personas disciernen, luchan, oran y toman decisiones frente a situaciones complejas de la vida.

Sin embargo, en muchos debates públicos, la conciencia de las mujeres desaparece. Se habla sobre ellas, pero pocas veces se escucha lo que viven; se discuten normas, pero no siempre se consideran las consecuencias humanas de esas normas.

Desde una perspectiva pastoral y psicológica, esto tiene efectos profundos. Las experiencias relacionadas con embarazo, maternidad, violencia sexual, salud reproductiva o pérdida gestacional suelen estar cargadas de miedo, culpa, dolor e incertidumbre. Abordarlas únicamente desde categorías jurídicas o doctrinales puede deshumanizar el acompañamiento espiritual.

La ética del cuidado

Uno de los aportes más importantes de las teologías feministas y de las éticas del cuidado ha sido recordarnos que las decisiones humanas ocurren dentro de contextos concretos. No todas las personas viven las mismas condiciones sociales, económicas o emocionales; no todas las mujeres enfrentan los mismos riesgos ni cargan con las mismas posibilidades.

Por eso, una ética verdaderamente comprometida con la vida necesita aprender a escuchar las circunstancias humanas con humildad. La pregunta ética no puede limitarse a “qué está permitido” o “qué está prohibido”. También debe preguntarse quién está sufriendo, quién está siendo invisibilizada y quién está cargando sola con las consecuencias.

El cuerpo y la dignidad

La fe cristiana afirma que toda persona ha sido creada a imagen y semejanza de Dios. Esa afirmación incluye también el cuerpo. Sin embargo, durante siglos, el cuerpo de las mujeres ha sido tratado como territorio de regulación social y religiosa. Se ha hablado con más insistencia del control del cuerpo femenino que de su dignidad.

Una espiritualidad centrada en la vida debería preguntarse cómo proteger integralmente a las personas, especialmente en contextos de vulnerabilidad. Hablar de derechos reproductivos desde la fe no significa abandonar la ética, sino ampliar la mirada para incluir la realidad completa de las vidas humanas.

Las mujeres y el silencio religioso

Muchas mujeres creyentes viven profundas tensiones internas cuando enfrentan decisiones difíciles relacionadas con su salud reproductiva. Algunas sienten miedo de hablar; otras experimentan culpa religiosa; muchas cargan silenciosamente experiencias dolorosas sin encontrar espacios seguros dentro de sus comunidades de fe.

Esto plantea una pregunta ineludible para las iglesias: ¿estamos siendo espacios de acompañamiento o espacios de condena? Los evangelios muestran a Jesús acercándose, precisamente, a quienes eran marginados por los discursos religiosos dominantes de su tiempo. Tal vez hoy también la fe está siendo llamada a escuchar más y a juzgar menos.

Una teología que acompañe la vida

La teología pública tiene el desafío de dialogar con la realidad contemporánea sin perder profundidad espiritual. Eso implica reconocer que las preguntas éticas de nuestro tiempo son complejas y requieren sensibilidad humana, escucha y discernimiento.

No se trata de relativizar la fe, sino de evitar respuestas simplistas frente a situaciones profundamente dolorosas. Acompañar la vida humana exige compasión, y la compasión no es debilidad moral, sino una forma radical de reconocer la dignidad del otro.

Hacia comunidades más humanas

Quizás uno de los llamados más urgentes para las comunidades cristianas hoy sea recuperar la capacidad de acompañar: acompañar sin controlar, escuchar sin condenar de inmediato y reconocer que detrás de cada debate hay personas reales.

La fe no debería aumentar el sufrimiento de quienes ya atraviesan situaciones difíciles. Por el contrario, debería convertirse en un espacio donde las personas encuentren cuidado, dignidad y esperanza. Allí donde una comunidad deja de vigilar cuerpos y aprende a acompañar conciencias, el Evangelio vuelve a hacerse buena noticia para quienes durante demasiado tiempo solo encontraron silencio, culpa o condena.

Lisette Genao Durán es psicóloga, teóloga. Es presidenta de Alianza Cristiana Dominicana y de Católicas por el Derecho a Decidir República Dominicana (CDD-RD). Su trabajo se sitúa en la intersección entre fe, justicia social y derechos humanos, promoviendo reflexiones teológicas y acciones de incidencia pública que defienden la dignidad, la autonomía y la vida de las mujeres.