La ingeniería de la soledad

La extrema derecha hacia el triunfo político de la autoexplotación

Por Diego Ramos

Mientras el máximo exponente de la despolitización, Javier Milei, exhibía con orgullo en su visita no oficial a España el abandono del Estado y su absoluta irresponsabilidad gubernamental, la Argentina se precipita hacia un deterioro sin precedentes: desindustrialización galopante, precarización laboral, un riesgo país por las nubes y un autoritarismo que aflora en cada intento de censura.

Es imprescindible visibilizar y desmenuzar la pedagogía de la anti política de esta extrema derecha. Para ello, resulta fundamental señalar los mecanismos que pone en marcha para lograr lo impensable: que el ciudadano de a pie —don Juan, doña Rosa, el joven de la esquina— sostenga casi con orgullo la bandera del propio sacrificio. ¿Qué instrumentos están en juego y en qué plano operan? Los ejemplos abundan. En la antesala del balotaje en Brasil, por ejemplo, se escuchaba a un joven sintetizar esta encrucijada: “Lula, gracias por los beneficios, pero mi pastor me pidió votar por Bolsonaro…”

Es en este terreno donde convergen la autoexplotación, la irrupción de la inteligencia artificial y los discursos de la teología de la prosperidad: un entramado en el que la sociedad aprende a sobrevivir en soledad y renuncia a pensarse colectivamente. Se trata de una transformación silenciosa, pero profundamente política, que atraviesa a nuestros pueblos. Mientras se multiplican los eslóganes sobre la libertad individual, el éxito y la autorrealización meritocrática, se erosiona la capacidad fundamental de la vida democrática: reconocernos como parte de un destino común. Como advierte el filósofo Byung-Chul Han, estamos ante la forma más sofisticada de dominación, donde el individuo se convierte en el verdugo y explotador de sí mismo.

Es aquí donde el fascismo se reinventa en su versión más seductora para calar en las mayorías: un populismo de derecha que convence a la sociedad de que ya no hace falta un tirano o una autoridad externa que imponga el rendimiento. Ahora, es el propio individuo quien se exige de forma despiadada y permanente, creyendo ingenuamente que esa autoexplotación es el ejercicio pleno de su libertad. El mandato disciplinario mutó: ya no dice “debes obedecer”, sino “tú puedes lograrlo”. En esta operación reside el primer éxito de la extrema derecha: si el éxito depende exclusivamente de vos, también serás el único culpable de tu propio fracaso.

Históricamente, las luchas sociales identificaban con claridad las estructuras externas de opresión: sistemas económicos injustos, precarización laboral y decisiones políticas que generaban exclusión. Hoy, en cambio, la responsabilidad se desplaza por completo hacia el individuo. Cuando en una entrevista callejera en Argentina un trabajador afirma “no llego a fin de mes, voy a buscar otro trabajo”, no solo expresa la urgencia de sobrevivir, sino la trágica naturalización de su suerte. El problema radica en que esa respuesta individual se vuelve la única imaginable, dinamitando cualquier pregunta por las causas estructurales de la precariedad. La injusticia deja de entenderse como un problema político para experimentarse como una culpa personal. Aquí se consolida el segundo éxito de la extrema derecha: la despolitización absoluta de la sociedad.

Es en esta grieta donde la extrema derecha despliega su ingeniería cultural, desplazando las culpas del Estado y del mercado hacia la responsabilidad individual. El ciudadano sufre las decisiones políticas, pero pierde la capacidad de señalarlas. A esta dinámica se acopla la inteligencia artificial: lejos de emancipar, subordinada al imperativo de la productividad, termina adiestrándonos para soportar lo insoportable —dando alivio al agotamiento, consuelo a la frustración y compañía artificial a la soledad—. Paradójicamente, estamos más acompañados que nunca en lo digital y más solos que nunca en lo político. Esta lógica encuentra su correlato sagrado en la teología de la prosperidad neopentecostal, donde la fe se mide en clave de rendimiento económico. Si el éxito es bendición y el fracaso es tibieza espiritual, la injusticia social deja de combatirse en lo colectivo y pasa a expiarse en la intimidad de la conciencia.

Sin embargo, sería un equívoco interpretar este panorama exclusivamente desde el pesimismo. Las diversas expresiones de descontento que hoy conmocionan a sociedades como la francesa —por citar su caso más resonante— permiten vislumbrar un fenómeno que podríamos denominar el anarquismo del mal humor social: una reacción defensiva frente a la embestida de la precarización, la degradación del día a día y la erosión de los proyectos comunes.

Pero la política nunca se extingue, pues el pueblo es, ante todo, una categoría política inalienable. El llamamiento a convertir esa reacción intuitiva en una praxis política articulada exige a la dirigencia del campo popular y progresista estar a la altura histórica y abandonar toda mezquindad. En el pueblo que ocupa la calle se preserva una última esperanza: el malestar social puede ser la huella de una democracia herida, pero es también la señal inconfundible de un pueblo que se resiste a renunciar a una vida justa y digna.

Doloridad y Resistencia: El papel de las mujeres negras en las Iglesias Evangélicas Brasileñas

Por Aline Frutuoso

Las mujeres negras en Brasil enfrentan múltiples formas de opresión relacionadas con la raza, el género y la clase, y esta realidad también se manifiesta en las iglesias. A pesar de su significativa presencia y contribución fundamental, siguen siendo marginadas en los espacios de liderazgo y toma de decisiones. 

Vilma Piedade señala que “la relación entre la mujer negra y el poder es un tema prácticamente inexistente”. Por su parte, Maricel Mena López complementa esta visión al destacar que la ausencia de estas mujeres en posiciones de liderazgo perpetúa un ciclo de exclusión estructural.

El concepto de doloridad, creado por Piedade, refuerza la unión entre mujeres negras a partir de la vivencia del racismo y el machismo. Más que sororidad, se trata del reconocimiento de los dolores compartidos por las mujeres negras y de la necesidad de resignificarlos. En este contexto, la teología de las mujeres negras se configura como un acto de resistencia dentro de las iglesias, promoviendo la acogida y la transformación.

Invisibilidad y exclusión en las Iglesias

Aunque son mayoría en muchas iglesias evangélicas, las mujeres negras siguen limitadas a funciones subalternas, mientras que los cargos de liderazgo están ocupados mayoritariamente por hombres blancos. 

Esta exclusión va más allá de la falta de representación, pues también implica un borramiento simbólico: sus voces, dolores y perspectivas; rara vez son consideradas en debates teológicos y decisiones litúrgicas.

Una investigación de Datafolha, citada por Simony dos Anjos en Carta Capital, confirma que las iglesias evangélicas son predominantemente femeninas y negras, pero esta presencia no se traduce en poder institucional. Esta disparidad refuerza un ciclo de exclusión en el que las mujeres negras siguen relegadas al servicio comunitario, sin acceso a los espacios de toma de decisiones.

La escucha como un acto sagrado de resistencia

La escucha ocupa un papel central en la práctica teológica de las mujeres negras. Más que un acto de empatía, escuchar es una herramienta política y espiritual que rompe con el silencio histórico. Compartir historias permite que estas mujeres tengan sus experiencias reconocidas y validadas, creando un espacio de fortalecimiento y aprendizaje.

Además, la escucha desafía las jerarquías tradicionales de las iglesias, cuestionando la ausencia de mujeres negras en los espacios de poder y resignificando su papel en la vivencia religiosa. De este modo, la escucha se convierte en un elemento de transformación, abriendo camino a nuevas formas de espiritualidad y pertenencia.

Acogida como espacio de sanación y reexistencia

Para que la acogida entre mujeres negras en las iglesias sea efectiva, debe basarse en la doloridad y en la construcción de redes de apoyo. Como afirma Vilma Piedade, “no es solo sororidad, es doloridad.” Esta acogida debe ir más allá del apoyo emocional: debe ser un acto de fortalecimiento espiritual y político, ayudando a estas mujeres a transformar el dolor en resistencia colectiva.

Caldeira señala que la acogida entre mujeres negras desafía las estructuras raciales y patriarcales de las iglesias, permitiendo la creación de nuevas formas de comunidad de fe. Este proceso de sanación colectiva es esencial para hacer de las iglesias espacios más inclusivos y equitativos.

Resignificando el dolor: de los márgenes al centro

Resignificar el dolor es un paso fundamental para las mujeres negras en las iglesias, ya que les permite transformar experiencias de marginación en una espiritualidad liberadora. Como destaca López, “la identidad negra está ligada a la pertenencia y al compromiso de reconstruir la historia compartida por los ancestros”.

Este proceso también se refleja en la forma en que las mujeres negras reinterpretan los textos bíblicos y las prácticas litúrgicas. Al resignificar sus vivencias, construyen una teología afro-feminista que desafía las estructuras excluyentes de las iglesias y propone nuevos modelos de liderazgo espiritual.

Vilma Piedade enfatiza que “un concepto camina, recorre la historia, acumula e interactúa con otros conceptos”, reforzando la idea de que la doloridad no es solo una respuesta al sufrimiento, sino un movimiento dinámico de resistencia y transformación.

Arte y Doloridad: expresión y resistencia

La doloridad también se manifiesta en el arte, un poderoso medio de expresión y resignificación del dolor. La experiencia de las mujeres negras puede transformarse en literatura, música, danza y artes visuales, creando espacios de sanación y empoderamiento.

El arte permite que estas mujeres compartan sus historias, cuestionen narrativas racistas y reafirmen su existencia. Al expresar sus vivencias a través de la creación artística, fortalecen su identidad y construyen un legado de resistencia y resiliencia. Como destaca Piedade, la doloridad contiene “las sombras, el vacío, el discurso silenciado”, y el arte es una herramienta para traer estas experiencias a la luz.

Consideraciones finales

La práctica teológica de las mujeres negras en las iglesias evangélicas brasileñas puede y debe ser un ejemplo de resistencia basada en la doloridad. La escucha, la acogida y la resignificación del dolor forman una teología transformadora que desafía las estructuras de opresión y propone nuevas posibilidades de vivencia espiritual.

Aunque todavía enfrentan invisibilidad en muchos espacios, estas mujeres están promoviendo cambios significativos dentro de las iglesias, convirtiendo su fe en un instrumento de empoderamiento y justicia social. Como afirma López (2015), “la teología afro-feminista afirma que la experiencia de las mujeres es el punto de partida de la reflexión teológica”. Así, la lucha de las mujeres negras no es solo una reivindicación por inclusión, sino un llamado a la transformación de las iglesias y de la sociedad en su conjunto.

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Aline Frutuoso

Economista y teóloga brasileña. Estudiante de Doctorado en Ciencias Religiosas en la Pontificia Universidad Católica de São Paulo. Miembro de Agar – Sociedad Teológica de Mujeres Negras. Escribe sobre teología mujerista negra, feminismo y descolonización.