Por Steve Warren Privat-Pérez
Los relatos del diluvio en Génesis 6:5–22; 8:15–19, suelen leerse desde la clave del castigo o del juicio divino. Sin embargo, una lectura teológica atenta permite descubrir un énfasis distinto y profundamente pertinente para nuestro tiempo: el arca no es solo un medio de salvación frente a la destrucción, sino un espacio pedagógico donde la creación reaprende a vivir. En contextos de crisis, como la cuarentena global provocada por una pandemia, esta dimensión educativa del arca adquiere una fuerza especial, pues nos invita a pensar el encierro no como parálisis estéril, sino como oportunidad de transformación.
El detenernos forzosamente confronta nuestra manera de habitar el mundo. Así como el diluvio interrumpe el curso de una humanidad violenta y corrupta, hoy la crisis sanitaria interrumpió un sistema de vida marcado por la explotación ilimitada de la tierra y de los cuerpos. La pregunta teológica no es solo por qué ocurre la catástrofe, sino qué aprendemos dentro del arca.
La ruptura original y la necesidad de reaprender
Génesis 6 describe un mundo donde las relaciones están profundamente dañadas. La violencia no es un accidente aislado, sino una estructura que atraviesa toda la creación. El problema no es meramente moral, sino relacional: el ser humano ha roto su vínculo con Dios, con el prójimo y con la tierra. Por eso, la respuesta divina no apunta únicamente a eliminar la maldad, sino a reconfigurar las relaciones.
El arrepentimiento de Dios (Gn 6:6) no expresa dolor. Dios sufre porque la creación ya no refleja el proyecto original de convivencia y cuidado. En este contexto, Noé no es presentado como un héroe aislado, sino como un ser humano que haya gracia y es llamado a colaborar en un proceso de restauración. La orden de construir el arca inaugura una pedagogía divina: antes de salir a un mundo nuevo, es necesario aprender de nuevo a vivir juntos.
El arca como casa flotante: una pedagogía del convivir
Cuando el texto bíblico es leído en la Traducción al Lenguaje Actual, el arca aparece como una “casa flotante”. Este detalle no es menor. La palabra “casa” evoca intimidad, cuidado, límites compartidos y responsabilidad mutua. No se trata de un refugio individualista, sino de un hogar común.
En el arca ingresan todos: la familia de Noé y los animales de cada especie (Gn 6:18–20). Nadie queda fuera del proyecto de restauración. Esta inclusión radical rompe cualquier jerarquía utilitarista. Los animales no están allí como recursos futuros ni como propiedad humana, sino como copartícipes del pacto. La salvación no es antropocéntrica; es cósmica.
El espacio limitado del arca obliga a una convivencia inédita. Predadores y presas, humanos y animales, todos comparten el mismo techo. El texto no describe conflictos internos, pero precisamente ahí reside su fuerza simbólica: el arca representa un ensayo de la creación reconciliada, una anticipación del shalom perdido.
El proceso dentro del arca no es breve ni instantáneo. Los cuarenta días de lluvia y el largo tiempo de espera hasta que las aguas descienden configuran un tiempo pedagógico. No se trata solo de sobrevivir, sino de dejar que el tiempo haga su trabajo formativo. La espera enseña paciencia; el encierro, cuidado mutuo; la cercanía forzada, reconocimiento del otro.
Este tiempo suspendido recuerda que la transformación profunda no ocurre de inmediato. La creación necesita tiempo para sanar, y el ser humano necesita tiempo para desaprender la violencia. En el arca, la creación entera se ve obligada a detener su antigua forma de relacionarse. No hay dominio, no hay expansión, no hay acumulación. Solo hay convivencia.
En este sentido, el arca se convierte en una escuela de la vida, donde se reaprenden valores fundamentales: respeto, corresponsabilidad y límites. El cuidado de los animales, la administración de los alimentos y la preservación de la vida cotidiana son actos profundamente teológicos.
El arca no como escape, sino como laboratorio
Es fundamental subrayar que el arca no es un escape del mundo. No es una huida espiritualista frente al caos, sino un laboratorio de reconciliación. Todo lo que ocurre dentro del arca tiene un propósito que mira hacia afuera. La meta no es permanecer allí, sino salir transformados.
Cuando en Génesis 8:15–19 Dios ordena a Noé y a todos los seres vivientes salir del arca, el mandato es claro: volver a poblar la tierra. Pero ya no se trata de reproducir el mismo modelo de vida que condujo a la destrucción. El salir del arca implica asumir una responsabilidad nueva: poner en práctica lo aprendido dentro de ella.
La creación que sale del arca es la misma, pero no debería ser igual. Ha pasado por un proceso pedagógico que la ha marcado. El pacto que Dios establece con Noé y con todos los seres vivientes confirma que la relación entre Dios y la creación se funda ahora en una promesa de cuidado mutuo.
Resonancias contemporáneas: nuestras arcas hoy
La cuarentena, como experiencia global, puede leerse teológicamente como un tiempo de arca. Hemos sido obligados a reducir el ritmo, a compartir espacios limitados y a enfrentar nuestra interdependencia. Así como en el arca nadie se salva solo, hoy queda en evidencia que la vida humana depende de redes de cuidado, de la salud de los ecosistemas y de la justicia social.
Nuestros hogares, comunidades y organizaciones pueden convertirse en espacios pedagógicos si asumimos conscientemente este tiempo como oportunidad de aprendizaje. ¿Qué prácticas necesitamos desaprender? ¿Qué nuevas formas de relación con la tierra y con los otros estamos llamados a ensayar?
El desafío es resistir la tentación de salir del arca para “volver a lo mismo”. El sistema económico extractivista presiona para recuperar rápidamente los ritmos de producción y consumo, aun a costa de la vida. El relato de Noé nos confronta con una alternativa: salir del arca implica vivir de otra manera.
Reconstruir la casa es reconstruir las relaciones. Es reconocer que la salvación es comunitaria, que la creación entera participa del proyecto divino y que el tiempo de espera puede ser fértil. La pregunta que queda abierta es profundamente ética y espiritual: ¿qué tipo de humanidad saldrá del arca esta vez? Si hemos aprendido algo, será posible habitar la tierra no como dueños, sino como cuidadores de una casa que es de todos.