Mensaje a la Iglesia Presbiteriana de los Estados Unidos 

Por Yenny Delgado

A la Iglesia Presbiteriana de los Estados Unidos*, la Asamblea General y el comité coordinador, ofrezco mi más sincero agradecimiento por esta oportunidad de compartir, adorar y reflexionar juntos. Está en mis oraciones que este mensaje nos ayude a crecer y continuar nuestro camino para ser la iglesia que estamos llamados a ser.

Al crecer, nunca hubiera imaginado que estaría dando este mensaje en la 225 asamblea general. Crecí en una comunidad donde las familias luchaban por comida, seguridad y vivienda. Muchos de mis vecinos eran inmigrantes de los Andes a la ciudad, extraños en su propio país, algunos sufrian de enfermedades y luchaban por acceder a los servicios medicos y pagar los medicamentos esenciales.

Mi familia también migró en busca de mejores oportunidades. Mi abuela dejó su pueblo natal entre las montañas hacia el Amazonas donde trabajó la tierra como agricultora. Mis padres se fueron del campo a la gran ciudad para completar su educación. Mas tarde yo  viajaría desde Lima, la capital de Perú a Costa Rica para estudiar teología y luego a los Estados Unidos donde sería  miembro de la iglesia presbiteriana y anciano gobernante durante 12 años. Tres generaciones de mi familia hemos migrado hacia en diferentes lugares, miles de kilómetros del este a oeste y luego de sur a norte. El desplazamiento a menudo ha hecho que sea difícil encontrar un lugar al que llamar hogar. Sin embargo, uno de los recuerdos que ha perdurado a través de las generaciones ha sido el ser parte de las comunidades cristianas dondequiera que estuvimos, porque estas comunidades nos ayudaron a  sentirnos como en casa.

A pesar de las dificultades, crecí en una familia que tenía fe en Dios, trabajaba duro y vivía en solidaridad. Estas fueron las claves esenciales para vivir con esperanza en medio de tiempos difíciles. De hecho, la Biblia fue el fundamento de la fe de mi abuela. Mi abuela asistía a la iglesia en su pueblo en los Andes, y fue allí a la edad de 30 años que aprendió a leer la Biblia. Como parte de la población originaria y con muy deficiente acceso a la educación, la iglesia fue uno de los pocos lugares donde fue acogida y animada a aprender, esta era su amada comunidad. De la misma manera décadas después cuando me mudé a los Estados Unidos, como nueva inmigrante, encontré una comunidad de fe y aprendí a leer y escribir en inglés. Todos los días, leía un pasaje de mi Biblia en inglés y en español lo cual me ayudó a desarrollar una comprensión no solo del idioma, sino también a escuchar el mensaje de Dios de nuevo.

Mientras tanto, más de una década después, aquí estoy, como mi abuela y mis padres, siendo parte de una comunidad de fe, mi familia extendida y un grupo de creyentes reunidos para escuchar el mensaje de Dios.

Uno de mis pasajes favoritos de la Biblia proviene del Evangelio de Lucas. Este texto siempre ha sido importante para mí, y me gustaría que hoy reflexionemos sobre él unos momentos. Leamos Lucas 4: 18-21 donde Jesús publicamente comienza su ministerio.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque se ha fijado en mí para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año del favor del Señor”. Luego enrolló el rollo, se lo devolvió al asistente y se sentó. Los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Comenzó diciéndoles: “Hoy se cumple esta escritura en presencia de ustedes”.

Jesús estaba leyendo Isaías 61:1-2, un pasaje profético. Me imagino cómo se sintió Jesús leyendo este pasaje y compartiendo su identidad con los asistentes. Estoy segura de que algunos en la multitud escucharon ese mismo pasaje muchas veces antes, y tal vez ni siquiera se dieron cuenta de que Jesús estaba entre ellos.

¡Qué mensaje para todo el pueblo! Y estoy seguro de que había un montón de preguntas:

¿No es este el hijo del carpintero?

¿Está realmente leyendo este pasaje?

¿No es ese el hijo de José que nació en Belén y se escapó y emigró a Egipto?

¿Realmente trae buenas noticias a los pobres?

Cuando leemos esta Escritura, ¿qué pensamos? ¿Quiénes somos en esta historia? ¿Estamos proclamando las buenas noticias, las estamos recibiendo, o somos aquellos en la multitud que simplemente preguntamos de qué está hablando este hombre Jesús?

¿Cómo podemos nosotros, la iglesia, recibir este mensaje durante esta 225 Asamblea General?

Somos una iglesia que poco a poco va reabriendo sus puertas después de más de dos años de pandemia. Una iglesia que lentamente comienza a pensar en su legado histórico y su papel en la opresión. En efecto, somos una comunidad de fe que se encuentra en un momento de decisión.

Quizás hemos olvidado que muchas veces también somos también ciegos, pobres y prisioneros. Y sí, este es un desafío para muchos de nosotros. Porque esta tierra tiene un pasado doloroso de cautiverio, discriminación y falta de visión para enfrentar los problemas sociales.

¿Cómo podemos navegar este pasaje con todo el peso de la historia?

Mucha gente entiende la iglesia desde el concepto de comunidad. Un grupo de creyentes con un corazón compuesto de fe que abraza todo el mensaje de Jesús de liberación, diversidad, predica las buenas nuevas de Dios, y tiene amor, compasión y se preocupa por las personas necesitadas. Sin embargo, la historia de la iglesia nos muestra que ha habido una lucha continua por ser esa comunidad que practica las buenas nuevas de Dios.

Sabemos que no es fácil ser una iglesia de Dios abierta, ecuménica y diversa en los Estados Unidos.

¿Cómo estamos viviendo los llamados de Dios para servir a los pobres, migrantes y refugiados y dar la bienvenida al “otro” en nuestra comunidad? ¿Cómo podemos predicar una fe arraigada en la liberación sin practicarla en nuestra comunidad?

Nuestra denominación, como muchas otras, está luchando con la larga historia de prácticas excluyentes o simplemente descuidando los problemas sociales a medida que buscamos una mayor diversidad dentro de nuestra comunidad. O, a veces, llegar a ser tan legalista en su alcance que olvidamos el corazón de la compasión en el trabajo que nos proponemos hacer.

Nuestro conocimiento teológico lucha por mantener una reflexión honesta; se manipula el pensamiento a Dios, se reduce la vida de nuestra comunidad activa, se limitan nuestros pensamientos y se eligen nuestras acciones. Cuando una comunidad se reduce a una sola minoría/mayoría étnica, todo lo que entendemos de Dios está en riesgo. La iglesia a menudo encuentra consuelo en sus tradiciones. Desafortunadamente, esto conduce al aislamiento de una sociedad más diversa en esta lucha.

Aquí está nuestra llamada de hoy. La iglesia está tratando de entender lo que significa ser una comunidad real en este día y tiempo. Para hacer la transición a un lugar mejor, debemos reconocer nuestros fracasos. A través de un proceso de honesta reflexión y arrepentimiento podemos comenzar el proceso. El lamento nos ayuda a expresar el dolor por el pasado y nos permite ver el futuro con esperanza.

La iglesia en los Estados Unidos tiene mucho que ofrecer. Nuestra experiencia y reflexiones teológicas pueden ayudarnos a abrir la puerta para movernos a un lugar mejor como comunidad, un lugar de sanación, aceptación, crecimiento y liberación. Si leemos con atención, Jesús también nos está hablando a nosotros, su iglesia. En lugar de imaginarnos a nosotros mismos como los proclamadores, debemos ver que somos nosotros los que necesitamos libertad.

La iglesia de Dios debe escuchar y recibir este mensaje. Hoy nuestra iglesia recibió estas palabras y las creyó. Hoy abrazamos al Espíritu que está sobre nosotros y nos guía para dejar atrás las prácticas discriminatorias del pasado al reconocer nuestra lucha por acoger al otro. Como iglesia de Dios, podemos ser liberados para evolucionar hacia una comunidad de fe que acoge al Espíritu.

Como mi abuela encontró en su iglesia local una comunidad amada donde aprendió a leer y recibió la libertad bajo la historia colonial de exclusión de la población originaria. Hoy también podemos recibir la libertad de un pasado discriminatorio y abrazar prácticas inclusivas.

Seamos hoy, en los Estados Unidos, una iglesia que aprende, practica y enseña la reflexión y la sanación.

-Seamos una iglesia que responde al mensaje de Jesús.

-Construyamos una comunidad multiétnica con diferentes memorias ancestrales, idiomas y prácticas espirituales diversas.

Juntos, podemos unirnos para decir: “Hoy, esta escritura se cumple en tu iglesia”.

Mis hermanos y hermanas, que la paz de Dios los guarde y los guíe.

Que unamos nuestras manos para responder y ser una comunidad de fe inclusiva.

* Mensaje a la Iglesia Presbiteriana de los Estados Unidos en su Asamblea General 225 ( Sermon del 5 de Julio, 2022)

Las trenzas de mi abuela

La pedagogía de la memoria ancestral, fe y resistencia

Por Yenny Delgado

Desde pequeña siempre me sentí fascinada por el pelo largo de mi abuela. Su cabello no era solo una extensión de sí misma, sino la manifestación física de sus pensamientos y la fuerte conexión de cuidado y resistencia. Si alguien le preguntaba por qué tenía el cabello largo, ella siempre respondía: “las mujeres somos hermosas con nuestro cabello largo que crece cada día, debemos de cuidarlo”. Tengo recuerdos de mi abuela haciéndose trenzas temprano en la mañana y todas las noches antes de dormir. Se trenzaba el cabello mientras oraba y, también mientras cantaba. Sus largas trenzas transmitieron su femineidad a la vez que mostraban nuestras raíces ancestrales de una forma de vida tradicional de las mujeres originarias de Abya Yala.

Mi abuela Candelaria nació en Cajamarca, entre las montañas de los Andes del Perú, descendiente de la población originaria y, de generaciones de campesinas y cuidadoras de la tierra. Nació en febrero, el mes de la lluvia y la época del carnaval. Su rostro aunque cubierto de arrugas, revelaba sus agraciadas facciones, y su cabello tan largo y gris, adornado con su infaltable trenza, le daban un toque que siempre me llenaron de magia. Ella estaba orgullosa de su cabello natural y de sus canas, porque decía que “eran el resultado de la edad y la sabiduría”. Era tejedora y agricultora, por lo que sus manos eran ásperas, agrietadas y profundas. Trabajó toda su vida con las manos, que estaban conectadas a la tierra que sembraba y cultivaba con cariño.

Mi abuela enviudó un mes después del nacimiento de su séptimo hijo. Enfrentó desafíos y esfuerzos para criar a sus hijos y alimentarlos. Como parte de la población originaria, sin acceso a la educación, la iglesia fue uno de los pocos lugares donde fue acogida y animada a aprender. A la edad de 30 años, habiendo aprendido de pequeña lo básico de las letras, aprendió a leer de corrido y en voz alta con su Biblia, el libro que la acompañó hasta el final de sus días. Participar en una comunidad cristiana, le dio mucha seguridad y su apoyo la impulsó a seguir aprendiendo.

Pero, ¿quién le enseñó a mi abuela a trenzar su cabello?, ¿cuándo comenzó? Mi abuela aprendió de su madre y abuelas. Sin duda, la familia es la mejor escuela de la vida, donde de una generación a la siguiente generación traspasan sus conocimientos, costumbres y sabiduría.

Es importante recordar que no a todas las mujeres parte de la población originaria se les permitió tener el cabello largo. Durante la invasión y posterior colonización española, nuestros ancestros sufrieron genocidio, esclavitud, y todo tipo de prohibiciones como abusos físicos y emocionales. La colonización fue una ruptura entre esposos y esposas, madres e hijas, padres e hijos, abuelas y nietas. Se les cortó el cabello como señal de esclavitud y humillación. La idea fue someter y hacer que la población nativa perdiera su identidad y sea a sus ojos  “civilizada”. Estos fueron una serie de eventos trágicos, y se han necesitado de siglos para que la población originaria recuperará el derecho a la autonomía y control de sus cuerpos nuevamente. 

Por eso, en las comunidades nativas aún hoy está muy presente la tradición de que las mujeres lleven el cabello largo trenzado. A través del cabello, las mujeres nativas muestran poder en el cuidado de sí mismas y en la práctica de tradiciones ancestrales. Trenzar el cabello se ha convertido en las últimas décadas en un símbolo de resistencia contra la colonización. Trenzar es una forma de identidad, memoria ancestral, protección y resistencia. 

Entre mi abuela y yo hay más de un siglo de historia. Y aunque tenemos varias décadas de brecha decidí seguir con la práctica de trenzar mi cabello. Cada vez que trenzo mi cabello recuerdo a mi abuela con alegría, sabiendo que sigo una práctica ancestral con historia y significado profundo.   

Aunque mi abuela Candelaria partió físicamente el 2020 a sus 90 años. La recuerdo como una mujer valiente que trabajó cada día como campesina y su legado me acompaña cada día. 

*Agradecimiento a la artista Stephany Carrillo Calderón por la autorización de usar su pintura como imagen de portada de esta publicación.